Capítulo 6 — Humo sobre el escenario
Al caer la noche, El Último Farol dejó de parecer un edificio fatigado y volvió a convertirse en una promesa.
No una promesa alegre, desde luego, ni siquiera una promesa honrada, pero sí una de esas promesas que ciertos lugares antiguos aprenden a formular con lámparas bajas, manteles limpios, copas alineadas y una penumbra amable colocada sobre las grietas.
Las mesas estaban dispuestas con una intimidad casi incómoda, demasiado cerca unas de otras, como si el público no hubiese sido invitado solo a ver una función sino a compartir una respiración común.
Los ceniceros de vidrio grueso aguardaban en el centro de cada mesa con una resignación de objetos necesarios.
Las pequeñas lámparas proyectaban círculos de luz amarilla sobre la madera.
El escenario, barrido y encerado, brillaba con discreción bajo el humo que ya empezaba a reunirse en lo alto, entre las vigas, los retratos y las cortinas rojas.
Armand Delacroix llegó antes que la mayoría de los invitados.
El comisario Horacio Montero estaba ya allí, hablando en voz baja con dos agentes que intentaban confundirse con el mobiliario y fracasaban por culpa de sus botas, su postura y una tendencia policial a mirar las manos de todo el mundo.
Matilde Alzaga recorría el salón como una general de una guerra íntima, corrigiendo la posición de una silla, el ángulo de una lámpara, la cantidad de copas en una mesa reservada, la manera en que un camarero sostenía una bandeja.
Su vestido negro era más severo que elegante; el cabello recogido no dejaba escapar ni una hebra, y el cigarrillo encendido entre sus dedos parecía menos un vicio que una herramienta de mando.
Quien la viera por primera vez habría pensado que aquella mujer controlaba cada elemento de la noche.
Delacroix, que ya la había visto temer, sabía que solo controlaba lo visible.
—Monsieur —dijo Montero al verlo entrar—. Hasta ahora, ningún cadáver. Una mejora notable respecto de sus previsiones.
—La noche es joven, comisario.
—No tanto como para permitirse optimismo.
Delacroix miró el salón. Algunos invitados empezaban a llegar.
Hombres con sombreros oscuros, mujeres con guantes, viejos clientes que saludaban a Matilde con una mezcla de respeto y propiedad, parejas que parecían haber discutido antes de entrar y haber decidido posponer la derrota hasta después del espectáculo.
En una mesa junto al espejo, dos hombres de aspecto político conversaban sin mover demasiado los labios.
Cerca de la barra, Tomás Villalba intentaba convencer a un camarero de que la prensa necesitaba una ubicación desde la cual pudiera ver el escenario sin oler la cocina.
Más allá, Mercedes Acuña revisaba la entrada de ciertos invitados con una libreta en la mano y un gesto que habría vuelto culpable a un santo.
Ramiro aún no había aparecido. Mora tampoco.
Violeta Cárdenas cruzaba de tanto en tanto entre el pasillo y el salón con prendas sobre un brazo, invisible para casi todos, presente para Delacroix como una línea trazada en el borde del ojo.
—¿Revisaron los camerinos? —preguntó el detective.
—Sí. Mis hombres están apostados en el pasillo y el patio. Nadie entra sin que lo veamos.
—¿Sin que lo vean o sin que lo impidan?
Montero hizo una mueca.
—Intento no convertir una función de tango en una ocupación militar. Doña Matilde amenaza con matarme antes que el asesino si espanto a los clientes.
—Una advertencia que conviene tomar en serio.
—La tomo. Por eso sigo vivo.
Delacroix caminó hacia el pasillo de los camerinos.
Un agente permanecía junto a la entrada con cara de necesitar instrucciones para parecer menos agente.
Delacroix le hizo una leve inclinación y siguió.
Desde el camerino de mujeres llegaban voces bajas.
Reconoció la de Mora, seca, impaciente. Reconoció también la de Violeta, más baja aún, casi sin color.
No llamó de inmediato. Se detuvo un instante junto a la puerta y escuchó no las palabras, sino el tono.
Mora no parecía suplicar. Violeta no parecía consolarla.
Era una conversación de trabajo, quizá una discusión de costura, quizá el modo que tenían ambas de no hablar del ramo, de Elena, de las notas y de la frase que flotaba sobre todos como una lámpara a punto de caerse.
La puerta se abrió de improviso y Violeta apareció con una chaqueta masculina en las manos. No se sobresaltó al verlo. Eso podía deberse a que lo había oído, o a que una vida entera en camerinos le había enseñado a no sorprenderse de encontrar hombres donde no debían estar.
—Monsieur Delacroix —dijo.
—Madame Cárdenas.
—No soy madame. Soy Violeta.
—Entonces, Violeta.
La vestuarista sostuvo la chaqueta contra el cuerpo.
Bajo la luz del pasillo, su rostro parecía más duro que durante la mañana.
Las sombras le marcaban los pómulos y los pliegues junto a la boca.
Llevaba el cabello recogido en el mismo moño bajo, una cinta métrica alrededor del cuello, el alfiletero en la muñeca y la caja de costura en la otra mano.
Delacroix observó esa caja con una atención que ella no pudo dejar de notar.
—Si quiere revisarla otra vez, hágalo antes de que empiece la función. Después todos pretenden que los botones obedezcan solos.
—¿Hay botones especialmente rebeldes esta noche?
—Hay artistas. Es peor.
—¿Y zapatos?
La pregunta no pareció sorprenderla. Violeta miró hacia el interior del camerino y luego volvió a él.
—Los de Mora están listos.
—¿Quién los tiene?
—Ella.
—¿Los revisó después del ensayo?
—Sí.
—¿Qué encontró?
—Un zapato. Cuero. Hebilla. Hilo. La paciencia de siempre.
—No me diga solo lo que sabe que no puedo discutir.
Violeta lo miró con cansancio.
—Encontré que la tira estaba firme y que el hilo sobrante ya no molestaba. Nada más. Si espera que un zapato confiese, monsieur, le advierto que en esta casa hasta las personas lo hacen tarde.
Delacroix aceptó la respuesta con un leve movimiento de cabeza. En el interior del camerino se oyó un golpe suave, quizá una silla, quizá la bolsa de los zapatos apoyada sobre la mesa. Mora dijo algo que no llegó a entenderse.
—¿Tiene miedo por ella? —preguntó él.
—Mora sabe cuidarse.
—No he preguntado eso.
La mano de Violeta se cerró un poco más sobre la chaqueta. No era un gesto de ira. Era una defensa mínima, casi muscular.
—Los artistas creen que cuidarse es no caer en público. Yo sé que hay caídas peores.
—Elena.
El nombre no produjo un temblor visible, pero cambió el aire entre ambos. Violeta no apartó la mirada. Eso, de algún modo, fue peor que si lo hubiera hecho.
—No use su nombre como si fuera una ganzúa.
—No era mi intención.
—Siempre lo es cuando alguien pregunta por un muerto.
Delacroix no contestó de inmediato. Desde el salón llegó una oleada de voces y luego una risa de Ramiro, inconfundible, fresca y arrogante.
Violeta escuchó la risa sin moverse. En su rostro no apareció odio, pero Delacroix volvió a ver aquello que lo inquietaba más que el odio: una larga costumbre de soportar el mismo sonido sin permitir que se notara cuánto dolía.
—Esta noche hay demasiadas personas pensando en Elena —dijo él.
—Tarde.
—¿Tarde para qué?
Violeta bajó la vista hacia la chaqueta, alisó una manga que ya estaba perfecta y respondió con una calma tan baja que casi obligó a Delacroix a inclinarse.
—Para todo.
Luego pasó junto a él y se dirigió al camerino de los hombres.
Delacroix no la siguió. Entró en el de Mora después de llamar con los nudillos.
La bailarina estaba frente al espejo, vestida ya para la función con un vestido oscuro que parecía sencillo hasta que la luz tocaba el movimiento de la tela y revelaba una profundidad casi líquida.
Tenía el cabello recogido, los labios pintados con discreción y los ojos sin adorno excesivo.
En ella la belleza no se ofrecía; se sostenía.
Sobre la mesa estaban los zapatos negros.
El derecho, el de la hebilla reparada, estaba colocado un poco más lejos del izquierdo, como si incluso antes de calzarlo Mora quisiera mantenerlo bajo vigilancia.
—¿Viene a desearme suerte? —preguntó ella.
—No confío tanto en la suerte como para encargarle asuntos importantes.
—Entonces viene por los zapatos.
—Entre otras cosas.
Mora tomó el derecho y se lo ofreció sin dramatismo.
—Mírelo. Huélalo. Acúselo. Haga lo que quiera. Pero cuando empiece la función, lo voy a usar.
Delacroix recibió el zapato y lo examinó bajo la lámpara del tocador.
No había cambios evidentes desde la mañana.
La hebilla seguía firme, quizá demasiado firme.
El hilo encerado estaba bien rematado. El cuero conservaba ese olor mezclado de uso, barniz y algo más que podía ser pegamento reciente o simple imaginación alimentada por la sospecha.
Pasó un dedo por el borde exterior, no lo bastante fuerte para alterar nada. Nada pinchó. Nada cedió. Nada confesó.
—¿Le molesta todavía? —preguntó.
—Menos.
—Esa respuesta no me tranquiliza.
—A mí tampoco. Pero no voy a cambiarlo ahora. Con otro par bailaría pensando en el cambio. Con este, al menos, sé dónde está la incomodidad.
—Una filosofía peligrosa.
—Es una filosofía de escenario. El público cree que bailamos cuando todo está bien. La verdad es que bailamos aprendiendo a esconder lo que está mal.
Delacroix dejó el zapato sobre la mesa.
—¿Ramiro lo sabe?
—Ramiro cree que todo lo que está mal en los demás existe para que él parezca mejor.
La voz de ella no tenía la furia del día anterior.
Era más fría. Tal vez porque la función estaba cerca y el cuerpo de una bailarina no podía permitirse gastar demasiada energía en palabras.
Mora miró el espejo. Delacroix vio su reflejo junto al suyo: ella sentada, inmóvil; él de pie detrás, demasiado extranjero en aquel cuarto donde cada objeto parecía conocer historias de las que él solo había recibido migajas.