Capítulo 5 — Las notas del muerto #4
Mercedes confirmó que Ramiro había estado con ella parte del tiempo.
Violeta, que había bajado del altillo sin que Delacroix la oyera llegar, dijo que lo había visto entrar y salir, pero no podía precisar durante cuánto.
Mora dejó la tarjeta sobre la mesa y miró el ramo con una mezcla de asco y cansancio.
—No voy a cancelar —dijo.
Matilde giró hacia ella.
—Nadie te lo ha pedido.
—Lo ibas a pensar.
—Pienso muchas cosas.
—Pues piensa otra. Si cancelo, mañana todos dirán que tuve miedo. Si bailo mal, dirán que me quebré. Si bailo bien, dirán que Ramiro me salvó. No pienso regalarles también mi ausencia.
Ramiro aplaudió lentamente, con crueldad.
—Bravo. Qué nobleza. Qué temperamento. Qué manera maravillosa de convertir una amenaza ridícula en promoción personal.
Mora avanzó un paso hacia él. Delacroix vio a Violeta moverse apenas, no hacia Ramiro, sino hacia Mora, como si estuviera dispuesta a detenerla o a sostenerla. Montero también lo notó.
—Ramiro —dijo Mercedes—. Cállate.
La orden tuvo más efecto que cualquier ruego.
Ramiro la miró, irritado, pero no respondió.
El silencio posterior fue denso. Delacroix tomó el ramo con un pañuelo, separó un poco las flores y encontró, entre los tallos, un pequeño trozo de papel arrugado.
No era una tarjeta. Era apenas una tira, quizá recortada de un programa antiguo.
La desplegó. Había una sola palabra impresa, no escrita:
Elena.
Esta vez nadie habló.
Mora retrocedió un paso. Matilde se apoyó en el borde de una mesa. Violeta permaneció inmóvil, tan inmóvil que durante un instante pareció no respirar. Anselmo bajó la cabeza. Ramiro, por primera vez desde que Delacroix lo había conocido, no encontró una broma inmediata.
El nombre había logrado lo que las amenazas no habían conseguido: despojar al salón de su teatro.
—¿Quién puso eso ahí? —preguntó Mercedes.
Nadie respondió.
Montero tomó el papel de manos de Delacroix y lo guardó con la tarjeta.
—La función queda bajo vigilancia —dijo—.
Nadie entra al camerino sin que uno de mis hombres lo sepa.
Nadie toca el vestuario ajeno. Nadie recibe paquetes sin abrirlos delante de mí o de monsieur Delacroix.
Y si alguno considera que esto arruina la magia del espectáculo, puede explicármelo desde una celda.
Villalba levantó la mano con delicadeza.
—¿Eso incluye a la prensa?
—Especialmente a la prensa.
—Siempre supe que terminaríamos en tiranía.
—Tenga cuidado —dijo Montero—. La tiranía también puede reservarle mala mesa.
A pesar de todo, algunas risas nerviosas recorrieron el salón.
Delacroix no rió. Miraba a Violeta. La vestuarista no había apartado los ojos del pequeño papel con el nombre de su hija hasta que Montero lo guardó.
Luego miró a Ramiro. Fue una mirada breve, seca, sin odio visible. Precisamente por eso resultó terrible.
Ramiro intentó recuperar su personaje.
—Qué melodrama. Ahora hasta los muertos reciben invitación.
Violeta habló antes que nadie pudiera detenerla.
—Algunos muertos han estado aquí más tiempo que usted.
La frase no fue fuerte, pero atravesó el salón con una claridad absoluta. Ramiro la miró. Mercedes cerró los ojos. Matilde susurró el nombre de Violeta, no como advertencia sino como súplica. La vestuarista no añadió nada. Se limitó a dar media vuelta y subir lentamente hacia el altillo.
Delacroix la dejó ir.
Mora tomó las flores y, sin mirar a nadie, las arrojó dentro de un cubo de agua sucia junto a la barra. Los claveles rojos quedaron torcidos, aplastados contra los bordes, como si el homenaje ya hubiera empezado a pudrirse antes de llegar.
—Esta noche bailo —dijo.
Luego se marchó al camerino.
Ramiro encendió un cigarrillo con manos apenas menos firmes que de costumbre.
Delacroix lo vio. El detalle era pequeño, pero suficiente.
Hasta ese momento, el bailarín había tratado las amenazas como una oportunidad de lucirse ante el peligro.
El nombre de Elena, en cambio, lo había alcanzado por debajo del traje.
—Monsieur Delacroix —dijo Montero en voz baja—, esto ya no parece solo una broma cruel.
—Nunca lo fue.
—¿Cree que el ramo viene de la misma persona?
Delacroix miró los claveles hundidos en el cubo, el escenario vacío, la escalera hacia el altillo, la puerta del camerino de Mora, el cigarrillo de Ramiro, la rigidez de Matilde y la sonrisa reprimida de Villalba, que ya estaba escribiendo mentalmente una crónica que no le permitirían publicar todavía.
—No lo sé —dijo—. Pero quien lo envió acaba de cometer un error.
—¿Cuál?
—Nombrar al muerto equivocado.
Montero frunció el ceño.
—Elena.
—Sí. Hasta ahora las notas hablaban del crimen que iba a ocurrir. Este ramo habla del crimen que alguien cree que ya ocurrió.
El comisario guardó silencio. Delacroix sintió que el caso acababa de cambiar de profundidad. Ramiro Acuña seguía vivo, la función aún no había empezado y, sin embargo, El Último Farol ya no esperaba una muerte sola. Esperaba que una muerte antigua encontrara la manera de cobrar una deuda nueva.
Desde el altillo llegó un golpe seco, como una caja cerrada con demasiada fuerza.
Todos lo oyeron.
Nadie subió a mirar.