Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 5 — Las notas del muerto #3
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Capítulo 5 — Las notas del muerto #3

—Lo suficiente para que un bailarín parezca eterno y para que otro parezca cansado. No sé si eso le sirve para su crimen imaginario.

—Todavía no.

—Entonces guárdelo. Las cosas que no sirven enseguida son las únicas que a veces importan.

Delacroix observó el instrumento. El bandoneón parecía más que un objeto en manos de Anselmo; tenía una autoridad casi animal, como si pudiera respirar contra la voluntad de todos.

Si la muerte de Ramiro dependía del instante exacto del baile, el tempo importaría.

Pero el músico no parecía estar planificando nada.

O, al menos, si lo hacía, su resentimiento estaba demasiado a la vista para ser inteligente.

El asesino de las notas no parecía torpe.

Quería que todos miraran hacia un sitio.

Anselmo, con sus frases afiladas y su odio viejo, ofrecía demasiada superficie.

—¿Quién eligió que Mora usara esos zapatos? —preguntó Delacroix.

—Mora. Siempre Mora. Los bailarines son supersticiosos. Dicen que no, porque creen que superstición es una palabra de vieja con rosario. Pero lo son. Un zapato, una hebilla, una cinta, el orden de los pasos antes de salir. Si les cambia algo, bailan con la cabeza llena de ruido.

—¿Alguien podría saber de antemano qué zapatos usaría esta noche?

Anselmo lo miró como si acabara de preguntar si el agua mojaba.

—Todos.

—¿Todos?

—Todos los que llevan más de una semana en esta casa.

Mora usa esos zapatos para esa pieza. Ramiro se burla de esos zapatos.

Violeta los arregla. Lisandro los mira como si fueran la llave de una puerta.

Mercedes los desprecia porque no se pueden poner en un contrato.

Matilde finge que no nota nada. Yo los oigo.

—¿Los oye?

—Cada bailarín suena distinto. Cada zapato también. El derecho de Mora sonó mal anoche.

Delacroix se inclinó un poco hacia él.

—¿Mal cómo?

Anselmo sonrió sin alegría.

—No se excite, detective. Sonó duro. Como cosa recién tocada. Violeta lo arregló, ¿no?

—Sí.

—Entonces ahí tiene. Lo recién arreglado no suena a viejo hasta que el cuerpo lo vence.

—¿Hoy sonó igual?

—Menos. Pero no bien.

—¿Se lo dijo a alguien?

—No doy consejos sobre zapatos a mujeres que podrían matarme con una mirada.

Delacroix se apoyó en el respaldo. El dato encajaba con lo que Mora había sentido y con lo que él mismo había oído.

No probaba nada. Pero confirmaba que la incomodidad no era una invención posterior ni una defensa anticipada de la bailarina.

El zapato derecho había cambiado. La pregunta era si había cambiado lo bastante como para arruinar un paso, o lo bastante como para algo peor.

La conversación fue interrumpida por un revuelo en la entrada.

Un mensajero joven acababa de llegar con un ramo de flores envuelto en papel oscuro.

No era un ramo alegre. Tenía claveles rojos, algunas flores blancas y una cinta negra demasiado fina para ser luto y demasiado visible para ser adorno.

Matilde apareció de inmediato desde el despacho.

Mercedes se levantó. Villalba, que había recuperado su papel, se acercó con la velocidad de quien huele una frase.

—¿Para quién es? —preguntó Matilde.

El muchacho miró una tarjeta.

—Para la señorita Mora Ledesma.

El salón entero pareció escuchar. Incluso quienes no estaban mirando se volvieron de algún modo hacia la entrada. Delacroix se levantó antes de que Matilde tomara la tarjeta. Montero, que había estado hablando con uno de sus agentes, se acercó también.

—Déjela sobre la mesa —ordenó el comisario.

El mensajero obedeció, incómodo. Delacroix tomó la tarjeta con cuidado por los bordes. La letra no era la de las notas. O imitaba no serlo. Más inclinada, más elegante, menos forzada. Pero el mensaje bastó para que Matilde perdiera color.

Para que esta noche no baile sola.

No había firma.

Mercedes soltó un insulto bajo. Villalba murmuró algo parecido a una bendición periodística.

Anselmo cerró los ojos. Delacroix volvió a leer la frase.

Era demasiado perfecta, y eso la volvía sospechosa en más de un sentido.

Podía ser una continuación de las notas.

Podía ser una broma cruel de Ramiro. Podía ser una intervención de alguien que conocía las amenazas y quería aprovecharlas.

O podía ser una segunda mano entrando en un juego ya iniciado.

Los crímenes atraen imitadores incluso antes de ocurrir cuando el ambiente ha sido preparado con suficiente mal gusto.

—¿Quién lo envió? —preguntó Montero al mensajero.

—No sé, señor. Me pagaron para traerlo.

—¿Quién?

—Un hombre.

—Eso reduce mucho el universo.

El muchacho tragó saliva.

—No lo vi bien. Sombrero bajo. Me lo dio en la esquina de Defensa. Dijo que era urgente y que no preguntara.

—Naturalmente —dijo Delacroix.

Montero hizo un gesto a uno de sus agentes para que retuviera al mensajero en la entrada. Matilde miraba el ramo como si acabara de encontrar un animal muerto sobre una mesa. Mercedes se inclinó hacia la tarjeta.

—Esto es intolerable.

—Es una frase —dijo Delacroix—. Todavía no sabemos si es la misma amenaza.

—¿Cuántas amenazas necesita para conceder que alguien juega con nosotros?

—Una menos de las que necesito para saber quién gana con el juego.

Mora apareció en el pasillo atraída por el silencio. Vio las flores, la tarjeta en la mano de Delacroix y el rostro de Matilde. No hizo preguntas. Tal vez porque ya imaginaba demasiado.

—¿Son para mí?

Nadie respondió. Esa fue la respuesta.

Mora se acercó, tomó la tarjeta de manos de Delacroix sin pedir permiso y leyó. Su expresión no se quebró. Solo cambió de temperatura. Ramiro entró desde el otro extremo del salón justo en ese momento, como si la escena lo hubiera convocado por vanidad.

—Flores, Mora. Qué conmovedor. Todavía tienes admiradores con presupuesto de entierro.

Mora levantó la vista hacia él.

—¿Fuiste tú?

La pregunta no fue un reproche, sino una cuchillada.

Ramiro abrió los brazos.

—Si yo te enviara flores, querida, escogería algo menos fúnebre y más caro.

—Eso no es una respuesta.

—No. Es una cuestión de estilo.

Montero se interpuso un paso, no porque temiera un ataque, sino porque los presentes ya habían empezado a disfrutar demasiado.

—¿Dónde estaba hace media hora, Acuña?

Ramiro lo miró con indignación teatral.

—¿Ahora también soy florista?

—Responda.

—En mi camerino. Pregúntele a Mercedes. Pregúntele a Violeta. Pregúntele al espejo, si cree que tiene criterio policial.