Capítulo 5 — Las notas del muerto #2
Matilde lanzó una mirada de advertencia que el médico ignoró con naturalidad.
—¿Lo atiende? —preguntó Delacroix.
—A veces. Contracturas, dolores de pie, molestias en la rodilla, una vieja lesión en el hombro. Nada que amenace su vida, para desgracia de sus enemigos y alivio de su hermana.
—¿Toma medicamentos?
—Ramiro toma aplausos. Lo demás lo considera vulgar.
—¿Alguna debilidad conocida?
Sosa dudó por primera vez. No fue una duda larga, pero sí suficiente para que Delacroix la registrara.
—Se cansa más de lo que admite —dijo al fin—. Eso no es un secreto médico sino una evidencia que él se empeña en tratar como calumnia. Bailar exige una honestidad física que Ramiro detesta. El cuerpo no negocia como los empresarios.
—¿Podría sufrir un colapso durante una función?
—Cualquiera podría. En su caso, no apostaría por ello, pero tampoco lo consideraría un milagro.
—Una respuesta cómoda.
—La medicina es el arte de explicar después por qué uno no estaba tan seguro antes.
Montero dejó escapar una risa breve. Matilde no.
Delacroix observó a Sosa unos segundos más.
El médico tenía acceso a sustancias, conocimiento de cuerpos y una ironía que podía esconder resentimiento o solo inteligencia cansada.
No parecía el centro del caso, pero los casos raramente respetaban la apariencia.
—Si esta noche ocurre algo —dijo Delacroix—, necesitaré que observe antes de concluir.
Sosa levantó una ceja.
—¿Suele ocurrir lo contrario?
—Con frecuencia. Los hombres ven una historia y luego buscan un cuerpo que se adapte.
—Haré lo posible por decepcionarlo.
El médico recogió su maletín. Antes de salir, miró a Matilde con una suavidad inesperada.
—Si aún está a tiempo de cancelar, cancele.
—No lo estoy.
—Nadie lo está cuando ha decidido no estarlo.
Matilde no respondió. Sosa se marchó, dejando en el despacho una forma más concreta de inquietud.
Delacroix guardó las notas originales y la copia en sus respectivos sobres y pidió permiso para conservarlas hasta la noche.
Matilde aceptó con una resistencia visible, como si desprenderse de aquellos papeles equivaliera a perder una prueba de que su miedo no era ridículo.
Montero prometió dejarlas bajo custodia si algo ocurría.
“Si algo ocurre”, repitió Matilde en voz baja.
La frase pareció molestarle más por su prudencia que por su amenaza.
Delacroix salió del despacho y volvió al salón.
El bar había cambiado otra vez. Las mesas estaban ya dispuestas para la función, más juntas de lo conveniente, con manteles limpios que no lograban ocultar del todo los años de la madera.
En cada mesa había ceniceros, pequeñas lámparas y copas colocadas boca abajo.
El escenario había sido barrido, el piano cerrado, las sillas de los músicos alineadas.
Desde el altillo bajaban murmullos y golpes de cajas.
En el pasillo, dos empleados llevaban una alfombra estrecha hacia la entrada.
Villalba discutía con un camarero sobre la ubicación de su mesa, alegando que la mala perspectiva era una forma de censura.
Mercedes Acuña revisaba una lista de invitados con una concentración feroz.
Lisandro practicaba pasos breves junto a una columna, casi sin moverse del sitio, como si bailara para no gritar.
Ramiro no estaba a la vista. Mora tampoco.
Violeta, según el sonido de pasos en la escalera, seguía arriba.
Anselmo Quiroga permanecía sentado junto al escenario con el bandoneón cerrado sobre las rodillas. Parecía dormido, pero abrió los ojos antes de que Delacroix llegara a su lado.
—Si viene a preguntarme si quiero matar a Ramiro, póngase en fila —dijo.
—¿Hay mucha gente delante?
—Media ciudad. La otra media no lo conoce.
Delacroix tomó una silla y se sentó sin pedir permiso. Anselmo lo observó con aprobación moderada; quizá le agradaban los hombres que no convertían cada conversación en un trámite de pie.
—Quiero preguntarle por la música de esta noche.
—Peor. Eso sí es íntimo.
—La pieza final.
—La que no perdona.
—El título parece elegido con entusiasmo por el destino.
—El destino tiene pésimo oído. La eligió Ramiro.
—¿Por qué?
Anselmo apoyó una mano sobre el fuelle del bandoneón. Sus dedos eran nudosos, manchados por tabaco y tiempo, pero conservaban una delicadeza casi contradictoria.
—Porque cree que todo lo que no perdona habla de él. Ramiro tiene una imaginación pequeña para todo lo que no sea su propio reflejo.
—¿La pieza se bailaba antes en esta casa?
—Muchas veces.
—¿Elena Cárdenas la bailó?
Anselmo cerró los ojos. Durante un instante pareció quedarse dormido de verdad, o consultar un archivo interno que no deseaba abrir. Cuando habló, lo hizo con menos ironía.
—Elena la quería bailar. No la bailó como debía.
—¿Por qué?
—Porque en esta casa las cosas rara vez ocurren como deben.
—Necesito algo más preciso.
El anciano abrió los ojos.
—Los detectives siempre necesitan algo más preciso. Es una lástima. La verdad suele ser una cosa borrosa que sangra por los bordes.
Delacroix esperó. Había interrogados que llenaban el silencio por miedo. Anselmo lo llenaría por desprecio al mal silencio, no por temor.
—Elena era hija de Violeta —dijo al fin—.
Tenía pies de fuego y cabeza de muchacha.
Mala combinación. Quería quemar el mundo antes de aprender dónde estaba la puerta.
Ramiro la miró, y cuando Ramiro mira a alguien joven, ese alguien cree que ha sido elegido por el arte.
No por un hombre. Por el arte. Eso es lo peligroso.
—¿Él le prometió una función?
—Le prometió todo. Ramiro prometía con la facilidad con que otros respiran. Una noche, sí. Esta pieza, creo. O una parecida. La memoria traiciona detalles cuando no quiere traicionar culpas.
—¿Usted estuvo cuando cayó?
Anselmo sacó un cigarrillo, lo puso entre los labios, pero no lo encendió. Delacroix notó que lo necesitaba más como objeto que como vicio.
—Estuve.
—¿Qué ocurrió?
—Ensayo. Poco público. Demasiado orgullo en el aire.
Elena quería demostrar que podía hacer el cierre.
Ramiro la apuró. O no la sostuvo. O la dejó creer que la sostendría.
Hay diferencias que importan en un tribunal y no importan en una vida destruida.
Ella giró, perdió apoyo, cayó mal. Tobillo.
Rodilla. Algo se rompió con un ruido pequeño.
Los grandes desastres suelen empezar con ruidos pequeños.
—¿Ramiro pudo evitarlo?
Anselmo miró hacia la mesa donde Mercedes seguía revisando papeles.
—Ramiro siempre puede evitar más de lo que evita.
—Eso no responde.
—Sí responde. Usted quiere saber si la empujó.
No. No la empujó. Quiere saber si se apartó a tiempo para no cargar con ella.
Tal vez. Quiere saber si después dijo que Elena había sido imprudente, que no estaba lista, que había confundido deseo con talento.
Sí. Eso lo dijo. Varias veces. Con palabras muy bonitas.
La crueldad de Ramiro siempre tuvo buena postura.
Delacroix dejó pasar la frase. El anciano no era objetivo, pero tampoco parecía mentir. Su resentimiento no estaba fabricado para la ocasión; tenía el desgaste de lo antiguo.
—¿Violeta estaba presente?
—Violeta estaba siempre. Esa es la tragedia de las madres pobres en los teatros. Ven todo y no pueden interrumpir nada.
—¿Qué hizo?
—Sostuvo a Elena. Después sostuvo sus zapatos. Después sostuvo años. No sé cuál de las tres cosas pesaba más.
—¿Los zapatos blancos?
Anselmo lo miró con una mezcla de sorpresa y cansancio.
—Ya llegó a ellos.
—Todavía no.
—Entonces no tarde demasiado. Esta noche hay función.
—¿Qué tienen de especial?
—Eran los zapatos de Elena para su gran noche.
Blancos. Ridículos, si quiere mi opinión.
Demasiado inocentes para este suelo. Violeta los había arreglado durante semanas.
Los guardaba como otros guardan una medalla.
Después del accidente, no quiso tirarlos.
En esta casa nadie tira lo que puede dolerle más tarde.
—¿Dónde están?
—Pregúntele a Violeta si le interesa morir de una mirada.
Delacroix casi sonrió.
—¿Cree que Violeta podría matar a Ramiro?
Anselmo encendió por fin el cigarrillo. La llama del fósforo iluminó un segundo sus arrugas, y el rostro pareció más antiguo que el bar.
—Violeta ya lo mató muchas veces en su cabeza. Como todos. La diferencia es que Violeta no es torpe con las manos.
—Eso no es una acusación.
—No. Es una observación. Usted sabrá qué hacer con ella.
—¿Y usted?
—Yo soy torpe con las piernas, no con la memoria.
—La memoria también mata.
Anselmo aspiró el humo y lo soltó hacia un costado.
—No, monsieur. La memoria no mata. Mata lo que uno hace para dejar de obedecerla.
La frase quedó entre ambos con una gravedad incómoda.
Delacroix la guardó. Anselmo no era el asesino evidente, pero era uno de los hombres que mejor comprendía el crimen antes de que ocurriera.
Eso podía volverlo cómplice moral, testigo valioso o simple viejo cansado de ver repetirse la misma indecencia bajo nombres distintos.
—Hábleme del tempo —dijo Delacroix.
—Ah, por fin una pregunta honrada.
Anselmo abrió el bandoneón apenas, sin tocar todavía.
—La pieza final tiene un cierre que Ramiro alarga cuando quiere lucirse.
Mora lo sabe. Yo lo sé. El público no. Hay un momento en que ella roza la pierna de él con el zapato derecho, como si le escribiera una frase en el pantalón.
Si yo mantengo el compás cerrado, el gesto dura nada.
Si lo estiro, ella puede sostenerlo más, repetir una intención, hacerlo visible sin que parezca vulgar.
Ramiro adora eso. Cree que el silencio entre dos notas también le pertenece.
—¿Esta noche lo alargará?
—Si Ramiro me mira de esa manera insoportable, sí.
—¿Y si no lo hace?
—También. Porque el público espera sufrir un poco antes de aplaudir.
—¿La duración puede variar mucho?