Capítulo 5 — Las notas del muerto
La tarde cayó sobre Buenos Aires sin limpiar la humedad de la mañana.
Más bien la espesó. Las calles de San Telmo adquirieron un brillo opaco, como si las piedras antiguas conservaran agua bajo la superficie y la devolvieran lentamente al aire.
Desde la puerta entreabierta de El Último Farol llegaban olores mezclados de café, tabaco, cera, madera húmeda y comida que empezaba a prepararse en alguna cocina trasera.
Los preparativos de la función habían modificado el pulso del bar.
Ya no era la quietud triste del amanecer ni el murmullo cómodo de la noche anterior; era algo más crispado, una maquinaria vieja obligada a funcionar con dignidad ante invitados que no perdonarían una bisagra que chirriara, una copa manchada o un artista que sudara antes de tiempo.
Delacroix permanecía sentado en el despacho de Matilde Alzaga, con las cuatro notas anónimas extendidas sobre el escritorio.
A su derecha, el comisario Horacio Montero fumaba de pie junto a la ventana, aunque la ventana apenas abría hacia un patio interior donde el aire parecía aún más usado que dentro de la habitación.
Matilde iba y venía entre el despacho y el salón, incapaz de quedarse quieta, no por nervios visibles sino por esa necesidad de administrar objetos cuando las personas empiezan a escapar de toda administración.
Cada pocos minutos entraba para preguntar si necesitaban algo y salía antes de que pudieran responderle.
Delacroix no se lo reprochaba. Algunos anfitriones ofrecen café; Matilde ofrecía control.
Las notas tenían un aspecto decepcionante.
Eso, en cierto modo, las volvía mejores.
No había manchas de sangre, ni símbolos grotescos, ni dibujos, ni perfume, ni teatralidad material.
Solo papel barato, tinta negra, letra forzada y frases lo bastante precisas para inquietar.
Delacroix había visto amenazas más espectaculares y menos peligrosas.
La extravagancia excesiva solía revelar inseguridad.
Aquellas, en cambio, estaban escritas por alguien que confiaba en que el sentido real no necesitaba adornos.
El asesino, si era correcto llamarlo así antes del hecho, no quería impresionar con el papel.
Quería que las palabras actuaran después, cuando algo ocurriera y todos creyeran recordarlas.
—No parece letra de mujer —dijo Montero.
Delacroix no levantó la vista.
—Qué afirmación tan valiente para un hombre rodeado de mujeres que escriben mejor que la mayoría de los varones.
—Digo que parece forzada. Más dura de lo natural.
—Eso no la vuelve masculina. La vuelve prudente.
Montero aceptó la corrección con un gruñido. No era un hombre vanidoso con sus errores, lo que mejoraba mucho su compañía. Sacudió la ceniza en un platillo que Matilde había resignado como cenicero improvisado y se inclinó sobre el escritorio.
—¿Qué ve usted?
—Una persona que quiere construir una lectura.
—¿Una lectura?
—Sí. La primera nota señala el lugar. “El farol alumbra mejor cuando ya no queda nadie.” El Último Farol.
La casa. El escenario. La segunda introduce una imagen: “Una mujer puede bailar con un muerto sin saberlo.” No dice “matar”; dice “bailar con un muerto”.
La tercera desplaza la atención hacia los zapatos.
La cuarta fija el momento: “Antes del último acorde.” Si ocurriera algo esta noche, todos recordarían estas frases y creerían que estaban advertidos.
—¿Y no lo estaban?
—Lo estarían de la manera equivocada.
Montero se quedó callado. Delacroix sabía que aquel tipo de distinción irritaba a los hombres prácticos, pero también sabía que Montero no era incapaz de entenderla.
El comisario se tomó unos segundos, aspiró el cigarrillo y miró hacia la puerta, como si pudiera ver a través de ella el salón donde los empleados colocaban mesas y los músicos afinaban su resignación.
—Quiere que miremos a Mora —dijo al fin.
—O quiere que creamos que quiere que miremos a Mora.
—Eso ya me gusta menos.
—A mí tampoco. Pero la segunda nota es demasiado generosa. Nadie que pretenda culpar a una mujer por impulso escribe antes “una mujer puede bailar con un muerto sin saberlo”, salvo que desee que esa frase parezca una profecía y no una pista.
—Podría ser una amenaza directa contra ella.
—También.
Montero lo miró con fastidio.
—Usted disfruta dejando abiertas todas las puertas.
—No. Solo desconfío de cerrarlas cuando todavía hay gente detrás.
El comisario aceptó la respuesta de mala gana.
Delacroix tomó la tercera nota, la de los zapatos, y la acercó de nuevo a la lámpara.
Había observado ya la presión de la pluma, la inclinación de los trazos, las pequeñas vacilaciones en ciertas letras.
Quien escribió aquello intentó alterar su letra habitual, pero no pudo alterar del todo su ritmo.
Las palabras estaban separadas con una regularidad muy cuidada, casi de persona acostumbrada a medir espacios, cortes, márgenes.
No un escritor espontáneo. Tal vez alguien que trabajaba con líneas, telas, partituras, cuentas o disposición escénica.
Una conclusión demasiado amplia, de momento.
En El Último Farol casi todos medían algo: pasos, deudas, compases, dobladillos, columnas de periódico, silencios.
—¿Por qué no me avisaron desde la primera nota? —preguntó Montero, más para sí que para Delacroix.
—Porque entonces no parecía un crimen.
—La gente siempre dice eso.
—Porque casi siempre es cierto hasta que deja de serlo.
Montero aplastó el cigarrillo.
—Doña Matilde dice que la primera apareció sobre el piano. La segunda en el saco de Ramiro. La tercera bajo la puerta del despacho. La cuarta también. Tres espacios distintos.
—Y todos accesibles para alguien de la casa.
—O para un cliente habitual.
—Alguien suficientemente habitual para conocer el valor de cada espacio. El piano para anunciar el lugar. El saco de Ramiro para implicarlo. El despacho de Matilde para obligarla a actuar. Hay intención en la distribución.
—¿La persona que dejó la nota en el saco pudo entrar al camerino de hombres?
—O pudo recibir el saco antes o después. ¿Quién se ocupa de la ropa de Ramiro?
Montero hizo una mueca.
—Violeta.
—También Mercedes, quizá.
—Mercedes no cose.
—No hace falta coser para meter un papel en un bolsillo.
El comisario asintió y anotó algo. Luego apoyó el lápiz sobre la libreta con un golpe suave.
—Se lo diré de manera sencilla. Si esta noche Ramiro Acuña cae muerto en brazos de Mora Ledesma, con una sala llena de testigos, una nota previa que habla de una mujer bailando con un muerto y medio bar dispuesto a declarar que ella lo odia, voy a tener dificultades para convencer a mis superiores de que el asunto es filosófico.
—No le pediré que lo haga.
—Me tranquiliza.
—Le pediré que impida que confundan una escena con una explicación.
—Eso me tranquiliza menos.
Delacroix iba a responder cuando se oyó un golpe breve en la puerta.
No fue Matilde. Ella no golpeaba en su propio despacho.
Montero abrió. Al otro lado estaba un hombre bajo, de barba recortada, sombrero oscuro y maletín médico.
Tenía ojos pequeños, vivos, y una expresión de fatiga que parecía anterior a cualquier esfuerzo de ese día.
—Comisario —saludó—. Doña Matilde me dijo que pasara.
—Doctor Sosa.
El médico entró y saludó a Delacroix con una inclinación. Matilde apareció detrás de él casi de inmediato, como si el médico no pudiera cruzar una puerta sin arrastrar su autoridad.
—El doctor Valerio Sosa —dijo—. Atiende a media casa cuando media casa decide enfermarse con dramatismo.
—Y a la otra media cuando decide no pagar —añadió Sosa.
Su voz era seca, pero no desagradable. Dejó el maletín sobre una silla y miró las notas con interés controlado.
—Me han dicho que esta noche puedo ser necesario.
—Esperamos que no —dijo Delacroix.
—Todos esperan eso de los médicos hasta que los necesitan.
Montero lo observó con una confianza moderada.
Delacroix comprendió que Sosa no era un simple añadido de Matilde; debía de conocer bien el barrio, el bar y sus males físicos o morales.
Los médicos de lugares cerrados a veces sabían más que los confesores, porque la gente no siempre se arrepiente de lo que hace, pero casi siempre se queja de lo que le duele.
—¿Ha visto las notas? —preguntó Delacroix.
—No. Matilde solo me dijo que había amenazas. Pensé que exageraba.
—Todos lo pensaron.
—No todos. Ella no.
Matilde encendió un cigarrillo con gesto irritado.
—Si han terminado de analizar mi carácter como si fuera una infección, quizá podamos volver al asunto.
Sosa sonrió apenas.
—El asunto, querida Matilde, es que usted ha permitido durante años que este local funcione como una sala de espera de resentimientos. Me sorprende que hayan tardado tanto en dejarle papelitos.
—Doctor —dijo Montero—, procure ayudar antes de hacerse echar.
—Hago ambas cosas con frecuencia.
Delacroix tomó la segunda nota y se la mostró.
—¿Qué le sugiere esto?
Sosa la leyó. Su rostro no cambió demasiado, pero sus dedos ajustaron el borde del papel con más cuidado al llegar a la frase de la mujer bailando con un muerto.
—Una persona de mal gusto.
—Además.
—Una amenaza de escenario. No habla de una puñalada en un callejón ni de veneno en una copa. Habla de estar muerto mientras todavía se baila. Es decir, de una muerte que no se reconoce de inmediato.
Montero miró a Delacroix. Delacroix no reaccionó. El médico acababa de formular de manera práctica lo que él venía sintiendo desde la noche anterior.
—¿Qué clase de muerte puede no reconocerse de inmediato? —preguntó el detective.
Sosa le devolvió la nota.
—Muchas. Un corazón que falla, una hemorragia interna, un síncope, un veneno lento o rápido según la sustancia, un problema respiratorio, una lesión que no se ve. También un artista demasiado vanidoso para admitir que se está muriendo hasta que el cuerpo deja de obedecerle.
—Conoce a Ramiro.
—Nadie conoce a Ramiro. Lo padecemos por turnos.