Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #6
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Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #6

La tensión se rompió en risas breves, pero Delacroix no rió.

Miraba el bolsillo del delantal de Violeta, la hebilla del zapato de Mora, la pierna derecha de Ramiro, el escenario, la mesa donde Mercedes calculaba el futuro, la columna donde Lisandro mordía su oportunidad, la puerta donde Villalba olía una crónica, el rostro de Matilde bajo una capa de humo que parecía haber envejecido con ella.

El crimen todavía no había ocurrido y, sin embargo, el lugar ya ofrecía demasiadas explicaciones.

Eso era peligroso. Cuando un caso tenía muchos motivos visibles, el verdadero solía moverse protegido por todos ellos.

La mañana continuó entre ensayos, discusiones y preparativos.

Delacroix habló brevemente con los camareros, revisó las puertas del patio, observó la escalera hacia el altillo de vestuario y pidió a Montero que uno de sus hombres permaneciera cerca de los camerinos sin impedir el trabajo.

No encontró nada definitivo. Encontró, en cambio, una acumulación de posibilidades: llaves duplicadas, trajes que pasaban de mano en mano, zapatos guardados en bolsas sin cierre, músicos entrando y saliendo, invitados que enviarían flores, periodistas que llegarían antes de la hora, un escenario demasiado próximo al público y una rutina tan repetida que cualquiera podía esconder en ella un gesto fatal.

Poco antes del mediodía, mientras Matilde discutía con Mercedes por la disposición de las mesas, Delacroix subió al altillo de vestuario.

Violeta estaba allí, sola, colgando chaquetas en una barra de madera.

La habitación tenía techo bajo, olor a polvo, naftalina, cuero, humedad y años.

Había cajas apiladas, baúles con iniciales, vestidos envueltos en sábanas, sombreros, bastones, zapatos viejos, plumas aplastadas, flores artificiales, máscaras de alguna función olvidada.

La luz entraba por una ventana pequeña, suficiente para que el polvo se viera suspendido como una población de insectos inmóviles.

—¿Busca algo? —preguntó Violeta sin volverse.

—Eso espero.

—Aquí todos buscan algo. Un botón, una talla menos, una juventud que ya no les entra.

Delacroix se acercó a una caja abierta donde había zapatos de mujer envueltos en papel.

—¿Estos se usan?

—Algunos. Otros ya no. Matilde no tira nada. Dice que los objetos tienen historia.

—¿Y usted qué dice?

Violeta colgó una chaqueta y alisó la manga.

—Que la historia ocupa espacio.

Delacroix vio, en un rincón del altillo, una caja más pequeña atada con una cinta blanca amarillenta.

No estaba cubierta de polvo como las otras.

Al contrario, parecía haber sido movida hacía poco o limpiada con regularidad.

Violeta siguió su mirada, y por primera vez desde que la conocía se adelantó a impedir algo.

—Eso no pertenece al vestuario.

—¿A quién pertenece?

—A mí.

—Entonces no insistiré.

Violeta pareció desconfiar de la renuncia. Hizo bien. Delacroix no había dicho que no quisiera ver la caja, solo que no insistiría en ese momento. La vestuarista se colocó entre él y el rincón con una naturalidad demasiado calculada.

—¿Monsieur Delacroix?

—Sí.

—Si vino para evitar una muerte, mire a los vivos. Los muertos ya no cambian de sitio.

Delacroix sostuvo su mirada.

—A veces los vivos matan precisamente porque los muertos no pueden hacerlo.

La frase no la quebró, pero algo pasó detrás de sus ojos. Un cierre, quizá. O una puerta que se reforzaba desde dentro.

—Entonces mire bien —dijo ella—. Esta noche todos van a estar muy vivos.

Delacroix no respondió. Bajó del altillo poco después, sin tocar la caja.

Mientras descendía la escalera estrecha, oyó que Violeta movía algo arriba, un roce de cartón contra madera, un nudo desatado o ajustado.

No volvió a subir. No hacía falta. Ya sabía que en aquella caja había algo importante.

Tal vez los zapatos blancos de Elena. Tal vez cartas.

Tal vez solo una memoria demasiado cuidada para ser inocente.

En cualquier caso, no era todavía el momento de abrirla.

En el salón, Ramiro había vuelto a ensayar un paso solo, frente al espejo manchado.

Mora no estaba. Lisandro observaba. Mercedes hablaba con Montero.

Matilde fumaba junto al piano. Villalba, expulsado por tercera vez, escribía de pie cerca de la puerta con el papel apoyado contra la pared.

Anselmo dormitaba con el bandoneón cerrado sobre las rodillas.

Todo parecía a punto de empezar y, al mismo tiempo, demasiado avanzado para detenerse.

Delacroix volvió a su mesa lateral y abrió la libreta. Escribió:

La función no será el comienzo. Será la consecuencia.

Luego miró hacia el escenario, donde Ramiro Acuña practicaba una reverencia frente a un público imaginario. El bailarín se inclinó con gracia perfecta, sonrió a la sala vacía y recuperó la postura con la seguridad de un hombre que creía tener dominado cada centímetro de su cuerpo y de su mundo.

Delacroix cerró la libreta.

La muerte, pensó, solía sentir predilección por esa clase de hombres.