Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #5
La frase no gustó. Precisamente por eso fue útil.
Mora llegó en ese momento, vestida con ropa sencilla de ensayo, el cabello recogido y los zapatos en una bolsa de tela.
Entró sin mirar a Ramiro. Violeta apareció detrás de ella, más lenta, con la caja de costura bajo el brazo.
Lisandro regresó por el pasillo. Mercedes tomó asiento en una mesa lateral con su carpeta abierta.
Matilde permaneció de pie junto a la barra.
Villalba, pese a haber sido expulsado de manera informal, asomó por la puerta principal con una sonrisa inocente que nadie creyó.
—No empiecen sin mí —dijo.
—Tomás —advirtió Matilde.
—No escribiré una línea. Seré invisible.
Anselmo soltó una carcajada seca.
—Usted no sería invisible en una tumba.
Pero nadie lo echó. Eso también interesó a Delacroix. En El Último Farol todos detestaban a Villalba y todos lo toleraban, quizá porque temían más lo que escribiría desde fuera que lo que pudiera ver desde dentro.
Mora sacó los zapatos de la bolsa. Delacroix observó el gesto. Los colocó en el suelo con cuidado, se sentó en una silla y empezó a calzarse. El derecho entró con una resistencia mínima. Ella se detuvo. Violeta se inclinó de inmediato.
—¿Otra vez? —preguntó Ramiro desde el escenario.
Mora no respondió.
—¿Molesta? —preguntó Violeta en voz baja.
—No. Solo está rígido.
—El hilo cede con el calor.
—Eso espero.
Delacroix estaba cerca, pero no tanto como para resultar invasivo.
Violeta ajustó la hebilla con dos movimientos rápidos.
Sus dedos no temblaron. Mora apoyó el pie, probó el peso, giró apenas el tobillo.
Esta vez no hubo sonido extraño. O, si lo hubo, quedó cubierto por el carraspeo de Anselmo y el movimiento de sillas.
—¿Listos? —preguntó el bandoneonista.
—Yo nací listo —dijo Ramiro.
—No. Usted nació ruidoso. Es distinto.
Algunas risas aliviaron la tensión. Ramiro abrió los brazos para recibir a Mora.
Ella subió al escenario. Lisandro se quedó abajo, mirando con la expresión de quien observa una puerta cerrada.
Mercedes anotó algo. Villalba sacó un lápiz; Matilde le quitó el papel de un manotazo antes de que pudiera escribir, y él aceptó la humillación con una alegría casi infantil.
La música empezó.
Delacroix se colocó en un lateral del escenario, desde donde podía ver los pies de Mora, la pierna derecha de Ramiro y las manos de los principales presentes.
No sabía aún qué buscaba, y esa era una de las partes más incómodas de su oficio: había que mirar como si el mundo ya hubiera confesado, aunque todavía no se supiera en qué idioma.
La pareja se movió con una precisión distinta de la noche anterior, menos teatral, más técnica.
El ensayo de mañana quitaba el barniz al espectáculo y dejaba ver la maquinaria.
Ramiro contaba por dentro, aunque fingiera no hacerlo.
Mora corregía su centro de gravedad una fracción antes de que él la obligara a hacerlo.
Anselmo alargaba o comprimía ciertas notas con libertad controlada.
Todo parecía flexible, pero no lo era. Había una estructura. Un camino. Una repetición.
Entonces llegó otra vez el roce.
El zapato derecho de Mora subió junto a la pierna de Ramiro, rozó la tela del pantalón a la altura de la pantorrilla y descendió.
Un gesto breve, elegante, inofensivo. Ramiro continuó.
Mora también. Nadie reaccionó. Solo Delacroix miró hacia Violeta.
La vestuarista estaba de pie junto a una silla, con las manos cruzadas sobre la caja de costura.
Su rostro no había cambiado. Ni un parpadeo fuera de ritmo.
Ni un músculo. Eso, en sí mismo, no significaba nada.
Pero el detective había aprendido que la ausencia perfecta de reacción podía ser tan trabajada como un grito.
La música terminó.
Ramiro soltó a Mora y se volvió hacia el salón con una reverencia exagerada para un público tan reducido. Villalba aplaudió. Anselmo lo insultó en voz baja. Mercedes cerró la carpeta con satisfacción parcial. Montero miró a Delacroix, esperando quizá una conclusión que no llegó.
Mora bajó del escenario y se tocó la hebilla del zapato derecho.
—¿Ahora qué ocurre? —preguntó Ramiro.
—Nada.
—Magnífico. Me conmueve ver que el calzado nacional ha sobrevivido a otra crisis.
Mora siguió caminando sin responder. Delacroix vio que, al pasar junto a Violeta, la bailarina le entregó algo. Fue un gesto mínimo: quizá una hebilla suelta, quizá un hilo, quizá nada más que la bolsa de tela. Violeta lo tomó y lo guardó en el bolsillo de su delantal gris con naturalidad absoluta.
Delacroix se acercó.
—¿Qué le dio?
Mora se volvió.
—¿Perdón?
—A Violeta. Acaba de darle algo.
La vestuarista metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de hilo negro.
—Esto. Se soltó de la costura.
Delacroix lo tomó entre los dedos. Era hilo encerado, breve, común. Podía no significar nada. Lo común, sin embargo, era el territorio predilecto de los crímenes bien hechos.
—¿Se soltó del zapato? —preguntó.
Mora miró a Violeta.
—Creo que sí.
—No afecta —dijo Violeta—. Es sobrante del arreglo.
—Los sobrantes suelen ser más sinceros que las piezas principales —respondió Delacroix.
Violeta lo miró con cansancio.
—Monsieur, si va a encontrar presagios en cada hilo, esta noche no llega vivo a la función.
—Confío en que los presagios me traten con más consideración que las personas.
Montero se acercó y pidió ver el hilo. Delacroix se lo entregó. El comisario lo examinó con evidente falta de entusiasmo científico, pero con buena voluntad.
—¿Quiere que lo guarde? —preguntó.
—Por ahora sí.
Montero envolvió el hilo en un papel. Ramiro, desde el escenario, observaba la escena con una mezcla de diversión e irritación.
—Extraordinario —dijo—. Un hilo bajo custodia. Buenos Aires entra en la modernidad policial.
—Si sigue hablando —dijo Montero—, también pondré bajo custodia su lengua.
Anselmo aplaudió una vez, seco.
—Eso sí sería servicio público.