Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #4
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Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #4

—La madurez suele confundir el abuso con experiencia —respondió Delacroix.

Ramiro lo miró con una alegría casi sincera.

—Empiezo a apreciar su compañía.

—Eso me inquieta.

—No debería. Aprecio muchas cosas que no duran.

Delacroix se acercó a una mesa. Ramiro tomó un cigarrillo de una pitillera de plata y se lo ofreció. El detective lo rechazó. Ramiro encendió el suyo, aspiró y dejó que el humo saliera lentamente, no por necesidad, sino por efecto. Era un hombre construido para ser mirado incluso cuando respiraba.

—Hablemos de las notas —dijo Delacroix.

—Creí que ya lo habíamos hecho.

—Usted habló. No es lo mismo.

Ramiro rió.

—Muy bien. Pregunte.

—¿Por qué tiró la que apareció en su saco?

—Porque no me gusta llevar basura en los bolsillos.

—¿Dónde encontró exactamente la nota?

—En el bolsillo interior del saco que usé para el ensayo. Estaba doblada en dos. Sin sobre.

—¿Quién tuvo acceso a ese saco?

—Violeta, supongo. Mora, quizá. Cualquier persona que pasara por el camerino. Matilde tiene llaves. Mercedes entra donde quiere. Lisandro husmea donde puede. Anselmo no, porque sus piernas ya no le conceden caprichos inútiles. ¿Sigo?

—¿Le preocupa señalar a tanta gente?

—Me preocupa aburrirme. Lo demás es secundario.

—La nota hablaba de una mujer que podía bailar con un muerto sin saberlo.

—Eso dije.

—¿Pensó en Mora?

Ramiro sonrió con menos brillo.

—Mora siempre piensa que todo habla de ella. Yo intento no darle esa satisfacción.

—No le pregunté qué piensa Mora.

—Sí. Pensé en ella. Naturalmente. ¿Quién más baila conmigo de ese modo? ¿Matilde? ¿Mercedes? ¿Violeta? Dios nos libre.

—¿Cree que Mora podría hacerle daño?

El bailarín se tomó un momento para responder. No porque dudara, sino porque disfrutaba administrando la gravedad.

—Mora podría hacerme daño bailando mal. Eso es lo único que no le perdonaría.

—No ha contestado.

—Mora me odia demasiado para matarme.

—Interesante teoría.

—Si me matara, dejaría de tenerme. Hay odios que necesitan presencia.

Delacroix no descartó la frase. Era vanidosa, pero no necesariamente falsa. Algunas dependencias se disfrazaban de rencor con tanto éxito que al final ni la víctima ni el verdugo recordaban qué había debajo.

—¿Y Violeta Cárdenas? —preguntó.

La reacción de Ramiro fue mínima, pero existió: el cigarrillo se detuvo un instante antes de llegar a la boca. Luego continuó su trayecto.

—¿Qué pasa con Violeta?

—Su hija.

—Ah.

Aquel “ah” fue desagradable por su falta de sorpresa. Ramiro sabía que tarde o temprano alguien llegaría a Elena. Quizá lo esperaba. Quizá llevaba años esperando y venciendo esa conversación.

—¿La recuerda? —preguntó Delacroix.

—Recuerdo a muchas mujeres.

—No le pregunté por muchas.

—Elena bailaba bien.

—Todos dicen eso.

—Porque es verdad. A veces incluso la gente sentimental acierta.

—¿Provocó usted su caída?

Ramiro lo miró, y por primera vez en la mañana su rostro perdió del todo la apariencia festiva. No se volvió culpable. Se volvió peligroso.

—Tenga cuidado, monsieur.

—Con las respuestas falsas, siempre.

—No provoqué ninguna caída.

—¿Pero estuvo presente?

—Todos estuvieron presentes. Por eso todos creen saber algo.

Elena quería una noche que no estaba lista para tener.

Se apuró. Se equivocó. Cayó. Después, como era joven y hermosa y pobre, todos decidieron que alguien debía haberle robado el destino.

La idea de que el destino no siempre alcanza para sostener un tobillo les parece menos poética.

La explicación podía ser verdadera. También podía ser la versión pulida durante años por un hombre acostumbrado a sobrevivir a sus propios daños.

—¿La abandonó después?

Ramiro dio una calada larga.

—No era mi esposa, mi hija ni mi responsabilidad.

—Había prometido ayudarla.

—He prometido muchas cosas en camerinos. Es uno de los defectos del entusiasmo.

Delacroix sintió una repugnancia fría, casi profesional. No era indignación. La indignación, cuando se investiga, estorba. Pero sí registró el tono: Ramiro no negaba haber destruido esperanzas; solo negaba que las esperanzas destruidas pudieran acusarlo de algo.

—Violeta lo culpa —dijo.

—Violeta culpa al mundo. Yo solo tuve la mala suerte de tener rostro.

—¿No teme su resentimiento?

Ramiro miró hacia el pasillo de vestuario.

—Violeta cose trajes, monsieur. No destinos.

—Subestima los oficios manuales.

—Usted sobrestima las tragedias domésticas.

La puerta del pasillo volvió a abrirse. Violeta Cárdenas apareció con varios trajes cubiertos por fundas de tela.

No parecía haber oído, aunque Delacroix jamás concedía a una aparición semejante la inocencia de la casualidad.

Ramiro la vio y sonrió con una amabilidad tan falsa que resultó casi más cruel que un insulto.

—Violeta, querida, justo hablábamos de usted.

—Entonces hablaban bajo —respondió ella—. No sentí que me ardieran las orejas.

Ramiro soltó una risa.

—Esta noche necesito la chaqueta negra, no la azul. La azul me envejece.

—No es la chaqueta.

El silencio posterior fue breve, pero suficiente.

Ramiro sostuvo la sonrisa. Violeta no añadió nada.

Dejó los trajes sobre una silla y abrió una funda.

Sus manos se movían con la misma precisión de la noche anterior.

Delacroix la observó desde un costado, sin intervenir.

Violeta sacó una chaqueta negra impecable, pasó los dedos por el cuello, revisó un botón, retiró un hilo inexistente o casi invisible.

Ramiro se acercó para probarla. Durante unos segundos, la vestuarista quedó detrás de él, ajustándole los hombros, acomodando la tela alrededor de su cuerpo.

La imagen era extraña: una mujer que quizá lo odiaba tocándolo con cuidado, reparando su apariencia para que el público lo encontrara perfecto.

Si la venganza podía tener paciencia, pensó Delacroix, pocas escuelas mejores que esa.

—¿Y los zapatos? —preguntó Ramiro.

—Los suyos están listos.

—Los míos siempre están listos. Me preocupan los de Mora. Anoche parecía bailar con una piedra.

—Los revisé.

—Revise otra vez. No quiero excusas esta noche.

Violeta levantó la vista hacia el espejo de la pared, donde el rostro de Ramiro aparecía junto al suyo, ligeramente deformado por las manchas del cristal.

—Nadie quiere excusas cuando está seguro de ganar.

Ramiro la miró a través del reflejo.

—¿Y usted, Violeta? ¿Está segura de algo?

Las manos de la mujer se detuvieron sobre el cuello de la chaqueta. Delacroix notó el movimiento, no por visible sino por interrumpido. Luego Violeta terminó de acomodar la tela.

—De que este botón se va a caer si sigue tirando del saco como un muchacho nervioso.

Ramiro rio, satisfecho de no haber recibido la respuesta que quizá buscaba.

Delacroix, en cambio, se quedó con la pregunta.

¿Está segura de algo? Había sonado demasiado personal para ser una burla casual.

Ramiro sabía que Violeta lo culpaba. Eso era evidente.

También sabía, tal vez, que ese rencor había envejecido sin apagarse.

La pregunta era si lo temía de verdad o si su vanidad le impedía imaginar que alguien silencioso pudiera dañarlo.

Mercedes regresó del despacho con Matilde. Ambas venían discutiendo en voz baja, pero se callaron al ver a Ramiro con la chaqueta puesta. Mercedes rodeó a su hermano, ajustó con dos dedos la solapa que Violeta acababa de acomodar y miró el conjunto con aprobación profesional.

—La negra —dijo.

—La negra —confirmó Ramiro—. Violeta cree que la azul no es el problema.

—Violeta suele tener razón sobre las telas.

—Y sobre otras cosas —dijo la vestuarista, casi para sí.

Mercedes la oyó. Ramiro también. Matilde fingió no haber oído. Delacroix decidió que en El Último Farol la mitad de las conversaciones importantes ocurrían en frases que todos simulaban no registrar.

—Monsieur Delacroix —dijo Mercedes—, si ha terminado de interrogar a mi hermano, necesitamos ensayar.

—No he terminado.

—Entonces interróguelo caminando. Esta noche hay función.

—Su sentido de la prioridad es admirable.

—Mi sentido de la prioridad paga cuentas.

Ramiro se quitó la chaqueta y se la entregó a Violeta sin mirarla.

La vestuarista la recibió, la colgó y salió hacia el pasillo.

Delacroix la siguió con los ojos. No llevaba su caja de costura, pero sí un pequeño alfiletero atado a la muñeca.

Los alfileres brillaron un instante bajo la luz de la mañana.

Objetos diminutos, inofensivos, repetidos.

El detective volvió a pensar en el zapato derecho de Mora y en el roce sobre la pierna de Ramiro.

Anselmo Quiroga llegó poco después, con el bandoneón en una mano y el cuerpo entero quejándose en silencio antes de que él abriera la boca.

Entró por la puerta lateral del patio, saludó a nadie en particular y se sentó junto al escenario como si hubiera ocupado ese sitio desde antes de que existiera el edificio.

—Llegan temprano los buitres —dijo.

—Buenos días, Anselmo —respondió Matilde.

—No dije que fuera malo. Los buitres limpian.

Montero apareció detrás de él, acompañado por dos agentes discretos solo en la medida en que dos hombres de policía pueden serlo dentro de un bar de tango a media mañana. El comisario saludó con el sombrero y miró a Delacroix.

—Entradas vigiladas. Pasillo vigilado. Patio vigilado. Mis hombres harán lo posible por no parecer muebles.

—En este lugar los muebles oyen bastante —dijo Delacroix.

—Entonces quizá pasen inadvertidos.

Ramiro aplaudió una vez, con impaciencia.

—¿Podemos ensayar o necesitamos pedir autorización a media Europa y a toda la policía local?

—Ensayen —dijo Montero—. Así todos sabremos qué se supone que debería pasar antes de que alguien cambie el programa.