Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #3
—No me diga que Mora ya estuvo llorando sobre sus zapatos.
—Mora no llora —dijo Matilde.
—Peor. Las mujeres que no lloran acumulan.
—Esa frase puede volverse incómoda en boca de la hermana de Ramiro —observó Delacroix.
Mercedes lo miró con frialdad.
—No me acuse de sutileza, monsieur. La considero una debilidad.
La puerta lateral se abrió antes de que Delacroix pudiera responder.
Lisandro Varela entró desde el pasillo que comunicaba con el patio, vestido para ensayar pero todavía sin zapatos de baile.
Llevaba una camisa blanca mal abotonada en el cuello y el cabello húmedo, quizá por haberse lavado en una palangana del camerino.
Al ver a Mercedes, se detuvo. La tensión entre ambos no era de intimidad, sino de jerarquía: él esperaba algo que ella podía conceder o negar.
—Llegas temprano —dijo Mercedes.
—Quería practicar.
—La función no es tuya.
—Todavía no.
El silencio posterior fue lo bastante breve para parecer accidental y lo bastante largo para no serlo. Matilde cerró los ojos un instante. Delacroix observó a Lisandro con interés. El joven se dio cuenta de que había hablado de más y trató de corregirlo con una sonrisa.
—Quiero decir que soy suplente. Si algo ocurre, debo estar preparado.
—Qué prudencia tan fúnebre —dijo Delacroix.
Lisandro lo miró.
—¿Y usted es?
—Un hombre que hace preguntas cuando las respuestas llegan demasiado ansiosas.
Mercedes hizo una presentación escueta. Lisandro saludó con una mezcla incómoda de respeto y desafío. Era evidente que quería parecer seguro y que aún no sabía hacerlo sin imitar a Ramiro. En él, la arrogancia no era una piel, sino un traje prestado que le quedaba apenas grande.
—¿Conoce las notas? —preguntó Delacroix.
—Todos conocen las notas.
—Eso empieza a ser una frase molesta.
—En un bar no hay secretos. Solo horarios.
—¿Le preocupan?
Lisandro miró hacia el escenario. Los ojos se le fueron al centro de la tarima, no a Delacroix. Allí, quizá, se imaginaba ocupando el lugar de Ramiro, recibiendo el aplauso, abrazando a Mora o a otra mujer bajo las lámparas. La ambición no lo hacía culpable, pero sí lo volvía transparente.
—Me preocupan si arruinan la función.
—¿Por qué?
—Porque llevo tres años esperando una oportunidad y cada vez que parece acercarse alguien cambia la música.
Mercedes soltó una risa seca.
—La oportunidad no se hereda por proximidad, Lisandro.
—No. Algunos la heredan por apellido.
La frase fue contra ella, pero también contra Ramiro. Mercedes dio un paso hacia el joven.
—Mi hermano llegó donde llegó porque baila mejor que tú.
—Su hermano llegó donde llegó porque cuando alguien bailaba mejor, él encontraba la manera de que no volviera a hacerlo.
Matilde palideció apenas. Delacroix lo vio. Mercedes también. El nombre de Elena no fue pronunciado, pero entró en la sala con la brusquedad de una puerta abierta por el viento. Lisandro pareció advertir demasiado tarde el alcance de su frase.
—¿A quién se refiere? —preguntó Delacroix.
—A nadie.
—Curiosa manera de describir a alguien.
—Hablo del ambiente. Ramiro pisa fuerte. A veces demasiado.
Mercedes recogió su carpeta.
—Ten cuidado con lo que insinuas, muchacho. La envidia tiene peor postura que el miedo.
Lisandro enrojeció, pero no retrocedió.
—Y la dependencia tiene peor olor que el sudor.
El camarero dejó de barrer. Matilde intervino con voz baja y terrible:
—Basta. Si todos van a venir a ensayar sus rencores antes de la función, cobraré entrada desde la mañana.
Nadie respondió. Delacroix pensó que la frase, además de buena, resumía con precisión el problema: aquella casa llevaba años ensayando una escena que quizá esa noche encontraría por fin su forma.
Lisandro se apartó hacia el escenario. Mercedes permaneció junto a la mesa, respirando con una calma demasiado fabricada.
—Quiero hablar con él a solas —dijo Delacroix.
—Lisandro habla demasiado cuando está acompañado y demasiado poco cuando se cree importante —respondió Mercedes.
—Entonces elegiré un punto intermedio.
Matilde hizo un gesto al camarero para que dejara de fingir.
El joven desapareció hacia la barra con la escoba.
Mercedes tomó su carpeta y se dirigió al despacho sin pedir permiso, como si el lugar también le perteneciera por la simple acumulación de problemas que había resuelto en él.
Matilde dudó entre seguirla o quedarse, pero Delacroix le pidió que lo dejara con Lisandro.
La dueña aceptó de mala gana y se alejó hacia el pasillo.
El joven estaba sobre el escenario, estirando una pierna con una concentración demasiado ostentosa.
Delacroix subió sin prisa. Visto desde allí, el salón cambiaba.
Las mesas parecían más pequeñas, los rostros imaginarios del público más próximos, la puerta de entrada más lejana.
El escenario ofrecía una ilusión peligrosa: la de estar por encima de los demás cuando en realidad uno quedaba expuesto a todos.
—¿Baila con Mora? —preguntó.
Lisandro enderezó el cuerpo.
—Cuando Ramiro no está.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Ensayos. Reemplazos. Prácticas. Nada que merezca una crónica.
—¿Le gustaría que mereciera una?
El joven sonrió, pero no con felicidad.
—A nadie se le enseña a bailar para quedarse junto a una columna mirando cómo otro envejece bajo los aplausos.
—Ramiro no parece viejo.
—Eso es lo peor. Todavía le alcanza para impedir que los demás vivamos.
—¿Lo odia?
Lisandro miró hacia el piano, luego hacia las fotografías de la pared. No era un hombre entrenado para esconder. Sus emociones se movían demasiado cerca de la superficie.
—Lo admiro —dijo al fin—. Eso es más humillante.
—¿Y a Mora?
Esta vez sí hubo cautela. Tardía, pero clara.
—Mora es una gran bailarina.
—No le pregunté eso.
—Entonces no responderé.
—Una respuesta suficiente.
Lisandro bajó del escenario con un salto suave. Sus pies tocaron la madera sin ruido. Delacroix observó que tenía buena técnica, quizá muy buena. La distancia entre ser excelente y ser inolvidable, sin embargo, podía parecer pequeña desde fuera y resultar insoportable desde dentro.
—Ramiro sabe que usted quiere su lugar —dijo.
—Ramiro cree que todos quieren su lugar.
—¿Se equivoca?
—No. Pero lo usa como si fuera una virtud.
—¿Usted recibió alguna nota?
—No.
—¿Sabe quién pudo escribirlas?
Lisandro se encogió de hombros.
—Alguien con memoria.
—Aquí todos parecen tenerla.
—No. Algunos tienen recuerdos. Es distinto.
La memoria sirve para no repetir. Aquí se repite todo, nada más.
Las mismas parejas, las mismas humillaciones, las mismas promesas.
Ramiro prometió cosas a Elena, se las prometió a Mora, se las promete a cualquiera que le devuelva una versión más joven de sí mismo.
Y todos fingimos sorpresa cuando la historia termina mal.
—¿Conoció a Elena?
—Era un niño. La vi bailar una vez. O creo haberla visto. Tal vez solo recuerdo lo que otros contaron después.
—¿Y qué contaron?
Lisandro perdió parte de su insolencia. Hablar de Elena lo hacía parecer más joven.
—Que tenía luz. Esa palabra usaban. Luz. Como si el talento fuera una lámpara y no un trabajo. Después decían que se apagó. Qué fácil, ¿no? Una muchacha se cae, pierde todo, se consume durante años, y los demás dicen que se apagó, como si nadie hubiera soplado.
Delacroix dejó que la frase se asentara. Era demasiado dolorosa para ser solo envidia ajena. Lisandro quizá no sabía más que rumores, pero los rumores, cuando sobreviven tantos años, a menudo conservan el contorno de una verdad aunque hayan perdido los detalles.
—¿Cree que Ramiro provocó su caída?
—Creo que Ramiro nunca empuja a nadie cuando puede lograr que el suelo parezca culpable.
La imagen era interesante. Delacroix la guardó junto a las notas sobre zapatos. Demasiado suelo, demasiados pies, demasiadas caídas. El lenguaje del bar parecía girar siempre alrededor de lo mismo.
—¿Dónde estaba usted anoche mientras Violeta arreglaba el zapato de Mora? —preguntó.
Lisandro parpadeó.
—¿El zapato?
—Sí.
—No sé. Por aquí.
—Una ubicación amplia.
—En el salón. Cerca de la columna.
—Lo vi cerca de la columna. También pudo acercarse al camerino.
—¿Me acusa de tocar los zapatos de Mora?
—Le pregunto si pudo hacerlo.
—Todos pudieron hacerlo. Ese es el problema con este lugar. Las puertas están cerradas solo para que alguien tenga el gusto de abrirlas.
No era mala respuesta. Tampoco era inocente.
Delacroix iba a insistir cuando la puerta principal se abrió de golpe y Ramiro Acuña entró como si la mañana hubiera estado esperándolo.
Vestía un traje claro, llevaba sombrero y bastón, aunque el bastón parecía más decorativo que necesario.
Miró el salón, a Lisandro, a Delacroix y al escenario con una satisfacción inmediata, la de un propietario que no necesita haber pagado para sentirse dueño.
—Qué conmovedor —dijo—. Mi suplente ensaya y mi detective lo supervisa. Solo falta un cura para bendecir el fracaso.
Lisandro apretó los puños.
—Buenos días también para usted.
—No abuses de la ironía, muchacho. Es como el escenario: no favorece a todos por igual.
Delacroix bajó del escenario. Ramiro dejó el sombrero sobre una mesa y se quitó los guantes lentamente. Parecía descansado, demasiado descansado para un hombre amenazado. O tal vez había decidido que el desafío consistía precisamente en no parecer preocupado.
—Monsieur —dijo—, ¿pasó buena noche en nuestra ciudad?
—Buenos Aires hace todo lo posible por impedirlo.
—Entonces lo ha recibido con cortesía.
Ramiro se volvió hacia Lisandro.
—Ve a buscar a Anselmo. Si vas a rondar como un heredero impaciente, al menos sirve para algo.
El joven no se movió.
—No soy su criado.
—No. Los criados suelen ser útiles.
Durante un segundo, Delacroix pensó que Lisandro iba a golpearlo. No lo hizo. Eso quizá lo salvó de una humillación peor, porque Ramiro parecía esperar el arrebato con una sonrisa preparada. Lisandro bajó del escenario y salió por la puerta lateral. Ramiro lo vio marcharse.
—La juventud cree que el deseo ya es mérito —dijo.