Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #2
16%

Capítulo 4 — Los que viven del aplauso #2

—Vine porque la función de esta noche importa —dijo—.

Ramiro Acuña no es solo un bailarín. Es una institución en miniatura, y las instituciones en miniatura resultan más peligrosas que las grandes porque todavía pueden sangrar.

Si se va de El Último Farol, como muchos sospechan, esta casa pierde su último argumento comercial.

Si no se va, otros pierden una oportunidad.

En cualquier caso, habrá drama. Mi oficio consiste en estar presente cuando la vanidad se confunde con el destino.

—Un oficio exigente.

—Menos que el suyo, supongo. Yo llego después del cadáver.

—No siempre —dijo Delacroix.

Villalba sostuvo su mirada un segundo de más. Matilde intervino antes de que la conversación se volviera más interesante de lo conveniente.

—Tomás, si ya terminaste de molestar, vuelve esta noche. Necesito hablar con monsieur Delacroix.

—Todos necesitamos hablar con monsieur Delacroix, querida Matilde. Esa es la tragedia de tener un extranjero distinguido en casa: obliga a los secretos locales a ponerse corbata.

Se despidió con una inclinación burlona y bajó del escenario.

Antes de salir, se detuvo junto a una pared de fotografías, observó una en particular y la tocó con el extremo de los dedos.

Delacroix siguió el gesto. Era la misma fotografía que había visto en el despacho, aunque en una copia más grande: Ramiro joven, Matilde, Anselmo, varios artistas y la muchacha de vestido claro con zapatos blancos.

Elena Cárdenas. Villalba sonrió apenas, como quien reconoce una mina bajo la alfombra, y luego se marchó.

—No me agrada ese hombre —dijo Matilde.

—Eso no demuestra nada malo de él. A veces es una defensa razonable de la personalidad.

—Tomás sabe demasiado y comprende demasiado poco. Es una combinación muy porteña, pero no por eso menos peligrosa.

Delacroix bajó del escenario hacia la sala.

Quería observar el bar vacío antes de que los artistas, empleados y clientes lo transformaran otra vez en una versión presentable de sí mismo.

Matilde lo siguió. El camarero joven barría cerca de la barra con una lentitud que parecía calculada para escuchar.

Delacroix se acercó a una de las mesas laterales, desde donde la víspera había visto la mayor parte del ensayo.

El ángulo era bueno: escenario, puerta del pasillo, entrada principal, barra.

Matilde había elegido bien su sitio, o lo había heredado de años de vigilar a todos sin parecer una carcelera.

—¿Quién más vendrá esta noche? —preguntó.

—Los habituales, algunos invitados, antiguos bailarines, periodistas, empresarios, dos concejales que jurarán no haber estado si algo sale mal, señoras que amaron a Ramiro cuando él todavía tenía la delicadeza de no saberlo, hombres que lo odian porque no pudieron ser él, mujeres que lo odian porque sí lo conocieron. Nada fuera de lo común.

—Una definición amplia de lo común.

—Es Buenos Aires.

—Necesito nombres.

Matilde suspiró, pero fue hasta la barra y tomó una lista escrita a mano. La dejó sobre una mesa. Delacroix leyó sin prisa. Algunos nombres no le dijeron nada; otros habían sido subrayados por Matilde, quizá por importancia, quizá por deuda. Entre ellos vio Mercedes Acuña. Levantó la vista.

—¿La hermana?

—Sí. Administradora, agente, carcelera y, según el día, mártir de Ramiro.

—¿Lo quiere?

Matilde no respondió de inmediato. Encendió por fin el cigarrillo que llevaba demasiado tiempo pidiendo fuego.

—Mercedes quiere el apellido Acuña. Ramiro es el principal capital de ese apellido. Lo que siente por el hombre que lo lleva es más difícil de precisar.

—¿Tiene dinero?

—Tiene deudas con modales.

—¿Ramiro?

—Ramiro tiene talento. En muchos artistas eso sustituye al dinero hasta que deja de hacerlo.

—¿Ella se beneficia si él se marcha de El Último Farol?

—Si lo acompaña, sí. Si él la deja atrás, no. Ramiro habla de irse con una compañía nueva, pero no ha aclarado a quién se lleva. Esa incertidumbre está enfermando a varias personas.

—¿A usted también?

Matilde exhaló humo con lentitud.

—Monsieur, mi casa depende de un hombre al que desprecio. Le aseguro que la enfermedad viene de lejos.

La franqueza era útil, aunque Delacroix no confundía franqueza con inocencia.

Matilde sabía dosificar la verdad con la elegancia de quien ha mentido durante años por motivos que al principio parecían nobles y luego solo cómodos.

En ese momento se abrió la puerta principal y entró una mujer vestida de azul oscuro, con sombrero pequeño, guantes claros y una carpeta de cuero bajo el brazo.

No era joven, aunque tampoco vieja; su rostro tenía la tensión de quienes han dedicado demasiada energía a corregir los desórdenes ajenos.

Al ver a Matilde, apretó los labios. Al ver a Delacroix, los apretó un poco más.

—Mercedes —dijo Matilde.

—Llegué temprano para evitar sorpresas. Veo que fracasé.

Mercedes Acuña tenía la voz seca, sin el encanto de Ramiro ni la teatralidad de Villalba.

Su elegancia era administrativa. No buscaba seducir ni impresionar, sino establecer una posición antes de que alguien pudiera arrebatársela.

Delacroix la saludó. Ella inclinó la cabeza con cortesía mínima y miró la lista sobre la mesa.

—¿Está revisando invitados?

—Entre otras cosas —dijo Delacroix.

—Espero que esas otras cosas no entorpezcan la función. Ramiro detesta las interrupciones.

—Los muertos también.

Matilde murmuró su nombre en tono de advertencia. Mercedes, en cambio, no se escandalizó. Lo miró con más atención, quizá porque las personas que no adornan una amenaza suelen merecer respeto, aunque no simpatía.

—Entonces es cierto —dijo—. Matilde contrató un detective.

—Me pidió ayuda.

—Matilde nunca pide ayuda. Recluta cómplices para que luego parezcan invitados.

—Mercedes —dijo Matilde.

—No pongas esa voz conmigo. Si querías discreción, no deberías haber convertido una colección de papelitos anónimos en asunto internacional.

Delacroix observó que Mercedes no parecía asustada por las notas, sino furiosa por la pérdida de control. Eso podía significar que no las tomaba en serio, o que las entendía mejor de lo que admitía.

—¿Ha visto las notas? —preguntó.

—No.

—¿Sabe qué dicen?

—Sé lo suficiente. Faroles, zapatos, mujeres, muertos. Ese tipo de sentimentalismo que aquí se confunde con profundidad.

—¿Quién se lo contó?

—Ramiro.

—¿Le preocupó?

Mercedes dejó la carpeta sobre la mesa y se quitó un guante dedo por dedo.

—Monsieur Delacroix, mi hermano recibe amenazas desde que tenía dieciséis años. Algunas venían de hombres que lo envidiaban, otras de mujeres que no toleraban haber sido elegidas y descartadas con la misma facilidad. La mayoría eran ridículas. Algunas, conmovedoras. Ninguna le impidió dormir.

—No le pregunté si le impedían dormir a él.

La mujer detuvo el movimiento del segundo guante. Fue una pausa mínima, pero exacta.

—A mí me impide dormir Ramiro. Las amenazas son un ruido menor.

—¿Qué hará si se va de El Último Farol?

—Lo que hago siempre. Ordenar lo que él desordena.

—¿Y si se va sin usted?

Mercedes terminó de quitarse el guante y lo dejó sobre la carpeta. Matilde miró hacia la barra. El camarero fingía barrer el mismo metro de suelo desde hacía demasiado tiempo.

—Ramiro no se irá sin mí —dijo Mercedes.

—Eso suena a confianza.

—Suena a experiencia. Mi hermano sabe brillar. No sabe cobrar, leer un contrato, rechazar un mal trato, pagar una deuda ni recordar a quién insultó la noche anterior. Sin mí, en tres meses estaría bailando para turistas borrachos por monedas y llamándolo libertad.

—Habla de él con afecto.

—Hablo de él con conocimiento.

—A veces se parecen.

—No en mi familia.

La respuesta fue más triste de lo que Mercedes habría deseado. Delacroix notó que Matilde la miraba ahora con una compasión muy leve, casi imperceptible, y quizá por eso Mercedes endureció de nuevo el rostro.

—Esta noche Ramiro bailará —dijo—. Después habrá una cena privada. Mañana discutiremos contratos. Eso es todo lo que importa.

—¿Con quién discute los contratos?

—Con quien pague.

—Una respuesta amplia.

—El talento necesita amplitud.

—Y las deudas también.

Mercedes no parpadeó. Delacroix había tocado algo, aunque no todavía un nervio abierto.

—Si desea preguntarme por dinero, hágalo sin rodeos.

Le ahorraré tiempo: debemos algo, nos deben más, y Matilde debe a todos.

Ese es el estado habitual de cualquier empresa artística que no se haya resignado a vender entradas para animales amaestrados.

Si Ramiro firma con la compañía que lo pretende, todos respiraremos.

Si no firma, respiraremos menos. Si muere, como parecen sugerir con tanto placer, el problema se volverá menos contable y más irreversible.

—¿Quién lo pretende?

Mercedes dudó. No por ignorancia, sino por cálculo. Matilde respondió antes:

—El Teatro Esmeralda.

La mirada de Mercedes hacia ella fue rápida y venenosa.

—Eso no estaba anunciado.

—Muchas cosas no lo están.

Delacroix recordó el nombre. Teatro Esmeralda.

Podía ser real, poderoso, rival de El Último Farol o una simple promesa usada por Ramiro para aumentar su precio.

En cualquier caso, añadía presión. Si Ramiro se marchaba, Matilde perdía su estrella; Mora perdía su lugar; Lisandro quizá ganaba una oportunidad o la perdía si el proyecto no lo incluía; Mercedes dependía de ser llevada con él; Violeta, de manera menos visible, podía verse obligada a seguir cosiendo para el hombre que había destruido a su hija o a verlo triunfar en otro escenario.

Cada línea abría un resentimiento nuevo.

—¿Mora iría con él? —preguntó Delacroix.

Mercedes sonrió sin alegría.

—Mora cree que todavía negocia. Eso la ayuda a levantarse por las mañanas.

—Ramiro piensa reemplazarla.

—Ramiro piensa muchas cosas y ejecuta solo las que le convienen en el último minuto.

—¿Por quién?

—Hay candidatas. Siempre las hay.

Matilde miró hacia el pasillo de camerinos. Mercedes siguió la dirección de esa mirada y pareció comprender algo.