Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 4 — Los que viven del aplauso
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Capítulo 4 — Los que viven del aplauso

A la mañana siguiente, Buenos Aires amaneció con una luz turbia, no exactamente nublada, sino velada por una humedad que parecía haber subido del río durante la noche para instalarse entre las fachadas, los balcones y las copas de los árboles.

Desde la ventana del hotel, Armand Delacroix contempló durante unos minutos la calle todavía indecisa entre el descanso y la actividad.

Pasaban carros, algún coche, hombres con sombrero que caminaban con el periódico doblado bajo el brazo, criadas que apuraban el paso con cestos cubiertos por paños, vendedores que empezaban a ofrecer mercancías con voces más resignadas que entusiastas.

En una esquina, dos hombres discutían frente a un café cerrado, quizá de política, quizá de carreras, quizá de una mujer; en Buenos Aires, pensó Delacroix, la intensidad de una conversación no parecía guardar relación necesaria con la importancia del asunto tratado.

Había dormido poco. No lo suficiente para sentirse descansado, pero sí para que la mente dejara de repetir de manera inútil las mismas frases.

Al despertar, sin embargo, las frases seguían allí, ordenadas como piezas sobre una mesa de disección: los zapatos recuerdan; una mujer puede bailar con un muerto; antes del último acorde.

Las amenazas no le molestaban por su teatralidad, sino por su estructura.

Había en ellas una progresión demasiado pensada, una voluntad de dirigir la mirada.

Delacroix había conocido asesinos que ocultaban sus intenciones bajo el silencio y otros que las disfrazaban de casualidad; aquel, en cambio, parecía querer construir una interpretación antes de cometer el acto.

No bastaba matar. Había que lograr que la muerte significara algo, o que todos creyeran comprender lo que significaba.

Esa vanidad, o esa necesidad de justicia privada convertida en espectáculo, le preocupaba más que cualquier arma.

Desayunó en el salón del hotel, donde un camarero somnoliento le sirvió café, pan, manteca y una amabilidad apenas suficiente.

En una mesa cercana, dos viajantes hablaban de precios con la melancolía de quienes consideran que el mundo existe para encarecerse.

Delacroix desplegó su libreta y revisó las notas de la noche anterior.

No añadió mucho. A veces, escribir demasiado pronto era una manera elegante de engañarse.

Solo trazó una línea bajo el nombre de Elena Cárdenas y, debajo, una pregunta: ¿accidente, humillación o ensayo general de otra cosa?

La formulación le desagradó en cuanto la vio.

No porque fuera falsa, sino porque parecía demasiado literaria.

Cerró la libreta. El caso ya tenía bastante teatro sin que él colaborara.

A las nueve menos cuarto, salió hacia San Telmo.

El coche avanzó por calles que a esa hora mostraban una cara menos nocturna pero no menos intensa.

Los bares levantaban persianas, los barrenderos empujaban la suciedad hacia las esquinas, algunas ventanas se abrían con desgano, y en las veredas se mezclaban olores de café recién hecho, tabaco viejo, pan caliente, humedad de patio y agua estancada.

Delacroix miró los edificios con interés contenido.

Buenos Aires no era la ciudad que algunos europeos presumían haber encontrado al otro lado del océano como un eco suyo; tenía fachadas que imitaban, sí, pero también una manera propia de desmentir cualquier imitación.

La elegancia aparecía junto a la grieta, el mármol junto al barro, la cortesía junto a una insolencia súbita.

Era una ciudad que parecía pedir reconocimiento y rechazarlo en el mismo gesto.

El Último Farol, de día, era más pequeño y más triste.

La lámpara sobre la puerta estaba apagada, y sin su resplandor tembloroso el letrero pintado a mano parecía menos romántico, casi obstinado.

La fachada mostraba descascaramientos que la noche había perdonado.

Los vidrios, empañados la víspera por humo y calor, dejaban ver ahora un interior quieto, con las sillas subidas sobre algunas mesas, el escenario vacío y una claridad oblicua entrando por los huecos de las cortinas.

Delacroix llamó dos veces. Tardaron en abrirle.

Finalmente apareció un camarero joven, el mismo que había visto la noche anterior fingiendo no escuchar, con el cabello revuelto y expresión de haber sido obligado a existir antes de lo previsto.

—Monsieur Delacroix —dijo, como si el nombre le resultara al mismo tiempo respetable e inconveniente—. Doña Matilde avisó que podía entrar.

—Qué consideración.

—No todos lo tomarían así.

El joven se apartó para dejarlo pasar. Delacroix cruzó el umbral y recibió el olor del bar sin la música que lo justificara.

De día, los lugares nocturnos solían volverse indecentes.

Mostraban la ceniza, las manchas, las copas mal lavadas, la madera rayada, la grasa en los bordes de las lámparas, los restos de una emoción que la noche anterior había parecido profunda y que a la mañana siguiente se reducía a un trabajo de limpieza.

El Último Farol no era excepción. Aun así, conservaba cierta dignidad; quizá porque su deterioro no parecía descuido, sino permanencia.

Matilde Alzaga estaba en el escenario, de pie junto al piano, hablando con un hombre flaco de bigote fino que sostenía una carpeta de papeles contra el pecho.

Al verlo entrar, interrumpió la conversación con un gesto.

Vestía de negro, como la noche anterior, aunque a la luz de la mañana el negro parecía menos elegante y más defensivo.

Tenía ojeras leves, y el cigarrillo que sostenía entre los dedos aún no estaba encendido, como si hubiera olvidado completar el hábito.

—Monsieur Delacroix. Ha madrugado.

—Usted necesitaba que alguien llegara antes que la muerte.

—La muerte no siempre es madrugadora.

—La premeditación sí.

El hombre de la carpeta lo miró con interés inmediato, demasiado inmediato.

Delacroix lo clasificó antes de que Matilde lo presentara: periodista, empresario menor, abogado teatral o alguna forma híbrida de los tres.

Tenía ojos vivos, una sonrisa ensayada y el aspecto de alguien que prefería estar cerca de cualquier desastre antes que lejos de cualquier noticia.

—Tomás Villalba —dijo Matilde, con un tono que no ocultaba del todo su fastidio—. Escribe sobre teatro, música y otras desgracias públicas.

—Madame, me hiere —respondió el hombre—. Yo diría que las administro con prosa.

—Eso es lo que me preocupa.

Villalba se inclinó hacia Delacroix con cortesía afectada.

—El famoso monsieur Delacroix. Buenos Aires ya comienza a merecer su lugar en los mapas.

—Los mapas suelen arreglárselas sin mí.

—Qué modestia tan francesa.

—Es desconfianza. Se parecen solo desde lejos.

El periodista sonrió, satisfecho de haber encontrado resistencia.

Delacroix no devolvió la sonrisa. Había en Villalba una avidez que lo irritaba, no porque fuera excepcional, sino porque era demasiado reconocible.

Los hombres de prensa que merodeaban un posible crimen antes de que ocurriera solían decirse observadores de la sociedad; la sociedad, por su parte, les servía de excusa para oler la sangre sin mancharse los zapatos.

—Tomás ha venido a confirmar detalles de la función —dijo Matilde.

—Y a tranquilizar a una ciudad que todavía no sabe que debería estar inquieta —añadió Villalba.

—La ciudad no necesita su ayuda para inquietarse —respondió ella.

Delacroix subió al escenario y miró el piano.

Sobre la tapa había marcas circulares de copas, polvo mal retirado y un pequeño rasguño reciente en la madera.

La primera nota anónima había aparecido allí.

Se inclinó sin tocar y observó el borde más cercano al público.

Desde el salón, cualquiera podía dejar un papel sobre el piano si el bar estaba abierto y nadie vigilaba demasiado.

Desde el pasillo lateral, también. Desde el escenario, por supuesto.

El acceso no reducía la lista de sospechosos; la ampliaba hasta volverla casi inútil.

—¿A qué hora apareció la primera nota? —preguntó.

Matilde apagó el cigarrillo sin haberlo encendido. El gesto le dio un instante para ordenar la memoria.

—Después del cierre. Violeta la encontró mientras guardaba unos trajes.

—¿Violeta cierra el vestuario?

—Violeta cierra todo lo que los demás dejan abierto.

Villalba soltó una risa breve.

—Esa mujer podría cerrar un ataúd desde dentro.

Matilde lo fulminó con la mirada.

—No hable de ella así.

El periodista levantó las manos en gesto de rendición, pero sus ojos registraron la reacción con placer profesional.

Delacroix hizo lo mismo, aunque con menos entusiasmo.

Matilde protegía a Violeta por costumbre, culpa o dependencia.

Tal vez por las tres cosas. En una casa antigua, esas lealtades se mezclaban hasta volverse indistinguibles.

—¿Usted conocía las notas? —preguntó Delacroix a Villalba.

—Conocía la existencia de rumores. Buenos Aires es una ciudad donde los rumores llegan siempre antes que las invitaciones.

—No le pregunté por rumores.

—Entonces no, monsieur. No he visto las notas. Solo he oído que alguien quiso ponerle poesía al miedo de doña Matilde.

—¿Quién se lo dijo?

Villalba abrió la carpeta, sacó un papel, lo miró sin necesidad y volvió a guardarlo. Era un gesto para ganar tiempo, o para demostrar que lo tenía.

—Un músico. Un camarero. Una mujer ofendida. Quizá todos. La fuente exacta arruinaría el encanto.

—Y facilitaría la investigación.

—No sabía que ya investigábamos.

—Eso suele decirlo quien se adelanta a una escena para tener buena ubicación.

La sonrisa del periodista se volvió más fina. No era un hombre tonto. Eso lo hacía menos agradable y más útil.