Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 3 — La pareja imposible #5
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Capítulo 3 — La pareja imposible #5

—El tango es un asunto de cuerpos, monsieur.

No de deducciones. Aquí una mujer puede odiarlo con los ojos y salvarlo con las piernas.

Un hombre puede abrazar a alguien y estar pensando en otra.

El público ve pasión donde solo hay técnica.

Ve amor donde hay oficio. Ve tragedia donde hay cansancio.

Si empieza a buscar verdades en cada gesto, se volverá loco antes de mañana.

—No busco verdades en cada gesto —dijo Delacroix—. Solo en los que alguien se toma la molestia de ocultar.

La sonrisa de Ramiro vaciló apenas. Luego regresó, brillante y falsa.

—Entonces observe a Mora. Ella oculta incluso cuando respira.

—La observo.

—Haga más que eso. Téngala lejos de mis zapatos.

Delacroix lo miró con calma.

—¿Por qué dice eso?

Ramiro bebió el último trago de su copa.

—Porque una mujer humillada puede perdonar muchas cosas, pero rara vez perdona el suelo desde donde la hicieron caer.

La frase, por primera vez, no pareció una simple crueldad. Había en ella un eco del pasado. Elena. Mora. Quizá otras. Ramiro hablaba como quien ha repetido una conducta tantas veces que ya ni siquiera distingue a sus víctimas.

—¿Habla por experiencia? —preguntó Delacroix.

—Hablo por talento.

Ramiro dejó la copa sobre una mesa y se alejó.

Mora ya no estaba en el salón. Violeta tampoco.

Lisandro lo siguió con la mirada, y en esa mirada había suficiente rabia para llenar un expediente.

Anselmo Quiroga cerró el bandoneón con un suspiro áspero, como si acabara de encerrar dentro del instrumento una criatura que no quería quedarse quieta.

Delacroix salió del bar poco después, acompañado por Montero hasta la puerta.

La noche de San Telmo era húmeda, empedrada, olorosa a tabaco, comida tardía y agua vieja.

En algún balcón, una mujer sacudía un mantel aunque era casi medianoche.

Un perro cruzó la calle con indiferencia.

Desde otra esquina llegó una risa masculina, luego una tos, luego el silencio momentáneo que precede a otra conversación.

—¿De verdad cree que mañana habrá un crimen? —preguntó Montero.

Delacroix se ajustó el abrigo.

—Creo que alguien ha trabajado demasiado para conformarse con asustar.

El comisario encendió un cigarrillo y protegió la llama del viento con la mano.

—En esta ciudad hay mucha gente que trabaja demasiado para cosas inútiles.

—Matar rara vez es inútil para quien mata.

—¿Y para los demás?

—Para los demás casi siempre.

Montero fumó en silencio. No parecía impresionado, pero sí preocupado. A Delacroix le gustó eso. Los policías que se impresionan con facilidad suelen estorbar; los que se preocupan en silencio pueden ser útiles.

—Mañana pondré vigilancia —dijo el comisario—. Entradas, pasillo, camerinos. Pero si el asesino quiere actuar durante la función, con el salón lleno será un infierno.

—Los infiernos llenos de testigos son preferibles a los vacíos.

—No siempre.

—No. Pero a veces el asesino, por mirar al público, olvida que también puede ser observado.

Montero lo acompañó hasta el coche. Antes de que Delacroix subiera, el comisario añadió:

—No me gusta Acuña.

—Eso no lo distingue.

—No me gusta vivo. Muerto me va a traer más trabajo.

—Una razón policial para desearle buena salud.

—La única sincera que se me ocurre.

Delacroix casi sonrió. Subió al coche y dio la dirección del hotel.

Mientras se alejaba, miró por la ventanilla hacia El Último Farol.

La lámpara amarilla seguía temblando sobre la puerta.

Por un instante, vio una figura detrás del vidrio empañado.

No supo si era Matilde, Violeta, Mora o simplemente el reflejo deformado de alguien que pasaba por la calle.

La silueta permaneció inmóvil hasta que la distancia y el movimiento la deshicieron.

En el hotel, el encargado dormitaba detrás del mostrador con una dignidad vencida.

Delacroix pidió la llave y preguntó si había llegado algún nuevo mensaje.

No había nada. Subió a su habitación, encendió la lámpara y abrió la libreta antes de quitarse el abrigo.

Escribió despacio, dejando que cada línea encontrara su sitio.

Ramiro Acuña: víctima probable o señuelo.

Mora Ledesma: odio visible, utilidad perfecta para una acusación.

Violeta Cárdenas: acceso a zapatos, memoria de Elena. No precipitar.

Matilde Alzaga: sabe más de lo que dijo en la carta. Culpa antigua.

Horacio Montero: práctico, no necio.

Elena Cárdenas: zapatos blancos. Caída. Ramiro.

El crimen querrá ser visto, pero comprendido de manera equivocada.

Se detuvo. Luego añadió una última línea:

La pregunta no es quién desea la muerte de Ramiro. La pregunta es quién desea que todos miren a Mora cuando ocurra.

Cerró la libreta.

Afuera, Buenos Aires seguía despierta. Delacroix oyó voces en la calle, el paso de un coche, una música lejana que quizá venía de un bar o de una ventana abierta.

La ciudad no parecía dormir; más bien cambiaba de postura.

Pensó en Mora guardando sus zapatos, en Violeta cerrando su caja de costura, en Matilde fumando bajo el retrato de una juventud extinguida, en Ramiro Acuña acostándose con la certeza de que el mundo seguiría perdonándolo por la mañana.

Apagó la lámpara.

En la oscuridad, la frase volvió a escribirse sola.

Antes del último acorde.

Y por primera vez desde que había aceptado viajar, Delacroix deseó haberse equivocado.