Capítulo 3 — La pareja imposible #4
—Elena era hija de Violeta —dijo en voz baja—. Bailaba bien. Muy bien. Tal vez demasiado bien para una muchacha sin apellido, sin dinero y sin nadie que la defendiera salvo una madre que cosía trajes. Ramiro la tomó bajo su protección durante un tiempo. Eso dijo él. Eso quisimos creer nosotros.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó Delacroix.
—Ocurrió Ramiro.
La respuesta era insuficiente, pero no evasiva. Hay nombres que, en ciertos lugares, funcionan como explicación completa.
—Necesito hechos, madame.
—Los hechos son más vulgares que las consecuencias.
Ramiro le prometió una oportunidad importante.
Una función. Una presentación ante gente que podía contratarla.
Después cambió de opinión, o recibió una oferta mejor, o decidió que Elena ya no le divertía.
Hubo una discusión. Una caída durante un ensayo.
Un tobillo destrozado. Rumores. Humillación. Elena no volvió a bailar.
—¿Ramiro provocó la caída?
Matilde tardó demasiado en responder.
—Nunca se probó.
—No le pregunté eso.
La mujer apretó los labios.
—Yo no lo vi.
—Tampoco le pregunté eso.
Montero observaba a Matilde con más gravedad que antes. El salón parecía haber retrocedido alrededor de ellos. Delacroix supo que estaban tocando la primera capa real de la historia.
—¿Qué cree usted? —insistió.
Matilde miró el extremo encendido de su cigarrillo como si allí pudiera encontrar una respuesta menos culpable.
—Creo que Ramiro era capaz de apartar un obstáculo sin ensuciarse las manos.
Creo que Elena fue un obstáculo durante unas semanas.
Creo que Violeta jamás volvió a dormir bien.
Y creo que todos preferimos llamar accidente a una cosa porque la palabra accidente nos permitía abrir el bar al día siguiente.
La confesión no era completa, pero sí valiosa.
Delacroix sintió que algo encajaba con una incomodidad antigua.
Los zapatos. La muchacha que no llegó a bailar.
La madre que arreglaba los trajes de los demás.
La amenaza que hablaba de memoria y de pies.
Sin embargo, era pronto. Demasiado pronto.
Un motivo no era un crimen, y mucho menos un crimen que aún no había ocurrido.
—¿Elena vive? —preguntó.
Matilde negó apenas con la cabeza.
—Murió años después.
—¿Cómo?
—De muchas maneras antes de la última.
Delacroix aceptó la respuesta. No por suficiente, sino porque las personas que han visto una destrucción lenta a veces no pueden reducirla a una causa sin traicionar la verdad.
—¿Violeta culpa a Ramiro? —preguntó Montero.
—Violeta no culpa. Violeta recuerda.
La frase habría podido parecer poética. En aquel contexto, sonó mucho peor.
Delacroix miró hacia la puerta lateral por la que la vestuarista había desaparecido.
No la vio. Tampoco vio a Mora. Ramiro seguía con sus admiradores, vivo, arrogante, rodeado de gente que lo odiaba en distintos grados y por razones más abundantes de lo conveniente.
Si el asesino estaba entre ellos, pensó Delacroix, no necesitaba construir una coartada sentimental.
El propio Ramiro había repartido motivos con generosidad.
—Mañana quiero estar aquí desde temprano —dijo.
—El bar abre al mediodía —respondió Matilde.
—Entonces abrirá antes.
—¿Para usted?
—Para la persona que escribió esas notas. Si desea preparar una escena, necesitará tiempo, acceso y confianza. Yo quisiera saber quién dispone de las tres cosas.
Montero asintió.
—Haré que dos hombres vigilen las entradas.
—Discretamente.
—Mis hombres no son bailarines, monsieur.
—No les pido gracia. Solo silencio.
Matilde apagó otro cigarrillo. Delacroix sospechó que aquella noche la mujer fumaría hasta convertir sus pulmones en un archivo de ceniza.
—Si mañana cancelo la función —dijo ella—, ¿evitaremos algo?
Delacroix miró el salón, los rostros, el escenario.
Era una pregunta difícil. Cancelar podía impedir el crimen previsto o precipitar otro más torpe.
Mantener la función podía exponer a la víctima o permitirle a él observar el mecanismo.
No había una opción limpia. La investigación preventiva tenía esa indecencia: exigía apostar con vidas ajenas antes de saber las reglas.
—Quizá —dijo—. Pero si quien escribió las notas busca una escena, al quitarle el escenario podría obligarlo a improvisar. Y los asesinos que improvisan rara vez se vuelven menos peligrosos.
—Entonces seguimos.
—Seguimos con cuidado.
Montero soltó una pequeña risa.
—Eso suena mejor de lo que funciona.
—Casi todo —dijo Delacroix.
La noche avanzó. El Último Farol no se vació de golpe, sino por capas.
Primero se marcharon los clientes respetables, que suelen abandonar los lugares antes de que la verdad se vuelva visible.
Luego los curiosos, los músicos secundarios, los admiradores sin invitación.
Quedaron los de siempre: los empleados, los artistas, los que no tenían prisa por volver a una casa más fría que el bar.
Ramiro fue de los últimos en levantarse.
Antes de salir, pasó cerca de Delacroix y se detuvo con una copa todavía en la mano.
—Monsieur Delacroix —dijo—, ¿ya ha descubierto quién quiere matarme?
La pregunta era una broma para los demás. Para Delacroix no.
—¿Cree que quieren matarlo?
Ramiro sonrió.
—Todos quieren matarme un poco. Es parte de mi encanto.
—Entonces debería tener cuidado con las personas encantadas en exceso.
—Usted no entiende este mundo.
—Eso me da cierta ventaja.
Ramiro se inclinó hacia él, bajando la voz lo suficiente para que la frase pareciera confidencial sin dejar de ser un espectáculo.