Capítulo 3 — La pareja imposible #3
La frase fue demasiado amplia para referirse solo a una carrera.
Delacroix lo notó. Violeta también, o tal vez lo había sabido antes que todos.
Mora pareció darse cuenta de que había dicho más de lo previsto y volvió a sentarse, aunque no se calmó; solo cerró la puerta visible de su ira y dejó la llave girada por dentro.
Desde el salón llegó la voz de Ramiro, canturreando un fragmento de tango con burla.
No lo hacía mal, lo cual volvía el gesto aún más irritante.
Mora cerró los ojos un instante. Delacroix comprendió que, si en ese momento alguien hubiera puesto un cuchillo en su mano, quizá ella habría pensado en usarlo.
Pero pensar en usar un cuchillo y construir un crimen anunciado por notas anónimas eran cosas muy distintas.
La primera pertenecía al dolor. La segunda, a la paciencia.
—¿Quién más sabía que usted se sentía así? —preguntó.
Mora abrió los ojos.
—Todos los que tienen ojos.
—Los ojos son abundantes. La comprensión no tanto.
—Violeta.
La respuesta salió antes de que pudiera corregirla.
La vestuarista bajó la mirada.
—Violeta escucha —añadió Mora, con menos dureza—. A veces demasiado.
—Alguien tiene que hacerlo —dijo Violeta.
—¿También escuchó la discusión de ayer? —preguntó Delacroix.
—La oyó medio bar —respondió Mora.
—Le pregunto a ella.
Violeta sostuvo la caja de costura contra el cuerpo, no como escudo, sino como hábito.
—Oí gritos.
—¿De quién?
—De Ramiro. La señorita Ledesma no grita. Corta.
Mora sonrió apenas. Fue una sonrisa mínima, casi privada.
Delacroix vio en ella una relación más profunda de lo que las palabras permitían: la vestuarista y la bailarina no eran amigas en un sentido sencillo, pero compartían un lenguaje de mujeres que habían vivido demasiado tiempo en la órbita de hombres aplaudidos.
—¿Qué dijo Ramiro? —preguntó Montero.
Violeta miró a Matilde. Matilde asintió, no porque aprobara, sino porque ya no podía impedirlo.
—Dijo que nadie venía a ver a Mora. Que si él la soltaba en mitad de una pieza, el público tardaría en advertir que seguía en el escenario.
La frase era cruel incluso repetida en voz baja. Mora no reaccionó. Tal vez porque ya la había recibido antes, tal vez porque las frases demasiado repetidas dejan de herir de inmediato para quedarse trabajando más hondo.
—¿Y ella? —preguntó Delacroix.
—Le dijo que algún día iba a caerse solo.
Montero levantó la vista.
—Eso no lo había mencionado.
—Porque no es una amenaza —dijo Mora.
—Depende de la caída.
—Comisario, si cada mujer que desea ver caer a un hombre fuera asesina, no quedarían suficientes cárceles en Buenos Aires.
Montero casi sonrió.
—Puede que tenga razón. Pero mi trabajo consiste en preocuparme por los casos concretos.
Delacroix devolvió su atención a los zapatos.
Mora los mantenía ahora sobre el regazo.
La tira derecha había sido reforzada. La hebilla parecía firme.
No había, todavía, nada que justificara una acusación ni una medida policial.
Pero sí una idea que empezaba a adquirir forma: si alguien quería convertir a Mora en culpable, no necesitaba inventar mucho.
Bastaba con usar lo que ya existía. El resentimiento, el gesto de la coreografía, el zapato alterado, la mirada pública.
La trampa perfecta no crea una mentira de la nada; exagera una verdad hasta volverla falsa.
—Mañana antes de la función —dijo Delacroix—, quiero ver esos zapatos otra vez.
—Los verá puestos —respondió Mora.
—Preferiría verlos antes.
—Yo preferiría no necesitar este trabajo.
La respuesta zanjó la conversación por el momento. Delacroix no insistió. A veces, la resistencia de un testigo no debía quebrarse sino conservarse; podía indicar exactamente dónde estaba la presión.
Matilde abrió la puerta. El ruido del salón entró de golpe, como si el mundo exterior hubiera seguido bebiendo sin ellos.
Violeta salió primero, llevando la caja de costura.
Al pasar junto a Delacroix, el detective percibió un olor leve a hilo encerado, cuero y tabaco frío.
Mora se quedó un instante más, guardando los zapatos en una bolsa de tela.
Montero salió detrás de Violeta. Matilde se detuvo en el umbral.
—¿Vienes? —preguntó a la bailarina.
—Enseguida.
Delacroix esperó a que Matilde se alejara, aunque no tanto como para que pareciera una conspiración. Mora no lo miró.
—No la creo asesina —dijo él.
Ella ató la bolsa con un nudo firme.
—Qué generoso.
—Tampoco la creo incapaz de desearlo.
—Qué sensato.
—Lo que intento saber es si alguien más conoce la diferencia.
Mora levantó la vista hacia el espejo. En el reflejo, su rostro parecía más pálido, más joven y más cansado.
—En este lugar, monsieur Delacroix, nadie distingue demasiado bien lo que desea de lo que recuerda. Por eso seguimos aquí.
—¿Y usted qué recuerda?
Durante un momento, Delacroix creyó que no respondería. Luego Mora habló con la vista todavía fija en el espejo.
—A una muchacha que bailaba mejor que yo cuando yo todavía no sabía sostenerme en tacos. Se llamaba Elena. Elena Cárdenas. Todos decían que iba a ser extraordinaria. Ramiro también lo decía. Sobre todo cuando ella podía oírlo.
—¿La hija de Violeta?
Mora volvió hacia él la mirada. Esta vez no ocultó la sorpresa.
—¿Ya se lo dijeron?
—Vi una fotografía.
—Entonces vio un fantasma.
—Las fotografías suelen ser eso con marco.
Mora apretó la bolsa de los zapatos.
—Elena quería bailar en este escenario. No como suplente. No como promesa. Quería una noche entera. Ramiro le prometió más de lo que podía darle o más de lo que pensaba darle. Nunca supe cuál de las dos cosas era peor.
—¿Qué ocurrió?
Mora dudó. No por ignorancia, sino por lealtad a una versión que quizá ni ella misma dominaba.
—Pregúntele a Matilde. O a Anselmo. O a Violeta, si consigue que hable de su hija sin convertir cada palabra en una tumba. Yo era joven. Vi poco. Entendí menos. Pero recuerdo los zapatos blancos.
—¿Qué zapatos?
—Los de Elena. Los guardaba como si fueran de novia. Decía que los iba a usar la noche en que todos tuvieran que mirarla.
Delacroix escuchó la frase sin moverse.
—¿Y los usó?
Mora bajó la mirada.
—No como esperaba.
Desde el salón llegó un aplauso repentino. Ramiro habría dicho algo, quizá habría hecho un paso improvisado, quizá solo habría entrado en el campo visual de quienes necesitaban admirarlo. Mora cerró la bolsa.
—No puedo ayudarlo más.
—Acaba de hacerlo.
—Entonces procure que no se note.
Salió del camerino con los zapatos en la mano.
Delacroix permaneció allí unos segundos, solo con el espejo manchado, la lámpara amarillenta y los vestidos colgados como testigos sin boca.
Luego se acercó al pequeño tocador. No tocó nada.
Observó las marcas de polvo, los peines, las horquillas, una cinta negra, un pétalo de tela desprendido de alguna flor artificial.
En un rincón del espejo, casi oculto tras una fotografía más reciente de Mora y Ramiro, había una postal vieja del escenario de El Último Farol.
En ella, un grupo de bailarines posaba bajo el letrero del bar.
Delacroix distinguió de nuevo a una muchacha de zapatos claros.
Elena Cárdenas.
Todavía no sabía qué lugar ocupaba aquella muerta en una amenaza que aún no había producido cadáver. Pero el pasado acababa de entrar en la habitación, y Delacroix desconfiaba mucho de los pasados que llegaban sin haber sido invitados.
Volvió al salón.
Ramiro Acuña estaba ahora sentado en una mesa con dos hombres que parecían empresarios o parásitos, categorías a menudo difíciles de separar en el teatro.
Uno de ellos reía con demasiada obediencia.
El otro asentía mientras bebía. Ramiro hablaba con una copa en la mano y el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, dueño de una comodidad que parecía calculada para irritar a quienes trabajaban de pie a su alrededor.
Lisandro Varela lo observaba desde cierta distancia.
Anselmo Quiroga fumaba junto al escenario, mirando al suelo.
Violeta Cárdenas había desaparecido. Matilde hablaba con el comisario Montero cerca de la barra.
Delacroix se acercó a ellos.
—¿La señorita Ledesma? —preguntó Montero.
—Odia a Ramiro Acuña.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sí, pero conviene distinguir entre una evidencia y una explicación.
Matilde miró hacia la mesa de Ramiro.
—Mora no lo mataría.
Montero levantó una ceja.
—No está muerto.
—Sabe lo que quiero decir.
—Justamente por eso me preocupa.
Delacroix observó a Matilde. La dueña de El Último Farol había recuperado su compostura, pero algo en la conversación del camerino la había tocado.
Elena Cárdenas, probablemente. Las familias de los teatros son expertas en convertir los escándalos en anécdotas y las anécdotas en silencio.
Pero el silencio no destruye los hechos; solo los conserva sin aire.
—Hábleme de Elena Cárdenas —dijo.
Matilde sostuvo su mirada.
—No esta noche.
—La frase “no esta noche” suele significar que esta noche es imprescindible.
—Significa que hay cosas que no se dicen en un salón lleno de gente.
—Estamos junto a la barra.
—En Buenos Aires, monsieur, una barra llena de gente oye más que una iglesia vacía.
Montero se sacó el cigarrillo de la boca.
—Doña Matilde, si esa muchacha tiene relación con las notas, convendría que dejara de administrar los recuerdos como si fueran acciones de una compañía en quiebra.
Matilde le dirigió una mirada venenosa.
—Usted era menos poético cuando empezó a venir.
—Usted era menos misteriosa. Todos empeoramos con los años.
Delacroix decidió no intervenir. Las conversaciones entre personas que se conocían desde hacía tiempo debían dejarse correr un poco; a menudo arrastraban cosas útiles. Matilde miró al comisario, luego a Delacroix, y finalmente hacia el salón, donde Ramiro reía otra vez. La risa pareció decidirla.