Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 3 — La pareja imposible #2
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Capítulo 3 — La pareja imposible #2

La frase era buena. Demasiado buena para ser casual, pero Mora parecía una mujer acostumbrada a hablar con precisión porque le habían negado otros modos de defenderse.

Delacroix dejó el zapato sobre la mesa y tomó el izquierdo.

No encontró nada llamativo. La hebilla izquierda tenía el desgaste natural, una pequeña marca en la parte interior, el cuero más flexible.

Volvió al derecho. En ese, la hebilla estaba ajustada con un hilo oscuro que parecía reciente.

No era un arreglo sospechoso en sí mismo; en un lugar de vestuario, los arreglos recientes eran tan comunes como las quejas de los artistas.

Lo sospechoso era la coincidencia: la nota, la incomodidad, el movimiento, el zapato derecho.

—¿Quién lo arregló? —preguntó.

Mora miró a Violeta.

—Ella.

La vestuarista no se movió.

—La tira estaba cediendo —dijo Violeta—. Si se soltaba durante el ensayo, podía torcerse el tobillo.

Su voz era baja, opaca, sin temblor. No hablaba con miedo, tampoco con desafío. Era una voz acostumbrada a ser escuchada solo cuando algo se había roto.

—¿Cuándo lo arregló?

—Esta tarde.

—¿Antes o después de que apareciera la última nota?

Matilde intervino:

—La última nota apareció ayer.

—Entonces reformulo: ¿después de saber que existían las notas?

Violeta sostuvo la mirada de Delacroix por primera vez. Tenía ojos claros, gastados por la luz mala de los interiores, pero no débiles.

—Todos en esta casa saben que existen las notas, monsieur. Aunque doña Matilde crea que los secretos obedecen cuando se les cierra una puerta.

Matilde se ofendió, pero no la corrigió. Otro detalle. En una casa donde una vestuarista podía hablarle así a la dueña sin ser expulsada, la jerarquía real era más compleja que la visible.

—¿Quién le pidió el arreglo? —preguntó Montero.

—Mora.

—Yo dije que el zapato estaba raro después de que ella lo tocó —corrigió la bailarina.

Violeta volvió hacia ella una mirada casi maternal, aunque sin dulzura.

—Dijiste que la tira cedía desde la semana pasada.

—Dije que quizá cedía. No que hicieras nada antes de preguntarme.

—Si esperaba a que usted terminara de decidir si algo le molesta o le ofende, señorita, todavía estaría cosiendo trajes de la temporada pasada.

La respuesta no fue agresiva, pero tenía filo.

Mora apretó la mandíbula. Matilde miró a Delacroix como si quisiera disculparse por una intimidad doméstica demasiado expuesta.

Delacroix, en cambio, estaba satisfecho.

Las tensiones pequeñas eran más útiles que las grandes; en las grandes, la gente actuaba, en las pequeñas se olvidaba de hacerlo.

—¿A menudo arregla zapatos de los bailarines sin que se lo pidan de manera formal? —preguntó.

—A menudo evito que salgan al escenario hechos un desastre. Si espero gratitud, me muero sentada.

—Una ocupación ingrata.

—No más que la suya, supongo.

Delacroix inclinó la cabeza, concediendo el golpe.

—Probablemente menos sangrienta en la mayoría de las ocasiones.

—En esta casa no estaría tan seguro.

La frase, dicha por cualquier otro, habría parecido una exageración teatral. En boca de Violeta fue casi una observación administrativa. Montero la miró con interés. Matilde apagó el cigarrillo en el cenicero más próximo, aunque nadie recordaba haber visto cuándo lo había encendido.

—¿Qué quiso decir? —preguntó el comisario.

Violeta cerró la caja de costura.

—Que los escenarios lastiman, comisario. Rodillas, tobillos, orgullo. No todo deja sangre donde ustedes puedan verla.

Delacroix no perdió de vista sus manos. La caja de costura tenía compartimentos pequeños: hilos, agujas, alfileres, tijeras, trozos de cinta, botones, ganchos metálicos, una pequeña lima, un frasco de pegamento, otro de tinte oscuro, restos de cuero, hebillas de repuesto.

Un mundo completo de instrumentos modestos.

Nadie temía una caja así. Ese era precisamente el motivo por el que convenía temerla.

—¿Puedo verla? —preguntó.

Violeta apoyó una mano sobre la tapa.

—Es una caja de costura.

—Entonces no tendrá dificultad en mostrármela.

La vestuarista lo miró sin parpadear. Por un momento, Delacroix pensó que iba a negarse.

No por miedo, sino por orgullo: hay personas pobres en poder que defienden con ferocidad el último territorio que les pertenece, aunque ese territorio sea una caja de madera llena de agujas.

Finalmente Violeta la abrió y la giró hacia él.

—Tenga cuidado —dijo—. Pincha.

—Las cosas útiles suelen hacerlo.

Delacroix observó sin tocar demasiado. No había nada extraordinario.

Precisamente por eso la caja resultaba inquietante.

En manos de alguien paciente, casi cualquier objeto común podía volverse definitivo.

Las agujas eran de varios tamaños. Algunas finísimas.

Algunas curvadas. Había alfileres largos con cabezas negras, pequeños alicates, una cuchilla, tiza de sastre, hilo encerado, un dedal abollado.

Todo estaba ordenado de acuerdo con una lógica íntima, no estrictamente simétrica pero sí práctica.

Faltaba, quizá, un espacio mínimo en uno de los compartimentos, aunque eso podía no significar nada.

Delacroix no cometió el error de interesarse demasiado por él.

—¿Alguna de estas agujas se usa para cuero? —preguntó.

—Varias.

—¿Y para zapatos?

—Depende del zapato.

—Este, por ejemplo.

—Para ese usé una aguja curva y hilo encerado. Está ahí.

La señaló. Delacroix la tomó. Tenía restos oscuros cerca del ojo, propios del hilo. Nada más. La devolvió al lugar exacto. Violeta notó la precisión.

—No confía en nadie —dijo.

—Sería descortés hacer excepciones tan pronto.

Mora se levantó de la silla. El gesto no fue abrupto, pero tuvo la decisión de quien ya ha soportado suficiente observación ajena.

—¿He terminado?

Montero cerró su libreta.

—Por ahora.

—Qué alivio. Creí que quizá deseaban verme bailar sobre un papel firmado.

Matilde perdió la paciencia.

—Mora, por Dios.

—Dios no viene a este camerino, Matilde. Tiene buen gusto.

Violeta miró a la bailarina con una severidad breve, casi de madre cansada. Mora tomó los zapatos de la mesa, pero Delacroix levantó una mano.

—Preferiría que los dejara aquí.

—¿Por qué?

—Porque mañana serán importantes.

—Mañana los necesito.

—Precisamente.

Mora sostuvo los zapatos con fuerza. Había en su resistencia algo más que capricho.

Los bailarines tienen con sus zapatos una relación que un profano apenas puede comprender; no son solo herramientas, son memoria física, equilibrio, seguridad, superstición.

Pedirle a Mora que los dejara era pedirle que cediera una parte de su control en una noche donde todos parecían dispuestos a quitárselo.

—No —dijo ella.

Montero dio un paso.

—Señorita Ledesma.

—No. Si quieren revisarlos, revísenlos. Si quieren mirarlos toda la noche, háganlo. Pero no voy a bailar mañana con otros zapatos porque a un detective extranjero se le ocurrió que el cuero tiene alma.

—Yo no he dicho que tenga alma —dijo Delacroix—. He dicho que puede tener memoria.

Mora lo miró, y esta vez en sus ojos apareció algo parecido al miedo, aunque duró tan poco que cualquiera menos atento lo habría perdido.

—Esa frase estaba en una de las notas.

—Sí.

—Entonces no la repita como si fuera suya.

La dureza de la respuesta le interesó. Mora no rechazaba la idea por absurda; la rechazaba porque le había entrado bajo la piel.

—¿La nota la asustó? —preguntó.

—Me insultó.

—¿Por qué?

—Porque está escrita por alguien que conoce la forma en que nos miran.

Una mujer que baila con un muerto. ¿Sabe qué verá la gente si mañana Ramiro se desmaya a mi lado, si tropieza, si se rompe una pierna, si decide hacer una de sus escenas?

Me verá a mí. Siempre me verá a mí. Él puede ser cruel, borracho, vanidoso, irresponsable.

Yo seré la mujer que no pudo sostenerlo, la amante resentida, la vieja pareja, la sombra que se negó a salir del escenario.

No hace falta matarlo para culparme de algo. Basta con esperar a que él caiga.

El silencio que siguió fue más honesto que muchas confesiones.

Matilde apartó la vista. Violeta no. Violeta miraba a Mora con una intensidad contenida, como si cada palabra de la bailarina hubiera tocado una puerta cerrada dentro de ella.

Delacroix vio aquello y lo guardó. No sabía aún si era piedad, identificación, culpa o simple cansancio. Pero era algo.

—¿Ramiro la reemplazará después de mañana? —preguntó.

Mora sonrió sin alegría.

—Ramiro reemplaza a las personas antes de decírselo. Así puede disfrutar de las dos cosas: la traición y la sorpresa.

—¿Por quién?

—Por quien le convenga. Quizá por una muchacha de veinte años con tobillos nuevos y pocas preguntas. Quizá por una extranjera. Quizá por Lisandro, si decide convertir la función en un número de hombres y atraer a señoras aburridas. Ramiro no cambia por deseo. Cambia por ventaja.

—Y usted perdería su lugar.

—Ya lo perdí. Solo estamos esperando que él lo anuncie en público.

—Eso es un motivo.

—Para odiarlo, sí. Para matarlo, no. Hay una diferencia, aunque los hombres que escriben crónicas culturales no suelan notarla.

Montero se metió el cigarrillo apagado en la boca y lo mordió apenas.

—La diferencia se vuelve más difícil de creer cuando hay amenazas.

—Entonces arresten a la amenaza.

—La amenaza no tiene domicilio.

—Ramiro sí.

Matilde dio un paso hacia ella.

—Basta, Mora.

—No, Matilde. Basta de fingir que mañana celebramos algo.

Mañana Ramiro va a usar este lugar para despedirse de todos como si nos hiciera un favor.

Va a bailar, va a sonreír, va a dejar que los viejos lloren un poco y después se irá a donde le paguen más.

Usted lo sabe. Violeta lo sabe. Anselmo lo sabe.

Hasta las paredes lo saben. Lo único que nadie quiere admitir es que, si alguien está amenazado en esta casa, no es Ramiro.

Somos los que tenemos que seguir viviendo después de que él se vaya.