Capítulo 3 — La pareja imposible
El camerino de Mora Ledesma era más pequeño de lo que Delacroix esperaba, aunque quizá la palabra camerino resultaba demasiado generosa para aquella habitación estrecha, con un espejo ovalado manchado por los años, una mesa cubierta de peines, horquillas, polvos, frascos de perfume barato y flores de tela, una silla baja junto a la pared y un biombo descolorido que parecía haber asistido a demasiadas confidencias para conservar la inocencia.
Una lámpara de pantalla amarillenta iluminaba el lugar con una suavidad poco fiable, dejando las esquinas en penumbra y haciendo que los vestidos colgados de unos ganchos parecieran cuerpos quietos, mujeres sin rostro esperando otra oportunidad.
El suelo era de madera gastada, con marcas oscuras cerca de la puerta y pequeñas cicatrices producidas por tacones, baúles, muebles arrastrados o arrebatos de mal humor.
Allí dentro el humo del salón llegaba debilitado, mezclado con olor a tela guardada, maquillaje, cuero, sudor antiguo y ese perfume agrio de los lugares donde muchas personas se preparan para fingir ante otras que no están cansadas.
Mora estaba sentada frente al espejo, sin mirarse.
Tenía los zapatos de baile sobre la mesa, colocados uno junto al otro con una simetría demasiado cuidadosa para ser descuido.
Violeta Cárdenas permanecía de pie a su lado, con la caja de costura abierta y los dedos apoyados en el borde, como si la hubieran sorprendido en mitad de una tarea y no supiera aún si debía continuarla o retirarse.
Al entrar Delacroix con Matilde y el comisario Montero, la vestuarista bajó la mirada, no por sumisión sino por costumbre; había en aquel gesto algo aprendido después de años de convertirse en parte de las paredes cuando los demás decidían hablar.
—¿Es necesario que sea aquí? —preguntó Mora.
No parecía asustada. Eso, para Delacroix, no la hacía más inocente. Las personas culpables a veces se asustaban con facilidad y las inocentes, si habían sido suficientemente humilladas por la vida, podían recibir una sospecha con más fastidio que temor.
—Es conveniente —respondió Montero—. Y por ahora solo estamos conversando.
—Los comisarios siempre dicen eso antes de hacer preguntas.
—Los bailarines siempre dicen eso antes de mentir.
Mora lo miró con frialdad. Delacroix observó que Montero no buscaba provocarla por placer, sino medirla. Era un método tosco, pero no necesariamente inútil. Algunas personas se ordenaban mejor en la hostilidad que en la cortesía. Mora parecía una de ellas.
—No he mentido —dijo ella.
—Todavía no hemos preguntado nada —respondió Montero.
Matilde intervino con un gesto cansado.
—Mora, monsieur Delacroix ha venido por las notas. Conviene que colabores.
—¿Conviene a quién?
La pregunta quedó suspendida entre las cuatro paredes.
Matilde no respondió. Violeta hizo un movimiento mínimo con la mano, quizá para cerrar la caja de costura, pero se detuvo al ver que Delacroix miraba los zapatos.
No había culpa en su gesto, al menos no una culpa visible; solo esa vigilancia silenciosa de quienes llevan mucho tiempo ocupándose de objetos que los demás desprecian hasta que fallan.
—A usted, en primer lugar —dijo Delacroix.
Mora giró apenas la cabeza hacia él.
—¿Por qué?
—Porque si alguien ha escrito que una mujer puede bailar con un muerto sin saberlo, sería prudente que la mujer más visible de este escenario no trate esas palabras como un adorno.
Mora permaneció quieta. La frase había llegado donde debía. No en el miedo, sino en el orgullo. Delacroix vio cómo sus dedos, apoyados sobre la falda, se tensaban un instante antes de volver a relajarse.
—Ramiro recibió esa nota —dijo ella.
—Eso me han contado.
—Entonces quizá la mujer no sea yo.
—Quizá no.
—¿Y si lo fuera?
—Entonces necesitaría saber si está bailando con un muerto, madame, o si alguien quiere que todos crean que lo hace.
Por primera vez, Mora pareció considerarlo sin desprecio. No era confianza. Era apenas una pausa en la defensa. Delacroix agradeció en silencio ese pequeño progreso; había interrogatorios que empezaban mejor cuando el testigo no sentía todavía la obligación de salvarse.
Matilde cerró la puerta del camerino. El ruido del salón disminuyó, aunque no desapareció.
La música seguía llegando desde el otro lado, fragmentada por la madera: una frase de bandoneón, una risa, el golpe de una silla, la voz de Ramiro elevándose de vez en cuando por encima de todas las demás como si tuviera derecho natural a imponerse incluso cuando no estaba presente.
Mora no miraba hacia la puerta, pero cada vez que esa voz atravesaba el muro algo en su rostro se endurecía, un músculo mínimo cerca de la boca, una sombra en los ojos, una respiración más medida.
Aquello era odio, desde luego. Pero el odio visible siempre le parecía a Delacroix una pista incompleta: podía conducir a un crimen o haber sido colocado allí para que todos caminaran hacia él.
—Hablemos de los zapatos —dijo.
Mora bajó la mirada hacia la mesa.
—No hay mucho que decir.
—Esa frase suele indicar lo contrario.
—Son mis zapatos de función.
—¿Desde cuándo los usa?
—Desde hace más de un año. Los mandé hacer a medida. No son los únicos, pero sí los mejores para esta pieza.
—¿Esta pieza?
—El cierre de mañana. Ramiro quiere terminar con una versión de La que no perdona. Es un tango viejo, dramático, de esos que hacen creer al público que entiende algo de la desgracia.
—¿Y usted no está de acuerdo?
—Estoy de acuerdo con la pieza. No con la intención.
Delacroix la dejó continuar. Montero, que había sacado su libreta, fingía escribir menos de lo que escuchaba. Matilde se mantenía junto a la puerta, rígida. Violeta miraba el suelo.
—Ramiro quiere hacer de la función de mañana una despedida —dijo Mora—.
No oficialmente. Jamás anunciaría una despedida si puede convertirla antes en traición.
Pero se irá. Tiene ofertas de otro teatro, de otra compañía, quizá de otra ciudad.
Todavía no sé qué mentira eligió para cada uno.
A mí me dijo que necesitaba una pareja más joven.
—¿Y usted?
—Yo necesito un compañero menos cobarde.
La respuesta fue rápida, afilada y demasiado ensayada para haber nacido en ese instante. Delacroix no la juzgó. Las personas heridas suelen preparar sus frases como otros preparan armas; no porque vayan a matar, sino porque temen quedarse indefensas cuando el golpe llegue.
—¿Discutieron por eso? —preguntó Montero.
—Discutimos por muchas cosas.
—Conteste.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ayer. Antes del ensayo.
—¿Hubo testigos?
—En este lugar siempre hay testigos. Lo que no siempre hay es gente dispuesta a admitir que oyó.
Montero anotó algo. Delacroix se acercó a la mesa y miró los zapatos sin tocarlos.
Eran negros, finos, con una hebilla discreta en el lateral y una tira cruzada sobre el empeine.
El cuero estaba cuidado, aunque no nuevo.
Tenían el desgaste propio de los objetos usados con disciplina: pequeñas marcas en la suela, una ligera flexión donde el pie insistía, el brillo irregular de lo reparado muchas veces.
El zapato derecho parecía apenas distinto del izquierdo, no en forma general, sino en algo más sutil: la hebilla tenía una limpieza reciente, una rigidez que no coincidía del todo con el resto.
—¿Puedo? —preguntó.
Mora dudó, pero asintió.
Delacroix tomó el zapato derecho. Era más liviano de lo que esperaba.
Lo sostuvo cerca de la lámpara y observó la hebilla, las costuras, el borde interior.
No buscaba todavía un arma; sería demasiado pronto, y además los crímenes rara vez tienen la cortesía de mostrar su mecanismo antes de existir.
Buscaba incoherencias. Los objetos, como las personas, poseían hábitos.
Un zapato usado durante un año tenía una biografía escrita en arrugas, presión, brillo y desgaste.
Cualquier intervención reciente debía alterar esa biografía de algún modo.
—¿Qué sintió al bailar? —preguntó.
—Que no pisaba igual.
—Eso ya lo dijo.
—Porque eso sentí.
—Sea más imprecisa.
Mora lo miró, desconcertada.
—¿Más imprecisa?
—Cuando las personas quieren ser exactas demasiado pronto, suelen repetir lo que creen que deberían haber notado. Prefiero que me diga la incomodidad antes de buscarle nombre.
Mora tardó unos segundos en responder. Violeta levantó la vista apenas, y Delacroix tuvo la impresión de que aquella explicación también la interesaba.
—Como si el zapato no me siguiera —dijo Mora al fin—. No sé decirlo mejor. El izquierdo respondía. El derecho llegaba una fracción más tarde. No era dolor. No estaba flojo exactamente. Era una torpeza pequeña, pero en un giro se nota. En un roce también.
—¿En el movimiento junto a la pierna de Ramiro?
El nombre de Ramiro produjo un cambio mínimo en la habitación. Matilde exhaló humo. Montero dejó de escribir. Violeta volvió a mirar hacia la caja de costura.
—Sí —dijo Mora—. En ese movimiento, sobre todo.
—¿Ese paso es fijo en la coreografía?
—Sí.
—¿Lo improvisa alguna vez?
—No. Ramiro finge improvisar. Yo evito que se caiga.
Montero soltó una breve risa por la nariz. Mora no sonrió.
—¿El roce toca siempre la misma pierna? —preguntó Delacroix.
—La derecha. A la altura de la pantorrilla, a veces un poco más arriba si él alarga el giro. Depende del tempo.
—¿Del músico?
—De Anselmo, sí. Pero también de Ramiro. Si quiere lucirse, retrasa el cierre, me obliga a sostener el adorno un segundo más o a repetirlo con más amplitud. Le gusta hacer creer que domina la música.
—¿Y no la domina?
—Ramiro domina al público. La música es más vieja que él.