Capítulo 2 — El Último Farol #4
Matilde cerró el cajón con llave. El sonido metálico pareció excesivo en aquel despacho pequeño.
Luego, desde el salón, llegó una nueva ráfaga de música.
No era ya el ensayo de antes; era otra pieza, más lenta, más arrastrada.
Las voces se mezclaron con el bandoneón.
Alguien rio. Alguien golpeó una mesa con la palma.
La noche seguía funcionando como si nada importante acabara de ser dicho.
Delacroix se acercó a la puerta, pero antes de salir se detuvo frente a una fotografía colgada junto al archivador.
Mostraba a varias personas en el escenario de El Último Farol, quizá veinte años atrás.
Matilde aparecía más joven, con el mismo mentón orgulloso.
Anselmo Quiroga estaba sentado con su bandoneón.
Ramiro Acuña, muy joven, sonreía en el centro con una belleza insolente.
A su lado había una muchacha de vestido claro y zapatos blancos.
Era delgada, luminosa, con la cabeza ligeramente inclinada hacia Ramiro.
En un extremo de la imagen, casi cortada por el marco, una mujer más joven que Violeta Cárdenas sostenía un traje entre las manos.
Delacroix no preguntó todavía.
Miró la fotografía apenas un segundo más de lo necesario, lo suficiente para que Matilde notara que la había visto.
—Viejas glorias —dijo ella.
—Las glorias envejecen peor que los fracasos.
—¿Por qué dice eso?
—Porque los fracasos, al menos, no necesitan que los sigan aplaudiendo.
Matilde no respondió. Montero abrió la puerta. El humo del salón entró en el despacho como si hubiera estado esperando permiso.
Al volver al bar, Delacroix encontró a Ramiro Acuña en el centro de un pequeño círculo de admiradores.
Mora ya no estaba a la vista. Violeta tampoco.
Lisandro seguía junto a la columna, pero ahora hablaba con una muchacha joven que reía demasiado.
Anselmo afinaba una frase en voz baja, inclinado sobre el bandoneón como si discutiera con un animal caprichoso.
Todo parecía normal, o al menos tan normal como podía parecer un lugar que había recibido amenazas anónimas y aun así preparaba una función para la noche siguiente.
Matilde se detuvo junto a Delacroix.
—¿Qué necesita ahora?
—Ver los camerinos. Hablar con la señorita Ledesma. Hablar con Violeta Cárdenas. Y, si es posible, conseguir que Ramiro Acuña deje de actuar durante cinco minutos.
—Eso último no está en mis manos.
—No se preocupe. La muerte suele conseguirlo con mucha eficacia.
Matilde lo miró con reproche, pero no tuvo tiempo de responder.
En ese momento, Mora Ledesma apareció en la entrada del pasillo.
Se había quitado los zapatos de baile y caminaba con unas zapatillas simples, casi domésticas.
Llevaba los zapatos negros en una mano. Violeta la seguía a pocos pasos, con la caja de costura.
Ramiro, desde su círculo de admiradores, la vio y levantó la voz lo suficiente para que todos oyeran.
—Mora, querida, no vayas descalza por la vida. Alguien podría descubrir que no flotas.
Algunos rieron. Mora no. Violeta tampoco. La bailarina sostuvo los zapatos con más fuerza. Delacroix vio cómo uno de los dedos de Violeta se movía hacia la manga, cerca de los alfileres, en un gesto mínimo, involuntario, casi imperceptible.
No era una amenaza.
Era un recuerdo del cuerpo.
Delacroix lo registró y lo guardó sin comprenderlo todavía.
Mora pasó junto a Ramiro sin contestar y se dirigió al camerino.
Violeta la siguió. Antes de desaparecer por el pasillo, la vestuarista volvió la cabeza y miró al bailarín.
No hubo odio visible en su rostro. Eso habría sido demasiado sencillo.
Lo que Delacroix vio fue más viejo, más seco, más paciente.
Una emoción que ya no necesitaba expresarse para seguir viva.
Montero se acercó a él.
—¿Qué piensa?
Delacroix miró la puerta por la que acababan de desaparecer las dos mujeres.
—Pienso que este lugar tiene demasiada memoria para una sola noche.
—Eso no es delito.
—No. Pero suele ser el material con que se fabrican.
En el escenario, Anselmo Quiroga empezó a tocar otra vez.
Esta vez la melodía fue más oscura. Las conversaciones bajaron.
Ramiro sonrió, pidió una copa y aceptó el aplauso de una mesa cercana como si fuera un derecho natural.
Matilde volvió a su sitio, alta y rígida entre el humo.
El comisario Montero encendió al fin su cigarrillo.
Delacroix permaneció de pie, observando el salón.
La función especial sería al día siguiente. Eso le dejaba pocas horas, demasiadas personas y una amenaza que no decía a quién iba dirigida porque quizá no necesitaba hacerlo.
Antes del último acorde.
La frase volvió a él con una precisión casi musical.
Miró el escenario, los zapatos en la mano de Mora, la caja de costura de Violeta, los dedos largos de Ramiro sujetando una copa, el bandoneón respirando sobre las rodillas de Anselmo.
Y por primera vez desde que había llegado a Buenos Aires, Delacroix tuvo la impresión de que el crimen no estaba escondido en algún rincón del bar.
Estaba a la vista.
Solo que todavía no había aprendido a reconocer su forma.