Capítulo 2 — El Último Farol #3
—¿Otra vez los zapatos, Mora? Al final vas a culpar al cuero de tu mal carácter.
—Este zapato no pisa igual —respondió ella.
Delacroix dejó de mirar el rostro de Ramiro.
—Te los revisó Violeta hace un momento.
—Lo sé.
—Entonces están mejor que tus nervios.
Mora no contestó. Probó un paso breve, luego otro, y pareció aceptar la incomodidad como quien acepta una piedra dentro del zapato cuando no puede detener una procesión. Delacroix sintió que la frase de la nota regresaba a la mesa y se sentaba con ellos sin pedir permiso.
Los zapatos recuerdan lo que la boca niega.
—¿Ocurre a menudo? —preguntó.
Matilde tardó en entender que le hablaba.
—¿Qué cosa?
—Los problemas con el calzado.
—En el tango todo empieza y termina en los pies, monsieur. Un zapato mal ajustado puede arruinar una noche.
—O salvarla.
Matilde lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—Todavía nada.
En el escenario, Anselmo Quiroga abrió el bandoneón.
Era un hombre de edad indefinible, de esos que parecen haber nacido ya sentados en una silla, con un instrumento sobre las rodillas y un cigarrillo consumiéndose en algún borde cercano.
Tenía el pelo blanco, escaso, peinado hacia atrás; la piel surcada por arrugas profundas; los ojos pequeños, oscuros y vivos.
Cuando empezó a tocar, el salón cambió. No se hizo silencio de golpe, pero las conversaciones descendieron, como si una mano invisible hubiese bajado el volumen de la noche.
Ramiro y Mora se colocaron en posición.
Delacroix no sabía de tango. Esa ignorancia, lejos de molestarlo, le parecía útil.
Quien no conoce una disciplina observa sus anomalías sin el estorbo de la costumbre.
Vio que Ramiro rodeaba a Mora con una seguridad íntima, que ella aceptaba el abrazo sin abandonarse del todo, que entre ambos había una tensión física imposible de fingir y demasiado exacta para ser solo deseo.
Bailaban como dos enemigos que hubieran firmado una tregua sobre un abismo.
Cada giro parecía calculado y, sin embargo, vivo; cada pausa tenía el peso de una frase no dicha.
El público, incluso los clientes que fingían indiferencia, empezó a mirar.
Matilde también. Montero, que probablemente no era sentimental, se quedó quieto.
Entonces llegó el movimiento.
Mora deslizó el pie junto a la pierna de Ramiro, un roce limpio, rápido, casi una caricia de acero envuelta en cuero. Él inclinó apenas el torso, dejó que el gesto pasara y continuó. Nada ocurrió. Nada podía ocurrir todavía. Era solo un ensayo, una sombra del momento que llegaría al día siguiente.
Delacroix, sin embargo, supo que acababa de ver algo importante.
No porque el movimiento fuera violento. Precisamente porque no lo era. Era un gesto que todos aceptarían como belleza. Y la belleza, en un crimen, podía ser una coartada magnífica.
Cuando la música terminó, Ramiro soltó a Mora con un pequeño empujón de burla elegante.
—Mañana no arrastres el pie, querida. Hay gente que ha pagado para verme bailar, no para verte discutir con el suelo.
Mora bajó del escenario sin responder. Al pasar cerca de la mesa de Matilde, Delacroix vio que apretaba los labios.
El zapato derecho emitió un sonido casi imperceptible, diferente del izquierdo, un golpe seco, breve, como si una pieza pequeña estuviera mal asentada.
Mora lo notó también. No miró a Delacroix, pero supo que él había oído.
Violeta Cárdenas apareció desde la puerta lateral con una caja de costura en la mano.
Se acercó a Mora y dijo algo en voz baja.
La bailarina negó al principio; luego, con visible fastidio, levantó un poco el pie para que la vestuarista revisara la hebilla.
Violeta se agachó con dificultad, no por torpeza sino por edad.
Sus dedos tocaron el cuero con una delicadeza casi maternal.
Delacroix observó aquellas manos. Eran manos de trabajo, finas pero endurecidas, llenas de pequeñas marcas.
Manos acostumbradas a agujas, tijeras, botones, cierres, alfileres.
Manos que podían corregir un vestido en la penumbra.
Manos que nadie sospecharía de nada porque parecían destinadas a reparar.
—Violeta arregla lo que los artistas rompen —dijo Matilde, quizá interpretando su atención.
—Una tarea inagotable.
—Y poco agradecida.
—Las mejores posiciones para escuchar suelen ser las menos agradecidas.
Matilde no respondió.
Violeta terminó de ajustar el zapato. Mora probó el apoyo.
Esta vez pareció mejor, aunque no completamente.
Ramiro, desde el escenario, habló con Anselmo sin prestar atención.
Lisandro Varela, el suplente, observaba la escena desde una columna.
Era joven, apuesto de una manera menos refinada que Ramiro, y tenía en el rostro una mezcla de admiración y resentimiento que Delacroix había visto muchas veces en quienes esperan que la desgracia ajena les abra una puerta.
—Ese es Lisandro Varela —dijo Montero, adelantándose a la pregunta—. Si Acuña se rompe una pierna, él baila.
—Una esperanza modesta.
—En este ambiente, romperse una pierna puede ser una carrera.
Lisandro notó que lo miraban y apartó la vista demasiado tarde. Delacroix sonrió apenas. Los jóvenes ambiciosos solían creer que mirar fijamente era una forma de valentía y dejar de mirar una forma de discreción. Se equivocaban en ambas cosas.
Matilde se levantó.
—Venga conmigo, monsieur. Le mostraré mi despacho y las notas.
Delacroix siguió a la mujer por un pasillo estrecho que salía del salón principal hacia la parte trasera del bar.
Montero fue con ellos, sin pedir permiso.
El pasillo olía a humedad, tabaco frío y tela guardada.
A la izquierda había dos puertas: una conducía al camerino de las mujeres, según indicó Matilde; la otra, al de los hombres.
Más adelante, una escalera angosta subía hacia el altillo de vestuario.
Al fondo, otra puerta llevaba al patio interior.
Delacroix se detuvo un segundo para mirar el suelo.
Baldosas antiguas, algunas flojas, una mancha oscura cerca del zócalo, marcas de arrastre junto a la pared.
—¿Guarda aquí los zapatos de los bailarines? —preguntó.
—En los camerinos o arriba, según la función. Violeta se ocupa de eso.
—¿Todos tienen acceso?
Matilde hizo un gesto de cansancio.
—En teoría, no. En la práctica, este lugar es un organismo viejo. Siempre hay una puerta que no cierra, una llave duplicada, alguien que entra por donde no debe porque lo hizo durante veinte años y ya nadie se acuerda de prohibírselo.
—Una descripción excelente de un crimen futuro —dijo Montero.
—Comisario, si ha venido a tranquilizarme, está fracasando con entusiasmo.
—No me pagan por tranquilizar. Me pagan por llegar tarde y poner orden.
Delacroix miró al policía.
—¿Siempre llega tarde?
—Cuando me avisan tarde, sí.
Matilde abrió una puerta de madera con un llavero que parecía excesivo para una sola mujer.
Su despacho era pequeño, más ordenado que el resto del local, aunque no menos antiguo.
Había un escritorio oscuro, dos sillas, una caja fuerte baja, varios archivadores, un perchero con un chal negro y una fotografía enmarcada de un hombre de bigote fino junto a una mujer joven que podía haber sido Matilde muchos años antes, aunque la felicidad de la imagen la hacía casi irreconocible.
Sobre una repisa descansaba un farol verdadero, apagado, con el cristal rajado.
—El primero —dijo Matilde— apareció sobre el piano. Aquí guardo los restantes y la copia de la nota que Ramiro asegura haber tirado.
Abrió un cajón y sacó tres sobres de papel y una hoja doblada aparte.
Delacroix se puso de pie junto al escritorio, no para crear solemnidad, sino para aprovechar mejor la luz de la lámpara.
Las notas conservadas —originales en algunos casos, copia en otro— tenían una textura barata, muy distinta del papel usado por Matilde.
Tinta negra. Letra vertical. Sin perfume.
Sin huellas visibles de prisa. No eran mensajes improvisados en un arrebato.
—¿Quién sabía que usted me escribió? —preguntó.
—Nadie.
—Esa es una palabra peligrosa.
—Nadie que yo sepa.
—Mejor.
Delacroix colocó las notas en orden. La primera, la del farol.
La segunda, la de la mujer que podía bailar con un muerto.
La tercera, la de los zapatos. La cuarta, la del último acorde.
Las leyó varias veces, no como quien busca un significado oculto en las palabras, sino como quien escucha la respiración de una persona detrás de una puerta.
—Hay progresión —dijo.
Montero se inclinó.
—¿En qué sentido?
—La primera habla del lugar. La segunda, de una mujer. La tercera, del instrumento o del recuerdo. La cuarta, del momento. No son frases sueltas. Son aproximaciones sucesivas.
Matilde se apoyó en el respaldo de una silla.
—¿Aproximaciones a qué?
Delacroix no contestó enseguida. Tomó la tercera nota y la acercó a la lámpara.
—A una escena.
La palabra quedó en el despacho con una incomodidad particular. Matilde miró hacia la puerta, como si del otro lado pudiera oírse ya la función del día siguiente. Montero sacó por fin el cigarrillo de detrás de la oreja, pero no lo encendió.
—¿Cree que el asesino ya eligió víctima? —preguntó el comisario.
—No lo sé.
—¿Pero cree que habrá una?
—Creo que alguien quiere que la haya en público.
Matilde respiró hondo. Por primera vez desde que Delacroix la había visto, la mujer pareció vieja. No débil, no vencida, sino vieja en el sentido más profundo: cargada de años que no habían pasado sino que se habían quedado dentro.
—Entonces tenía razón al escribirle —dijo.
—No necesariamente. Tal vez solo ha conseguido añadir un testigo más a la lista.
Montero lo miró con una mezcla de irritación y respeto.
—Usted tiene una manera muy generosa de cobrar viaje.
Delacroix dejó la nota sobre el escritorio.
—La generosidad mata menos que el consuelo.