Capítulo 2 — El Último Farol #2
Montero se sentó sin pedir permiso, lo cual indicó que en El Último Farol tenía una familiaridad que no dependía de Matilde.
Delacroix lo observó con interés. El comisario no era un hombre torpe.
Tenía ojos cansados, pero no apagados; manos anchas, de uñas limpias; una forma de mirar los accesos, los espejos y las puertas que no pertenecía al cliente habitual.
Aunque se permitiera ironías, estaba allí trabajando.
O, al menos, intentando averiguar si debía empezar a hacerlo.
—¿Usted ha visto las notas? —preguntó Delacroix.
—Vi dos. Las otras me las ocultaron, según parece, por mi propio bien.
—No quería convertir una incomodidad privada en un expediente —dijo Matilde.
—La gente llama incomodidad privada a muchas cosas hasta que aparece un cadáver. Después pretende que uno adivine el prólogo.
Delacroix aprobó interiormente la frase. No era elegante, pero era exacta.
—¿Cuál es su impresión? —preguntó al comisario.
Montero sacó el cigarrillo de la boca, lo miró como si acabara de recordar su existencia y lo guardó detrás de la oreja.
—Mi impresión es que este lugar vive de hacer pasar la tristeza por arte y las deudas por tradición.
Eso atrae cartas, amenazas, amantes ofendidos y poetas de mala digestión.
También mi impresión es que alguien quiere asustar a doña Matilde, y que doña Matilde, por una vez, está lo bastante asustada como para pedir ayuda antes de que le rompan algo.
—O a alguien —dijo Delacroix.
—O a alguien.
Matilde no protestó. Eso era significativo.
Una mujer orgullosa que no corrige una frase desagradable suele estar concediendo más de lo que dice.
Delacroix volvió la vista hacia el escenario.
Ramiro Acuña había subido a la tarima y probaba un giro con una despreocupación insultante.
Mora permanecía abajo, observándolo. Junto a ella había una mujer de cabello canoso recogido en un moño bajo, delgada, vestida de gris, con una cinta métrica colgada del cuello y varios alfileres prendidos en la manga.
Parecía ajustar el dobladillo de un traje oscuro.
No hablaba. Escuchaba, o daba la impresión de no escuchar nada, que a menudo era una forma más eficaz de hacerlo.
—¿Quién es? —preguntó Delacroix.
Matilde siguió su mirada.
—Violeta Cárdenas. Nuestra vestuarista. Lleva aquí más años de los que cualquiera de nosotros debería contar.
—¿Familia?
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Montero la miró. Matilde encendió otro cigarrillo, aunque el anterior apenas había muerto en el cenicero.
—Violeta es parte de la casa —añadió—. En esta ciudad eso a veces significa más que la familia.
Delacroix observó a la vestuarista. Violeta Cárdenas tenía una de esas presencias que los lugares antiguos producen a fuerza de repetición: nadie la veía porque siempre estaba allí.
Sus manos trabajaban con precisión silenciosa.
Ajustaba, corregía, retiraba una hebra, alisaba una tela.
Ramiro dijo algo hacia ella sin mirarla.
Violeta inclinó apenas la cabeza. Mora, en cambio, sí la miró, y en esa mirada hubo algo parecido a la confianza, aunque no llegó a ser ternura.
—Quiero hablar con todos —dijo Delacroix—. No esta noche necesariamente, pero antes de la función.
—Eso va a ser difícil —respondió Matilde.
—Los crímenes evitables suelen serlo.
—No me refiero a la logística. Me refiero a las susceptibilidades. Ramiro no aceptará ser interrogado como un criado.
—Entonces lo interrogaré como a un artista. Será igual de molesto, pero más halagador.
Montero soltó una risa baja.
—Empiezo a entender por qué lo llaman.
Ramiro, como si hubiera sentido la conversación girar hacia él, bajó del escenario y se acercó a la mesa con la seguridad de los hombres que nunca preguntan si interrumpen.
Mora no lo siguió. Violeta recogió el traje y desapareció por una puerta lateral.
Delacroix registró el movimiento, la puerta, el breve chirrido de las bisagras y la forma en que Ramiro no se volvió para agradecerle nada.
—Matilde —dijo el bailarín—, si vas a traer público extranjero para admirarme, al menos podrías avisarme con tiempo.
Su voz era agradable. Ese era el problema. Las personas desagradables con voces desagradables simplificaban mucho el trabajo moral del mundo.
—Monsieur Armand Delacroix —dijo Matilde—. Ha venido desde Europa.
—Eso veo. ¿Por el tango o por usted?
—Por las notas —dijo Delacroix.
Ramiro lo miró, y durante un segundo su sonrisa perdió una capa de barniz.
—Ah, las notas. Nuestro pequeño melodrama de temporada.
—¿Le divierten?
—Me aburren. Es distinto. La amenaza anónima es el refugio de los cobardes con buena letra.
—A veces también de los asesinos con paciencia.
Ramiro soltó una carcajada breve. No sonó nerviosa, pero Delacroix conocía muchos modos de ocultar la incomodidad. El exceso de confianza era uno de los más pobres.
—¿Asesinos? Matilde, me habías dicho que era detective, no empresario de funerales.
—Una profesión no excluye la otra —dijo Delacroix.
Montero se acomodó en la silla, disfrutando en silencio.
Ramiro apoyó una mano en el respaldo de una silla vacía.
Tenía dedos largos, cuidados, quizá demasiado expresivos para un hombre que debía decir tanto con los pies.
Llevaba un anillo en la mano izquierda, no de matrimonio, sino una pieza de oro oscuro con una inicial grabada que Delacroix no alcanzó a distinguir.
—¿Quiere saber mi opinión, monsieur? —preguntó Ramiro.
—Todavía no. Pero sospecho que me la dará de todos modos.
—Las notas son una estupidez. Algún músico resentido, alguna mujer despechada, algún admirador con demasiada ginebra. Este lugar está lleno de gente que confunde el rencor con la poesía. No es peligroso. Es porteño.
—¿Y usted no ha recibido amenazas antes?
—Cuando uno baila bien, las amenazas son parte de la ovación.
—Qué vida tan incómoda.
—Solo para los mediocres.
Matilde cerró los ojos apenas, como si aquella frase confirmara una enfermedad de largo diagnóstico.
Montero, en cambio, observaba a Ramiro con una paciencia menos estética.
Delacroix pensó que el comisario no debía de apreciarlo, aunque eso tampoco lo volvía especial.
Probablemente nadie apreciaba a Ramiro Acuña en silencio; algunos lo admiraban, algunos lo deseaban, algunos lo necesitaban, pero apreciarlo exigía una generosidad casi patológica.
—Me gustaría ver la nota que apareció en su saco —dijo Delacroix.
—Ya no la tengo.
Matilde giró la cabeza.
—Ramiro.
—La tiré.
—Le pedí que la conservara.
—Y yo le pedí muchas veces que arreglara la humedad del camerino. Todos vivimos decepcionados.
Delacroix no apartó la vista del bailarín.
—¿La tiró dónde?
—No recuerdo. En algún cenicero, tal vez. O en la calle. No colecciono amenazas. Dan mala suerte.
—Aun así recuerda el texto.
—Algo sobre una mujer bailando con un muerto. Bastante vulgar, si me permite la crítica.
—¿Le pareció dirigida a usted?
—Todo en un teatro se dirige al primer bailarín.
Mora Ledesma se acercó entonces. No lo hizo para participar de la conversación, sino para terminarla.
Se detuvo junto a Ramiro con una expresión serena, aunque Delacroix notó una tensión en su mandíbula.
De cerca parecía más joven de lo que su severidad dejaba suponer, o quizá era que el cansancio había envejecido su mirada antes que su rostro.
—Ramiro, Anselmo quiere probar el cierre —dijo.
—Anselmo quiere muchas cosas.
—La música es una de ellas. Conviene concedérsela.
Ramiro la miró con una ternura falsa, tan pulida que resultaba obscena.
—Mora cree que el arte depende de la puntualidad. Es una tragedia privada.
—No —respondió ella—. Creo que depende del respeto. Por eso a veces te cuesta reconocerlo.
La frase cayó sin levantar la voz, pero produjo un pequeño silencio alrededor. Algunos clientes fingieron seguir conversando. Matilde bajó los ojos hacia el cenicero. Montero miró a Delacroix como diciendo: ya ve. Ramiro sonrió de nuevo, aunque ahora la sonrisa era más delgada.
—Monsieur Delacroix —dijo él—, le presento a Mora Ledesma. Mi conciencia, cuando no consigue trabajo como mi verdugo.
—Madame —saludó Delacroix.
—Monsieur.
Mora no ofreció la mano. Delacroix no se lo reprochó. Había mujeres que habían tenido que defender demasiado espacio como para regalarlo por cortesía.
—¿También viene por las notas? —preguntó ella.
—Eso intento averiguar.
—Entonces no pierda demasiado tiempo con Ramiro. Él solo cree en las amenazas cuando vienen firmadas por un empresario.
—Y Mora solo cree en las tragedias cuando puede protagonizarlas —dijo Ramiro.
La mirada de ella no cambió, pero algo en su quietud se volvió peligroso.
—Si algún día protagonizo una, Ramiro, procuraré que no necesites aplaudir.
Matilde se levantó.
—Basta.
No gritó. No hizo falta. La palabra tuvo el efecto de una palmada sobre una mesa.
Ramiro se inclinó con exagerada obediencia; Mora apartó la vista, no arrepentida sino harta.
Delacroix los observó a ambos. La hostilidad entre ellos era real, demasiado visible y demasiado útil.
Si alguien quería matar a Ramiro y culpar a Mora, la mitad del trabajo estaba hecho antes de empezar.
Desde el escenario, el anciano bandoneonista llamó con voz ronca:
—Ramiro. Mora. Cuando terminen de asesinarse con la lengua, probamos el final.
Algunas risas aliviaron el ambiente. Ramiro hizo una reverencia hacia el músico.
—Anselmo Quiroga —dijo Matilde, en voz baja a Delacroix—. El único hombre de esta casa que puede insultar a todos y seguir siendo imprescindible.
—Eso lo convierte en un peligro o en un privilegio.
—En ambas cosas.
Ramiro y Mora fueron hacia el escenario.
Delacroix no perdió de vista sus pasos. Ella caminaba con una precisión que no parecía afectada.
Sin embargo, al subir el primer escalón de la tarima, hizo un gesto mínimo con el pie derecho, casi una corrección de apoyo. Ramiro lo notó y se burló de inmediato.