Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 2 — El Último Farol
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Capítulo 2 — El Último Farol

El anciano del bandoneón no volvió a tocar.

La nota que había dejado escapar quedó suspendida en el salón como una indiscreción, breve pero suficiente para alterar durante un segundo la respiración del lugar.

Armand Delacroix la escuchó apagarse entre el humo, las conversaciones y el leve tintinear de las copas, y comprendió que en El Último Farol hasta los sonidos parecían pedir permiso antes de desaparecer.

No era un local grande, aunque la penumbra lo hacía parecer más profundo de lo que en realidad era.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas, programas amarillentos, recortes de periódicos y retratos de hombres con bigotes severos y mujeres de cuello erguido que miraban a la cámara con esa tristeza altiva de quienes han aprendido a no esperar demasiado de la posteridad.

Sobre una de las paredes, cerca del escenario, había un espejo largo, manchado en los bordes, que duplicaba el salón con una imprecisión casi piadosa: las caras parecían allí menos cansadas, las lámparas más cálidas y el humo más espeso, como si el reflejo recordara una época mejor y se negara a admitir el deterioro.

Matilde Alzaga hizo un gesto apenas perceptible para invitarlo a seguirla.

Caminaba sin prisa, con la espalda recta, esquivando mesas y sillas sin mirarlas, como si conociera cada obstáculo por una intimidad de décadas.

Los clientes la saludaban con inclinaciones discretas, algunos con respeto verdadero, otros con esa prudencia que se reserva a las personas capaces de arruinar una noche con una sola frase.

Delacroix la siguió mientras observaba. Esa era una de sus costumbres más desagradables para quienes caminaban con él: parecía prestar atención a la conversación, pero en realidad iba recogiendo detalles con la paciencia de un hombre que sabe que el mundo se delata siempre por los márgenes.

Un vaso con una marca de lápiz labial en una mesa donde solo había hombres.

Un cenicero demasiado limpio entre otros llenos.

Una puerta lateral con el marco gastado a la altura de los hombros, señal de paso frecuente.

Un camarero joven que fingía no escuchar.

Una mujer sentada al fondo, sola, mirando al escenario vacío con una devoción que no pertenecía al espectáculo de esa noche sino a otro ya perdido.

—No esperaba que viniera tan pronto —dijo Matilde, sin volverse.

—Usted escribió con cierta urgencia.

—La urgencia no siempre conmueve a los hombres ocupados.

—La curiosidad, en cambio, suele ser una debilidad más eficaz.

Matilde lo miró de reojo, y esta vez sí hubo algo parecido a una sonrisa, aunque murió antes de llegar a la boca.

—Me habían dicho que era usted impertinente.

—Han sido moderados.

La mujer lo condujo hasta una mesa situada en un lateral del salón, no demasiado cerca del escenario ni de la puerta, pero con buena visión de ambos.

Era una mesa reservada, sin duda; no porque tuviera un cartel ni una marca visible, sino porque nadie se atrevía a ocuparla.

Allí había una botella de agua, dos copas, un cenicero de vidrio grueso y una caja de fósforos con el nombre del bar impreso en letras doradas ya gastadas.

Matilde no se sentó de inmediato. Permaneció de pie, observando a Ramiro Acuña y Mora Ledesma, que se habían detenido junto al escenario para discutir algo en voz baja.

No era una discusión de grandes gestos; era más peligrosa que eso.

Él sonreía. Ella no. Él parecía disfrutar de la incomodidad que provocaba.

Ella parecía administrarla con la disciplina de quien sabe que un movimiento excesivo puede ser usado en su contra.

—Ahí tiene a nuestros astros —dijo Matilde.

—Las estrellas suelen ser cuerpos muertos cuya luz tarda en llegar —respondió Delacroix.

—Qué frase tan alentadora para una empresaria teatral.

—No he venido a alentarla, madame.

—Eso también me lo habían dicho.

Matilde se sentó al fin. Delacroix hizo lo mismo, con la espalda ligeramente apartada del respaldo y la mirada todavía puesta en la pareja.

Ramiro Acuña tenía una elegancia agresiva.

No necesitaba levantar la voz para ocupar el salón; le bastaba estar allí, con esa seguridad física de los hombres acostumbrados a que la atención se organice alrededor de ellos.

Vestía camisa clara, chaleco oscuro y zapatos impecables, más brillantes de lo que el suelo del bar parecía merecer.

Mora, en cambio, tenía una belleza menos evidente, construida sobre el control.

Su vestido negro no buscaba llamar la atención, pero la retenía.

Había algo en su quietud que desmentía la aparente fragilidad de su cuello, de sus manos, de su cintura.

Delacroix no sabía aún si aquella mujer estaba asustada, furiosa o simplemente cansada de que todos confundieran su silencio con docilidad.

—Ramiro Acuña y Mora Ledesma —dijo Matilde—. Durante años fueron la pareja más celebrada de esta casa. También fueron otras cosas, como seguramente ya habrá imaginado.

—Las personas rara vez bailan así si no se han amado o detestado antes.

—En su caso, ambas cosas. Y en un orden que nunca he logrado precisar.

Ramiro rio de pronto. La risa fue limpia, hermosa, ofensiva.

Mora respondió algo que Delacroix no oyó.

Él se inclinó hacia ella y le tocó apenas el brazo, no como quien acaricia sino como quien recuerda una propiedad antigua.

Mora retiró el brazo con lentitud. No hubo escándalo.

Precisamente por eso el gesto resultó más revelador.

—¿La función especial es mañana? —preguntó Delacroix.

—Sí. La anunciamos hace meses. Vendrán antiguos clientes, gente del ambiente, algunos periodistas, dos o tres políticos que preferirán no figurar en ninguna crónica y varias personas que aseguran amar el tango porque les resulta más barato que comprenderlo.

—¿Y no puede suspenderla?

Matilde encendió un cigarrillo antes de contestar. Lo hizo con una elegancia seca, sin teatralidad, como si el gesto perteneciera más al pensamiento que al vicio. El humo le cruzó el rostro y suavizó por un instante la severidad de sus facciones.

—Podría. Del mismo modo que podría prender fuego este lugar y ahorrarme las deudas, los músicos, los fantasmas y la humedad. Pero no lo haré.

—Una respuesta sentimental.

—Una respuesta práctica. Si suspendo la función, El Último Farol quedará marcado por el ridículo o por el miedo. Ambas cosas son mortales en un negocio que vive de convencer a los demás de que todavía conserva dignidad.

Delacroix tomó la caja de fósforos y la observó.

El dibujo impreso mostraba un farol inclinado sobre una calle empedrada.

Debajo, en letras pequeñas, se leía una frase: “Desde 1898”.

El detective no comentó nada. Dejó la caja en el mismo sitio, apenas girada, para ver si Matilde la corregía.

No lo hizo. Eso le agradó. Las personas obsesionadas con el control de cada objeto de una mesa solían ser malas anfitrionas y peores testigos.

—Necesito ver las notas conservadas —dijo.

—Están en mi despacho.

—También necesito saber quién pudo entregarlas.

—Cualquiera.

—Eso suele querer decir alguien concreto.

Matilde sostuvo el cigarrillo entre los dedos sin llevarlo a la boca. Durante un instante pareció escuchar algo que no venía del salón, sino de una habitación más profunda de la memoria.

—La primera apareció sobre el piano, después del cierre.

La segunda, en el bolsillo de un saco de Ramiro.

La tercera, debajo de la puerta de mi despacho.

La cuarta, como le escribí, llegó ayer. No sé quién las dejó.

En este lugar entra y sale demasiada gente, y demasiada gente cree tener derecho a los rincones porque alguna vez cantó, bailó, lloró o se emborrachó en ellos.

—¿Ramiro recibió una de las notas?

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Reírse.

—Naturalmente.

Matilde miró hacia el bailarín con algo que podía ser desprecio, fatiga o una vieja forma de dependencia.

—Ramiro se ríe de todo aquello que no puede vender.

Delacroix iba a responder cuando un hombre de mediana edad, robusto, con bigote oscuro y expresión de haber visto demasiadas explicaciones malas, se acercó a la mesa.

Vestía traje sobrio, sombrero en la mano y llevaba el cigarrillo apagado entre los labios, como si lo hubiera olvidado allí mientras pensaba en otra cosa.

Matilde lo vio venir y su gesto se endureció apenas.

—Comisario Montero —dijo.

—Doña Matilde.

El hombre inclinó la cabeza con cortesía porteña y miró después a Delacroix, no con hostilidad abierta, sino con esa desconfianza profesional que precede a las preguntas desagradables.

—Usted debe ser el francés.

—Solo cuando estoy lejos de Francia —dijo Delacroix.

El comisario tardó medio segundo en decidir si aquello era una insolencia. Luego aceptó que lo era y se permitió una sonrisa breve.

—Horacio Montero. Policía de la capital.

—Armand Delacroix.

—Sí, eso me dijeron. También me dijeron que ha cruzado medio mundo por unas notas anónimas.

—La gente ha cruzado distancias mayores por motivos más pobres.

—No lo dudo. En Buenos Aires tenemos cierta experiencia con eso.

Matilde apagó el cigarrillo en el cenicero con un gesto firme.

—El comisario Montero conoce esta casa desde hace años.

—Lo suficiente para saber que exagera menos de lo que parece —dijo Montero—. Y más de lo que conviene.

—Una descripción afectuosa —observó Delacroix.

—Es lo máximo que ofrezco antes de cenar.