Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 1 — El sobre de Buenos Aires #3
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Capítulo 1 — El sobre de Buenos Aires #3

El primer tramo del viaje transcurrió sin acontecimientos dignos de mención, lo que para Delacroix constituía una forma aceptable de felicidad.

Leyó algunos periódicos, rechazó una conversación con un comerciante demasiado interesado en los puertos del mundo y durmió mal.

En los intervalos de vigilia, volvía a las notas.

No las sacaba del bolsillo; le bastaba recordarlas.

Los zapatos recuerdan lo que la boca niega.

Esa era la frase más importante. No sabía todavía en qué sentido, pero lo era.

Las otras tenían una función atmosférica.

Esa, en cambio, señalaba un objeto, un cuerpo, una memoria material.

Un asesino que escribe sobre zapatos antes de una función de tango no está pensando en flores, cuchillos ni copas. Está pensando en movimiento.

Y el movimiento, cuando se repite, se convierte en destino.

Días después, ya embarcado hacia el otro lado del océano, Delacroix pasó largas horas en cubierta.

No le desagradaba el mar, aunque desconfiaba de él.

El mar era una superficie que ocultaba demasiado para merecer entusiasmo.

Algunos pasajeros lo contemplaban como promesa; él lo contemplaba como distancia.

Entre su mundo y Buenos Aires se extendía una cantidad absurda de agua, y aun así la amenaza de Matilde Alzaga parecía cada vez más cercana.

Una tarde, mientras el viento le endurecía las manos sobre la barandilla, extrajo la libreta y añadió una nueva línea:

El crimen, si ocurre, querrá ser visto.

La escribió sin saber de dónde venía esa certeza.

Quizá de la carta. Quizá de las notas. Quizá del simple hecho de que nadie invoca el último acorde si piensa matar en silencio. Aquella persona quería una escena. Quería público. Quería que la muerte tuviera ritmo, testigos y una interpretación equivocada.

Delacroix cerró la libreta.

El sol se hundía lentamente en una franja rojiza. Un pasajero cercano comentó que el atardecer era magnífico. Delacroix no respondió. Los atardeceres le parecían una prueba de que incluso la naturaleza podía caer a veces en el mal gusto.

Al llegar al puerto, Buenos Aires lo recibió con humedad, voces y una luz distinta.

No era todavía la ciudad de la carta. Era apenas su umbral: el movimiento de los cargadores, el olor a río, los carruajes, los hombres que fumaban mientras discutían, los diarios voceados, las fachadas lejanas, el aire tibio, pesado, como si la noche hubiera dejado allí su aliento aunque todavía fuera de día.

Delacroix bajó con su equipaje, entregó los documentos necesarios y observó durante unos segundos la ciudad que se extendía más allá del puerto.

Buenos Aires no parecía esperar a nadie.

Eso le gustó.

Un hombre sostenía un cartel con su nombre.

Era del hotel, según explicó con acento rápido y cortesía práctica.

Delacroix subió al coche. Durante el trayecto, vio calles anchas, cafés abiertos, mujeres vestidas de negro, hombres de bigote serio, vendedores, balcones, tranvías, fachadas francesas conviviendo con esquinas más ásperas, como si la ciudad hubiese querido imitar a Europa y luego se hubiera cansado a mitad de camino para inventarse otra cosa.

El cochero habló mucho. Delacroix entendió lo suficiente.

—¿Primera vez en Buenos Aires, señor?

—Sí.

—Entonces va a ver que acá la noche es larga.

Delacroix miró por la ventanilla. En una esquina, desde un local estrecho, salió una música breve, ronca, detenida casi enseguida por el ruido de la calle.

—Eso me han dado a entender —dijo.

El hotel era antiguo, con un vestíbulo de mármol gastado, lámparas opacas y un encargado que pronunciaba su nombre como si lo estuviera poniendo a prueba. Delacroix firmó el registro, pidió que subieran su equipaje y preguntó si había correspondencia para él.

El encargado revisó una bandeja.

—Sí, monsieur. Llegó hace una hora.

Le entregó un sobre pequeño.

No tenía remitente.

Delacroix lo abrió allí mismo.

Dentro había una tarjeta con una sola frase:

Esta noche, a las diez. El Último Farol. Pregunte por Matilde Alzaga.

Delacroix sostuvo la tarjeta entre los dedos. La tinta estaba fresca. La letra no era la de Matilde ni la de las notas anónimas. Era una tercera mano.

—¿Quién la trajo? —preguntó.

El encargado dudó.

—Un muchacho.

—¿Qué clase de muchacho?

—Un muchacho, monsieur. De esos que siempre parecen estar yéndose.

Delacroix guardó la tarjeta.

Subió a su habitación, se lavó el rostro, cambió la camisa arrugada por el viaje y permaneció unos minutos junto a la ventana.

Desde allí vio una calle encendida por faroles amarillos, coches que avanzaban con lentitud, una pareja que discutía sin levantar demasiado la voz y un hombre que fumaba bajo un balcón como si estuviera cumpliendo una promesa.

La ciudad olía a humedad, humo y café.

Delacroix sacó la libreta.

Debajo de las líneas anteriores escribió:

Alguien sabe que he llegado.

No añadió nada más.

A las nueve y media tomó su abrigo y bajó al vestíbulo.

El encargado le indicó la dirección con una precisión que no eliminó del todo la posibilidad de perderse.

Afuera, la noche de Buenos Aires parecía haber adquirido una densidad propia.

No era oscuridad; era presencia. Los cafés seguían abiertos.

Las conversaciones no descendían de volumen.

En algunas puertas, los hombres fumaban con el sombrero apenas inclinado, como si el humo fuera parte de su indumentaria.

Un coche lo llevó por calles que alternaban elegancia y deterioro, fachadas nobles y paredes descascaradas, plazas oscuras y esquinas donde la luz parecía cansada.

Cuando llegaron a San Telmo, el aire cambió.

Las calles se hicieron más estrechas. El empedrado obligó al coche a reducir la marcha. En los balcones, la ropa colgada se movía apenas. Desde alguna casa llegaba el olor de una comida tardía. Desde otra, una discusión. Desde más lejos, el sonido de un bandoneón.

El coche se detuvo frente a una fachada de madera oscura y vidrios empañados. Sobre la puerta, un letrero pintado a mano decía:

EL ÚLTIMO FAROL

Debajo del nombre, una lámpara amarilla temblaba como si cada ráfaga pudiera apagarla, pero ninguna se decidiera a hacerlo.

Delacroix pagó, descendió y observó el local durante unos segundos.

No parecía un lugar donde se pidiera ayuda.

Parecía un lugar donde las personas aprendían a no pedirla.

Empujó la puerta.

El humo lo recibió antes que la música. Luego vinieron el calor, las voces, el olor a madera vieja, tabaco, café, perfume y alcohol. Varias cabezas se volvieron hacia él. No todas. Solo las suficientes.

Al fondo, en un escenario pequeño, un bandoneón descansaba sobre una silla.

Una mujer alta, de cabello recogido y rostro severo, se levantó de una mesa lateral. No necesitó presentarse. Delacroix supo que era Matilde Alzaga por la forma en que todos evitaron mirarla cuando empezó a caminar hacia él.

—Monsieur Delacroix —dijo ella.

Su voz tenía la sequedad de una puerta que llevaba años cerrándose con cuidado.

—Madame Alzaga.

Matilde le ofreció la mano. No temblaba.

—Temía que no viniera.

—Yo también —respondió Delacroix.

Por primera vez, la mujer pareció a punto de sonreír. No lo hizo.

—Ha llegado a tiempo.

Delacroix miró el escenario vacío, las mesas, el humo suspendido, los rostros que fingían no observarlos.

—Eso —dijo— todavía está por verse.

En ese instante, desde el camerino lateral, surgió una carcajada masculina, limpia, arrogante, excesivamente segura de sí misma.

Matilde volvió apenas la cabeza.

—Ramiro Acuña —dijo en voz baja—. Nuestro primer bailarín.

Delacroix vio aparecer al hombre unos segundos después.

Alto, elegante, con el cabello peinado hacia atrás y una sonrisa que parecía concedida al mundo como una limosna.

A su lado caminaba una mujer de vestido oscuro y mirada inmóvil.

Mora Ledesma, supuso Delacroix antes de que nadie pronunciara su nombre.

Ramiro dijo algo que hizo reír a dos músicos. Mora no rió.

La pareja atravesó el salón como si el lugar les perteneciera, aunque de maneras distintas: él por conquista, ella por resistencia.

Delacroix observó sus pies.

No sabía todavía qué buscaba.

Pero la palabra volvió a él con una nitidez desagradable.

Zapatos.

Matilde lo miró.

—La función especial es mañana por la noche —dijo—. Todavía podemos evitarlo, ¿verdad?

Delacroix no respondió de inmediato.

Ramiro Acuña se inclinó sobre Mora y le murmuró algo al oído. Ella apartó el rostro con una lentitud que, en otra mujer, habría parecido miedo. En ella parecía desprecio cuidadosamente administrado.

Delacroix pensó en la última frase de la carta.

Lo que tememos es que llegue bailando.

Luego miró a Matilde Alzaga.

—Madame —dijo—, en mi experiencia, cuando una muerte ha sido anunciada con tanta precisión, suele haber alguien que ya ha empezado a ensayarla.

El bandoneón, como si hubiese esperado esa frase, dejó escapar una nota breve desde el fondo del salón.

Nadie lo estaba tocando.

O eso creyó Delacroix durante un segundo.

Después vio al anciano sentado junto al escenario, con el instrumento sobre las rodillas y los ojos bajos.

El Último Farol siguió murmurando alrededor de ellos.

Y en aquella primera noche porteña, entre humo, madera y música, Armand Delacroix tuvo la desagradable impresión de que no había cruzado el océano para impedir un crimen.

Había llegado, apenas, para ocupar su lugar entre los testigos.