Capítulo 1 — El sobre de Buenos Aires #2
No quería, sobre todo, llegar a una ciudad desconocida bajo la absurda reputación de hombre capaz de impedir lo inevitable.
Tomó de nuevo la última nota.
Antes del último acorde.
La leyó una vez más.
En una carta ordinaria, aquello habría sido una frase teatral. En el conjunto de aquellas notas, era un horario.
Delacroix exhaló lentamente.
La diferencia entre una extravagancia y un crimen, había aprendido, no residía en el tono.
La gente sensata podía matar de manera ridícula; la gente ridícula podía matar con extraordinaria eficacia.
Lo único importante era determinar si una amenaza poseía estructura.
Aquellas notas la tenían. Había un lugar: El Último Farol.
Había un mundo: el tango, el escenario, los zapatos, el último acorde.
Había una fecha probable: la función especial.
Había una víctima todavía invisible. Y había, en alguna parte, una persona que prefería anunciar su crimen antes que cometerlo en silencio.
Eso no era histeria.
Era vanidad o venganza.
Ambas cosas merecían atención.
Delacroix se levantó y buscó un mapa en el estante inferior de la biblioteca.
No era un mapa reciente, pero servía para ubicar lo esencial.
Extendió la lámina sobre la mesa. El océano ocupó buena parte de la superficie con su arrogancia azul.
Más abajo, al otro lado, apareció el nombre de la ciudad.
Buenos Aires.
Pasó un dedo por la línea del Río de la Plata.
El nombre le produjo una impresión extraña.
Río de la Plata. Había una promesa de brillo en esas palabras, pero en el mapa el agua parecía más bien una enorme sombra pálida.
Delacroix imaginó un puerto húmedo, calles anchas, cafés encendidos hasta tarde, hombres con sombrero, mujeres de mirada directa, humo estancado bajo lámparas amarillas, música saliendo de una puerta entreabierta.
Y, en medio de todo eso, un bar llamado El Último Farol.
El nombre era casi demasiado bueno. A Delacroix le disgustaban los nombres demasiado buenos. Los lugares que parecían haber sido bautizados por un novelista solían atraer desgracias con vocación estética.
Volvió a mirar la carta de Matilde Alzaga.
Había en ella otro detalle que le interesaba.
La mujer no le pedía que acudiera a resolver un asesinato, sino a impedirlo.
Esa clase de pedido era siempre injusta.
Resolver un crimen era, en términos morales, una derrota administrada con dignidad.
Prevenirlo, en cambio, obligaba a luchar contra lo impreciso, contra lo posible, contra las intenciones todavía no convertidas en acto.
Nadie agradecía una tragedia evitada porque nadie podía verla.
Y si la tragedia ocurría de todos modos, el fracaso adquiría cuerpo, nombre y entierro.
Delacroix odiaba esa clase de trabajos.
Por eso supo que aceptaría.
No de inmediato. Había algo de decoro en fingir deliberación.
Dobló las notas con cuidado, volvió a guardarlas junto a la carta y colocó todo dentro del sobre.
Luego se sirvió café de una cafetera que ya había perdido el entusiasmo.
El líquido estaba tibio, amargo y ofensivo.
Lo bebió sin protestar. Las decisiones importantes rara vez merecían buen café; de hacerlo, uno corría el riesgo de confundir el placer con la claridad.
Media hora después, había escrito una respuesta breve.
Madame Alzaga:
He recibido su carta. Llegaré a Buenos Aires tan pronto como las combinaciones de viaje lo permitan.
Mientras tanto, no destruya ninguna de las notas recibidas, no cancele la función y no modifique las rutinas habituales de su establecimiento.
Si alguien observa que usted ha pedido ayuda, cambiará de método o de víctima.
No confíe en nadie por completo.
Esa recomendación, aunque desagradable, suele ahorrar explicaciones posteriores.
A. Delacroix
Releyó la respuesta. Le pareció suficientemente antipática para ser útil.
La selló.
A media tarde realizó las gestiones necesarias para el viaje.
No fueron rápidas ni cómodas, lo cual lo reconfortó.
El mundo aún exigía papeles, horarios, sellos, equipaje, intermediarios y una cierta resignación física para desplazarse de un continente a otro.
Aquella lentitud tenía sus virtudes. Permitía pensar.
Permitía arrepentirse. Permitía, sobre todo, que una persona no confundiera el impulso con el destino.
Cuando terminó, la luz había cambiado. El despacho estaba más oscuro. Las sombras de los libros parecían haberse alargado hacia la mesa, como si también ellas quisieran leer la palabra escrita en el sobre.
Buenos Aires.
Delacroix permaneció un momento de pie, junto a la chimenea apagada.
Pensó en Londres, donde la muerte había querido parecer una serie monstruosa para ocultar crímenes mucho más concretos.
Pensó en la campiña, donde el resentimiento había madurado despacio, bajo cielos limpios y conversaciones falsas.
Ahora le llegaba una amenaza desde una ciudad de tango.
Otro escenario. Otra música. La misma vieja indecencia humana buscando vestuario nuevo.
Tomó una pequeña libreta y escribió en la primera página:
Matilde Alzaga.
El Último Farol.
Notas anónimas.
Función especial.
Zapatos.
Último acorde.
Se detuvo en la palabra “zapatos”.
No sabía todavía por qué la subrayó.
Algunas intuiciones no nacían como certezas, sino como molestias.
Un objeto común repetido en una amenaza adquiría de pronto una dignidad peligrosa.
Los zapatos pertenecían al suelo, al movimiento, al cuerpo.
En un teatro de tango, además, no eran un accesorio: eran una extensión de la voluntad.
Uno podía mentir con la boca, con las manos, incluso con los ojos.
Con los pies era más difícil. Los pies recordaban el hábito.
La coreografía. La costumbre. El camino exacto hacia aquello que se fingía improvisado.
Delacroix cerró la libreta.
Esa noche cenó poco.
No tenía hambre, pero tampoco dramatizó la falta de apetito.
Se limitó a cortar un trozo de pan, a mirar el plato durante un rato y a comprobar, una vez más, que el cuerpo humano era una maquinaria torpe a la que había que mantener en funcionamiento incluso cuando la mente se encontraba ocupada en asuntos más interesantes.
Antes de acostarse, volvió al despacho.
El sobre ya no estaba en la mesa. Lo había guardado en el cajón central junto con la carta, las notas y la copia de su respuesta. Sin embargo, al entrar, tuvo la impresión de que la palabra seguía allí, escrita no sobre el papel sino sobre el aire de la habitación.
Buenos Aires.
Se acercó a la ventana. La calle dormía.
Un farol temblaba bajo el viento. La luz hacía visible una llovizna finísima, casi inexistente.
Delacroix pensó que, en alguna parte al otro lado del océano, quizá en ese mismo instante, una mujer llamada Matilde Alzaga estaría cerrando la puerta de su despacho, revisando por última vez el suelo en busca de una nueva nota.
Pensó en un escenario vacío. En un bandoneón dentro de su estuche.
En un par de zapatos abandonados junto a una silla.
En un asesino o asesina que ya había decidido no esperar demasiado.
La muerte, cuando se anunciaba con tanta cortesía, solía ser puntual.
Apagó la lámpara.
Durante un instante, antes de que la oscuridad terminara de ocupar la habitación, recordó la última frase de la carta.
Lo que tememos es que llegue bailando.
Delacroix no sonrió. Había frases que un hombre prudente no debía celebrar antes de comprenderlas.
A la mañana siguiente, comenzó a preparar el equipaje.
No llevó mucho. Nunca llevaba mucho. La experiencia le había enseñado que los viajes complicados no se volvían más soportables por culpa de una maleta generosa.
Eligió ropa sobria, un abrigo adecuado, un par de libros que probablemente no leería y la libreta en la que había escrito los primeros datos del caso.
Añadió una lupa pequeña, no porque confiara demasiado en ella, sino porque ciertos detalles, al igual que ciertas personas, se mostraban más dispuestos a confesar cuando uno los obligaba a ocupar todo el campo de visión.
Antes de cerrar la maleta, dudó.
Luego abrió de nuevo el cajón y tomó las notas anónimas. Las guardó en un bolsillo interior.
No quería separarse de ellas.
En el trayecto hacia la estación, el cielo se mantuvo bajo, gris, sin drama.
Delacroix observó la ciudad desde el interior del coche con una distancia que no era indiferencia.
Conocía esas calles. Conocía sus esquinas, sus silencios, la manera en que ciertas ventanas permanecían cerradas incluso en días de sol.
Sin embargo, cuando uno estaba por marcharse hacia un caso incierto, hasta los lugares conocidos parecían adoptar una discreta expresión de despedida.
El cochero intentó hablar del clima. Delacroix respondió con monosílabos educados. Eso bastó para salvar a ambos de una conversación.
En la estación, el movimiento era el de siempre: baúles, sombreros, relojes, vapor, voces que llamaban nombres propios con una ansiedad excesiva.
Delacroix entregó su equipaje, revisó los billetes y permaneció unos minutos bajo el techo alto, escuchando el ruido metálico de los trenes como quien escucha una maquinaria antigua decidiendo su destino.
Aún podía no ir.
Esa idea se le presentó con la naturalidad de una tentación inútil.
Podía volver a casa, encender la chimenea, escribir a Matilde Alzaga que un asunto imprevisto se lo impedía, recomendarle que acudiera a la policía y dejar que Buenos Aires resolviera sus propias supersticiones.
No sería cobardía. Sería, incluso, razonable.
Un mozo pasó junto a él empujando un carro de equipaje. Sobre una de las maletas había un par de zapatos femeninos mal guardados, atados por las correas, balanceándose con cada movimiento del carro.
Delacroix los miró hasta que desaparecieron entre la gente.
Después subió al tren.