Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 1 — El sobre de Buenos Aires
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Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23)

Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1 — El sobre de Buenos Aires

El sobre llevaba tres días sobre la mesa.

No era, en apariencia, un objeto especialmente amenazante.

Tenía el papel grueso, de buena calidad, levemente amarillento en los bordes, como si hubiera viajado más de lo conveniente o como si hubiese sido guardado durante semanas en algún cajón húmedo antes de encontrar por fin su camino.

La dirección estaba escrita con una letra firme, inclinada hacia la derecha, de esas que no pertenecían a una mano joven pero tampoco a una mano vencida.

En el ángulo superior izquierdo figuraba un nombre que Armand Delacroix había leído ya varias veces sin pronunciarlo en voz alta.

Matilde Alzaga.

Debajo, en una línea más breve, casi como una advertencia, aparecía la palabra que había bastado para perturbar el orden de su escritorio:

Buenos Aires.

Delacroix no había abierto la carta de inmediato.

Aquello no era pereza ni temor, aunque un observador poco generoso habría podido confundirlo con ambas cosas.

Era, más bien, una forma de cortesía hacia las malas noticias.

El detective había aprendido con los años que ciertas cartas merecían un intervalo de silencio antes de ser leídas.

Las facturas, las invitaciones vulgares y las condolencias de compromiso podían abrirse en cuanto llegaban; las cartas que traían un destino dentro, en cambio, convenía dejarlas reposar.

El papel, como las personas, necesitaba a veces del aire de una habitación para revelar su verdadera temperatura.

La mañana era fría y limpia. Una luz pálida entraba por la ventana y se depositaba sobre los lomos de los libros, sobre el tintero, sobre el borde de una copa vacía que Delacroix había olvidado allí la noche anterior.

En la chimenea quedaban cenizas grises. Fuera, la calle ofrecía ese rumor discreto de los días que todavía no han decidido convertirse en algo.

Un coche pasó lentamente. Luego sonaron unos pasos. Luego nada.

El detective estaba sentado frente al sobre, con las manos cruzadas sobre el regazo y una expresión que no habría delatado impaciencia ni ante su enemigo más atento.

Había regresado hacía poco de la campiña, y el campo, contra toda expectativa, no le había devuelto la calma.

Había ido allí en busca de un fin de semana de aire puro, de conversaciones sin importancia y de animales cuya única maldad conocida consistía en ocupar el camino cuando uno pretendía atravesarlo.

Había encontrado, como de costumbre, algo mucho menos higiénico que el barro.

Una muerte. Una familia rota. Un resentimiento que había crecido durante años bajo la apariencia de una vida rural.

Y, al final, esa pobre certeza que siempre lo acompañaba después de cada caso: la de que los lugares tranquilos solo eran tranquilos mientras nadie los miraba con suficiente atención.

Desde Londres, además, todo se había vuelto peor.

Delacroix no pensaba en ello con vanidad.

La vanidad era un defecto demasiado ruidoso para su carácter.

Pero tampoco podía ignorarlo. El caso londinense había hecho circular su nombre más allá de los círculos discretos en los que él se habría sentido razonablemente cómodo.

Algunos periódicos lo habían mencionado con una mezcla de admiración y fantasía.

Otros habían exagerado su papel, como si un crimen pudiera resolverse por iluminación divina y no por una suma agotadora de paciencia, mala leche ajena y detalles que nadie quería mirar.

A Delacroix le incomodaba esa deformación de la realidad.

La celebridad convertía la inteligencia en espectáculo, y el espectáculo, tarde o temprano, atraía a los imbéciles.

El campo, pensó, no lo había protegido de ellos.

Y ahora Buenos Aires.

La palabra tenía una sonoridad amplia, casi marítima.

Delacroix no conocía la ciudad, salvo por relatos dispersos, mapas, menciones en periódicos, alguna conversación de sobremesa con viajeros que habían vuelto de allí hablando demasiado alto.

Una ciudad al otro lado del océano. Una ciudad de puerto, de carne, de cafés, de teatros, de inmigrantes y de hombres que, según cierto diplomático fatigado, discutían de política con la misma solemnidad con que otros rezaban.

Una ciudad joven y vieja a la vez, como suelen serlo las ciudades que crecen con demasiada prisa sobre la memoria de otros.

Tomó el sobre.

El papel cedió con un sonido breve bajo la hoja del abrecartas. Delacroix extrajo tres páginas escritas con la misma letra firme. No había perfume. Eso le agradó. Las cartas perfumadas solían anunciar mentiras sentimentales o deudas impagas.

Leyó primero la firma.

Matilde Alzaga.

Luego volvió al inicio.

La carta comenzaba con una cortesía impecable, casi anticuada.

Monsieur Delacroix:

No tengo el gusto de conocerlo, y quizá eso sea lo único que me permite escribirle con la libertad que necesito.

Las personas que me conocen creen que exagero, que los años vuelven supersticiosa a una mujer y que los viejos teatros producen ruidos que solo asustan a quienes han vivido demasiado tiempo entre sus paredes.

Puede que tengan razón. No me importaría admitirlo, si el miedo que siento fuera vulgar. Pero no lo es.

Mi nombre es Matilde Alzaga. Soy propietaria de un bar-teatro de tango en Buenos Aires llamado El Último Farol. El establecimiento pertenece a mi familia desde hace décadas, aunque debo confesarle que, como tantas cosas de familia, hace tiempo que se parece más a una carga que a una herencia.

En las últimas semanas he recibido varias notas anónimas.

No contienen amenazas directas. No exigen dinero.

No piden silencio. Son peores que eso: anuncian algo que todavía no ha ocurrido y lo hacen con una familiaridad que me resulta intolerable.

Alguien conoce mi casa, mis artistas, mis rutinas y, sobre todo, nuestro pasado.

Le adjunto copia de algunas de esas notas. La última llegó ayer por la noche, debajo de la puerta de mi despacho. Solo decía: “antes del último acorde”.

Dentro de diez días celebraremos una función especial.

No puedo cancelarla sin destruir lo poco que queda del nombre de mi bar.

Tampoco puedo acudir a la policía sin convertir un temor privado en escándalo público.

Le ruego que no confunda esta prudencia con frivolidad.

Sé que algo va a ocurrir. Lo sé con esa certeza desagradable que no necesita pruebas para envenenar una habitación.

Me han hablado de usted como de un hombre que sabe mirar donde otros solo opinan. Esa clase de hombre es rara. Esa clase de hombre, además, suele ser molesta. Por eso me atrevo a escribirle.

Si decide venir, lo esperaré en Buenos Aires. Si decide no hacerlo, lo comprenderé. Al fin y al cabo, todavía no hay muerto.

Pero esa es precisamente la razón por la que necesito su ayuda.

Aquí nadie teme a la muerte, monsieur Delacroix. Lo que tememos es que llegue bailando.

Matilde Alzaga

Delacroix dejó la carta sobre la mesa, junto al sobre, y permaneció inmóvil.

Había frases que denunciaban al escritor de una carta más que una confesión.

“Todavía no hay muerto.” Aquella expresión no pertenecía a una mujer histérica.

Tampoco a una supersticiosa. Tenía algo seco, casi administrativo.

Como si Matilde Alzaga no estuviera pidiendo que alguien la tranquilizara, sino que alguien llegara a tiempo para presenciar una fatalidad ya puesta en marcha.

Tomó las copias adjuntas.

Eran cuatro notas breves, todas escritas con tinta negra y letra distinta de la carta. Una caligrafía forzada, más vertical, quizá imitada. Delacroix las leyó despacio.

La primera decía:

El farol alumbra mejor cuando ya no queda nadie.

La segunda:

Una mujer puede bailar con un muerto sin saberlo.

La tercera:

Los zapatos recuerdan lo que la boca niega.

La cuarta, la que Matilde había mencionado:

Antes del último acorde.

Delacroix apoyó los papeles en fila sobre la mesa. Luego se levantó, fue hasta la ventana y abrió apenas la cortina.

La calle seguía allí, indiferente. Había algo casi insultante en la continuidad del mundo cuando uno acababa de leer una amenaza elegante.

Un vendedor pasaba con su carro. Una mujer cruzaba la acera con un cesto.

Un perro olfateaba la base de una farola con dedicación filosófica.

Ninguno de ellos sabía que, en algún bar de Buenos Aires, alguien estaba ensayando la muerte como si se tratara de una función.

—Los zapatos recuerdan —murmuró Delacroix.

La frase no le gustaba.

No le gustaba porque parecía demasiado trabajada para ser casual, pero demasiado precisa para ser solo literatura.

Las amenazas teatrales solían ser obra de personas vulgares que deseaban parecer profundas.

Aquellas notas, en cambio, transmitían una intimidad desagradable.

Quien las había escrito no amenazaba desde fuera.

Hablaba como alguien que conocía el suelo, los objetos, los ruidos del lugar.

Como alguien que no necesitaba forzar una puerta porque ya sabía qué madera crujía menos.

Delacroix volvió a sentarse.

No quería viajar.

Esa fue su primera conclusión, y le pareció una conclusión sensata.

Acababa de regresar de un caso agotador.

Antes de ese caso había tenido otros, demasiados, algunos más amables en apariencia, otros sencillamente repugnantes.

Había visto morir a personas en habitaciones cerradas, refugios, comisarías, ferias, hospitales, cementerios, hoteles, faros, teatros improvisados por la maldad humana en cualquier rincón disponible.

La muerte, pensó, tenía una admirable falta de imaginación geográfica: se instalaba en todas partes con la misma grosería.

No quería cruzar el océano para descubrir que los argentinos mataban por las mismas razones que los franceses, los ingleses o los campesinos resentidos.

No quería aprender nuevos nombres.

No quería explicar una vez más que la evidencia no era necesariamente la verdad.