Muerte de una influencer (Baker Street 1) 62 La explicación
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62 La explicación

La explicación

Pearson señaló con la mano la silla al otro lado de su escritorio.

—¿Por qué no se sienta?

—Estoy bien así.

Estaba cansada. Del día anterior, de la noche sin dormir, del peso del mundo que, de repente, tenía sobre los hombros. Pero la rabia la mantenía en pie.

—Usted misma. Pero le advierto que las explicaciones no son breves.

No, imaginaba que no. No había conocido a nadie a quien le gustase tanto el sonido de su propia voz.

Después de dudar un instante, se sentó en la silla frente a él.

—Mr. Holmes realizó algunos trabajos para el gobierno en su época.

Eso ya lo sabía, lo decía su abuela en la segunda carta. Pero eso no era lo importante de la frase; lo importante era escuchar a Pearson decir “Mr. Holmes”.

—Entonces sabía desde el principio que Sherlock Holmes era real —susurró Nina—. Y me dijo que mi abuela estaba loca.

Pearson hizo un gesto con la mano, como si aquello fuese una tontería y no tuviese importancia.

—Hice lo que tenía que hacer. No se equivoque, Miss Addington, todo esto no me produce ningún placer. Pero es el trabajo por el que me pagan.

Nina le miró fijamente. Podía engañarse a sí mismo, pero a ella no. La verdad era obvia: estaba disfrutando de todo aquello. Para él no era solo un trabajo. Era personal.

—Como iba diciendo: Mr. Holmes, o más bien su fama, se convirtieron en una fuente de problemas a principios del siglo pasado.

No era un agente al servicio del gobierno, pero actuó como tal muchas veces.

Sabía demasiado. Secretos que podían arruinar al país, cambiar su rumbo.

Al gobierno se le había ido de las manos la fama de Holmes.

Tenían un problema y debían solucionarlo de alguna manera.

Se dio cuenta de que Pearson ni siquiera mencionaba al doctor Watson. Supuso que, en su visión de la vida, era un mero lacayo, ni siquiera digno de mención. Un accesorio.

—Afortunadamente, con el tiempo, no hizo falta desactivarle.

—No quería ni pensar a lo que se refería Pearson con “desactivarle”—.

El propio Conan Doyle lo hizo. Le convencimos de que tenía que decir, las veces que hiciese falta, que Holmes y Watson eran invenciones suyas.

Que se había inspirado en conocidos, y que eso era todo.

A aquellas alturas, Holmes era más leyenda que realidad.

Más personaje que persona. Todo el mundo afirmaba haberlo conocido, aunque solo unos pocos lo habían hecho realmente.

Empezó a formar parte de la cultura popular, y ese fue el final de nuestro secreto y el principio del personaje literario.

En cuanto pasó una generación, todo el mundo que había estado en contacto con la verdad desapareció, y ya solo quedó la leyenda.

¿Y quién puede decir, hoy en día, que Sherlock Holmes realmente existió?

—Nadie —dijo Nina, en voz baja, casi para sí misma.

—Exacto—. El tipo se reclinó en su silla—. Hacer desaparecer ciertos registros, de nacimiento, de matrimonio, tampoco fue difícil, dada la época. Además, durante la Segunda Guerra Mundial, con los bombardeos, se perdieron un montón de papeles.

El tipo sonreía, orgulloso, como si hubiera sido él en persona quien hubiese borrado el rastro de su antepasado. Como si fuera algo más que un funcionario. De alto nivel, pero un funcionario al fin y al cabo.

—Mr. Holmes también puso de su parte, viviendo bajo un nombre supuesto y siendo enterrado con ese nombre.

A él tampoco le gustaba la fama y estaba más que de acuerdo con la idea de convertirse en un personaje de ficción.

—Pearson cogió su taza de té y tomó un pequeño sorbo antes de seguir hablando—.

Solo había un pequeño problema: su familia.

Dijo familia como si fuera una enfermedad contagiosa. La sonrisa se le había borrado del rostro.

—O mejor dicho, las pruebas que podía conservar su familia.

Después de la muerte de Mr. Holmes, unos agentes revisaron su casa y se llevaron todo lo que encontraron, todo lo que demostraba su existencia.

No sabían si había más. Todos los que le conocieron en vida coincidían en que era un hombre meticuloso, detallista.

Era casi imposible que no hubiese llevado su propia relación de casos, o una colección de notas.

Aunque fuese para estudiarlos. Algo más que lo que encontraron.

El agente del gobierno encargado del registro no se quedó satisfecho, y así lo reflejó en su informe.

Tomó otro sorbo de la taza de té, que a esas alturas debía estar frío. Eso si la taza no estaba ya vacía y lo hacía para añadir una pausa teatral a su relato.

—Sí que encontraron algunos papeles y notas en su escritorio, pero de ningún valor.

Tonterías sobre lo que quería plantar en el jardín, notas sobre abejas...

Sherlock Holmes era un hombre muy inteligente, mucho —dijo Pearson, con una mezcla de admiración y envidia—.

Dejó un apunte, una nota escrita, casi como de pasada, diciendo que había quemado sus papeles personales por el bien del país.

Fue lo mismo que dijeron su hija y su nieta cuando las interrogaron: que Mr. Holmes solía quemar papeles en la chimenea de vez en cuando.

Nina mataría por un café, o por un vaso de agua. Había salido de casa sin desayunar y sin pensar, y tenía la boca seca. Pero no iba a pedirle a Pearson que le trajeran nada. Conociéndole, era capaz de envenenarla para conservar su preciado secreto.

El tipo siguió hablando, perdido en su mundo, como si estuviera solo.

—Hubo más registros, por supuesto, en los años siguientes, pero con el tiempo...

digamos que la cosa se calmó. Sobre todo después de que Sherlock Holmes arraigase en la cultura popular como un personaje de ficción.

Muchos de mis predecesores a lo largo de los años creyeron que ya no había nada que temer.

—Pearson se quedó ensimismado unos instantes, seguramente pensando en la incompetencia del resto del mundo que no era él—.

Lo cual, evidentemente, se ha demostrado que no es cierto.

Con que quede una persona viva que sepa la verdad, el secreto está en peligro.

Pearson la miró como si no estuviera seguro de lo que iba a decir a continuación.

—Hubo un par de registros más mientras su abuela estaba en la residencia.

Lo sabía, pensó Nina. Sabía que habían entrado en la casa. Era más que una sensación.

—Cometí el error, quizás, de visitar a su abuela allí. Le dije que era un genealogista... Estaba seguro de que para entonces ya había perdido la cabeza. De alguna manera, consiguió engañarme.

“De alguna manera”. Nina elevó los ojos al cielo. No había conocido persona más pedante.

—¿Fue también a la residencia el día de su muerte? —preguntó Nina. Tenía que aprovechar que estaba en modo compartir información para atar todos los cabos que pudiera.

—Tuve que darle un incentivo al médico que tienen en plantilla para que me avisase antes que nadie de la muerte de su abuela.

Me hice pasar por su abogado, pero la trabajadora del lugar me dijo que no había dejado papeles.

Nadie me dijo que había cartas… Pero en fin, ya todo eso da igual. Todo está solucionado.

El tipo sonrió, encantado consigo mismo por haber cumplido su tarea.

—Con suerte, en una generación más no habrá nadie que tenga que volver a tener esta conversación.

No planeo pasar el secreto al nuevo rey cuando llegue el momento.

Y eso se aplica también al nuevo primer ministro, sea quien sea.

Cuando yo muera, el secreto morirá conmigo—.

Miró a Nina con sus ojos marrones, pequeños y ratoniles detrás de los cristales de las gafas—. Espero poder decir lo mismo de usted.