61 El robo
El robo
Nina entró en el club Heracles hecha una furia, el pelo revuelto por la lluvia y el viento, cubierta con lo primero de abrigo que había cogido antes de salir de casa: un plumífero negro largo, moteado de las gotas de agua que caían horizontales en la calle.
Había salido de casa como un basilisco más de una hora antes, sin molestarse en mirar el pronóstico del tiempo.
Le daba igual que le lloviese, nevase o granizase encima. Había ido allí con un solo propósito. Todo lo demás no tenía importancia.
Había cogido el primer tren que le permitiera llegar al club Heracles a las nueve de la mañana. Sabía que abrían a las ocho y media, lo había mirado en su web.
También sabía que en el club Heracles servían desayunos y que una media hora después de abrir era probablemente un buen momento para poder pillar allí a algunos de sus socios. Más concretamente, a Frederick Pearson.
Había acudido allí en un impulso, sin pensarlo mucho, y también porque no se le ocurría ningún otro lugar adonde ir. No sabía cómo encontrar a Pearson. No sabía cómo comunicarse con él, no tenía datos de contacto. Siempre había sido él quien la había encontrado a ella.
Así que, o estaba allí, o de alguna manera alguien tendría que decirle dónde y cómo encontrarlo.
Una dirección, un número de teléfono, algo.
Estaba dispuesta a recorrerse todo Londres en busca de Frederick Pearson, si hacía falta.
Pero al final no hizo falta.
* * *
Detrás del mostrador del club había un chico joven con pinta de universitario. Seguramente aquel era un trabajo temporal. Eso le daba ventaja. Solo esperaba que no llevase mucho tiempo trabajando allí.
El chico la miró con desconfianza, que al fin y al cabo era normal: era un club de caballeros. Seguramente pensó que se había equivocado de sitio, o que había entrado allí refugiándose de la lluvia.
Después de intercambiar saludos y un par de frases sobre el tiempo, por fin pudo decir a qué había ido:
—Nina Addington para Frederick Pearson, por favor.
Sabía que si preguntaba si estaba allí, no le iba a responder. Pero si decía directamente que había quedado con él, tenía más posibilidades.
Tenía que mantener la calma, aunque lo veía todo rojo.
El chico la miró con indecisión.
—¿La está esperando?
Nina estiró la muñeca y consultó su reloj. Las nueve y dos minutos de la mañana.
—Tengo una cita con él a las nueve —dijo con seguridad, y miró fijamente al chico, retándole a que le llevase la contraria.
El recepcionista dudó de nuevo.
—Está en su despacho, pero ha pedido que no se le moleste...
—Por favor, avísele de que estoy aquí. O si lo prefiere puedo pasar directamente. Conozco el camino.
El chico levantó el auricular del teléfono de recepción.
—¿Podría repetirme su nombre, por favor?
—Nina Addington.
* * *
—¿Qué ha hecho con los documentos que ha robado de mi casa?
Nina no se anduvo con rodeos. Lanzó la pregunta medio segundo después de que el recepcionista cerrase la puerta del despacho y los dejase solos.
Frederick Pearson, cómodamente recostado en la silla de cuero detrás de su escritorio de madera oscura, con una taza de té a medias sobre la mesa, juntó las yemas de los dedos y mostró una desagradable sonrisilla.
—¿Qué documentos?
En el futuro, cuando reviviera ese momento —y lo haría más veces de las necesarias y saludables—, Nina siempre se maravillaría de haber mantenido la calma y no haber saltado por encima del escritorio para borrarle la sonrisa a golpes.
—Sabe perfectamente de lo que le hablo.
—¿De verdad me imagina entrando en su casa a hurtadillas para robar... lo que sea que crea que le he robado?
Nina ladeó la cabeza. No. Por supuesto que no. Eso significaría mancharse las manos.
—No, pero sí a sus esbirros.
El tipo seguía sonriendo, y la sonrisa seguía sin favorecerle.
—¿Esbirros?
—Los mismos que destrozaron la oficina. Mi oficina. Y se llevaron mis cosas.
Era un tiro al aire, pero todo encajaba. Solo había una persona empeñada en amargarle la vida, en que dejara la agencia de detectives.
Pearson estiró los puños de la chaqueta de su traje, como si aquella conversación le resultara muy aburrida.
—¿Y para qué voy a querer yo un ordenador, una impresora, un microondas y un hervidor?
Había hecho una lista casi perfecta de todo lo que se habían llevado de la oficina, prácticamente confirmando que él había sido el responsable del ataque.
Y seguramente también del ladrillo. Al fin y al cabo, Chloe y Elektra lo habían negado, y no habían tenido problema en reconocer cosas mucho peores.
Bastardo.
Nina no había dormido prácticamente nada esa noche. Imposible.
Después de comprobar que alguien había entrado en su casa y le había robado las cartas de su abuela (no había otra explicación, ya no le quedaban sitios donde buscar), tuvo un horrible presentimiento y bajó las escaleras hacia la planta baja tan rápido que estuvo a punto de caerse por ellas.
Cogió todas las fotografías de encima de la chimenea y las dejó sobre una butaca. Luego quitó la losa de la repisa de la chimenea. Le costó un poco, como le había costado la primera vez, porque pesaba bastante. Estaba tan alterada que casi se le cayó en un pie.
El lugar donde su abuela le había indicado que estaban guardados los documentos, las notas de los casos de Sherlock Holmes, de su propio puño y letra, estaba vacío.
Vacío.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, se acercó a la butaca donde había dejado las fotos enmarcadas de su familia.
Cogió el marco con la foto de Rose Holmes y su hija, abrió la parte de atrás y comprobó que la fotografía de la familia Holmes también había desaparecido.
Sintió un dolor en el costado, como si alguien le hubiese clavado un cuchillo en las costillas. Se sentó en el suelo, derrotada.
Habían entrado en su casa. ¿Cuándo? Tenía que haber sido después de dejar las cartas a la vista.
Las habían leído, y allí tenían la información para encontrarlo todo.
“Los papeles están guardados detrás de donde suelo hablar con la familia”, había escrito su abuela.
Tampoco era muy difícil de adivinar. También hablaba de la fotografía, en la otra carta.
Su abuela le había dicho que destruyera la carta, no le había hecho caso y ese era el resultado.
No podía hacer nada más esa noche. Así que había vuelto a su cama, con pasos lentos, sabiendo que le iba a ser imposible dormir.
Pero al final el cansancio del día, de todos aquellos días, había podido con ella, y ni siquiera recordaba haber apoyado la cabeza en la almohada.
Se había despertado sobresaltada, a las seis de la mañana, con un hambre feroz y el cuerpo dolorido, preguntándose qué era real y qué no.
La hora perfecta para ducharse, intentar ponerse un poco presentable para salir de casa e ir en busca de Frederick Pearson.
El causante de todos sus males.
Y eso que habían estado a punto de asesinarla la tarde anterior.
Pero lo que había hecho Pearson le parecía peor que lo que habían intentado hacer Chloe y Elektra.
Más cruel, incluso.
No se trataba de demostrar que era la descendiente de Sherlock Holmes.
Nunca se había tratado de eso. ¿Con qué fin?
No había nada que pudiera o quisiera reclamar, ya era la legítima heredera de Holmes House.
No quería fama, no iba a abrirse un pódcast, a nadie le importaba quién fuera su familia y, sinceramente, nadie iba a creérselo de todas formas.
En eso había tenido razón el bastardo de Pearson: ni siquiera era la única persona clamando que Sherlock Holmes era real y ella era su descendiente.
El mundo no necesitaba más conspiraciones.
Pero era su herencia, su identidad. Su familia. La historia que su abuela nunca acabó de contarle, la historia que nunca le dejó terminar.
Las cartas eran suyas, la fotografía era suya, y los documentos, de puño y letra del propio Sherlock Holmes, su tatarabuelo, también eran suyos.
Le importaba un cuerno lo que contuviesen.
Ni siquiera los había leído, solo los había ojeado por encima, y no todos.
No eran las historias de Conan Doyle. Era una relación de casos, una especie de cuaderno de bitácora tedioso y demasiado detallado, escrito por alguien que era claramente un científico y no un escritor.
Pero era suyo, su legado, su familia, y nadie tenía derecho a entrar en su casa y robárselo.
Pearson tomó un sorbo de la taza de té que tenía sobre la mesa y siguió mirándola con su estúpida sonrisilla de psicópata.
—¿Qué ha hecho con todo lo que se ha llevado de mi casa? ¿Los documentos, las cartas? —Nina tragó saliva para no ponerse a llorar. No le iba a dar esa satisfacción—. ¿La fotografía?
—¿Cómo sé que no está grabando esta conversación con su teléfono móvil?
Nina sacó el móvil del bolsillo y se inclinó sobre la mesa de despacho de Pearson. El tipo se echó hacia atrás, instintivamente, como si le tuviera miedo, y eso le dio cierta satisfacción. Apagó el móvil delante de sus ojos y se lo volvió a guardar en el bolsillo.