Muerte de una influencer (Baker Street 1) 60 Hogar, dulce hogar
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60 Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

Nina abrió la puerta de su casa. Estuvo a punto de caer de rodillas y ponerse a llorar de emoción.

Le dolía todo el cuerpo. Necesitaba una ducha caliente.

No sabía cómo iba a ser posible, con tanta venda, pero algo se le ocurriría.

Necesitaba también doce o catorce horas de sueño.

Comer algo, cualquier cosa. Y agua. Había comprado un botellín en la estación de tren, en una máquina, pero se lo había terminado prácticamente de un trago. Tenía la garganta hecha polvo del humo.

Lo primero que hizo fue beberse dos vasos de agua seguidos, sujetándolos con las dos manos.

El inspector Chambers le había tomado declaración mientras terminaban de curarle las heridas en la parte trasera de la ambulancia.

Chloe y Elektra Hargrave habían sido detenidas, una en su turno en el club y la otra en una cena de negocios, donde habían ido para asegurarse una coartada durante el “accidente” del barco.

No les habría servido, de todas formas, porque contaban con que tenían media hora hasta que funcionase su invento y aquello prendiese fuego, y al final solo había tardado, como mucho, cinco minutos. Si llegaba.

Además de que ellas habían planeado un incendio, no contaban con la explosión, provocada por las bombonas de butano que el barco tenía guardadas para la cocina.

Se lo había dicho Max antes de salir corriendo y después Chambers se lo había confirmado.

Seguramente ni Elektra ni Chloe tenían ni idea —ella tampoco, la verdad— de que casi todas las cocinas de barcos funcionaban con butano.

De todas formas, si ellos no hubiesen sobrevivido, la policía no habría sabido dónde mirar. Podría haberles salido bien, después de todo.

No eran unas villanas tan perfectas como creían, aunque tenía que reconocer que lo que habían montado alrededor de la muerte de Gigi había sido ciertamente ingenioso. Y les había despistado a todos. Claro que, con esa cantidad de gente mintiendo, era normal.

¿Quién habría podido desenterrar la verdad entre toda aquella maraña de mentiras?

Cuando empezó a contestar al inspector con monosílabos, este cerró la libreta y la miró con atención.

—Vamos a hacer una cosa —dijo—, ¿por qué no se pasa mañana por la comisaría y hablamos más tranquilamente?

Le había contado lo más importante, pero para cuando llegaron a los detalles estaba demasiado cansada.

Asintió con la cabeza. Se le habían ido las fuerzas hasta para los monosílabos.

—Si quiere que la llevemos a casa, va a tener que esperar un poco... —Chambers miró a su alrededor, distraído—, todos los agentes están ocupados.

No tenía ganas de esperar, ni de pasar una eternidad en un coche patrulla. Además, se tardaba menos en llegar a su casa en tren que en coche.

—No hace falta —dijo—. Si pueden acercarme hasta la estación de tren, me vale.

Estaba hecha polvo, dolorida y con un cansancio infinito que se le había metido en los huesos. Podía montarse en el tren en ese estado, pero el metro estaba fuera de toda cuestión.

Así que allí estaba, por fin en casa, las diez de la noche, y a punto de caerse al suelo de cansancio.

Dejó el bolso sobre la mesa de la cocina. Sacó el portátil, que estaba intacto (lo había inspeccionado en el tren y no había sufrido daños cuando se había caído al suelo, solo un golpe en una esquina), su móvil y las gafas de Max, también milagrosamente intactas.

No podía llamar a Max para saber cómo estaba, porque su móvil había perecido en la explosión. Mientras ella cogía su bolso, Max estaba más ocupado salvando la vida de Charlie.

Podía regalarle uno. Después de todas las horas que había trabajado gratis, y de perder el móvil por culpa de un caso, era lo mínimo que podía hacer.

Ni siquiera se le había pasado por la cabeza ir al hospital a ver a Max. Para empezar, estaba perfectamente y seguramente ya estaría en casa. O quizás aún seguía en urgencias, en una sala atestada de gente, acompañado de su familia o de Lisa.

Dejó las gafas en la mesa de la cocina, encima de su portátil, para que no se le olvidase devolvérselas. Tendría que hacerlo al día siguiente, cuanto antes, no le iba a dejar sin ojos. Esperaba que tuviera unas de repuesto.

Se fijó en las lentes. A través de ellas podía ver perfectamente el mantel de cuadros de la mesa.

Volvió a coger las gafas y miró a través de los cristales. No tenían graduación.

No se lo podía creer. Eran de adorno. Y ella preocupada por si no tenía gafas de repuesto y no veía un pimiento...

Cosas de hipsters, se imaginó.

En ese momento vio la sombra blanca y gris de Gatson acercándose a ella y se olvidó de Max y de sus gafas.

Lo cogió en brazos y hundió la cara en su pelo.

—Pensaba que no iba a volver a verte nunca más.

Gatson se zafó de su abrazo y la miró desde el suelo, como preguntándole por qué llevaba más de diez segundos en casa y todavía no le había dado de cenar.

De hecho, fue hasta el frigorífico y se sentó frente a la puerta, por si le quedaba alguna duda.

Le sirvió la comida a Gatson en su cuenco y abrió la nevera, buscando algo para ella.

No le apetecía nada. Estaba rendida, también mentalmente, y le dolía la garganta.

Lo mejor que podía hacer era irse a la cama.

No quería pensar en el caso, en Gigi, en las últimas dos semanas, ni en lo que había pasado esa tarde en el embarcadero.

Tampoco quería pensar en lo cerca que había estado de morir y lo que eso significaba.

Prefería irse a la cama. Mañana sería otro día.

Lo malo fue que una vez metida en la cama, con la luz de la luna filtrándose a través de la ventana y Gatson sobre sus tobillos, fue incapaz de quedarse dormida.

No podía acallar su mente: los “y si”, lo que habría pasado si Max no les hubiera liberado —por cierto, tenía que preguntarle cómo lo había hecho—, todas las horribles consecuencias que “el incidente” del barco podía haber tenido.

Encendió la lámpara sobre la mesita, resignada.

Necesitaba hablar con alguien, un hombro amigo. Y en ausencia de eso, la siguiente cosa que podía aportarle algo de consuelo, bienestar, paz: las palabras de su abuela.

Abrió el cajón superior y palpó para despegar las cartas que había leído y releído más veces de las que eran saludables.

Le dio un vuelco el corazón cuando su mano tocó la madera de la mesita, el “techo” del primer cajón, y no encontró nada.

Saltó de la cama como un resorte, asustando a Gatson, que bajó de la cama también de un salto y maulló en protesta.

Se agachó frente a la mesita para comprobar si la carta seguía pegada en su sitio o se había caído al cajón. Sacó los tres cajones de las guías y los vació en el suelo para comprobar que el sobre no se hubiese colado por alguna hendidura.

Luego separó la mesita de la pared y de la cama, por si se había caído por detrás.

Nada.

El sobre de papel manila con las dos cartas había desaparecido.

El corazón empezó a latirle desbocado en el pecho.

Intentó acordarse del día que las había visto por última vez: cuando salió corriendo al enterarse de la muerte de Sophie Wilson. Las había dejado sobre la mesita, metidas en sus sobres, pero no las había vuelto a guardar.

Era incapaz de recordar si las había vuelto a ver después de aquel día.

No tenía sentido.

No se rindió: miró debajo de la cama y puso la habitación patas arriba, por si acaso se habían traspapelado con alguna prenda de ropa. Miró en los bolsillos de su bata, de toda su ropa.

Nada.

Un rato después, cuando ya había agotado todas las posibilidades, se sentó en la cama, derrotada, rodeada del desorden. Era como si hubiese pasado un huracán por la habitación.

Una horrible sensación se extendió dentro de ella.

Sabía lo que tenía que hacer a continuación, pero era incapaz de moverse, como si tuviese los pies rellenos de plomo.