59 Tres ambulancias
Tres ambulancias
Nina estaba paralizada, no solo por las cuerdas enrolladas alrededor de su cuerpo, que también. Pero aparte de eso, estaba paralizada de miedo.
Su vida empezó a pasar delante de sus ojos.
Y Dios, qué aburrimiento...
Excepto el último trozo. El último mes, en realidad, o quizás los últimos dos meses. Que, comparado con el resto de su vida, no dejaba de ser un porcentaje bastante pequeño. Ridículo, incluso.
Fue entonces cuando tuvo una revelación parecida a la que había experimentado unos meses antes, después de su primera conversación con Frederick Pearson, pero esta con más sustancia. Más cosas en las que apoyarse.
Se había divertido aquellas últimas semanas. Un montón.
Incluidos los momentos malos, y los aburridos, y las esperas, y el horrible libro que Max le había regalado de broma, y las broncas del inspector Chambers...
y los viajes en tren, y dormir en el sofá de la oficina y desmaquillarse con jabón de manos, y ver a Max flirtear con doscientas personas y jugar a los dardos.
Excluida la destrucción de su oficina, por supuesto.
Se alegraba de haber tomado la decisión de cambiar de carrera, de cambiar de rumbo, de cambiar de vida.
Vale, iba a morir, pero por lo menos se había divertido un poco antes.
Era una pena que no le hubiera dado tiempo a más.
En el improbable caso de que salieran de aquella, iba a lanzarse a su nueva vida como detective privado con más alegría que nunca. Cuesta abajo, sin frenos, saltar sin red, etc.
Y desempaquetaría todas las cajas de cartón que todavía tenía en el salón.
Aprendería a cuidar el jardín. A plantar cosas. Flores. A revivir el jardín de rosas de su abuela.
Estaba segura de que había libros o vídeos de YouTube para eso.
Y también iba a...
La interrumpió la voz de Max, sacándola de su lista de cosas que hacer si lograba salir viva de allí.
—Bueno, ya está —dijo Max.
—¿Ya está qué? —preguntó, desconcertada. La había sacado de su ensimismamiento.
Para su infinita sorpresa, Max se levantó de la silla, sacudiéndose el manojo de cuerdas a su alrededor. Cogió el cuchillo manchado de sangre seca de la mano de Charlie, que seguía desparramado en el sofá, y empezó a cortar las cuerdas de Nina, primero las de los tobillos y luego las de las manos.
Vale, era consciente de que Max llevaba unos minutos moviéndose a su lado, pero no le había prestado demasiada atención; estaba ocupada lamentándose de su vida perdida.
En menos de un minuto ella también estaba liberada, frotándose las muñecas.
—¿En qué vídeo has aprendido esto?
—No tenemos mucho tiempo —dijo Max, serio y extrañamente concentrado—. Han calculado mal.
—¿No han dicho que era media hora...? —Justo en ese momento, Nina echó un vistazo a la vela.
La cuerda estaba prácticamente consumida.
—Tenemos menos de un minuto. Hay bombonas de butano en el barco, tenemos que salir de aquí. Abre la puerta.
Max se movía rápido, con economía de movimientos, como si supiera lo que estaba haciendo.
Cogió a Charlie (o el cuerpo de Charlie) por las corvas y empezó a arrastrarlo hacia afuera.
Nina aprovechó para coger rápidamente su bolso y colgárselo cruzado, antes de ir corriendo a abrir la puerta.
Ya sabía que en una situación de emergencia había que dejarlo todo atrás, como decían en los aviones, pero no quería perder su ordenador.
Se adelantó y sujetó la puerta abierta.
En cuanto Max cruzó el umbral, arrastrando el cuerpo de Charlie, gritó:
—¡Corre!
—Pero puedo ayud...
Estaba a punto de coger los pies de Charlie, pero no pudo hacerlo, ni terminar su frase, porque Max volvió a gritar en su cara, como un demente:
—¡Corre!
Max se echó a Charlie a la espalda, como si fuera un saco de patatas.
Bueno, no le iba a ofrecer su ayuda dos veces.
Bajó del barco con rapidez y empezó a correr como loca por el muelle, para alejarse lo más rápidamente posible, sin mirar atrás.
Justo iba a echar un vistazo por encima de su hombro para ver el progreso de Max, cuando una explosión terrible la tiró al suelo.
¿Quién le iba a dar de comer a Gatson ahora?
* * *
Nina no murió esa noche.
Lo único que hizo la explosión fue tirarla al suelo. Se quedó tumbada boca arriba, sintiendo dolor en todas las partes de su cuerpo, el calor de la deflagración y un pitido ensordecedor en los oídos.
Estaba claro que no estaba muerta: le dolía demasiado todo como para estarlo.
Su último pensamiento antes de morir había sido para Gatson, pero al darse cuenta de que estaba viva, lo primero que pensó fue: Max.
Intentó incorporarse —no levantarse; todavía no estaba segura de que le funcionasen las piernas— y miró a su alrededor.
El barco estaba completamente envuelto en llamas que se elevaban hacia el cielo nocturno, tiñéndolo de naranja.
Oyó voces, gritos lejanos, amortiguados por el zumbido en sus oídos.
Se le formó un nudo en la garganta y se olvidó de respirar.
No podía ver a Max, su estúpido ayudante con sus estúpidas gafas y jerséis de pico y su estúpida novia y...
Oh, Dios, había un par de cuerpos tirados en el suelo, a pocos metros de ella.
Se acercó como pudo, arrastrándose por el suelo, hasta llegar a Max.
El otro cuerpo —Charlie— estaba un poco más alejado, boca abajo, inmóvil.
Max tampoco se movía. Había perdido sus gafas y tenía la cara llena de cortes, golpes y manchas negras de lo que parecía hollín o lo que fuera.
—Max. Max.
La voz le salió ronca, como si hubiera desayunado cristales. Empezó a darle palmaditas en las mejillas.
—Max —susurró, y eso le dolió menos—. Max, despierta.
Nada.
Se dio cuenta de que se le había quemado una parte del pelo y pensó absurdamente que tendría que rapárselo, pero la verdad, con su cara seguramente le haría más atractivo, si eso era posible.
Max seguía sin moverse. Se le cerró la garganta y le escocieron los ojos. Se habría puesto a llorar si no estuviera tan asustada.
Siguió dándole palmaditas en las mejillas, que ya casi se habían convertido en bofetadas.
La boca de Max se movió de repente, con dificultad, y estuvo a punto de darle un infarto.
—¿Quieres...? —Max tosió dos veces e intentó seguir hablando— ¿...quieres dejar de pegarme?
* * *
Nina estaba sentada en la parte trasera de una ambulancia, envuelta en una de esas mantas plateadas que usan los equipos de emergencia y que la hacían parecer las sobras de un sándwich.
Evidentemente, alguien habían llamado a emergencias, o varios alguienes, porque una explosión en un barco no era tan discreta como pudiera parecer, sobre todo cuando había gente que vivía en los barcos de alrededor y en los bloques de apartamentos rodeando el embarcadero.
Le estaban curando los cortes y heridas que tenía en brazos y piernas. No iba a necesitar puntos, eran todo golpes y rasguños (más o menos aparatosos y dolorosos) de haberse caído al suelo. Ni siquiera se había dado cuenta de sus heridas, con el disgusto de pensar que Max estaba muerto.
No estaba muerto, pero se lo habían llevado en una ambulancia al hospital, entre protestas y juramentos de que “se encontraba perfectamente bien, gracias, si me dejan bajarme e irme a casa...”.
Pero no le habían dejado bajarse de la ambulancia e irse a casa, porque Nina les había dicho que había estado unos minutos inconsciente.
Era verdad. Cuando se había acercado a él en el muelle, le había costado cierta violencia que volviera en sí.
Casi se había desmayado cuando Max había abierto los ojos.
Quería pensar que había mantenido la compostura.
Había conseguido que no le diera una crisis de ansiedad, ni ponerse a llorar, ni morirse del susto.
Había conseguido también, con mucha dificultad, que Max no se moviera hasta que llegase la ambulancia.
—¿Y si tienes algo roto y lo empeoras moviéndote, o la columna, o el cuello, o...?
—No tengo nada roto —había dicho Max, con su voz ronca por el humo—. Creo.
Pero al final se había quedado allí, tirado sobre el muelle, en el mismo sitio donde había caído. Seguramente porque no tenía fuerzas para discutir con ella.
Cuando llegó la primera ambulancia, tras hacerles un par de preguntas, se fueron directamente a atender a Charlie, que era quien peor estaba.
Seguía inconsciente, aunque en su caso seguramente era por las drogas.
Habían visto trabajar a los paramédicos a su alrededor, ponerle oxígeno, gritarse unos a otros, y finalmente llevárselo en una camilla y en una ambulancia, con las sirenas a todo volumen.
La segunda ambulancia se había llevado a Max, a pesar de sus protestas. Querían hacerle pruebas para ver si tenía una conmoción o daños internos. Uno no salía despedido y aterrizaba en el suelo y podía irse a su casa así como así.
Y la tercera ambulancia era en la que estaba ella sentada, mientras el tipo a su lado la llenaba de apósitos, gasas y tiritas.
Allí estaba todavía cuando el inspector Chambers se acercó a ella, las manos en la cintura, el bigote moviéndose ligeramente, seguramente de furia.
—No creo recordar mal, pero me parece que le dije que dejara de meter las narices en la investigación. Tengo razón, ¿verdad? ¿Le dije que no se inmiscuyera más? ¿No lo he soñado, ni estoy perdiendo memoria con la edad?
Nina asintió con la cabeza. Se sentía como si estuviera en el colegio y el profesor le estuviera echando la bronca.
El inspector le tendió las gafas de montura negra de Max.
—Tome, déselas a su ayudante. Es un milagro que hayan sobrevivido—. La miró gravemente, y a Nina le pareció que no se había imaginado el tono de preocupación—. Y no me refiero solamente a las gafas.
Nina las guardó en el bolso que tenía a su lado.
—¿Puede decirme qué ha pasado aquí?
Tomó aire, y al hacerlo le dolieron los pulmones y la garganta, seguramente por el humo.
—¿Por dónde empiezo?
Chambers suspiró y sacó su libreta hecha polvo y un boli con el capuchón mordido del bolsillo de su abrigo.
—Por el principio estaría bien.