Muerte de una influencer (Baker Street 1) 58 El cuchillo #2
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58 El cuchillo #2

—Cuando recibió vuestro mensaje diciendo que queríais hablar con ella, Pippa vio una oportunidad para sacarme dinero.

Si no le daba lo que pedía, os lo iba a contar todo —siguió diciendo Elektra—.

Se lo pagué en... especias, por así decirlo.

Yo solo le proporcioné la droga. No tengo la culpa de que fuese una yonqui y se la metiera toda de golpe.

Todo eso estaba muy bien, pero iba a ser muy difícil convencer a nadie de que lo de Pippa no fue premeditado. Elektra tuvo que llevar las cartas encima cuando se reunió con ella para dejarlas en su piso, junto al cuerpo. Así que tenía que estar dentro de su casa cuando murió.

Otra cosa era lo que le hubiese contado a Chloe, claro.

—¿Y Sophie? —preguntó Max—. ¿También fue un accidente? ¿Se tropezó y se cayó encima del cuchillo?

Chloe desvió la mirada y se mordió el labio inferior. No le auguraba un gran futuro como accidental asesina en serie. Elektra era otro cantar.

La gemela chunga miró a Max con odio.

—No tuve más remedio —dijo, con resentimiento—. No podía arriesgarme a que fuera a la policía y que les dijera que la de las amenazas había sido yo, y que además me llamaron la noche de la muerte de Gigi.

Cabos sueltos, estaba claro.

—Y todo esto por un reality —dijo Max, con incredulidad.

—No era solo un reality —dijo Elektra, con rencor.

Se había animado a hablar y ya no había quien la parase—.

Era uno de esos donde vas desnudo a una isla a encontrar pareja, o algo así.

Gigi pensaba salir desnuda por televisión.

Somos gemelas. Tenemos la misma cara. ¿Qué pensarán los clientes del bufete?

¿Cómo puedo mantener una imagen seria y profesional cuando la gente se pregunta si soy yo la de la tele?

Si buscas mi nombre en internet, lo primero que aparece es mi hermana.

Elektra sonaba cansada y derrotada. Le habría dado hasta pena, si no fuese por el pequeño detalle de los asesinatos.

—Era un escándalo detrás de otro. Estaba dañando mi carrera y mi reputación.

No podía más. No atendía a razones. ¿Sabéis lo que es no atreverte a mirar el teléfono por miedo a lo que te puedas encontrar, “la última” de tu hermana?

Año tras año tras año. Quiero ser juez algún día. ¿Quién me va a tomar en serio?

No sabía si Elektra se estaba dando cuenta, pero con cada argumento parecía más culpable de la muerte de su gemela.

Iba a ser imposible de comprobar, pero estaba segura de que, una vez delante de Gigi borracha, no había podido resistirse a darle un empujoncito.

Probablemente vio una oportunidad y la aprovechó.

—¿Cómo reclutasteis a sus amigas, Sophie y Pippa?

—Bah, amigas... —dijo Chloe—. Sophie odiaba a Gigi por haberle “quitado” a Charles. Ya ves, menudo premio. Pippa necesitaba dinero desesperadamente. Entre que sus padres le habían cortado el grifo y las drogas, habría hecho cualquier cosa por dinero.

—¿Y Charlie? ¿Cómo encaja él en todo esto? —preguntó Max.

Esta vez fue Elektra quien contestó.

—Necesitamos un culpable para lo de Sophie, para que la policía deje de investigar.

Al final, se van a topar con alguna incongruencia o con alguna prueba, tampoco es que fuera un crimen perfecto...

Y vosotros —Elektra les miró con odio—, seguíais husmeando.

Os dije que no volvierais a meter las narices.

Al final, no nos habéis dejado más remedio.

Charlie puede cargar con la muerte de Sophie y con las vuestras.

No sabía cómo iban a hacerlo, pero imaginó que se enteraría más temprano que tarde.

Señaló con la cabeza el cuchillo que tenía Chloe en la mano, con lo que parecía sangre seca en la hoja.

—¿Es ese el cuchillo con el que matasteis a Sophie?

Chloe no dijo nada, pero miró a Elektra, nerviosa. Nina supuso que la idea era dejar el cuchillo en el barco para implicar a Charlie.

Había otro cabo suelto, pero todavía no se había dado cuenta de que lo era: Chloe. Nina se preguntó cuánto tardaría en sufrir un “desgraciado accidente”, cuánto tardaría Elektra en deshacerse de ella. Unos meses, imaginó. Cuando la policía hubiera cerrado la investigación y ya no le hiciera falta.

Nina se acordó de repente de la grabación de las cámaras de seguridad que Chambers le había enseñado, la mujer de coleta rubia que salía de su callejón. Al final, su primera impresión había sido correcta: era Chloe, no Pippa, la mujer de la grabación.

No se iba a quedar con la duda.

—Entonces fuiste tú quien robó las cartas de la oficina... ¿Y los destrozos? ¿El ladrillo?

Chloe la miró, extrañada.

—¿Qué destrozos? Yo solo me llevé las cartas y el contrato que firmó Elektra, por si acaso os daba por contratar un grafólogo o algo... Bueno, rompí sin querer una taza con forma de pato, se me cayó al suelo. Tampoco sé nada de ningún ladrillo.

Elektra parecía estar terminando de atarles. O al menos se estaba quedando sin cuerda.

¿Era raro que fuese a morir y lo que más le preocupase fuese qué pasaría con Holmes House y con su contenido? ¿Con los papeles de Sherlock? ¿Cómo y en qué manos acabarían? No había hecho testamento ni tenía herederos. ¿Y qué pasaría con Gatson?

Intentó seguir hablando para entretenerlas un poco más, pero se le habían acabado las ideas.

Max tampoco estaba ayudando.

Estaba atado detrás de ella, callado como un muerto.

Oh Dios, Max muerto, con lo joven que era. Y sin acabar su tesis.

Céntrate, Nina.

—¿Qué pintas tú en todo esto? —le preguntó a Chloe.

Sophie y Pippa al menos esperaban sacar algo de todo aquello, aunque fuera patético en el caso de Sophie, ¿pero Chloe?

Ser cómplice de un asesinato —cuatro, si les salía bien el plan— no era moco de pavo.

Chloe y Elektra se miraron sin decir nada, pero no hizo falta: una mirada bastó, al menos por parte de Chloe, que no pudo ocultar su adoración. Nina vio la luz en ese momento, y las piezas terminaron de encajar.

Tenían una relación, estaba casi segura. Supuso que sería eso, porque uno no se hacía cómplice de asesinato así como así.

Elektra terminó de hacer el último nudo. Les había atado las manos, los pies, y había acabado atándolos el uno al otro, pasando la cuerda por sus torsos.

Estupendo.

—Dame el cuchillo —dijo Elektra. Chloe se lo pasó—. Tenemos que darnos prisa.

La mujer de la coleta platino asintió y cogió una lata azul cuadrada de una esquina.

Empezó a verter el contenido por todas partes, cubriendo el suelo y los muebles.

Un fuerte olor a gasolina inundó el barco.

Mientras, Elektra colocó el cuchillo en la mano derecha de Charlie, que seguía inconsciente en el sofá y no había movido ni un meñique durante todo aquel tiempo.

Era zurdo, pensó Nina, pero bueno.

—¿Qué vais a hacer?

—¿No te cansas de hablar? —preguntó Elektra, molesta.

Ahora que lo mencionaba...

—¿Podríais darme un vaso de agua, por favor?

Se le había quedado la boca seca con tanta conversación.

Quizás fuese un momento curioso para pedir las cosas por favor, pero le había salido por inercia.

Elektra la miró como si fuera un bicho raro.

—¿Sabes que vas a morir, verdad?

Nina no estaba en posición de irritarse, pero lo hizo igualmente.

—¿Y me tengo que morir con sed?

Con más razón podía concederle un último deseo, un vaso de agua. Dios, qué gente.

Elektra se acercó al fregadero y llenó un vaso de agua, como si le costase un mundo. Luego se lo acercó a Nina a la boca y le ayudó a beber.

Mientras tanto, Chloe estaba manipulando algo en la mesa del comedor.

Tenía una vela corta y gruesa en un portavelas, y una cuerda que sujetaba otra vela a una madera. Colocó la primera vela debajo de la cuerda tensada.

—Lo hemos sacado de un vídeo de YouTube —dijo Chloe con orgullo—. Es una forma de retardar el incendio, una media hora o así, para darnos tiempo a escapar.

—¡Chloe! ¿Lo tienes que contar todo?

Elektra parecía exasperada.

La mujer rubia se encogió de hombros.

—Ya da igual, ¿no?

Nina no le auguraba un futuro muy largo a Chloe, la verdad. Sus días estaban contados.

Aquello de las velas parecía un proyecto de ciencias para la escuela, pero Nina le vio el sentido: la cuerda iría quemándose poco a poco, y cuando estuviese quemada del todo dejaría de sujetar la segunda vela, que caería al suelo... empapado de gasolina.

Oh Dios, iban a morir. Les habían atado con un kilómetro de cuerda, era imposible salir de allí.

¿Quién le iba a dar de comer a Gatson?

—Bueno, diría que ha sido un placer, pero estaría mintiendo. Hasta nunca —dijo Elektra. Luego se puso la capucha de la sudadera y salió por la puerta.

Chloe les echó un último vistazo, dijo “lo siento”, y luego salió tras Elektra.

Mucho no debía de sentirlo, cuando les había dejado allí para morir.