58 El cuchillo
El cuchillo
Max y ella se dieron la vuelta a la vez para ver quién había hablado desde la puerta.
Elektra Hargrave.
No la habían visto al entrar. Debía de haberse escondido o agazapado detrás de la puerta. Iba vestida de forma similar a Chloe, toda de negro.
Pero lo más importante era lo que llevaba en la mano enguantada.
Un cuchillo.
Era estrecho, afilado, no muy grande, y tenía lo que parecía sangre seca en la hoja.
Max dio un paso hacia ella.
—No te muevas —dijo Elektra, tensando el brazo en el que sujetaba el cuchillo.
Luego cerró la puerta del barco a su espalda, tanteando el picaporte sin darse la vuelta.
Max se paró en seco.
En un espacio tan pequeño como aquel, un cuchillo era incluso peor que una pistola. Con una pistola aún podía fallar el tiro. Un cuchillo, a esa distancia, era casi siempre letal.
Nadie habló durante unos segundos. Se quedaron mirándose en silencio, como si aquello fuese un juego, para ver quién tardaba más tiempo en hablar.
—¿Está muerto? —preguntó por fin Max, señalando a Charlie en el sofá con la cabeza.
Chloe se inclinó sobre él y le puso dos dedos en el cuello.
—No, solo drogado. Pero no sé si me he pasado con la dosis...
El culpable parecía ser el whisky sobre la isla de la cocina, junto a las dos copas de vino. Seguramente le habían echado algo en el vaso. Elektra y Chloe habían llamado a su puerta, a saber con qué excusa, y Charlie no había sospechado nada. Y todos sabían que no podía resistirse a un whisky.
—Chloe, coge dos sillas —dijo Elektra.
La mujer de la coleta platino arrastró dos sillas de madera desde la zona del comedor y las colocó una de espaldas a la otra.
Lo tenían todo pensado.
—Bolsos, mochilas, móviles, abrigos —dijo Elektra, como si estuvieran en seguridad del aeropuerto—. En esa esquina. Y no intentéis nada.
Nina metió el móvil en el bolso y lo deslizó —no iba a tirarlo, tenía el portátil dentro— donde Elektra le había indicado.
Max hizo lo mismo con su mochila y abrigo.
Por un segundo, Nina pensó en tirarle el abrigo encima a Elektra, pero la mujer no era tonta y se retiró un par de pasos hacia la puerta, andando de espaldas.
—Sentaos.
Eso hicieron, en las sillas que acababan de colocar. Elektra le pasó el cuchillo a Chloe.
—Si se mueven, no te lo pienses.
Cogió una bolsa de deporte que había en una esquina y sacó de ella un rollo de cuerda gruesa.
Hizo que Max pasara los brazos por detrás del respaldo de la silla y empezó a atarle las muñecas.
—Estaría bien —dijo Max en un tono tranquilo, neutro, conversacional; totalmente absurdo para el momento que estaban viviendo—, si alguien nos explicara qué está pasando aquí.
Lo que estaba pasando era el acto final de una elaborada pantomima. Era todo tan simple que parecía mentira que no se hubieran dado cuenta antes, que no hubiesen sospechado de Elektra hasta entonces.
Heredera de Sherlock Holmes, sí. Ya se notaba.
Tenía que haber aprovechado el viaje en taxi para hablarle a Max de sus sospechas. Ahora ya era tarde.
Elektra no respondió. Siguió enrollando la cuerda alrededor del torso de Max. Nina se preguntó si sabía lo que estaba haciendo, si tenía algún tipo de método o simplemente los iba a envolver en cuerdas como si fueran momias.
Al final, fue Nina quien empezó a hablar.
—Era todo mentira. Una puesta en escena.
Como diría su ilustre antepasado: “Cuando descartas lo imposible, lo que quede, por improbable que parezca, es la solución”.
O algo así. Tampoco se sabía la cita de memoria.
Elektra la miró con curiosidad mientras pasaba la cuerda por los tobillos de Max para atarle los pies. Chloe seguía con el cuchillo en la mano.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Max.
—Gigi nunca recibió amenazas —respondió Nina—. Quiero decir, de las redes sociales sí, supongo, como todo el mundo —qué vida más triste, que ya ni siquiera se sorprendía uno—, pero las cartas eran falsas.
—¿Falsas?
—La gemela Hargrave que vino a la oficina a pedirnos ayuda aquella tarde no era Gigi. Era Elektra.
La aludida no dijo nada. Se limitó a seguir inmovilizando a Max.
Nina no había estado segura hasta ese momento. Solo tenía una vaga sospecha, pero el silencio de la mujer fue la confirmación que necesitaba.
Max giró la cabeza hacia un lado. No podía verle la cara porque habían colocado las sillas de espaldas, pero no hacía falta.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo? —preguntó, irritado.
—Era solo una sospecha, y tampoco he tenido tiempo: se me ocurrió justo después de recibir el mensaje de Charlie, y luego salimos corriendo.
Si es que el mensaje lo había escrito Charlie, claro, cosa que dudaba. Seguramente sería un señuelo para llevarlos hasta allí.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Chloe con genuina curiosidad.
—Chloe —la reprendió Elektra.
—Los pendientes. Mejor dicho, los agujeros para los pendientes —respondió Nina.
Gigi tenía unos cuantos piercings en cada oreja. Lo había visto en todas las fotos de los tabloides online y en las de Instagram. No había foto en la que no llevara media docena de pendientes diferentes.
Elektra, en cambio, solo tenía uno en cada oreja. El día que fue a la oficina haciéndose pasar por su hermana, llevaba unos pendientes de aro dorados grandes y no tenía ningún agujero extra.
Pero solo era una sospecha, un detalle, algo que se le había ocurrido de repente al ver la foto de Elektra en primer plano en el Daily Mail que estaba usando de posavasos.
Al fin y al cabo, se le podían haber cerrado los agujeros.
Qué sabía ella. La idea era tan vaga que ni siquiera le había parecido lo suficientemente importante como para comentársela a Max.
Tampoco había tenido tiempo, pero bueno.
—Te dije que tenías que haberte hecho más agujeros —dijo Chloe.
—La peluca me tapaba las orejas —dijo Elektra, irritada—. Además, es poco profesional. No puedo llegar al bufete llena de piercings. Lo que me faltaba.
En realidad, había tenido mala suerte: Nina se había fijado en los pendientes el día de la oficina porque Elektra no dejaba de meterse el pelo detrás de la oreja. Supuso que era porque no estaba acostumbrada a la peluca.
—Pero Sophie y Pippa confirmaron lo de las cartas amenazantes. Y cuando estuvimos en el club, Gigi me reconoció. Me saludó con la mano —dijo Max, confuso.
Chloe resopló.
—No te reconoció. Quería darle celos a Charlie y estaba buscando a alguien para hacerlo desde que entró en el club. Vio a un tipo atractivo y aprovechó la oportunidad. Sin más.
—Sophie y Pippa estaban en el ajo —dijo Nina.
Ahora que sabía la verdad, de repente todo tenía sentido—.
La del club era Gigi, la Gigi real; pero nadie sabía que íbamos a presentarnos en el Loop esa noche.
Cuando salió corriendo, Sophie y Pippa la siguieron.
Afortunadamente para ellas, Gigi estaba borracha y no pudo decir nada coherente.
La llevaron a casa, y luego no lo sé... supongo que alguien la empujó. O la ayudaron a caerse.
Esa parte se la estaba imaginando, evidentemente. Solo eran conjeturas.
No sabía hasta qué punto estaban involucradas las amigas de Gigi en todo el plan. No podía estar segura, y no parecía que Elektra tuviese muchas ganas de aclarárselo.
—Cuando la policía interrogó a Pippa y a Sophie, ambas dieron la misma versión.
Corroboraron la historia de las cartas y que Gigi había ido a un detective privado porque estaba preocupada.
¿Quién iba a pensar que Elektra se había hecho pasar por su hermana?
Lo que no sé es el motivo —se preguntó Nina en voz alta.
Una vez terminó de atar a Max, Elektra empezó con ella.
—¿Qué pretendes? ¿Que me ponga a contarlo todo como en un episodio de “Se ha escrito un crimen”? —preguntó mientras le ataba las manos.
—No, pero tengo curiosidad. Al fin y al cabo, esto no tiene buena pinta —dijo Nina, moviendo un poco las muñecas.
—Fue un accidente —dijo Chloe, sin poder contenerse.
—¡Chloe!
—¿Qué? ¡Es verdad! ¿Prefieres que piensen que mataste a tu hermana a sangre fría? Además, tiene razón —dijo, señalando a Nina con el cuchillo que todavía tenía en la mano—. Tampoco va a vivir para contarlo.
Nina empezó a marearse. Aquello no era un juego: no sabía qué iban a hacer con ellos exactamente, pero las probabilidades de salir de allí con vida eran bastante escasas.
Oh Dios oh Dios oh Dios.
Y ni siquiera podía poner la cabeza entre las piernas, porque en ese momento Elektra le estaba atando el torso al respaldo de la silla.
—Sophie y Pippa no estaban metidas en nada —dijo Chloe.
Era curioso, pero toda la compostura, la voz helada con la que siempre se había dirigido a ellos, había desaparecido.
Como si siempre hubiese sido una fachada, un personaje.
Ahora parecía nerviosa e insegura de todo aquello—.
Bueno, en la tontería de las amenazas: lo único que tenían que confirmar era que Gigi había ido a un detective y que les había enseñado las cartas.
Luego íbamos a filtrar la información de que se las había enviado a sí misma para conseguir publicidad.
—¿Por qué?
Esta vez fue Elektra quien contestó, un poco a regañadientes.
—Para que la echaran del reality en el que iba a participar.
Era lo único que quería. Pero tuvisteis que meter las narices.
—Empezó a atarle los tobillos y le apretó la cuerda un poco más de lo necesario—.
Sophie me llamó esa noche, nerviosa, diciendo que los detectives habían estado en el club y que Pippa y ella habían dejado a Gigi en casa porque estaba fatal.
Me acerqué a verla para saber si había hablado con vosotros, qué le habíais dicho, y para ver cómo estaba de borracha, si iba a acordarse de algo a la mañana siguiente.
Se sirvió una copa de vino, empezamos a discutir.
Pero no le hice nada. Prácticamente se cayó sola. Estaba como una cuba.
No podía verle la cara a Max, porque estaba de espaldas a ella, pero imaginó que estaba pensando lo mismo que ella.
Prácticamente se cayó sola. Por supuesto.
—¿Y Pippa?