Muerte de una influencer (Baker Street 1) 57 Una cita en el muelle
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57 Una cita en el muelle

Una cita en el muelle

Max introdujo el código en la puerta de acceso al embarcadero. La luz verde se encendió y la puerta se abrió.

Se alegró de que la hubiese acompañado: no era tarde, pero ya había anochecido y, a diferencia del día anterior, no se veía a nadie por allí. No le sorprendía: había estado lloviendo de forma intermitente toda la tarde, y justo acababa de empezar de nuevo.

La luz mortecina de las farolas se reflejaba en el muelle mojado. Tendrían que tener cuidado de no resbalarse y romperse la crisma.

Empezó a llover con más fuerza. Abrió su bolso para coger el paraguas plegable y no lo encontró.

Maldición. Se lo había prestado a Max esa tarde, cuando había salido un momento de la oficina y había vuelto con los cafés.

—¿Qué has hecho con mi paraguas de gatos?

Tuvo que hacer memoria, pero estaba segura de que cuando había entrado por la puerta de la oficina tenía dos cafés en la mano y cero paraguas.

Max la miró con los ojos muy abiertos, como un conejo cuando le dan las largas.

—Está... —dejó la frase a medias, intentando hacer memoria.

A saber qué había hecho con él. Seguramente lo había dejado en el paragüero de la cafetería. Era el último paraguas que le prestaba.

Tenía una varilla doblada y sabía que sus días estaban contados, pero adoraba ese paraguas, y la cadena de tiendas donde lo había comprado unos años antes ya no existía. Le gustaba porque era pequeño pero robusto, y porque además tenía gatos y le daba cierta alegría los días de lluvia.

Le apuntó con el dedo índice.

—Me debes tres paraguas.

Max hizo una mueca.

—Lo siento. Estoy seguro de que tengo alguno en casa.

Alguno.

Caminaron deprisa hasta el barco de Charlie, intentando no calarse hasta las orejas.

El interior del barco estaba iluminado, la luz se filtraba a través de las cortinas de las ventanas. Menos mal que Charlie les estaba esperando. No quería tener que quedarse fuera, mojándose —más todavía—, esperando a que llegase.

Subieron al barco con cuidado de no resbalarse en la rampa de acceso, mojada por la lluvia.

Max llamó a la puerta y esperaron un tiempo prudencial. Nadie contestó.

Era obvio que había alguien dentro del barco, las luces estaban encendidas. Max pegó la oreja a la puerta.

—No se oye nada.

¿Estaría Charlie en el baño, o en el otro lado del barco, donde no podía oír la puerta?

No tenía sentido, si les estaba esperando. Habían quedado a las seis y faltaban solo cinco minutos.

Volvieron a llamar. Esta vez fueron más contundentes, o Max lo fue, golpeando la puerta con el puño cerrado... hasta que la puerta cedió. Estaba entornada y no se habían dado cuenta hasta entonces.

Max y ella se miraron, pensando lo mismo.

Otra puerta abierta. ¿Cuántas iban en las últimas semanas? Había perdido la cuenta.

—¿No te recuerda esto a algo? —preguntó Max.

—No seas cenizo.

Pero aun así, miró la puerta con aprensión.

Lo inteligente habría sido darse la vuelta. Llamar a Charles Fitzberger, quizás, para decirle que habían llegado y estaban esperando fuera.

Pero no fue eso lo que hicieron. Lo que hicieron fue empujar la puerta y entrar en el barco.

Alguien pensaría que después de la puerta abierta en casa de Gigi Hargrave habrían aprendido la lección.

Lo primero que vieron al entrar fue a Charlie, sentado en el sofá —o mejor dicho, despatarrado en el sofá—, mientras Chloe —anteriormente conocida como coleta platino— le daba ligeros golpecitos en las mejillas.

El hombre parecía estar dormido, o borracho, o las dos cosas. Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás en el respaldo del sofá y la boca abierta.

—Charlie. Charlie —repitió Chloe, mientras seguía intentando despertarle.

¿Qué familiaridad era esa? ¿Qué había sido del “Mr. Fitzberger” y de la compostura de reina de hielo?

La mujer levantó la vista y reparó en su presencia.

No tenía el aspecto inmaculado y perfecto al que les tenía acostumbrados. Llevaba unos vaqueros ajustados, zapatillas negras, sudadera negra y guantes también negros, de piel.

—¿Está dormido? —preguntó Max, que parecía tan desconcertado como ella.

—No creo, llevo así un rato y no reacciona… parece que se ha desmayado.

No les preguntó qué hacían allí, ni parecía sorprendida por su presencia.

La situación era absurda. ¿Qué hacía allí aquella mujer? Se suponía que habían quedado con Charlie a las seis.

Lo único en lo que podía pensar era en la diferencia entre la estirada coleta platino que habían conocido hasta entonces, fría como el hielo, que siempre parecía tenerlo todo bajo control, y la mujer que tenían delante.

Parecía nerviosa, no dejaba de tragar saliva y paseaba la vista en todas direcciones.

Mechones de pelo se escapaban de su famosa coleta rubia, floja y medio deshecha, y llevaba la cara lavada, sin una gota de maquillaje.

Entre eso y la indumentaria, casi no parecía ella.

Y por cierto, Charles Fitzberger no parecía desmayado: parecía dormido o, teniendo en cuenta su historial, borracho. Había un vaso con un líquido ámbar —probablemente whisky— y un par de copas de vino encima de la isla de la cocina.

Dos copas de vino. Miró a Max y se dio cuenta de que él también estaba mirando las copas.

—¿Cuánto tiempo lleva así? Quizás deberíamos llamar a una ambulancia —dijo Max, cauteloso. Como ella, no sabía qué pensar de la situación.

—Sí, sería la mejor opción —dijo alguien a su espalda—. Pero no es lo que vamos a hacer.