Muerte de una influencer (Baker Street 1) 56 Clientes vivos
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56 Clientes vivos

Clientes vivos

Nina bajó la mano con la que sujetaba su teléfono móvil y dejó de poner morritos. Para el resto del mundo, estaba sentada en la terraza de una cafetería especializada en cupcakes, en una mesa en la acera, haciéndose doscientos selfis con uno de ellos —en forma de cabeza de unicornio— en la mano.

En realidad, estaba sacando fotos del hombre que ocupaba la mesa justo detrás de la suya.

Era increíble, pero ni siquiera era la hora de comer y ya había terminado uno de los trabajos pendientes.

Había tenido suerte, de todas formas. Todavía no tenía una cámara con un zoom decente —iba a comprar una compacta de segunda mano, de momento; nada de cámaras enormes con teleobjetivos, no hacían falta y llamaban demasiado la atención—, y con el móvil le había servido.

Había seguido al hombre, que supuestamente tenía una pierna rota, durante toda la mañana, desde que había salido de casa.

Estaba claro que no tenía ni idea de que su jefe podía estar vigilándole, porque no había sido nada cuidadoso.

Primero había ido a hacer algunas compras al supermercado, y después había vuelto a salir y había llegado hasta aquella cafetería, donde había estado tomando un té con una mujer —¿su hermana? ¿Amiga? ¿Otro familiar? Irrelevante— en la mesa de al lado.

El hombre se levantó de la mesa, junto con su acompañante. Se despidieron en la acera con un beso en la mejilla, y el hombre empezó a caminar en dirección contraria a la mujer, con las manos en los bolsillos, silbando.

Evidentemente, sin la escayola en la pierna supuestamente rota, ni una bota de esas ortopédicas, ni una muleta; nada.

Cambió el móvil a modo vídeo y le grabó cruzando la calle con un trote ligero.

Para tener la pierna rota por tres sitios, no parecía muy afectado.

Era todo lo que su cliente necesitaba, o al menos era todo lo que le había pedido.

Guardó el teléfono y empezó a comerse el cupcake, mientras miraba a la gente pasar.

Aquella mañana se había despertado pronto, con el piar de los pájaros y el sol que entraba por la ventana. Otro día sin lluvia. Casi no se lo podía creer. Era increíble lo que el sol podía hacer por el estado de ánimo.

Había dormido bien, después de las noches de insomnio, y decidió —era un milagro la claridad que daba una buena noche de sueño— que ya era hora de empezar a trabajar en los trabajos nuevos que habían llegado a la agencia.

O, dicho de otra forma, empezar a centrarse en sus clientes vivos, en vez de seguir pensando en Gigi, en la muerte de Sophie y en quién querría verla muerta y por qué.

No era asunto suyo. Llevaba todo el día repitiéndoselo. No era asunto suyo. Era asunto de la policía. Su trabajo había terminado.

No habían tenido noticias de Charlie desde que lo dejaron durmiendo la mona en su barco la noche anterior. Tampoco esperaba saber más de él, la verdad. Seguramente tendría una resaca horrible y no recordaría nada del día anterior. Mejor para él.

No había nada nuevo en las noticias sobre la muerte de Sophie, solo especulaciones. No habían detenido a nadie más.

Era extraño y curioso que tanta gente del mismo círculo social hubiera muerto —por causas aparentemente no relacionadas— en tan poco espacio de tiempo.

Era curioso y era extraño, sí, pero no era su problema.

Al menos, ya no.

Tenía que pasar página, terminar de amueblar la oficina, de poner en marcha el negocio ahora que tenía clientes.

Tendría que resignarse a no saber nunca quién le había puesto todo patas arriba, destrozado los muebles, robado sus cosas.

Pero tenía que mirar hacia adelante, hacia el futuro de la agencia.

Y en ello estaba.

Le había dado la mañana libre a Max. No solo había trabajado un montón de horas que no le correspondían; tampoco había mucho que hacer en la oficina.

Lo único que le había pedido era que estuviera en la oficina sobre la una de la tarde, la hora en que iban a entregar los muebles que había comprado por internet, por si acaso ella no llegaba.

Había pedido lo justo para su despacho: un escritorio, una silla de ordenador para poder trabajar y un par de sillas para los clientes. Se había acabado el lujo, al menos de momento, y ya no le preocupaba demasiado la imagen de la oficina. Al fin y al cabo, clientes no le faltaban.

No quería hacerse ilusiones, pero si las cosas seguían así, quizá pronto podría subirle el sueldo a Max.

Y, con un poco de suerte, empezar a pagarse uno ella también.

Tomó un sorbo de su té y se alegró de comprobar que todavía estaba caliente. Luego cogió el cupcake morado en forma de cabeza de unicornio y le dio otro mordisco. Por mucho que estuviese trabajando, no iba a dejarlo allí, abandonado sobre la mesa.

* * *

Nina adjuntó las fotografías y los vídeos que había tomado esa mañana al correo electrónico que acababa de escribir para su cliente.

Se aseguró de añadir también el informe. No había tardado nada en escribirlo: no era más que una relación de las horas en que el hombre al que había estado vigilando había salido de casa, junto con una lista de sus actividades.

Revisó todo por última vez y lo envió. Luego se recostó en su nueva silla y dio un sorbo al café en vaso de papel que Max le había subido un rato antes de una cafetería cercana.

Por fin tenía mesa y silla para su despacho. No era como las que le habían destruido, pero tampoco estaba mal. Eso sí, esta vez lo había comprado todo montado; no iba a cometer el mismo error de la última vez y perder horas montando muebles.

Dejó el café sobre la mesa. El vaso estaba apoyado en el ejemplar del Daily Mail que Pearson había dejado allí, porque no tenía posavasos y no quería dejar marcas en su mesa nueva.

Abrió la aplicación de notas de su móvil y escribió “posavasos” en la lista de cosas que todavía tenía que comprar.

Estaba siendo una tarde tranquila. El camión con los muebles había llegado a la una en punto, los habían colocado en su sitio, y justo después Max recibió un mensaje en el móvil.

No era el primero que recibía desde que había llegado a la oficina.

Lo leyó con el ceño fruncido y dijo: “Salgo un momento, enseguida vuelvo”, sin especificar más.

No era como si no le debiera horas, así que no indagó ni le preguntó adónde iba.

Sospechaba que el mensaje era de Lisa. Estaba segura de que Max iba a volver con ella, al final tanto drama para nada. Tendrían que llegar a un acuerdo: nada de visitas en horas de oficina. Ahora que tenían clientes, no podía permitirse que Lisa y su risita los espantaran.

Max volvió un rato después, con cara de vinagre y dos cafés en la mano. Nina quiso preguntar, pero no lo hizo. Si él no quería contarle nada, tampoco se lo iba a sonsacar.

En fin, por lo menos le había subido un café. Lo cual le recordaba...

Volvió a abrir la aplicación de notas de su teléfono y escribió “cafetera”. Era lo siguiente que tenían que comprar, si no querían arruinarse comprando cafés a cinco libras.

El teléfono le vibró en la mano. Era un mensaje de texto.

¿Podríamos vernos? Me gustaría discutir la posibilidad de contratar sus servicios para demostrar mi inocencia. Charles Fitzberger III.

Le hizo gracia que firmara con su nombre completo, aunque, por otro lado, era la única manera de saber de quién era el mensaje, porque no lo tenía entre sus contactos.

Se preguntó de dónde habría sacado su teléfono, hasta que recordó que había estado repartiendo tarjetas de la agencia por todas partes, con el número de teléfono fijo de la oficina y su móvil, y Charlie tenía una de ellas.

Contratar sus servicios. Por un lado, tentador. Y seguramente también bien remunerado.

Por otro... ¿estaba segura de que Charlie era inocente?

Aunque, en realidad, no tenía que serlo para que ella hiciera su trabajo.

Ella le conseguía los resultados, y luego que hiciese con ellos lo que quisiera.

A pesar de que todavía no había sido acusado formalmente, era el principal sospechoso de la policía.

Imaginó que ya tendría un abogado, y un investigador privado podría ser una pieza más en su defensa.

Tomó un sorbo de café y respondió:

¿Cuándo le parece bien?

No perdía nada por escucharle.

Charlie respondió casi al instante:

¿Podríais venir a mi barco, sobre las seis?

Miró la hora en el móvil. Eran casi las cinco.

Si no se equivocaba, para llegar al barco de Charlie tenía que coger el metro hasta Canary Wharf y luego andar casi media hora hasta el embarcadero. Además, la tarde se había oscurecido y había empezado a llover un rato antes.

Lo mejor sería coger un taxi. Iba a tardar casi lo mismo, porque seguía siendo hora punta y las calles estaban congestionadas, pero no tenía ganas de meterse en el metro con doscientos millones de personas y luego ponerse a andar bajo la lluvia.

Respondió rápidamente para confirmar la cita.

De acuerdo. Nos vemos a las 6 en su barco.

Cogió el vaso de café para terminárselo y se fijó en la foto del Daily Mail que estaba justo debajo, haciendo de posavasos.

Elektra Hargrave en el entierro de su gemela. Era casi un primer plano, en el exterior, en el cementerio, junto al féretro.

En la foto, la gemela de Gigi parecía más irritada que afectada. Era comprensible, teniendo en cuenta el circo que había sido el funeral.

Estaba rodeada de sus compañeros de bufete, con un traje de chaqueta negro, sobrio, comparado con el resto de asistentes; maquillaje discreto, una cadena de oro y unos pendientes pequeños de perla que el pelo corto dejaba al descubierto...

Nina dejó el vaso de café sobre el escritorio desnudo, sin importarle si dejaba marca o no. Cogió el periódico y se lo acercó a diez centímetros de la cara.

¿Podía ser...? No, pero no era posible... ¿o sí?

Pasó las páginas hasta volver a la portada, donde había una foto de la difunta Gigi Hargrave, de fiesta, probablemente sacada de su Instagram.

Volvió a la página anterior, intentando comparar ambas fotografías.

Abrió el buscador en el ordenador para encontrar una foto de las dos hermanas con algo más de calidad. Fue entonces cuando se dio cuenta de la hora: las cinco y diez. Tenía que salir ya de la oficina si quería llegar al barco de Charlie para las seis.

Dejó el periódico donde estaba. No sabía si estaba alucinando y tampoco tenía tiempo de poner al día a Max con sus locas teorías.

Además, era una estupidez. Seguramente tendría una explicación.

Tenía que pensar un poco, primero. Después de la cita con Charlie.

De momento, lo más importante era eso. No quería hacerle esperar.

Las infidelidades y fraudes de seguros estaban muy bien, pero necesitaban un caso grande, con sustancia, para conseguir clientes más...

pudientes, por decirlo de alguna manera.

Con algo más de caché, que les permitiera vivir un poco más holgadamente, por lo menos el primer año de vida de la agencia.

Cogió su abrigo del respaldo de la silla, se lo puso y se colgó el bolso cruzado. Cerró el portátil y lo metió en el bolso de mensajero.

Abrió la puerta de su despacho.

—Escucha, Lisa...

Max estaba hablando por el móvil recostado en su silla, de espaldas a ella, pero cuando oyó la puerta de su despacho abrirse se dio la vuelta.

—Te llamo luego, ¿vale? Ahora no puedo hablar —dijo, y cortó la llamada.

Nina levantó las cejas.

—¿Lisa?

Al final tenía razón en sus sospechas.

—No tengo ganas de hablar de ello —dijo Max, y se fijó de repente en su abrigo y bolso—. ¿Te vas a casa?

—No, pero tú deberías haberte ido ya. —Nina abrió los mensajes de Charlie y le tendió el móvil para que los leyera—. He quedado con Charlie. Parece ser que quiere “contratarnos” —le puso las comillas, porque todavía no estaba segura de en qué iba a quedar todo.

Max se levantó de la silla y empezó a recoger.

—Voy contigo.

Nina negó con la cabeza.

—Son más de las cinco, aprovecha para irte a casa.

Max la miró como si estuviera loca.

—No voy a dejarte ir sola hasta allí, y menos de noche.

No era de noche todavía, pero lo sería cuando llegase al embarcadero. De todas formas, eso no era lo importante.

Puso los brazos en jarras.

—¿Dejarme?

Max suspiró.

—Es una manera de hablar. No me fío del tipo.

—Sé cuidarme sola.

—¿Y si es un asesino y es una trampa?

—¿Y por qué querría matarme a mí? No tiene motivos.

—Yo qué sé. —Max cerró la tapa de su portátil y lo metió en su mochila—. Igual es un asesino en serie.

Recordó al Charlie de la tarde anterior, arrastrando las palabras, sentado entre Max y ella en la parte de atrás de un taxi.

No tenía pinta de ser un asesino en serie. Ni siquiera un asesino a secas.

Aunque qué sabía ella, tampoco era una experta.

—Además —añadió Max—, el mensaje dice “podríais venir”. En plural.

Suspiró y levantó las palmas de las manos, dándose por vencida.

—Como quieras.

Era su tiempo libre. Si quería malgastarlo hablando con Charlie Tercero, allá él.