55 Un barco en Limehouse
Un barco en Limehouse
Nina no sabía nada de barcos. En su mente, imaginaba el interior del barco de Charlie casi como el de una caravana, con una cama plegable o, peor aún, aquellas camas con colchón de espuma que por el día eran asientos.
Parecía mentira que todavía no supiera con qué tipo de gente estaba tratando.
El barco de Charles Fitzberger III era, básicamente, un apartamento flotante.
Y un apartamento de lujo, además: con dos habitaciones, sala de estar con sofá, una televisión gigante y chimenea —imaginó que falsa—, cocina completa y moderna con isla y electrodomésticos de acero relucientes, además de una mesa de comedor con capacidad para seis personas.
Era más grande que cualquiera de los apartamentos que Nina había alquilado en Londres durante toda su vida.
Se accedía al interior del barco bajando unos escalones a la derecha del timón. Cuatro escalones, para ser exactos: le había dado tiempo a contarlos de sobra, mientras intentaban bajar por ellos con Charlie agarrado entre ambos, intentando que no se matase.
—¡Veinte metros de eslora! —gritó Charlie. Llevaba dándoles datos aleatorios del barco a voz en cuello desde que metieron el código de la puerta del embarcadero.
Que por cierto, el código era individual para cada barco, y el suyo era 1-2-3-4. Era una inconsciencia, pero menos mal que no era más complicado, porque con lo borracho que estaba no se habría acordado de ninguna otra manera.
Charlie se quitó la chaqueta del traje y la lanzó en dirección al sofá. Se quedó de pie, tambaleándose, en medio de la sala de estar y empezó a desabrocharse el cinturón.
—Te espero fuera —le dijo Nina a Max, y salió corriendo antes de que Charlie pudiera desnudarse delante de sus ojos.
Un rato después, Max emergió de las profundidades del barco con el pelo revuelto y cara de cansado. Cerró la puerta de la cabina y se acercó hasta ella. Nina le había estado esperando en cubierta, observando el embarcadero, los otros barcos y la vida pasar.
Max se apoyó en la barandilla, a su lado.
Un grupo de amigos cenaba en la cubierta de un barco cercano, bajo la luz de guirnaldas, y el rumor de las conversaciones y el tintineo de las copas llegó hasta ellos.
—Quién me iba a decir que acabaría el día metiendo en la cama a Charles Fitzberger III —dijo Max.
—¿Cómo está?
—Como una cuba. Le he dejado en su habitación, con un botellín de agua en la mesita y una papelera vacía al lado. Por si acaso.
El barco de Charlie estaba amarrado en Limehouse, cerca de Canary Wharf. Nina no quería ni imaginarse lo que podía costar la cuota anual.
Aquella gente vivía en otra dimensión. Una dimensión paralela donde todo era más fácil, donde nadie se preocupaba por si les subían el alquiler, o por cómo pagarían la residencia de ancianos de su abuela. Pero no por eso necesariamente más feliz.
Para muestra, toda una galería de botones. No se habían tropezado con ninguna persona normal desde que Gigi había ido a su oficina a pedirles ayuda.
Era otro mundo, y era peor.
Estaba agotada, harta ya de toda aquella gente. Mi barco, mi chófer, la mujer que limpia. Vacaciones en el Lago de Como, noches entre semana en clubs hasta las tantas de la mañana.
“Aquí es donde me escondo de mi padre cuando se pone pesado con que tengo que ir a la oficina”, les había dicho Charlie, arrastrando las palabras, mientras metían el código de la puerta.
Escondiéndose de su padre, un tipo de casi cuarenta años.
Esperaba de corazón que al día siguiente el pobre desgraciado no recordase nada, porque había pasado de tipo rico altivo a borracho melancólico en el espacio de tres whiskies.
Y no parecía una persona que llevase bien bajar la guardia, confraternizar con la plebe.
Aunque esa plebe (Max y ella) le hubiese salvado de hacer el ridículo en los tabloides.
—¿Estás bien? —preguntó Max.
Se giró para mirarle. Él también tenía la vista perdida en los barcos que les rodeaban, las luces reflejándose en el agua.
—Sí. No. —Se frotó la cara con las dos manos—. No lo sé.
La falta de sueño y el ajetreo de los últimos días se estaban dejando notar.
—Creo que la otra noche había alguien en mi casa —dijo, por fin. Era un triunfo, porque llevaba dos días intentando apartar el pensamiento de su mente, sin querer reconocérselo a sí misma.
Max la miró, alarmado.
—¿Qué? ¿Estás segura?
Negó con la cabeza. Por eso había dicho “creo”.
—No. De hecho, estoy casi segura de que fue Gatson; le pillé con las manos en la masa. Pero no sé. No me lo puedo quitar de la cabeza.
Alguien rió en el grupo de gente cenando, y la carcajada llegó hasta ellos, amortiguada.
Seguramente serían paranoias y falta de sueño. Con toda la gente muriendo a su alrededor, era difícil no sentirse un pelín insegura.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Max—. No me cuesta nada pasarme por casa a por la bolsa con mis cosas.
Nina inspiró el aire del anochecer. Empezaba a oler a primavera, a pesar del frío. Observó a una pareja que caminaba por el muelle cogida de la mano. Los pendientes de la mujer brillaron a la luz de las farolas. Llegaron hasta uno de los barcos y los perdió de vista.
—No, no hace falta. Pero gracias.
No necesitaba centinelas ni guardianes. Si iba a vivir en una casa en medio del campo (más o menos), era hora de que se acostumbrase a ruidos extraños y también a sentirse insegura de vez en cuando.
Eso no quitó para que aquella noche, antes de meterse en la cama, pusiera una silla debajo de la manilla de la puerta de su habitación.