Muerte de una influencer (Baker Street 1) 54 Tres whiskies
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54 Tres whiskies

Tres whiskies

La noticia de que habían soltado a Charles Fitzberger les llegó, como todas últimamente, a través de los tabloides.

Lo dejaron en libertad sin cargos —de momento— al día siguiente por la tarde.

Max había empezado a seguir las redes sociales de varios periódicos amarillistas y ahora estaban al tanto de las últimas noticias de todos los realities habidos y por haber, además de todo lo que ocurría en el “drama de los nepo babies”, como habían bautizado a aquel sórdido asunto en redes sociales.

Solo había pasado un día desde que salió a la luz el asesinato de Sophie Wilson, pero cualquier atisbo de orden o concierto había saltado por los aires: todo el asunto se había convertido en pasto de tiktokers aficionados al true crime.

Estaban repasando todo con lupa, desde la muerte “accidental” (todo el mundo había empezado a encerrar la palabra entre comillas) de Gigi Hargrave hasta la “sobredosis” (otro abuso de comillas) de Pippa Kensington.

Las teorías sobre las muertes, a cual más absurda, inundaban internet.

Incluso ellos, o más bien su agencia de detectives, había recuperado un poco de la fama que siguió al funeral de Gigi: tenían un par de correos y mensajes en el contestador de algún que otro medio, pidiéndoles comentarios sobre todo el asunto.

Sabían, también por los tabloides, que al final sí eran Chambers y Grayson quienes se estaban ocupando del caso.

No había sabido nada del inspector desde que le gritó por teléfono unos días antes, pero imaginó que habría tirado a la basura los chicles de nicotina y habría destruido por lo menos media docena más de capuchones de bolis.

Estaban en la oficina, compartiendo mesa de recepción, cada uno trabajando en su portátil.

Ella, en los nuevos clientes, y Max poniéndose en contacto con los que tenían en lista de espera.

Habían comprado un par de sillas más para las visitas —Nina estaba ocupando una—, que habían colocado al otro lado de la mesa, un hervidor para el té y un juego de tazas.

Todavía faltaban bastantes cosas, su despacho estaba totalmente vacío, pero al menos la oficina ya era medianamente habitable.

—Han tardado más de un día en soltarle —dijo Max, leyendo la noticia de la liberación de Charlie.

Seguramente querrían estirar al máximo las horas que podían retenerle sin tener que presentar cargos contra él. Si al final le habían soltado era porque no tenían nada.

Al menos de momento.

—Quiero hablar con él —dijo Nina. Ni ella misma sabía por qué, pero quería datos sobre la muerte de Sophie Wilson, y ahora mismo solo Charlie podía dárselos.

Estaba claro que a la policía no podía acudir. Bastante tenían con los podcasters y vloggers emitiendo en directo desde “el escenario del crimen” y desde la puerta de la comisaría.

Había visto vídeos en las redes sociales de un Chambers a punto de explotar, e incluso una entrevista a la vecina de Pippa, la que encontró el cuerpo, con su perrita Mimi en brazos.

—¿Sabes dónde vive? —preguntó Max.

Nina miró el reloj de su muñeca.

—No, pero estoy casi segura de dónde podemos encontrarle.

* * *

Se bajaron del taxi en la acera frente al Thackeray. Dos días seguidos. Tendrían suerte si coleta platino no llamaba a la policía directamente en cuanto les pusiera la vista encima.

—¿Crees que va a venir a su club justo después de salir de comisaría? ¿No tendría más sentido que se fuese a su casa? —preguntó Max.

Nina negó con la cabeza.

—El tipo querrá una copa, o dos, después de las últimas horas. ¿Y dónde va a ir? A su segundo hogar. Es un animal de costumbres.

Iban preparados para pelearse con coleta platino otra vez, para que les dejara pasar a hablar con Charles Fitzberger, pero cuando llegaron ya había una pelea en marcha en recepción.

—¿Cómo que no puedo entrar? —Charlie, con un traje gris ligeramente arrugado y una camisa blanca no demasiado limpia, la misma ropa con la que había salido de la comisaría, le gritaba al pobre hombre detrás del mostrador de recepción—.

Llevo siendo socio del club desde... desde siempre —dijo, cuando no pudo recordar la fecha—.

Y antes que yo mi padre, y mi abuelo... ¿Y ahora me echan?

—Por favor, Mr. Fitzberger. Le ruego que baje la voz.

No debía ser el turno de coleta platino en recepción. En su lugar había un hombre de unos sesenta años, con cara de estar pasándolo mal, intentando aplacar a Charlie.

—Es algo temporal —siguió diciendo el hombre, conciliador—. Para no incomodar al resto de socios. Solo hasta que todo ese... turbio asunto se aclare.

Charlie se dio la vuelta y, por primera vez, pareció alegrarse de verles. O al menos de tener testigos.

—Turbio asunto —les dijo, como si esperara que se indignaran con él—.

La policía me detiene sin pruebas, me han dejado en libertad porque no tienen pruebas, y ahora resulta que estoy en medio de un turbio asunto—.

Charlie se volvió de nuevo hacia el hombre del mostrador—.

¿Qué ha sido de la presunción de inocencia? ¡Este es un país libre!

Nina iba a decir que la libertad también se aplicaba al derecho de admisión, pero se mordió la lengua.

Les convenía tener a Charlie de su parte. Además, el pobre hombre de recepción le estaba dando pena. Se estaba poniendo rojo. Y no era precisamente joven. A ver si iban a tener una desgracia...

—Mr. Fitzberger —dijo Max de repente. Se acercó a Charlie con actitud conciliadora y le pasó un brazo por los hombros, como si fueran los mejores amigos del mundo y Max no despreciase profundamente al tipo—. Déjenos invitarle a una copa. En otro sitio.

Charlie lo miró con desconfianza.

—¿Por qué iba a ir con vosotros a ninguna parte? —dijo, y volvió a dirigirse al hombre tras el mostrador—. ¡Y este es mi club! ¡Mi club! ¡He pagado la cuota!

—Sí, pero no querrá que este buen hombre llame a la policía y tener que verles la cara otra vez, ¿verdad? —dijo Max—. Aparte de eso, seguro que en cinco minutos la puerta está llena de paparazzi.

Charlie paseó la mirada de Max a ella, medio convencido.

—Además —añadió Nina, en un arranque de brillantez que no sabía si podría sostener—. Podemos ayudarle.

No tenía ni idea de si eso era verdad o no, pero fue lo que acabó de decidir a Charlie III.

* * *

—No discutí con nadie por teléfono, no grité, y no sé por qué Chloe le ha dicho a la policía que sí, porque no es verdad.

Chloe. Por fin se enteraban del nombre de coleta platino. No sabía por qué, pero le pegaba bastante. No se la imaginaba con un nombre como Mary, por ejemplo. O Daisy.

Charlie, enfurruñado, tomó un sorbo de su segundo vaso de whisky. El primero se lo había bebido en tres minutos, sin hablar.

Se habían metido en el primer pub que encontraron, en una calle cercana a su club.

Cuando salieron del Thackeray, tuvieron que aligerar el paso para esquivar un par de furgonetas de prensa que estaban aparcando justo enfrente, en la acera.

Alguien les había avisado de que Charlie estaba allí. Cualquier camarero mal pagado, a cambio de un billete de veinte libras.

—Puede ser que perdiese los nervios, un poco.

No digo que no —siguió diciendo el tipo, y se terminó lo que le quedaba de whisky de un trago.

Max la miró, pensando lo mismo que ella: les iba a salir cara la conversación—.

Pero es que Sophie no me dejaba en paz. Desde que murió Gigi ha estado pegada a mí como una lapa, o lo ha intentado.

Estaba empeñada en que tenía que ir a su casa, que era importante, urgente, o yo qué sé...

no tenía ganas de coger un taxi hasta Holland Park, la verdad.

Pero al final fui. Aunque fuese solo para que dejara de llamarme.

Me estaba volviendo loco. Ya la dejé una vez porque era agobiante, y lo único que quería era “una boda por todo lo alto”. Una boda. Pfff...

Volvió a intercambiar miradas con Max. ¿Habían estado juntos Charlie y Sophie en el pasado?

No tenía ni idea de que fuesen exes. Sus dotes investigadoras dejaban mucho que desear.

Charlie III tenía el pelo rubio apagado, sin vida, y bolsas bajo los ojos. Eso, unido al traje arrugado y al par de manchas que adornaban su camisa, le quitaba un poco el lustre de soltero de oro que había mantenido hasta entonces.

Los dos whiskies que se había bebido sin respirar tampoco ayudaban. Tenía los ojos rojos.

—Total, que llegué allí —se quedó mirando el vaso vacío, haciéndolo girar sobre el posavasos de publicidad de cerveza, encima de la mesa de madera oscura del pub—, llamé a la puerta, y nada.

No me abría, no me contestaba al teléfono...

Y había luz en la ventana. No sospeché nada, ¿qué iba a sospechar?

—dijo, levantando la cabeza y mirándoles, y Nina imaginó que había tenido esa misma conversación con la policía—.

Pensé que me estaba tomando el pelo, que era alguno de sus jueguecitos; ir hasta allí y luego no abrirme.

Yo qué sé. ¿Que aporreé la puerta, y pegué un par de gritos?

Pues claro que sí, ¡pensé que se estaba riendo de mí!

Parece ser que una vecina me vio. Y le dejé un mensaje no muy agradable en el contestador, esa es la verdad.

¡Pero cómo iba a saber yo que estaba muerta!

Se pasó la mano por el pelo y les miró.

—¿Alguien puede pedirme otro whisky?

Nina se mordió el labio.

—¿Cree que es buena idea?

La miró con ojos cansados.

—A estas alturas, ya me da igual todo.

Max se levantó de su asiento y Charlie siguió hablando.

—Al final me fui andando a casa para que se me pasara el cabreo.

Si hubiese cogido un taxi, no me habrían detenido.

Pero ahora dicen que no tengo coartada, que cómo saben ellos que no entré por una de las ventanas que da al callejón trasero...

ni siquiera sé adónde dan las ventanas, o si había un callejón. Es una pesadilla.

El hombre respiró hondo un par de veces. Justo en ese momento llegó Max con su tercer whisky.

Lo puso delante de Charlie, pero el tipo no lo tocó.

—Que qué hice con el cuchillo, me dicen... Han registrado toda mi casa y no lo han encontrado. Ni tampoco han encontrado sangre en la ropa que llevaba puesta.

Se miró las palmas de las manos, como si pudiese encontrar allí una respuesta.

—Dice mi abogado que no me preocupe, que no tienen pruebas, es todo circunstancial… ¿Pero y mi reputación? Ahora no puedo entrar al club, ni moverme sin que me persigan los fotógrafos. Y me están llamando asesino en todas partes. He tenido que apagar el móvil.

Cogió el vaso de whisky y tomó un sorbo.

—La policía fue a mi casa de madrugada, me llevaron a la comisaría para interrogarme, y hasta ahora.

Están empeñados en que he tenido que ser yo, pero no tuve nada que ver.

¿Por qué iba a matarla? Es absurdo. “Su genio”, me dicen.

El genio que tengo. A veces pierdo los nervios, no digo que no sea verdad, ¿pero matar a alguien?

Encima a Sophie... no es que fuera mi persona favorita, pero tampoco tenía nada contra ella. Era un poco pesada, y ya está.

Se pasó una mano por la cara. Volvió a hacer girar el vaso de whisky encima de la mesa.

Si no estaba borracho ya, poco le faltaba.

—No han encontrado el cuchillo, pero da igual, porque mi ADN estará por todo el apartamento…

—Pensé que había dicho que no quería retomar la relación.

La miró, incómodo.

—Una cosa no tiene que ver con la otra. He estado en su casa los últimos días, varias veces. Pero yo no la maté —. Levantó la vista del vaso de whisky, de repente con energía y suplicante a la vez—. Tenéis que creerme.

La verdad, no veía qué importancia tenía que le creyeran o no, pero en ese momento parecía importante para el tipo que alguien le creyera, cualquier persona, aunque fuese alguien aleatorio, como Max y ella.

Charlie se terminó el tercer whisky, y consiguieron convencerle para que les dejase acompañarle a casa.

No tenían mucha confianza con él, pero no podían dejarle tirado en aquel pub, al borde de la embriaguez (o sin borde; estaba completamente borracho), y en aquel estado de ánimo.

Sobre todo con los paparazzi dando vueltas como buitres.

Pararon un taxi y Charlie les dio una dirección no muy lejos de allí, en el barrio de Chelsea.

* * *

Atardecía sobre Londres, y las casas blancas del barrio habían adquirido un tono entre rosa y anaranjado.

La puerta de la casa de Charlie Fitzberger estaba llena de paparazzi, apostados con sus cámaras, furgonetas de canales de noticias e incluso corresponsales de televisión retransmitiendo desde allí, y gente grabándose con sus teléfonos móviles.

Tomaron una decisión en un segundo. Nina se inclinó hacia el asiento delantero.

—Siga conduciendo —le dijo al taxista, y pasaron de largo.

Afortunadamente, Charlie estaba sentado en el medio del asiento trasero, entre ella y Max, y nadie le vio cuando el coche pasó frente a su casa.

—¿Qué pasa? —dijo, arrastrando las palabras.

—Prensa —dijo Nina—. Un montón.

No podían dejarle en la puerta, no con toda aquella gente allí y él en ese estado.

Y ellos tampoco podían salir del taxi, porque les iban a fotografiar sí o sí.

Ya casi podía ver los titulares (inventados, por supuesto): “Los detectives privados de Gigi, ahora ayudando al asesino de Sophie Wilson”.

O algo igualmente horrible. Si volvían a salir en los tabloides, no sabía cuál iba a ser la reacción ni del inspector Chambers, ni de Elektra Hargrave, ni de Pearson. No podían arriesgarse.

—¿Adónde? —preguntó el conductor, una vez doblaron la esquina de la calle.

—¿Tiene algún otro sitio donde quedarse? —preguntó Nina.

—Mi barco —respondió Charlie, medio dormido.

Definitivamente, tres whiskies habían sido demasiados.