53 Visita al Thackeray
Visita al Thackeray
Acamparon buena parte de la mañana en la cafetería, leyendo artículos online que aparecían con cuentagotas sobre la muerte de Sophie, e inyectándose café en vena. Al menos Nina, que todavía no se había recuperado de la noche de insomnio.
La oficina seguía casi vacía, con solo una mesa y una silla, las de recepción, así que no tenían muchos incentivos para moverse de allí.
—¿Y si nos acercamos al Thackeray? —preguntó Nina.
—¿Al club de Charlie? —Max separó la cara de su móvil, donde estaba rastreando Instagram en busca de información para uno de sus clientes—. ¿Para qué?
Nina le dio la vuelta a su portátil para que Max pudiera ver la pantalla. Tenía un artículo abierto en el navegador, ilustrado con un par de fotografías.
—Estas fotografías son de ayer por la tarde, sobre las seis. Es Charlie, entrando en su club. Y aquí —pinchó en otra pestaña del navegador, donde tenía otro artículo abierto— está Sophie, saliendo del gimnasio a las siete de la tarde.
Las imágenes, todas de paparazzi, mostraban a Sophie saliendo del gimnasio que estaba cerca de su casa, con unas gafas de sol enormes y un vaso gigante con un zumo verde en la mano.
El artículo recogía el rumor de que iba a ocupar el puesto de Gigi en el reality con el que estaba en negociaciones.
Luego había alguna foto más entrando en su casa.
—Si Sophie volvió a casa sobre las siete y detuvieron a Charlie de madrugada, tuvo que morir entre esa hora y cuando se llevaron a Charlie. Quizás alguien pueda decirnos a qué hora se fue del club, el chico de recepción o la camarera de la última vez.
Max cruzó los brazos y se echó hacia atrás en su silla.
—¿Estás segura? Si Chambers se entera de que seguimos husmeando, le va a dar un infarto.
Lo pensó un instante. Max tenía razón. Además, nada de aquello era ya asunto suyo. Debería estar centrándose en sus nuevos clientes.
Pero no podía dejar de pensar en ello. A esas alturas, era ya curiosidad personal. Una cuestión de honor.
Además, todo aquello no tenía ya nada que ver con Gigi Hargrave, era una investigación distinta, con lo cual no estaba desobedeciendo exactamente al inspector Chambers.
Esta vez la muerta era Sophie. Y la información que tenían —vale, era lo que habían sacado de internet— decía que no había sido un accidente, sino un homicidio.
Homicidio.
Premeditado o no, todavía no lo sabían. No sabían casi nada, en realidad. Solo que Charlie seguía supuestamente “declarando” en comisaría, aunque la imagen saliendo de su casa con las esposas puestas hablaba por sí misma.
* * *
La mujer estaba detrás del mostrador de recepción, con el pelo rubio platino recogido en la coleta tirante que se había convertido en su seña de identidad.
El resto de su aspecto era impecable, como siempre: maquillada a la perfección con labios rojo oscuro y pestañas larguísimas, probablemente postizas.
Completaba la perfección un traje beige de chaqueta y falda lápiz y unos zapatos de tacón imposible del mismo color.
Pudo ver sus zapatos porque salió de detrás del mostrador de recepción, hecha una furia, en cuanto les vio entrar por la puerta.
—No. Absolutamente no —fue lo primero que dijo, entre dientes, a modo de bienvenida.
Nina se preguntó cómo había confundido al desastre que era Pippa Kensington con la impecable mujer que tenía delante en la cinta de la cámara de seguridad que le había enseñado Chambers. Pero bueno, solo la vio un instante.
—Vais a costarme el trabajo si alguien os ve aquí. Y no es broma —dijo, lanzando miradas nerviosas hacia el pasillo que conducía al bar-restaurante, donde habían estado la última vez.
—Sabemos que Charles Fitzberger estuvo aquí anoche. Solo queremos saber a qué hora se fue —dijo Max.
Coleta platino le miró, irritada.
—Os voy a decir lo mismo que le he dicho a la policía, si me prometéis que, en cuanto os responda, os vais de aquí.
—Esperó a que asintieran antes de seguir hablando—.
Mr. Fitzberger estuvo aquí anoche, como todas las noches.
Cenó en el restaurante a las siete y, sobre las ocho, pasó al salón principal y pidió un vaso de whisky.
Una media hora después, recibió una llamada.
—La mujer relató la información de forma rápida y precisa.
Se notaba que no era la primera vez que lo hacía—.
Cogió la llamada aquí mismo, en el vestíbulo, porque no está permitido hablar por teléfono dentro del club.
No sé con quién habló, pero se le veía alterado.
—Coleta platino parecía incómoda—. Violento.
Profirió un par de “no sabes con quién estás tratando”, colgó el teléfono, o se lo colgaron, no lo sé, y salió del club casi corriendo.
La mujer miró nerviosa hacia un hombre de unos sesenta años que acababa de entrar por la puerta.
—No tengo nada más que decir.
Fueron testigos de cómo transformaba la expresión de su cara por completo, todo sonrisas, para darle la bienvenida al miembro del club que acababa de llegar.
La mujer les había dado información de sobra y no podían arriesgarse a que se quejara a la policía, así que decidieron salir de allí.
Nina se detuvo un momento en la acera fuera del club. El viento le apartó el pelo de la cara.
—¿Tú qué opinas?
Max se encogió de hombros.
—Que el tipo lo tiene crudo.
En pocas palabras, sí.
Había algo extraño en todo aquello, lo había habido desde que la difunta Gigi Hargrave se sentó en su difunto sofá de piel marrón, en su despacho, a contarle su problema.
—Todo esto... hay algo que me da mala espina.
—¿Algo que no encaja? —preguntó Max.
Negó con la cabeza. Era algo que no podía verbalizar. No estaba segura. Una sensación de desasosiego, una piedra minúscula en el zapato.
—Son las casualidades. Demasiadas muertes seguidas en el mismo grupo de gente.
¿Y qué motivo podría tener Charlie para matar a Sophie Wilson?
Parecía una persona egocéntrica, con poca paciencia, irritable, pero no le había parecido violento.
Eso no quería decir nada, por supuesto: el tipo podía ser violento cuando nadie estaba mirando.
Pero había algo que no le gustaba de todo aquello, y no sabía exactamente lo que era.
Suspiró, irritada consigo misma. Llevaba en aquella profesión cinco minutos. ¿Podía fiarse de su instinto? Probablemente no.