Muerte de una influencer (Baker Street 1) 52 La regla de los tres
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52 La regla de los tres

La regla de los tres

La despertó el sonido de varios pitidos seguidos.

Abrió un ojo —le costó un mundo, después del insomnio de la noche anterior— y miró el móvil encima de su mesita, con la pantalla encendida y el bip-bip de los mensajes llegando uno detrás de otro.

No sabía qué hora era, pero tenía que ser antes de las seis y media, porque era la hora a la que tenía la alarma del móvil puesta.

Se incorporó en la cama y algo cayó al suelo. Encendió la luz de la lamparita y vio que eran las hojas y el sobre de la carta de su abuela.

Se había dormido mientras leía, con la carta encima.

Se frotó los ojos y bostezó. El móvil seguía pitando.

Iba a matar a Max, con sus manos desnudas, porque no podía ser nadie más que él. Mandándole mensajes a esas horas. Hasta que cogió el móvil y vio la hora en la pantalla: las siete y veinte. Se había dormido. Su alarma había sonado casi una hora antes y debía de haberla apagado sin darse cuenta.

Se levantó de la cama de un salto, con el móvil en la mano.

Recogió las hojas de la carta del suelo y las volvió a meter en el sobre, de cualquier manera.

Se acercó el móvil a la cara. Efectivamente, los mensajes eran de Max. Al final, le había hecho un favor despertándola. Eran cortos, de una línea cada uno, y los había enviado todos seguidos.

Llámame en cuanto puedas

Es urgente

Sophie Wilson está muerta

ASESINADA

Han detenido a Charlie

Parpadeó dos veces. Tenía que haber leído mal. O era una broma. O estaba todavía dormida y estaba teniendo un sueño hiperrealista.

¿Qué absurdez era aquella?

Pulsó el contacto de Max y se puso el teléfono entre la oreja y el hombro, mientras buscaba unos pantalones decentes, a poder ser negros, en la pila de ropa de la butaca en la esquina de la habitación. Tenía que poner la lavadora. Un día de esos.

Max contestó el teléfono, jadeante, sin resuello.

—¿Has leído los mensajes?

—Sí. —Encontró por fin un pantalón gris oscuro, milagrosamente no arrugado, y lo rescató de la pila de ropa—. ¿Sophie Wilson, muerta?

Era lo que decían sus mensajes, pero necesitaba confirmación verbal. Todavía estaba medio dormida.

—Acabo de enterarme, lo están dando por la tele, estoy en el gimnasio —dijo, y se imaginó que estaba subido en la cinta de correr, o alguno de esos artilugios semejantes. De ahí que estuviera sin aliento.

—Es absurdo. No tiene sentido —dijo Nina, porque era lo único que se le ocurría en ese momento.

Se puso dos dedos en el puente de la nariz. Necesitaba café y cuatro horas más de sueño.

—¿A qué hora llegas? —preguntó Max.

Si empezaba a correr en ese momento, se lavaba los dientes en tiempo récord y no desayunaba —aunque tenía que ponerle el desayuno a Gatson—, quizás podría coger el tren de las ocho y diez y estar allí a las nueve.

En días como aquel, odiaba vivir tan lejos de Londres.

—Te aviso cuando coja el tren.

Colgó el teléfono y corrió hacia el baño, con Watson, que la había visto despierta, pisándole los talones para que le pusiera el desayuno.

—Vas a tener que esperar —le dijo, como si pudiera entenderla—. Considéralo penitencia por lo de anoche.

* * *

Desde la estación de tren de Charing Cross hasta la cafetería dentro de Waterstones, en Trafalgar Square, donde había quedado con Max, solo había dos minutos a pie.

Menos, si una iba medio corriendo, como había hecho ella.

Subió las escaleras de caracol de la librería y localizó a Max en una de las mesas del fondo.

Habían convertido aquella cafetería en su cuartel general no oficial.

Se acercó a la mesa donde Max la estaba esperando con un par de tazas de café y bollería variada.

Nina se desplomó en la silla vacía frente a él.

—¿Eso es para mí? —preguntó, señalando la segunda taza. Café solo, negro, sin azúcar. Néctar de los dioses.

Max asintió.

—Y esto. No estaba seguro de lo que querías.

Le acercó un plato con un cruasán y un trozo de bizcocho de nueces.

No le pagaba lo suficiente.

—¿Una mala noche? —preguntó Max, mirándole las ojeras.

Nina tomó el primer sorbo de cafeína del día. Necesitaba despertarse inmediatamente.

—No he dormido nada.

Max tampoco tenía mucho mejor aspecto: no era tan malo como el día de la resaca, pero las ojeras podían rivalizar con las suyas.

Tenía el pelo húmedo y la bolsa del gimnasio colgada del respaldo de la silla.

En su caso, imaginó que las ojeras eran por levantarse a una hora indecente para estar en el gimnasio a las siete de la mañana.

No era humano.

—¿Se sabe algo más de la muerte de Sophie?

Max negó con la cabeza.

—Llevo un rato leyendo artículos online, y nada. No hay más que especulaciones.

Era lo que había hecho Nina en cuanto se había sentado en el tren una hora antes: abrir el navegador del móvil y teclear “Sophie Wilson”.

Allí estaba todo lo que se podía encontrar, con multitud de artículos e incluso fotos, pero aunque había un montón de fuentes distintas, la información era siempre la misma: escasa. Casi todo eran conjeturas.

“Sophie Wilson, hija del exdiputado conservador Jacob Wilson y de la diseñadora de moda Anna Wilson, encontrada muerta en su casa de Holland Park”.

“Charles Fitzberger III, detenido e interrogado por la policía”.

Fotos de cinta policial en la puerta de la casa de Sophie. Fotos de Charlie saliendo de su casa esposado, de esa misma madrugada. Era evidente que lo habían despertado para detenerlo.

También había fotos de una camilla con una bolsa negra saliendo de la casa de Sophie.

—¿Y tu contacto de la comisaría? ¿Te ha dicho algo de utilidad?

Max cogió el móvil, imaginó que para revisar los mensajes.

—Nada. Todavía no me ha respondido—. Volvió a dejar el teléfono sobre la mesa—. De todas formas, no sabemos quién lleva la investigación. Quizá le corresponda a otra comisaría.

—Depende. Teniendo en cuenta que Chambers y Grayson se ocuparon de las muertes de Gigi y Pippa...

Nina pellizcó un trozo de cruasán.

—¿Crees que está relacionado? —preguntó Max.

—No tengo ni idea. En principio no tendría por qué estarlo; con la muerte de Pippa se cerró el caso de las amenazas a Gigi. —Cogió otro trozo de cruasán y masticó, pensativa—. No tiene sentido.

Apenas había pasado una semana desde que Gigi les había visitado en la oficina, y todo su círculo estaba cayendo como moscas.

—La regla de los tres —dijo Max, como si eso lo explicara todo.

—¿Qué regla es esa?

—Las cosas, malas o buenas, vienen de tres en tres. En este caso, malas: tres muertes seguidas.

—¿Te lo acabas de inventar?

Max encogió un hombro.

—No sé, lo he oído en alguna parte y suena bien.

Aquello no tenía ningún sentido. Ni tampoco era de ninguna ayuda.

Lo único que sabía era que las dos únicas testigos de la noche en que Gigi se fue a su casa desde el club estaban muertas.

Un accidente. Una sobredosis. Y ahora, un asesinato.

No había que ser un lince para pensar que quizás, solo quizás, aquello no era una casualidad.