Muerte de una influencer (Baker Street 1) 51 La segunda carta
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51 La segunda carta

La segunda carta

El sobre de papel manila estaba pegado por dentro de su mesita de noche, justo encima del primer cajón. Lo había sujetado con cinta adhesiva de doble cara. Abrió el cajón y palpó hasta encontrarlo.

Lo despegó con cuidado para no rasgarlo. No lo había pegado demasiado, solo lo suficiente para que no se deteriorase y para que, si alguien entraba en su casa y revolvía los cajones, no lo viera.

Otra opción habría sido pegarlo en la parte inferior de un cajón, pero lo había visto en demasiadas películas. Además, cualquiera que sacara el cajón de las guías podría verlo.

Así, solo se podía encontrar si uno sabía exactamente dónde palpar.

¿Esperaba que alguien entrase en su casa y empezara a sacar los cajones de su mesita de noche?

Evidentemente, no. Pero le habían pasado cosas tan extrañas en los últimos meses que ya no sabía qué era normal y qué no lo era. No se fiaba de su propio criterio.

Así que, como diría su abuela, mejor prevenir que lamentar.

Abrió el sobre grande de papel manila y sacó dos sobres blancos más pequeños de su interior.

Nina Addington, ponía en la letra cursiva y picuda de su abuela en el frontal de cada sobre. Luego, más pequeño, en la esquina inferior derecha, un número uno y un número dos rodeados de un círculo, numerando las cartas.

Dejó la primera carta encima de la mesita, junto al sobre de papel manila. Había releído la historia tantas veces que se la sabía de memoria.

Se quedó con el sobre número dos. Era la segunda de las dos cartas que la enfermera de la residencia le había dado el día de la muerte de su abuela.

La primera la había leído aquella lejana mañana de noviembre, cuatro meses antes, antes de ir a Londres, al museo de Sherlock Holmes, a comprobar la inscripción de la chimenea. El maravilloso día que había conocido a Frederick Pearson.

La segunda carta se había quedado en su bolso, sin abrir, algunos días más, hasta que se acordó de ella.

No se había dado prisa en leerla porque estaba segura de que contendría instrucciones para la casa, algo más práctico.

Al fin y al cabo, su abuela había hecho todas las revelaciones que tenía que hacer en la primera carta, y la segunda no era tan voluminosa; no podía contener más que un par de hojas.

Además, por entonces estaba ocupada investigando cómo montar una agencia de investigación (valga la redundancia).

Después de haber leído la primera carta, se convenció de que el contenido de la segunda no podía ser nada importante. Nada revelador, nada que moviera su mundo más de lo que lo había hecho la primera carta.

No sabía lo equivocada que estaba.

No solía releer esa segunda carta muy a menudo. No le hacía falta. La había leído al menos media docena de veces seguidas el día que la abrió.

Pero esa madrugada necesitaba volver a leer las palabras de su abuela, que le recordaran por qué todo aquello era importante.

Por qué no podía minusvalorar a Frederick Pearson. Por qué debería tenerle, si no miedo, al menos respeto.

Sacó la carta del sobre, la desdobló —eran un par de hojas escritas por las dos caras— y empezó a leer.

La carta estaba fechada el mismo día que la otra. Su abuela había decidido parar de escribir un momento la carta número uno, escribir esa segunda parte y luego separarlas. Tenía sentido, pero una tenía que terminar de leer las dos cartas para entenderlo.

“Querida Nina...”

Se saltó los primeros párrafos introductorios y llegó al meollo de la cuestión.

“Todavía tengo que terminar de contarte la historia de la familia, sobre todo porque, sin ella, esta carta no tiene mucho sentido”, escribía su abuela, “pero más importante que conocer la historia es preservarla”.

En su día no lo había entendido, no hasta que terminó de leer la carta. No hasta que encontró lo que su abuela y el resto de mujeres de la familia se habían encargado de guardar y preservar.

Nina siguió leyendo:

Tras el funeral de Sherlock, tres hombres se presentaron en Holmes House: un superintendente de policía, alto y estirado, con sombrero de copa, que afirmó trabajar para el gobierno, y otros dos hombres que se había traído de Londres para hacer el trabajo sucio por él.

Bajo la supervisión del superintendente los dos hombres se llevaron todo lo que mi bisabuelo tenía en su escritorio: todos los objetos que le pertenecían y llevaban sus iniciales, todos sus papeles, absolutamente todo.

También se llevaron todas las fotografías familiares en las que aparecía. La única que se salvó fue la que está escondida en el marco, detrás de la foto de Rose Holmes y su hija. Se salvó simplemente porque estaba medio perdida en un cajón, entre las cosas de mi abuela Emily.

El hombre del sombrero de copa amenazó a Emily y a su hija Grace, mi madre, para que guardaran silencio.

Les advirtió que debían mantener el secreto y no revelar nunca a nadie quién fue realmente Sherlock Holmes, ni su conexión con él.

Si no lo hacían, les quitarían la casa y la fortuna de los Holmes, por medios legales o no legales.

El gobierno estaba dispuesto a todo para tapar la verdad.

En realidad, todo era un poco absurdo y redundante, porque Sherlock ya se había encargado de borrar su rastro en vida: incluso había sido enterrado con otro nombre.

Eso no impidió que el hombre del sombrero de copa y sus esbirros se llevaran todo lo que encontraron, todo lo que quedaba que pudiese demostrar —e incluso sugerir— la existencia de Sherlock Holmes.

Pero había más que fotografías, más que sus libros anotados, las cartas que se intercambió con el Dr. Watson, todo lo que robaron. Algo más valioso que todo eso. Algo que nunca encontraron.

De las historias que escribió su amigo Conan Doyle, algunas eran pura ficción, muchas estaban embellecidas, pero hay otros casos, muchos, que no constan en ningún sitio: que nadie escribió y que muy poca gente conocía.

Tu tatarabuelo trabajó para el gobierno británico y para la corona.

Le llamaban cuando había algún asunto delicado que requería rapidez y discreción, y sabía demasiadas cosas de demasiada gente.

Sherlock dio instrucciones a su hija y nieta para que, al momento de su muerte y antes de informar a nadie, guardaran en lugar seguro el contenido de uno de los cajones de su escritorio.

Allí guardaba ciertos papeles: un minucioso relato de los casos más importantes de su carrera, que había empezado a escribir después de jubilarse.

Decía que si terminaba perdiendo la memoria, quería un recuerdo de lo que había sido su vida.

No eran unas memorias, sino más bien un detallado, a veces clínico, registro de las investigaciones que le habían parecido especialmente interesantes o relevantes.

Algunos de esos casos alteraron el rumbo y el destino del país, e incluso el de alguno de sus gobernantes.

Carecía de valor literario: era más bien un cuaderno de bitácora, o una recolección de anécdotas y notas, una forma de dejar constancia de los casos más interesantes en los que participó y de lo que realmente sucedió.

Era consciente de que, tras su muerte, habría gente interesada en hacer desaparecer esos secretos para siempre.

Por eso, cuando Sherlock murió, lo primero que hicieron su hija y su nieta, antes de llamar al médico, fue ocultar esos papeles.

Y eso fue lo único que no se llevaron de la casa, junto con la fotografía de la familia.

No pueden caer en malas manos.

No sabemos si todavía pueden tener repercusiones para el país. Ten en cuenta que solo hace un siglo que murió Sherlock Holmes y eso, en términos históricos, no es casi nada.

Los papeles están guardados detrás de donde suelo hablar con la familia. No creo que necesites más indicaciones.

Lee esta carta las veces que haga falta y luego destrúyela. Deshazte de ella. Sospecho que todavía hay gente empeñada en que el secreto nunca salga a la luz, y también que siguen buscando pruebas, después de todos estos años.

Hace unos meses recibí una visita en la residencia de un hombre indagando, decía que estaba haciendo un árbol genealógico.

Todo mentira. Me hice la tonta, como que no recordaba cosas; fingí que le había confundido con nuestro abogado de toda la vida, Mr. McNally.

Era un tipo extraño, alto, con nariz aguileña y gafas de montura al aire. No me gustaba un pelo.

Y eso es todo lo que tengo que decirte en esta carta: ahora ya solo quedas tú, Nina, para guardar los secretos familiares.

Toma las medidas que sean necesarias y protege los papeles lo mejor que puedas.

Han sobrevivido casi cien años a Sherlock Holmes.

Haz con ellos lo que creas conveniente, pero sobre todo consérvalos, y ten cuidado: no te fíes de nadie.

Me temo que hay gente capaz de cualquier cosa por recuperarlos.

Recuerda todo lo que te he dicho, y luego deshazte de esta carta. No podemos arriesgarnos a que caiga en malas manos.

Pocas veces había desobedecido a su abuela, y todas habían sido durante su infancia y adolescencia. Siempre se había arrepentido y había acabado confesando.

Y también sabía que iba a arrepentirse de conservar aquella carta. Su abuela tenía razón, siempre había tenido razón. Pero eran las últimas palabras de su abuela, y era incapaz de tirarla o destruirla.

Sabía que iba a arrepentirse de desobedecerla, pero todavía no sabía cuánto.