50 Un mal presagio
Un mal presagio
Nina cogió el móvil de la mesilla de noche: casi la una de la mañana y no podía dormir.
Le dolía todo el cuerpo por haber estado tirada en el suelo montando muebles, aunque solo hubiese sido una silla.
Además, todavía no se había acostumbrado del todo al silencio nocturno de aquella casa.
Los ruidos de la carretera más cercana llegaban amortiguados por los árboles y la distancia.
Solo se oían búhos ululando, todo tipo de pájaros piando a partir de las tres y media de la mañana, y zorros gritando en medio de la noche, dándole un susto de muerte.
También había zorros en Londres, pero normalmente las sirenas de la policía y las ambulancias eran más escandalosas.
Tampoco le parecía raro el insomnio, teniendo en cuenta el día tan ajetreado que habían tenido.
Después del mensaje que Elektra Hargrave le había dejado en el contestador, terminaron de montar el escritorio, por fin.
Luego, teniendo en cuenta que solo tenían una silla y además era casi la hora de comer —era increíble lo rápido que había pasado la mañana, con todo el mundo gritándoles—, decidieron trasladarse con sus portátiles a una cafetería cercana.
Desde allí habían seguido respondiendo al torrente de mensajes de potenciales clientes.
Esa misma tarde se reunieron con un par de clientes. Los dos les agradecieron que se desplazaran hasta ellos, sin sospechar que el verdadero motivo era que su oficina todavía no podía funcionar como tal.
La primera cita fue con una mujer de unos cuarenta años que, después de mirar a todos lados como si estuviese en una película de espías por fin se arrancó a hablar: creía que su marido la engañaba.
Después de darle datos sobre su lugar de trabajo y sus horarios, y acordar el modo de pago, le habían dicho que se pondrían en contacto con ella en una semana.
Sinceramente, lo de una semana se lo había sacado de la manga. Esperaba que fuese tiempo suficiente. Estaban en el limbo y tampoco tenía mucha experiencia con aquellas cosas. Por no decir ninguna.
Con el segundo cliente se reunieron en un pub en Camden Town. Era el dueño de un taller mecánico que creía que uno de sus trabajadores estaba fingiendo una pierna rota para no ir a trabajar.
El hombre fue directamente al grano, estaba muy ocupado y tenía prisa, así que despacharon todo el asunto en menos de lo que tardó en beberse una pinta de cerveza.
Max se quedó mirando la puerta por la que el hombre acababa de salir.
—Ojalá todos los clientes fueran así.
No le faltaba razón.
Tenían bastantes (incluso demasiados) clientes en espera, pero hasta que no supiesen cuánto iban a tardar en “resolver” ese par de casos, no quería comprometerse con más.
Estaban sobrepasados de trabajo. Imaginó que eso era bueno, pero entre los gritos de aquella mañana, la visita de Pearson y la tarde visitando clientes, estaba hecha polvo. Demasiado cansada para dormir.
En fin. El artículo les habría echado encima a Pearson, Chambers y Elektra, pero les había salvado los muebles. Literalmente.
De todas las consecuencias del artículo del Daily Mail, era la visita de Frederick Pearson la que más nerviosa la había puesto: no se fiaba de él, y sus amenazas nada veladas la habían dejado preocupada.
No era que le tuviese miedo, o no era miedo exactamente, pero no sabía todavía de lo que era capaz. Y no quería averiguarlo.
Oyó de repente un ruido en el piso de abajo, un golpe seco, como si alguien hubiese dejado caer algo pesado.
Dejó el libro que estaba leyendo (Guía completa para idiotas sobre investigación privada) encima de la mesita, se levantó de la cama, se puso la bata y bajó a investigar.
Holmes House era una casa robusta, pero antigua: no debía tener menos de doscientos años, y los ruidos eran frecuentes y bastante comunes.
De todas formas, pensó mientras bajaba las escaleras hacia el piso de abajo, cada vez que oía un ruido inesperado tenía que comprobar que no había intrusos en la casa.
Y por intrusos se refería a zorros y tejones. En ratones de campo no quería ni pensar. Por la noche cerraba la gatera de la puerta trasera, pero, como había dicho, era una casa antigua. Con tres chimeneas. Los huecos por los que podían colarse visitantes inesperados eran insólitos y abundantes.
Solo esperaba que no fuese una ardilla, o peor, un murciélago.
Llegó a la cocina pensando en cómo sacar un murciélago de la casa y si le daría tiempo a buscarlo en el móvil que tenía en el bolsillo de la bata antes de que la atacara, cuando le pareció ver una sombra fugaz deslizarse más allá de la puerta abierta de la cocina, en el salón.
Casi se le salió el corazón por la boca.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, y la voz le salió aguda y chillona.
Encendió todas las luces y cogió una sartén, por si tenía que defenderse.
Volvió a escuchar un ruido en el salón, nítidamente. Esta vez era indiscutible: a alguien se le había caído algo sobre la moqueta.
Sin pensar si era una estupidez o no —lo era—, entró en el salón sartén en ristre y encendió la luz del techo.
No había nadie.
Bueno, nadie no era exactamente la respuesta.
Gatson la miraba desde la repisa de la chimenea, donde estaba encaramado, con una cara que decía: me has pillado.
Y no era una cosa la que se había caído al suelo, sino dos: dos de las fotografías enmarcadas de la repisa.
—¡Gatson! —dijo en un tono tal que su gato blanco y gris se bajó de un salto de la chimenea y la miró desde el suelo, con remordimientos.
Seguramente la parte de los remordimientos se la estaba imaginando.
Cogió las dos fotografías enmarcadas, que estaban intactas —cristal y todo— gracias a la moqueta, y volvió a colocarlas en su lugar.
Una era la de Rose Holmes y su hija, y la otra la de la boda de sus abuelos.
Ver aquella foto con las caras de sus abuelos jóvenes y sonrientes la calmó, pero no del todo. No podía quitarse de encima una sensación inquietante.
Miró con aprensión hacia una de las ventanas del salón, donde le pareció que la cortina se movía un poco.
Decidió olvidar todo el asunto —seguramente era fruto de su insomnio galopante— y volver a su habitación para intentar dormir.
Antes de volver al piso de arriba se preparó una infusión de valeriana que guardaba en el armario para cuando le costaba dormir. Subió las escaleras con la taza en la mano y Gatson pisándole los talones.
Volvió a meterse en la cama y el gato se acurrucó a sus pies, sobre el edredón.
Le apuntó con el dedo.
—No te muevas de ahí.
Gatson la miró un segundo, bostezó y cerró los ojos.
Nina se quedó sentada, apoyada contra el cabecero, mirando al techo. ¿Quién iba a dormir ahora?
Tomó un sorbo de la infusión y repasó de nuevo los acontecimientos del día, desde el principio. No podía dejar de darle vueltas a la visita de Frederick Pearson. Estaba inquieta, desasosegada. Tenía un mal presagio.
Solo había una persona que podía tranquilizarla.