Muerte de una influencer (Baker Street 1) 49 Más enemigos
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49 Más enemigos

Más enemigos

Nina cerró la puerta del despacho. Frederick Pearson estaba en el centro de la estancia, mirando a su alrededor, la habitación vacía, las cajas de cartón de los muebles que estaban montando en recepción apoyadas contra una pared.

Las habían dejado allí para que no estorbaran.

—Es tal como me lo imaginaba —dijo el tipo con una sonrisilla.

Nina no dijo nada, pero cruzó los brazos, preparándose para la confrontación que supuso era inevitable.

El hombre abrió su maletín —sosteniéndolo en el aire, después de darse cuenta de que no tenía dónde apoyarlo— y sacó un ejemplar del Daily Mail de ese día.

La portada estaba dedicada a Gigi, con una foto de su cara sonriente en primera plana y el titular superpuesto: “La trágica vida de Gigi Hargrave”.

El tipo empezó a pasar páginas y lo abrió de par en par cuando encontró lo que buscaba.

—“Este periódico ha podido confirmar que la socialité acudió a una agencia de detectives, Addington Investigaciones, en los últimos días de su vida…”

Nina vio de refilón una de las fotos: la de Max mirando al suelo y ella en medio del estornudo.

No sabía que el artículo online hubiese pasado la criba para la edición impresa del tabloide.

Tenía que haber comprado un ejemplar. Le ponía enferma darles ni un penique de su bolsillo a los tabloides, pero era para guardarlo, para la posteridad.

Era la primera vez que salía en los periódicos.

Y esperaba de corazón que fuese la última.

Pearson no leyó más. Dobló de nuevo el periódico, pero en vez de volver a meterlo en su maletín, lo dejó caer al suelo.

—Le dije que fuese discreta. Incluso le advertí, si la memoria no me falla, de exactamente este escenario. De lo que pasaría si acababa en los tabloides.

El tipo hablaba en voz baja —se imaginó que para que su ayudante no les oyese—, con voz helada. Era peor que la gente que gritaba y se ponía furiosa.

—Yo no tengo la culpa de que me hayan sacado fotos sin mi consentimiento —dijo ella, también en voz baja.

—¿Está segura? —El hombre la miró con sus ojos pequeños, oscuros, ratoniles, llenos de algo parecido a odio.

Más bien desprecio—. Porque imagino que esto es una publicidad estupenda para usted...

justo el tipo de público al que se dirige.

Y gratis. O casi gratis. Supongo que el precio era toda la información sobre la vida de la pobre desgraciada.

Con la pobre desgraciada imaginó que se refería a Gigi.

—Yo no he filtrado nada, ni le he dado información a nadie —dijo, entre dientes.

Pero detrás del enfado, estaba preocupada. Y mucho. Se le abrió un agujero en el estómago del tamaño de Australia.

Porque se dio cuenta de que, desde fuera, eso era exactamente lo que parecía: que era ella quien había filtrado la información del artículo, que las amenazas provenían de Pippa, y el hecho de que Gigi les había contratado. No podía negar que le había venido muy bien.

Empezaron a entrarle náuseas.

—Pero eso no es lo peor. —Pearson hizo una pausa para respirar hondo, y señaló a su alrededor—. ¿Montar una agencia de detectives? ¿En serio? ¿Eso es lo primero que se le ocurre para no llamar la atención sobre sí misma, y sobre sus absurdas teorías familiares?

—Al menos no la he llamado Holmes Investigaciones —dijo Nina, bajando la voz, por si acaso Max tenía la oreja pegada a la puerta.

El tipo la miró sin parpadear.

—¿Le parece gracioso? Esto —señaló el periódico en el suelo— es exactamente la clase de publicidad que no nos hace falta.

—Cálmese —dijo, antes de que le empezase a salir humo por las orejas. No quedaba mucho—. No se menciona nada de nada. Nina miró hacia la puerta y bajó la voz. Lo único que le faltaba era que Max escuchara aquella conversación de chalados—. Nada importante, nada por lo que estaba tan preocupado.

No era para tanto. ¿Qué tenía que ver aquello con el secreto de su familia? Absolutamente nada. Sinceramente, ni veía la relación, ni entendía la reacción.

—Pone el foco en su agencia, lo cual ya es peligroso de por sí.

El mero hecho de montar una agencia de detectives ya es una traición...

¿Quién se cree que es? ¿No seguirá creyendo esa tontería de que es la heredera de Mr. Holmes, verdad?

—Al tipo le empezó a latir el párpado derecho—. Le dije que no jugase con eso.

—No estoy jugando con nada. Es mi trabajo. No puede decirme a qué puedo dedicarme o a qué no.

Pearson la miró fijamente durante un momento.

—Puedo hacer mucho más que eso —susurró, casi como para sí mismo.

Sin decir nada más, se dirigió a la puerta del despacho y salió por ella. Dos segundos después, oyó el ruido de la puerta principal al cerrarse de un portazo.

* * *

No había pasado ni un segundo cuando Max entró en su despacho, con el destornillador todavía en la mano.

—Un tipo adorable. ¿Quién es? —preguntó, señalando con la cabeza hacia la puerta por la que Pearson acababa de salir.

¿Habría oído algo? Imposible. Además, tampoco habían dicho nada revelador.

No le había dado tiempo a pensar una historia o excusa convincente para explicar la presencia del tipo y su maletín. Así que dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, que evidentemente fue una estupidez.

—Es... uno de los abogados de mi abuela. De la firma de abogados que lleva lo de la herencia.

—¿Y qué hace aquí?

Piensa piensa piensa.

—Hay ciertos problemas con la casa. ¿El tipo que quería comprarla, recuerdas?

Le había hablado del hombre en el funeral, el que le dio la tarjeta, una de las veces que se había quedado en su casa.

—Sí, el promotor inmobiliario. ¿Problemas con él?

—Nada importante —dijo, y se encogió de hombros. Intentó no mirarle a los ojos. Era pésima mintiendo.

Max le echó un vistazo al periódico en el suelo, luego la miró a ella. Él sabía que estaba mintiendo, y ella sabía que él sabía que estaba mintiendo. Pero, por lo que fuera, decidió dejarlo correr.

—Voy a terminar con el escritorio —dijo, por fin, y la dejó sola en medio del despacho vacío.

Nina cogió el periódico del suelo, lo dobló y lo dejó encima de la repisa de la chimenea, la única superficie disponible.

* * *

Frederick Pearson resultó no ser el único que pensaba que habían sido ellos quienes habían vendido la historia de Gigi a la prensa.

Los tabloides habían publicado su artículo, lleno de medias verdades, y ahora todo el mundo estaba furioso con ellos.

Un favor sí le había hecho la visita del tipo, y era que la había preparado para la llamada del inspector Chambers.

—Y como pueda demostrar que ha aireado detalles de una investigación para conseguir publicidad —gritó Chambers a través de su móvil.

Nina se había apartado el teléfono de la oreja un rato antes, cuando el inspector había empezado a gritar, para que no le rompiera el tímpano—, va a acabar con sus huesos en la cárcel, usted y su ayudante el guapito de cara.

Obstrucción a la justicia, entorpecer una investigación en curso, y ya veré qué más cosas se me ocurren.

La llamada se cortó y Nina imaginó que el inspector se había quedado sin cosas que decir, sin aire, o ambas a la vez.

¿“Acabar con sus huesos en la cárcel”? ¿Quién hablaba así?

—¿Guapito de cara?

Max sonreía de oreja a oreja desde el suelo, donde seguía montando la mesa. Lo había oído todo, evidentemente, dado el volumen de los gritos de Chambers.

Estaban tardando una eternidad en montar los muebles. Bueno, él, porque ella había montado la silla hacía horas.

Su teléfono móvil pitó en el suelo, donde lo había dejado. Miró la pantalla y se le cayó el alma a los pies. Elektra Hargrave le había dejado un mensaje en el contestador mientras estaba hablando con el inspector Chambers. O mejor dicho, mientras el inspector le estaba gritando.

Suspiró y reprodujo el mensaje, poniendo el altavoz para que Max también pudiera escucharlo.

Era más de lo mismo: gritos, “no me puedo creer que”, blablablá, “falta de profesionalidad…” El mensaje terminó con amenazas semiveladas:

“No volváis a acercaros a mí ni a nadie relacionado con mi hermana a hacer ni una sola pregunta, ¿está claro? Y da gracias de que no te demande. Conozco a un abogado. O dos.”

Fantástico. Maravilloso. Más enemigos.

Justo lo que les faltaba.