Muerte de una influencer (Baker Street 1) 48 La visita
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La visita

—¿Tienes tú el destornillador plano? —preguntó Max.

Nina miró a su alrededor, a las cuatro herramientas que tenían tiradas por el suelo —un juego de destornilladores y un par de llaves Allen, no más— y lo localizó. Se lo pasó a su recepcionista.

Era lunes, el día después de la debacle, del funeral de Gigi, que todavía seguía acaparando titulares. Después del espectáculo del día anterior, las páginas de cotilleos tendrían material para al menos una semana. Como mínimo.

Max y ella estaban tirados sobre la moqueta de la oficina, en lo que era —o había sido— la recepción, afanados en montar un escritorio y una silla de ordenador.

Los habían comprado un rato antes en la primera tienda de muebles que encontraron, cerca de la oficina, y habían subido ellos mismos los paquetes por las escaleras.

En realidad, casi todo el esfuerzo lo había hecho Max, para qué engañarse: para eso tenía brazos.

Eran muebles baratos y —eso esperaba— temporales, nada que ver con la calidad de los que les habían destruido unos días antes. Aunque el escritorio era de chapa barata, lo había elegido en color “madera oscura” y daba el pego. De momento.

Al final, nunca llegó a decirle a Max que había estado contemplando la posibilidad de cerrar la agencia.

Para su sorpresa, las cosas habían dado un vuelco en las últimas veinticuatro horas.

El artículo del Daily Mail sobre ellos (y el trabajo que habían hecho para Gigi Hargrave) había tenido una consecuencia inesperada.

O, si lo pensaba un poco, no tan inesperada.

El día anterior, después de ver el artículo y salir del pub, Nina se había ido a casa y se había quedado allí escondida el resto del día, con el teléfono en modo “no molestar”.

De hecho, lo había acabado metiendo en un cajón para no ver las notificaciones de las llamadas y mensajes, aunque fueran silenciosas.

Había decidido esconder la cabeza en la arena y esperar a que pasara la tormenta.

Cualquiera con dos dedos de frente sabía que las filtraciones tenían que venir por fuerza de la policía.

No era un secreto que Scotland Yard era un coladero de información.

Los tabloides tenían a gente dentro a la que pagaban, y a veces ni siquiera hacía falta pagar: los policías daban la información voluntariamente.

No era la primera vez, ni sería la última, que los detalles de una investigación acababan en titulares.

Pero eso no quería decir que no fuesen a utilizarla a ella y a su agencia como cabezas de turco.

Después de casi un día entero ignorando el teléfono, Max la había llamado esa mañana, sobre las siete —su número era el único que tenía apartado de la lista de “no molestar”—para decirle que tenían una avalancha de correos electrónicos y mensajes en redes sociales, públicos y privados.

Muchos de los mensajes eran absurdos, ligeramente amenazantes, trols sin ninguna otra cosa mejor que hacer. Otro porcentaje no despreciable eran mensajes interesándose por Max, su estado civil y disponibilidad, algunos profesando su amor eterno e incondicional.

Pero el resto eran clientes. O potenciales clientes.

Gente que quería contratar sus servicios, o que al menos estaban interesados en ello.

Con que solo una parte de todos aquellos mensajes fructificasen, podían tener clientes al menos para lo que quedaba de año. Y estaban a principios de marzo.

Quién se lo iba a decir, pero el Daily Mail les había dado el regalo de la publicidad gratuita e inalcanzable.

Tenían que aprovechar el momento, la cresta de la ola; no podía ser que todo aquello les pillara con la oficina en el estado lamentable en el que estaba, sin muebles y sin nada.

Así que eso era lo que estaban haciendo, montando muebles. De momento, solo para recepción, lo mínimo por si alguien se pasaba por allí en persona.

Por primera vez, el teléfono de la oficina, la línea fija, estaba sonando.

Un par de veces cada hora, más o menos. Y tenían llamadas acumuladas en el contestador.

Max se había traído su portátil de casa para poder trabajar en él y apuntar las citas en el calendario, hasta que pudiesen comprar otro ordenador para recepción.

Nina ya había concertado un par de citas por teléfono, por increíble que pareciese.

Vale, eran para trabajos sencillos y cortos, una sospecha de infidelidad y el dueño de un taller que pensaba que uno de sus mecánicos le estaba estafando, pero eran trabajos.

Estaba atornillando una de las ruedas de la silla cuando sonó el timbre de la puerta de la oficina. El de arriba, no el de abajo.

Max, que estaba montando uno de los cajones de la mesa, la miró y levantó las cejas.

—¿Esperas a alguien? ¿Algún paquete?

—No... —respondió, dudando de sí misma.

Ni esperaba a nadie, ni tenían que llegarles paquetes a la oficina.

De todas formas, el hecho de que estuviesen llamando a la puerta que tenía a menos de dos metros, y no a la de abajo, y la insistencia —a la persona parecía que se le había quedado el dedo pegado al timbre, ya iban tres timbrazos cuando a ella no le había dado tiempo ni a reaccionar— le decía que no se habían equivocado de sitio.

Nina se levantó del suelo con dificultad. Se le había dormido un poco una pierna y la sacudió de camino a la puerta. Max también se levantó, de un salto, con el destornillador en la mano. Pero ella estaba más cerca de la puerta.

Necesitaban una mirilla. Aquello era demasiada incertidumbre. Lo pensó justo antes de abrir la puerta, pero cuando la abrió y vio quién estaba al otro lado, lo pensó todavía con más fuerza.

—Miss Addington.

Al otro lado de su puerta estaba la última persona que esperaba encontrarse allí: Frederick Pearson.

Hacía meses que no le veía, desde aquella tarde de noviembre del año anterior, y le había costado un instante reconocerle.

No sabía por qué, pero el recuerdo que tenía de él era con un sombrero de copa. Y un monóculo.

Estaba claro que había empezado a adornarle en su imaginación.

Lo que sí tenía era la misma cara de amargado que la última vez que le había visto, cuando la amenazó en aquel club rancio, frente a una bandeja de té con galletas.

Llevaba una gabardina negra casi hasta los pies, moteada de lluvia, gafas de montura al aire sobre la nariz aguileña y un maletín de piel negra.

Era como si hubiese intentado ir de incógnito, pero no le había salido bien. Llamaba todavía más la atención. Le recordaba a un cura antiguo. Solo le faltaba el alzacuellos.

Pasó a recepción sin esperar a que le invitaran.

—Tenemos que hablar. A solas —dijo, sin ni siquiera mirar a Max, que seguía al lado del escritorio que estaba montando, de pie, con un destornillador de estrella y mango rojo en la mano.

Nina cerró la puerta tras él.

El tipo se quedó mirando la silla de ordenador a medio montar, con solo tres ruedas puestas, la última en el suelo.

Nina señaló la puerta abierta de su despacho.

—Pase... —a mi despacho, iba a decir, pero dudó un poco, porque aquello no era un despacho ni era nada, ni tenían sitio donde sentarse. Pero si el tipo quería intimidad, era la única opción.

El hombre entró en su despacho y Nina le siguió, dejando a Max en recepción, con el destornillador en la mano y cara de interrogación.