47 Un pub en Richmond
Un pub en Richmond
Max se llevó el vaso de cerveza a los labios, y cuando volvió a dejarlo sobre el posavasos de papel en la mesa de madera, la espuma le había dejado un minúsculo rastro sobre el labio superior.
Nina juró oír un suspiro colectivo de todos los miembros femeninos que en aquel momento poblaban el pintoresco pub de Richmond, incluida la dueña detrás de la barra, que tenía el pelo blanco y no menos de setenta años.
Max en traje era un arma de destrucción masiva.
La humanidad tenía suerte de que solo se lo hubiese puesto para el funeral y para trabajar utilizara la colección de jerséis de pico más aburrida sobre la tierra.
Se había quitado la corbata negra y se había desabrochado dos botones de la camisa blanca del traje, en cuanto terminó el funeral de Gigi Hargrave y se alejaron diez metros de la riada de gente.
Los dos millones de asistentes habían salido en desbandada en cuanto acabó el funeral.
Todos recordaron de repente que tenían una vida y un montón de cosas que hacer, y huyeron hacia el centro de Londres en taxis variados y ubers que empezaron a aparecer de la nada, dejando en Richmond solo a los turistas dando vueltas, intentando encontrar los escenarios de la serie Ted Lasso.
Max y ella habían localizado el primer pub que tenía una mesa libre, pidieron un par de pintas de cerveza y se bebieron la mitad del vaso sin respirar.
Max le había dado la corbata para que se la guardase en el bolso, y ella se había quitado los tacones negros discretamente debajo de la mesa.
Allí seguían todavía, sentados en el pub, con la segunda —y última, no querían repetir la resaca de la última vez— pinta de cerveza, trazando figuras en la condensación del vaso, intentando recuperarse de —o procesar, mejor— el espectáculo que había sido el funeral de Gigi Hargrave.
Nina se preguntó si alguien montaría algo parecido para el funeral de Pippa, o simplemente pasaría sin pena ni gloria.
A nadie parecía importarle mucho la amiga de Gigi, quizás porque se había quedado sin dinero y estaba malviviendo en un estudio mohoso en el norte de Londres.
“Estaba viviendo en zona dos”, le había escuchado decir a una de las asistentes al funeral, horrorizada, como si vivir fuera de la zona 1 del metro en Londres fuese lo peor que le pudiese pasar a uno en la vida.
Bueno, lo segundo peor, detrás de caerse por una barandilla después de una noche de borrachera.
El teléfono de Max volvió a vibrar encima de la mesa del pub.
Lo levantó ligeramente para mirar la pantalla.
Llevaba vibrando como loco desde que salieron del funeral y le había quitado el modo silencio.
No hacían más que llegarle notificaciones e historias varias del funeral de Gigi, de diferentes redes sociales.
Le había enseñado dos o tres, pero al final Nina le había dicho que prefería no ver nada más.
Vivir en la ignorancia virtual. Había visto suficientes selfis haciendo pucheros con el féretro de Gigi de fondo para el resto de su vida.
No quería ver ni un atisbo más del abandono moral de aquella gente.
No podía quitarse de encima la deprimente sensación de que la difunta no le importaba realmente a nadie. Ni siquiera a su propia hermana, más preocupada por su imagen y por el qué dirán.
Quería volver a la realidad después de aquella tarde extraña. Si eso era posible.
Max se había quedado mirando la pantalla de su móvil con cara de estupefacción.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Desvió la mirada del móvil a ella. Estaba empezando a asustarla.
—¿Malas noticias?
Max no respondió. Simplemente giró el móvil para que pudiese ver lo que había en la pantalla.
Le enseñase lo que le enseñase, nada podía ser peor que el funeral del que acababan de ser testigos.
No sabía lo equivocada que estaba.
El titular del artículo ocupaba casi toda la pantalla del móvil, en letras negras y enormes:
LOS PROBLEMAS DE LA DIFUNTA GIGI HARGRAVE: AMENAZAS DE MUERTE Y DETECTIVES PRIVADOS.
Aparte del titular, el texto tampoco tenía desperdicio:
“Este periódico ha podido confirmar que la socialité acudió a una agencia de detectives, Addington Investigaciones, en los últimos días de su vida...”
“¿Ha hecho la policía lo suficiente?”
El artículo hablaba de una Gigi que había pasado sus últimos días aterrorizada “después de recibir varias amenazas de muerte”, tanto que no tuvo más remedio que “contratar los servicios de una agencia de detectives”.
Por lo menos habían puesto bien el nombre, algo era algo; aunque en el texto se referían constantemente a “el atractivo detective privado”.
Casi todas las fotografías que acompañaban al artículo eran de Max: a ella la habían cortado en la mayoría. En una salía la mitad de su cuerpo, y en otra sí salía su cara, pero parecía que la habían pillado en mitad de un estornudo.
Aunque con Max tampoco habían tenido mucha suerte: casi siempre estaba mirando hacia abajo o con la cara vuelta hacia otro lado.
El artículo no tenía desperdicio. Alguien se había ido de la lengua, porque allí había detalles que no eran del dominio público. Aunque a saber a cuánta gente le había contado Gigi su vida antes de caerse por aquella barandilla y aterrizar en su propia copa de vino.
Había que reconocer también que el suyo era solo uno en un mar de, por lo menos, dos docenas de piezas sobre el funeral de Gigi Hargrave y sobre su vida.
La versión online del tabloide estaba inundada de ellos.
La llegada de los “invitados”, lo que dichos invitados habían estado subiendo a las redes sociales durante el funeral…
Nina repasó algunos de los titulares relacionados:
“Charles Fitzberger III se consuela con Sophie Wilson”
“La escandalosa vida de la heredera Hargrave, en imágenes”
Etcétera.
Nina empezó a leer el artículo después de ver las fotos, sin prestar demasiada atención, hasta que Max le dijo, con un hilo de voz:
—Tercer párrafo.
Nina leyó en voz alta:
—“Según fuentes cercanas a la difunta influencer, Gigi recibió al menos una docena de cartas amenazadoras de parte de su íntima amiga Pippa Kensington…”
Levantó la vista del teléfono para mirar a Max, horrorizada.
Nadie sabía eso. Solo la policía, y ellos. Chambers se lo había dicho en confidencia.
Notó cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Se puso una mano en el estómago. Tenía ganas de vomitar.
—Esto es malo, ¿verdad? —preguntó Max.
Malo era quedarse corto.
Y eso que todavía no sabían cuánto.