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46 Muerte de una influencer

Muerte de una influencer

El funeral de Gigi Hargrave se parecía mucho a lo que había sido su vida: un espectáculo.

El cementerio, en Richmond, estaba a reventar. Parecía una boda de la alta sociedad más que un funeral. Un acontecimiento “en el que había que estar sí o sí”, como había escuchado en una conversación al vuelo.

Allí había más gente que en la guerra: grupitos de influencers, algunos más cercanos a la difunta que otros, hundiendo los tacones en la hierba del cementerio, esquivando lápidas para colocarse en primera fila.

Nina dudaba que Gigi tuviera tantos amigos.

La mayoría de aquellas personas parecían figurantes: desde chicas llorando a lágrima viva, otras con los ojos húmedos, pero sin estridencias, y un grupo que, si no se equivocaba, se estaba sacando selfis con el féretro de fondo. Con cara triste, eso sí.

Nina reconoció a varias personas de las que estaban sentadas en la mesa de Gigi aquella aciaga noche en el club Loop.

Un poco apartado había un pequeño grupo de gente vestida de traje y con cara de incomodidad infinita. En ese último grupo estaba Elektra Hargrave, así que Nina imaginó que la media docena de personas trajeadas, serias e incómodas que la rodeaban debían ser sus compañeros de trabajo.

No podían faltar los fotógrafos, paparazzi de revistas, tabloides y medios online, que sacaban fotos al abrigo de los árboles cercanos, sin disimular ni un ápice.

El cielo estaba encapotado de gris y, aunque no había llovido en todo el día, era cuestión de tiempo. El aire olía a lluvia y a tierra mojada, y el viento frío les cortaba las mejillas.

El tiempo ideal para un funeral.

—¿No te alegras de haber venido? —susurró Max a su lado.

Su ayudante, con un traje negro, atraía la atención de las influencers más de lo que lo había hecho la pantalla gigante con fotos de la vida de Gigi y música de fondo que habían proyectado dentro de la iglesia, al principio del funeral.

No habían podido entrar en la pequeña capilla junto al cementerio porque había aforo limitado, pero ya había varios vídeos en redes sociales, etiquetados con #ripgigi, #gigienelcielo, #gigiforever, etc.

Ya había gente etiquetando aquello como “el evento del año”. Quítate de en medio, Glastonbury: aquí llega el entierro de Gigi Hargrave.

Habían pasado tres días desde la muerte de Pippa Kensington. El mismo día de su muerte, por la noche, los medios de comunicación difundieron la noticia de que la policía había cerrado la investigación sobre la muerte de Georgina Hargrave, declarándola un accidente.

A la vez, internet se inundó de artículos sobre la trágica muerte de Pippa Kensington, aprovechando para repasar todas sus estancias en clínicas de desintoxicación y cómo la muerte de su íntima amiga Gigi había terminado de “empujarla al abismo”.

Después de encontrar las cartas amenazantes en el piso de Pippa, ya no quedaba mucho más por hacer.

Nina le había dado a Max días libres, en plural, indefinidos.

“Aprovecha para trabajar en tu tesis”, le había dicho, y Max había puesto la misma cara que si lo hubieran condenado a muerte.

Y eso que al día siguiente era viernes. ¿Quién no querría un viernes libre?

Nunca había visto a una persona procrastinar con tanta dedicación.

Nina no sabía cuándo estaría lista la oficina. Tampoco sabía todavía cuál iba a ser su futuro, ni el futuro de la agencia. No sabía nada. Por el momento, se limitaba a dar el siguiente paso.

Aquellos días había estado demasiado ocupada para pensar en ello.

Un camión de la empresa de alquiler de muebles apareció y se llevó tanto los muebles destruidos como el escritorio, lo único que había sobrevivido.

Decidieron no alquilarle más mobiliario y rescindir el contrato.

No podía culparlos. Nina se despidió desde la ventana de los sillones de piel y el escritorio de madera oscura, mientras los transportistas sudaban para bajar los muebles dañados por las escaleras.

Con todos los muebles ausentes, la oficina parecía mucho más grande. Como el día que había firmado el contrato de alquiler, llena de ilusión.

Menos mal que al menos les habían arreglado la ventana: lo habían marcado como prioridad y en poco más de veinticuatro horas tenía cristal nuevo.

Ya de vuelta en casa, cuando no tenía nada más que hacer y no le quedaba más remedio que pensar en su futuro, le llegó por email una invitación electrónica para el funeral de Gigi Hargrave. Estaba a punto de borrarlo pensando que era un timo, cuando justo en ese momento sonó el teléfono. Era Max.

—¿Has recibido una invitación para el funeral? —preguntó.

—Sí, pero no la he abierto.

Tenía que pinchar en un enlace dentro de un correo electrónico. Sospechoso, cuanto menos.

Max hizo un ruido extraño al otro lado del teléfono. Cuando habló de nuevo, Nina se dio cuenta de que le estaba dando un ataque de risa.

—Ábrelo, porque no tiene desperdicio. Lleva a una página con un carrusel de fotos de la difunta, sacadas de las redes sociales, casi todas de fiesta, con música de fondo.

Música de violines. Y dibujos de palomas superpuestos.

—Max tuvo que parar un momento para poder seguir hablando—.

Al final salen dos botones, “sí” o “no”. Hay que darle a uno de ellos.

—¿Tú qué has hecho?

—Nada, de momento. Te he llamado para ver qué hacíamos.

Qué hacíamos. Se sentía culpable, Max hablando en plural, y ella pensando en cerrar la agencia y seguir caminos separados.

—Es mañana, en la capilla del cementerio de Richmond —informó Max, al ver que tardaba en contestar.

Richmond: una zona en el suroeste de Londres, a las afueras, rodeada de naturaleza, con aire de pueblo de cuento. Tenía un parque con ciervos de verdad.

Nina lo pensó un momento. Quería declinar la invitación, pero al final imaginó que algo le debía a la pobre Gigi. Qué menos que presentarle sus respetos, después de haberse quedado con sus dos mil libras por prácticamente un día de trabajo.

Así que se puso de acuerdo con Max y allí estaba, arrepintiéndose vivamente de haberle dado al botón del “sí” en la invitación electrónica.

Llevaba tres días sin ver a Max —desde la muerte de Pippa— cuando le vio aparecer en Richmond, con un traje negro y sus gafas de pasta, como un James Bond miope.

Tenía que reconocer que Max mejoraba —todavía más— cuando dejaba de lado los jerséis de pico en colores sosos.

El sermón del reverendo terminó, y un músico, que imaginó habían contratado para el evento, empezó a tocar el violín. Candle in the wind. A mitad de la canción, un grupo de chicas soltó una docena de globos de helio negros que habían estado sujetando durante todo el funeral.

—Muerte de una influencer —dijo Max, lacónico, paseando la vista por el espectáculo.

Si había que ponerle un título a todo aquello, no se le ocurría otro mejor.

Se inclinó hacia ella y preguntó en un susurro:

—¿Has visto a Fitzberger?

Nina miró en la dirección que Max le señaló con un discreto gesto de la cabeza.

Charles Fitzberger III estaba entre un grupo de plañideras, un poco apartado, como si quisiera pasar inadvertido. Era más que lógico, teniendo en cuenta que tenía colgada del brazo a Sophie Wilson.

La mujer sonreía ligeramente, como si se hubiera olvidado de dónde estaba, pero el tipo parecía casi más incómodo que el reverendo. Se metió un dedo por el cuello de la camisa blanca que llevaba con el traje negro, como si se estuviera ahogando.

—Interesante —susurró Nina.

No imaginaba que Sophie le tuviera mucho aprecio al exnovio de su amiga, o al menos no se lo había parecido cuando hablaron con ella. No entendía qué hacía ahora colgada de su brazo, satisfecha de sí misma, como si hubiera ganado algún premio.

Además, no era de muy buen gusto estar pegada al exnovio justo en el funeral de Gigi. Aunque hacía una hora que todo atisbo de buen gusto había saltado por la ventana.

Como si adivinara que estaban hablando de él, Charlie miró en su dirección. Cogió el brazo de Sophie y lo desenroscó del suyo, pero ya era tarde. Nina pudo ver un par de teleobjetivos apuntando hacia ellos.

El funeral terminó por fin y se acercaron a dar el pésame a Elektra, o Elizabeth, ya recuperada de su gripe.

—Un circo —les dijo la gemela, entre dientes—.

Esto es un circo de tres pistas. No sé en qué estaba pensando cuando le di permiso a Sophie para organizar el funeral, la verdad...

Estaba tan griposa que ni me acuerdo. —Lanzó una mirada furtiva hacia el grupo de personas trajeadas que la acompañaban.

Se habían separado de ella mientras recibía las condolencias y miraban a su alrededor, horrorizados—. Qué vergüenza estoy pasando.

Les dio las gracias “por lo que hicisteis por mi hermana”. Nina no estaba muy segura de haber hecho nada aparte de encontrar su cadáver y llamar a la policía, pero bueno.

Luego se despidieron brevemente y, aunque la gemela no lo dijo, Nina tuvo la sensación de que no quería volver a verles nunca más.

El sentimiento era mutuo. Si no volvía a tropezarse con ninguna de aquellas personas el resto de su vida, sería feliz.

Dejaron atrás a Elektra Hargrave y la cola de gente esperando para darle el pésame, y justo en ese momento empezó a llover.

Nina sacó de su bolso su paraguas plegable y lo abrió.

El paraguas era azul, con gatos estampados, blancos y negros.

Max lo cogió y lo sujetó sobre sus cabezas; era el más alto de los dos, y era la única forma de que ambos pudieran taparse.

—¿No tenías otro paraguas más discreto? —preguntó Max.

La discreción no había sido precisamente la tónica del funeral.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —Le miró con ojos de asesina—. Te recuerdo que me debes dos paraguas.

Tenía no solo uno, sino otros dos paraguas más discretos: uno grande negro, que residía en el paragüero de la oficina, y otro plegable liso granate.

Se los había prestado a Max en diferentes momentos de aquellas semanas, porque siempre iba sin paraguas a todas partes, y ambos habían sucumbido al triste destino que aguardaba a todos los paraguas que acababan en manos de Max: perdidos, olvidados, rotos.

Al menos tuvo la decencia de poner cara de remordimientos.

—Tengo que mirar, estoy seguro de que tengo alguno en casa.

Eso la dejaba mucho más tranquila.

Una ráfaga de viento les golpeó en la cara y estuvo a punto de darle la vuelta al paraguas.

—¿Qué te parece si buscamos un pub? —preguntó Nina.

—Me has leído el pensamiento.