45 Caso cerrado
Caso cerrado
Nina miraba fascinada cómo el bigote del inspector se movía con cada palabra que pronunciaba.
¿Se lo peinaría por las mañanas? ¿Usaría suavizante?
Porque tal cantidad de pelo requería mantenimiento...
Salió de sus pensamientos con un respingo y apartó la vista.
Esperaba que el inspector no la hubiera pillado mirándole el bigote.
Maldita resaca.
Al final, habían pedido dos tés más, y otro para el inspector.
—“Quiero hablar, pero no por teléfono. Venid dentro de una hora a esta dirección” —leyó el inspector Chambers en tono monótono.
Soltó el móvil de Max sobre la mesa.
—Y este mensaje os llegó por SMS, decís.
No era que lo dijeran ellos: él mismo acababa de leerlo en el teléfono de Max.
Nina miró a Max antes de responder. Era la segunda vez que les preguntaba lo mismo.
—Sí —volvieron a contestar. Por segunda vez.
En realidad, estaban repasando lo que ya le habían contado: que el día anterior habían enviado dos mensajes por Instagram, uno a Sophie Wilson y otro a Pippa Kensington.
Que Sophie respondió enseguida, fueron a verla, y ella les dio el teléfono de Pippa.
Le enviaron un mensaje directo que Pippa había respondido sobre las dos de la tarde, citándoles para una hora más tarde en su piso. Fin.
El inspector había tomado notas de su primera declaración. Ahora daba golpecitos con la mini libreta sobre la mesa, como si estuviera meditando algo.
—La pregunta ahora es —dijo Chambers, y Nina no se dejó engañar por el tono tranquilo.
Parecía estar buscando paciencia, o a punto de estallar.
El bigote le vibraba un poco—: ¿Se puede saber qué hacían mandando mensajes a las amigas de Georgina Hargrave, y peor, hablando con ellas?
¿Y con la hermana y el exnovio? Están entorpeciendo una investigación policial.
El inspector había empezado a elevar la voz, y el hombre tras el mostrador les lanzó una mirada hostil.
No era la primera. Llevaban buena parte de una hora acaparando una de sus dos mesas con tazas de té de hierbas, y aquello era Londres. Los alquileres para un comercio no eran precisamente baratos.
No le preguntó a Chambers cómo sabía que habían ido a ver a Charlie o a Elektra. Ellos no se lo habían dicho. Alguien se había chivado, fijo.
Nina tomó aire.
—Georgina Hargrave nos contrató para...
El inspector levantó la palma de la mano hacia ella.
—Déjeme que la interrumpa. Georgina Hargrave está muerta, así que da igual para qué les contratara, y esto es una investigación policial, no un pasatiempo de aficionados.
Les voy a tener que pedir que dejen de acosar a su círculo.
Una queja más, y me aseguraré de que no pueda volver a ejercer de detective privado... ¿entendido?
Una queja. Tenía que haber sido Charlie, en venganza por haberle interrumpido el whisky en su club. Chivato.
—Un momento —dijo Nina, irritada. Daba igual que la tarde anterior ella misma estuviera pensando en tirar la toalla. Una cosa era que ella se replanteara su profesión, y otra era que la amenazaran—. ¿Una investigación policial? Creía que lo de Gigi había sido un accidente.
El inspector la observó, ladeando la cabeza, y Nina se revolvió en su asiento, incómoda.
—¿Puedo preguntarle, si no es mucha molestia, cómo se ha enterado de eso?
—Nos lo dijo su hermana. No estamos “acosando” a nadie; la gente nos da la información voluntariamente.
Se inclinó sobre la mesa, ligeramente belicosa. Max presintió su estado de ánimo y le puso una mano en el brazo, como para contenerla.
—Aunque haya sido un accidente —dijo el inspector—, cosa que no estoy afirmando ni negando, los accidentes también se investigan.
El inspector suspiró, cansado de todo aquello.
—De todas formas, es irrelevante. Ya pueden dejar de investigar. Misterio resuelto.
Miró de reojo hacia la calle, a través de las cristaleras del local.
—Les voy a enseñar algo, pero que no salga de aquí. Solo para que no sigan investigando —dijo la palabra con un tonillo sarcástico, dejando clara su opinión sobre sus “investigaciones”.
Sacó un sobre de plástico transparente con cierre de zip, de tamaño grande, del bolsillo de su abrigo y lo puso encima de la mesa.
Dentro estaban las cartas amenazantes que Gigi les había llevado a la oficina. Sin los sobres, solo el contenido: las hojas de papel con las líneas marcadas de haber estado dobladas dentro de los sobres.
Nina y Max volvieron a mirarse, ambos con la misma cara de interrogación.
—¿Son estas las cartas que les robaron de la oficina?
No las sacó de la bolsa de pruebas, evidentemente, y solo se podía leer la primera carta, pero eran inconfundibles.
—Sí. ¿Dónde...?
No le dio tiempo a terminar su pregunta.
—Las tenía Philippa Kensington, en su casa. Estaban desplegadas encima de la mesa, al lado de... justo al lado de donde se encontraba el cuerpo.
Eran las mismas cartas. “Vas a morir, etc.” con las letras recortadas. Tristes, patéticas, como hechas por un aficionado.
Aficionada, en este caso. Pippa Kensington. Vivir para ver.
Chambers volvió a guardarse las cartas.
Nina juraría haber visto a coleta platino en el vídeo que él mismo le había enseñado un rato antes... ¿o no? Estaba empezando a dudar de todo.
Pippa también tenía el pelo rubio y largo. Quizás era ella quien estaba detrás de las gafas de sol. Al fin y al cabo, el vídeo no tenía mucha calidad y solo la vio un momento. De hecho, era bastante probable que fuese ella y no coleta platino.
Con las cartas delante, era más que obvio.
—¿Fue Pippa quien nos destrozó la oficina? —preguntó en voz alta, incrédula.
Chambers negó con la cabeza.
—No creo. Me inclino por los tipos de la furgoneta de mudanzas falsa. Seguramente entraron a robar y, al no encontrar mucho, se frustraron y os lo dejaron todo hecho un asco. El robo de las cartas, el mismo día, fue una coincidencia.
¿Una coincidencia?
—¿Una coincidencia? —preguntó Max, igual de incrédulo que ella.
Chambers se terminó su té y se levantó.
—Una última cosa —dijo Nina, antes de que el inspector se fuera. No era relevante, pero tenía curiosidad—. ¿Qué hacía Pippa viviendo en ese piso y en esta zona? ¿No es rica?
El inspector cogió su abrigo del respaldo de la silla.
—Parece ser que estaba peleada con los padres. Le habían cortado el grifo, por lo de las drogas. Quién sabe, a lo mejor se suicidó por eso. Estos niños ricos, les quitas el dinero y no saben qué hacer con su vida. Y le envió las cartas a la amiga, por envidia.
—¿Suicidio?
El inspector les miró ligeramente alarmado, como si hubiese hablado más de la cuenta sin querer, o como si hubiese olvidado con quién estaba hablando.
—Es una teoría. Puede ser eso, o sobredosis accidental. Que no salga de aquí —dijo, intentando arreglarlo. Luego se puso el abrigo y siguió hablando:
—No creo que esto dé más de sí, pero puede que tenga que volver a hacerles alguna pregunta más. —Les apuntó con el dedo índice—. No salgan del país, por si acaso.
Y con esa absurda frase de despedida, salió por la puerta del establecimiento.
—¿Salir del país? —dijo Nina, estupefacta. ¿Adónde iban a ir? ¿Al Caribe?
Max había vuelto a cerrar los ojos. Al menos su cara tenía ya un color más normal.
—¿Estás mejor? —preguntó Nina.
—Un poco. Las infusiones me han sentado bien. —Hizo un par de respiraciones profundas y volvió a abrir los ojos—. O sea que Pippa se llevó las cartas de la oficina, y luego... ¿se suicidó? ¿Por remordimientos? ¿Crees que fue eso lo que pasó?
—No tengo ni idea —respondió Nina con sinceridad—. Pero entonces, ¿por qué te envió el mensaje para hablar con nosotros?
Max se encogió de hombros.
—¿Para que la encontráramos? ¿Con las cartas al lado?
No era una mala teoría, tampoco.
Había cosas que ya nunca sabrían: las motivaciones, los detalles, los pasos exactos. Con Pippa muerta, quedaban muchas dudas por resolver. Lo único que podían hacer era especular.
Lo que estaba claro es que aquel caso (si se le podía llamar “caso”), el primero de Addington Investigaciones, estaba cerrado.