Muerte de una influencer (Baker Street 1) 44 Pippa Kensington
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44 Pippa Kensington

Pippa Kensington

Cuando salió de la comisaría, se topó de bruces con Max, esperándola en la acera.

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué quería el inspector? —preguntó él, en vez de responder a su pregunta.

—Enseñarme una grabación del día que robaron en la oficina. Parece ser que fue una furgoneta de mudanzas falsa.

—¿Y para eso quería que vinieras sola?

—Quería asegurarse de que no era un complot y de que tú no eras el cabecilla de la operación.

Max levantó las cejas.

—Puedes venir a mi piso, si quieres, para comprobar que no tengo el hervidor y la cafetera en mi cocina. O la impresora.

Echaron a andar por la acera y Nina le miró de soslayo.

—Tendré que fiarme de ti. ¿Qué hacías esperándome en la puerta?

Habían quedado en que cuando terminase ella acudiría a la cafetería donde le había dejado. Estaba solo a cinco minutos de la comisaría.

—Se me había olvidado, con la emoción —dijo Max, y sacó su móvil del bolsillo interior del abrigo. Le enseñó la pantalla.

—“Quiero hablar, pero no por teléfono” —leyó Nina en voz alta. Era un mensaje de Pippa Kensington, la otra amiga de Gigi que la acompañó a casa la noche de su muerte—. “Venid dentro de una hora a esta dirección”.

Nina leyó la dirección. No le sonaba de nada.

—¿Dónde está esto?

—Kilburn.

Noroeste de Londres, si no se equivocaba. Otra vez al metro. Al final, se iba a gastar el adelanto que les había dejado Gigi solo en transporte.

—Todavía te da tiempo a comer antes, si quieres —dijo Max, mirando su reloj—. Tiene que ser algo rápido, eso sí.

—No me hables de comida, por favor.

Todavía tenía el estómago revuelto por la resaca.

* * *

Después de media hora y un transbordo, llegaron a la parada de metro de Kilburn. Nina introdujo la dirección de Pippa en la aplicación de mapas de su teléfono.

—A la derecha —indicó, siguiendo las instrucciones del punto azul en la pantalla.

Pasaron por debajo de un puente, esquivaron unos cuantos charcos y un par de cajas de cartón donde dormitaba una persona.

Aquella no era una de las zonas chungas de Londres, pero sí era bastante humilde; tanto, que resultaba casi increíble que Pippa Kensington viviera allí.

La misma Pippa que tenía Instagram lleno de restaurantes caros, reuniones de gente de la alta sociedad y fotos en las carreras de caballos de Ascot.

—No nos habremos confundido de dirección, ¿verdad? —preguntó Nina al girar hacia otra calle, todavía más gris que la anterior.

No, definitivamente aquello no era Belgravia, ni Holland Park.

Llegaron al punto rojo en el mapa diez minutos antes de la hora a la que Pippa les había citado.

Lo primero que vieron fue un coche de policía aparcado en la acera, frente a la casa.

Nina y Max se miraron, recelosos, sin atreverse a verbalizar sus sospechas.

El piso de Pippa estaba en la planta sótano de una humilde casa adosada de tres plantas, en medio de una hilera de casas exactamente iguales. Las escalerillas de piedra que bajaban hasta su puerta estaban bloqueadas por la cinta azul y blanca de la policía. Dos agentes custodiaban la entrada.

—Disculpen... ¿es esta la casa de Pippa Kensington? —preguntó Nina.

Las policías se miraron entre ellas. Llevaban un chaleco amarillo fosforito encima de la chaqueta del uniforme y gorra en vez del tradicional casco de bobby, que ya no se veía mucho. Solo lo usaban algunos policías que patrullaban a pie, sobre todo por el centro, y en eventos y ceremonias.

—¿Philippa Kensington? —preguntó una de ellas. Nina asintió—. ¿Son amigos suyos?

—Habíamos quedado con ella a las tres —dijo Max, sin responder directamente a la pregunta.

—Está muerta —dijo una voz con fuerte acento extranjero, ruso o de Europa del Este, no sabía diferenciar.

Se giraron para advertir la presencia de una mujer parada en la acera, con un perro minúsculo al otro extremo de una correa rosa chicle. Del mismo rosa que la bata de estar por casa que su dueña tenía puesta, y las crocs que llevaba en los pies.

No la habían visto antes, seguramente porque estaban demasiado ocupados con la cinta azul y blanca y las policías, además: resaca

—¿Otra vez? —preguntó Max, con incredulidad.

Podía parecer insensible, pero la verdad, no le culpaba.

Era la segunda vez aquella semana que acudían a la casa de alguien y la persona en cuestión estaba muerta.

—Yo vivo ahí —dijo la mujer, señalando la ventana del bajo con el cigarrillo que llevaba en la mano izquierda.

En la derecha sujetaba la correa del perrillo—.

Saqué a Mimi a la puerta y empezó a ladrar como loca.

Se metió para abajo, eché un vistazo y vi a la vecina por la ventana del salón. Muerta.

Mimi ladró una vez, como confirmando la versión de su dueña. Llevaba una goma elástica —también rosa— que le apartaba el pelo de los ojos. La perrilla, no la dueña.

Max y ella echaron un vistazo a la ventana, pero desde ese ángulo no se podía ver nada. Además, el exterior se reflejaba en los cristales. La mujer había tenido que bajar las escaleras que ahora estaban cortadas con la cinta policial, y haber pegado la cara al cristal, para ver algo.

—Drogas —dijo la mujer, lacónica, y le dio una calada al cigarro. Expulsó el humo antes de seguir hablando—. Tenía una jeringuilla clavada en el brazo.

—Señora, por favor —la reconvino una de las policías, la más mayor de las dos—. Es una investigación en curso. No dé detalles.

—¿Me puedo ir a mi casa entonces?

—Sí, pero no salga de momento. Seguramente el inspector encargado del caso querrá hablar con usted.

La mujer volvió a aspirar de su cigarrillo, con fruición. Miró a las policías con los ojos entrecerrados.

—Ya os lo he contado a vosotras. Lo que he visto. Y lo habéis apuntado. Para qué repetir.

—Es el procedimiento —dijo la oficial de policía, con cansancio rutinario.

La mujer subió los tres escalones hasta la puerta de la casa, murmurando en su idioma nativo. Definitivamente algo eslavo. Entró en la casa, el perro la siguió y cerró la puerta de un portazo.

—¿Sobredosis? —susurró Nina, solo para oídos de Max—. ¿No es mucha casualidad? Justo cuando se había citado con nosotros...

—Yo qué sé —Max cerró los ojos y aspiró profundamente—. Necesito otro café.

Era el peor día del mundo para tener resaca. Nina se alegró infinitamente de no haber comido nada en todo el día.

—Quizás quieran avisar al inspector Chambers, de la comisaría de Charing Cross —le dijo Nina a las policías—. La mujer fallecida tiene relación con un caso que están investigando.

Las agentes se miraron entre ellas. La más mayor, la que parecía tomar las decisiones, sacó un móvil de un bolsillo de su chaleco y se alejó unos metros por la acera para hablar por teléfono. Volvió en menos de dos minutos.

—Si hacen el favor de esperar aquí a los inspectores.

No pensaban irse a ninguna parte.

Max empezó a hacer respiraciones profundas a su lado, como si estuviese en una clase de preparación al parto.

—¿Te encuentras bien?

Se sentó en las escalerillas del edificio y puso la cabeza entre las rodillas.

—Me estoy muriendo.

Normal. Tanta comida no podía sentarle bien.

* * *

Los inspectores llegaron media hora después, en el Audi negro que conducía Grayson.

Aparcaron detrás del coche patrulla. Chambers se bajó del coche y lo primero que hizo fue acercarse a ellos.

—Dos veces hoy. Es mi día de suerte —dijo. Nina decidió no ofenderse. Además, ¿de qué se quejaba? La primera vez que se habían visto, en la comisaría, la había llamado él—. Esto empieza a ser ridículo —añadió el inspector.

Max levantó la cabeza de entre las piernas. Seguía sentado en la escalerilla de la casa, la que daba a la puerta principal. Tenía la cara ligeramente verde.

—Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con él —dijo.

—No se muevan de aquí —dijo Chambers, y levantó la cinta azul y blanca para poder pasar por debajo.

—¿Podemos esperarles en algún sitio, tomando algo? —preguntó Nina—. Mi recepcionista no se encuentra bien.

—Hay un café justo a la vuelta de la esquina —aportó la policía más joven.

Chambers les apuntó con el dedo.

—No se muevan de allí.

* * *

El café de la vuelta de la esquina resultó ser un establecimiento minúsculo, con solo dos mesas apiñadas en los cinco metros cuadrados del local.

Nina pidió dos infusiones de menta, mientras Max se desplomaba en una de las sillas. Además de té y café, también vendían galletas caseras más grandes que su cara, expuestas en el mostrador.

—Bebe esto, anda. —Nina dejó las tazas sobre la mesa—. Te sentará bien.

Max suspiró y bebió parte de su infusión, a sorbitos pequeños.

—¿Qué te pasó ayer? ¿Rompiste con Lisa?

Max asintió.

—No le sentó bien que no hubiera contestado a sus dos millones de llamadas y mensajes.

Ni que me estuviera quedando en tu casa.

No tuve más remedio, me estaba agobiando.

—Siguió bebiendo la infusión a sorbitos—.

Ni siquiera era nada serio, pero yo qué sé.

Me sentí fatal. Lisa parecía... bastante disgustada.

No sería nada serio para él. Y “bastante disgustada” seguramente se quedaba corto. Se imaginó a Lisa llorando a moco tendido sobre un envase de helado de litro, viendo una peli romántica detrás de otra.

Lo normal a su edad, por otra parte.

Llevaban allí ya un buen rato y Nina estaba pensando en pedir algo más —no quería acaparar una de las dos únicas mesas del local con una triste infusión—, cuando la puerta se abrió y por ella entró Chambers, con su espeso bigote y su abrigo de bolsillos inmensos. Sin Grayson, menos mal.

El inspector cogió una silla de la otra mesa y se sentó con ellos. Sacó una libreta pequeña y hecha polvo del bolsillo del abrigo —la misma del día de Gigi, si no se equivocaba— y un boli con el capuchón negro mordido.

Luego les miró con cara de querer estar en cualquier sitio menos allí, y dijo:

—Por el principio.