43 Una furgoneta de mudanzas
Una furgoneta de mudanzas
Nina dio su nombre en recepción, en la planta baja de la comisaría, y un policía uniformado apareció para acompañarla hasta el despacho de Chambers, en la tercera planta.
Había dejado a Max aparcado en la cafetería de la librería Waterstones, en Trafalgar Square. Se le había pasado el berrinche de no poder acompañarla a la comisaría cuando se dio cuenta de que era casi la hora de comer.
—Acabas de desayunar —le dijo, mientras Max intentaba decidirse entre las opciones de sándwiches a la venta.
—La resaca me da hambre —respondió, y se acercó al mostrador, detrás del cual una veinteañera le miraba con adoración.
Otra que muerde el polvo, pensó Nina, y salió de la librería para dirigirse a la comisaría.
El despacho del inspector Chambers —se dio cuenta de que no sabía su nombre de pila; tampoco creía que hiciera falta, pero era curiosidad— estaba separado del resto de las mesas por paredes de cristal.
Tenía, eso sí, unas persianas venecianas que imaginaba le daban cierta intimidad cuando la necesitaba.
El resto del espacio lo llenaban escritorios con teléfonos sonando y policías uniformados y de paisano sentados en ellos o yendo de un lado a otro con papeles y tazas de té en la mano.
Reconoció a Grayson sentado en una de las mesas, tecleando serio, con su traje, en medio del caos.
Levantó la mirada brevemente de la pantalla de su ordenador cuando pasó frente a él, pero solo fue un instante.
Que Chambers tuviera su propio despacho y él estuviera allí, trabajando en medio de la plebe, confirmaba lo que ya sospechaba: el inspector de bigote espeso y poca paciencia era su superior.
La puerta de su despacho estaba abierta. Había una placa de plástico negra atornillada en la puerta donde podía leerse “DCI Chambers”. DCI: Detective Chief Inspector, o lo que era lo mismo, Inspector Detective Jefe. Chambers estaba al teléfono, masticando con energía el capuchón azul de un boli.
El policía que la había acompañado hasta allí los dejó solos y cerró la puerta tras él.
Chambers le indicó con gestos que se sentara en la silla de plástico al otro lado de su mesa, y colgó el teléfono justo cuando ella lo estaba haciendo.
—Tenemos un vídeo de una cámara de seguridad.
Conocía al inspector desde hacía poco tiempo, pero se dio cuenta de que siempre empezaba las conversaciones por la mitad, como si ella tuviera que adivinar el principio. Ni un buenas tardes, Miss Addington, ni siquiera darle una pista de qué le estaba hablando.
—¿Qué imágenes? ¿Qué cámara?
El tipo bufó, como si le impacientara que no le leyera el pensamiento.
Luego giró el monitor de su ordenador.
—Del robo en su oficina. No hay cámaras en el callejón, pero un restaurante de la calle de al lado tiene una que graba la entrada del callejón desde el otro lado de la acera. Mire:
Eso hizo. En la pantalla había un video pausado en el momento en que una furgoneta blanca, pequeña, giraba para entrar en su callejón.
Tenía el nombre de una empresa de mudanzas en el lateral y un número de teléfono.
El inspector maniobró con el teclado y la imagen empezó a moverse a cámara lenta, la furgoneta entrando en Sherlock Mews.
—Pare la imagen un momento —dijo de repente Nina.
—¿Reconoce la furgoneta?
Nina miró fijamente la entrada al callejón, la acera, para asegurarse de que estaba viendo bien.
No era la furgoneta lo que había reconocido, pero decidió no decir nada, de momento.
—Las matrículas son falsas, y los rótulos también, no existe la empresa —dijo Chambers.
Luego adelantó el vídeo unos minutos, hasta llegar al momento en el que la furgoneta volvía a salir del callejón.
—Esto es quince minutos después.
Solo quince minutos, pensó Nina, para dejarle la oficina hecha unos zorros.
El inspector volvió a girar el monitor hacia él y se recostó en su silla.
—¿Qué sabe de su ayudante, Maxwell Brown?
Nina se quedó en blanco. ¿A qué venía eso ahora?
—¿Qué sé de él? —Lo pensó un instante. No mucho, la verdad.
Lo que ponía en su currículum. Usaba una asesoría para temas legales, y ellos se habían ocupado de todo lo concerniente al contrato de trabajo, así que, por no saber, no sabía ni su dirección—.
Es mi recepcionista —dijo por fin, como si eso explicara algo. Pero no explicaba nada.
—He visto lo que le paga. Nadie trabaja por ese sueldo.
¿Y cómo sabía lo que le pagaba? ¿Habían investigado sus cuentas?
Imaginó que sí, que lo hacían por defecto con toda la gente que se tropezaban en una investigación. Qué falta de intimidad.
Sin saber por qué, Nina sintió de repente la necesidad de proteger a Max. Se enderezó en la silla.
—¿Qué está insinuando?
El tipo empezó a jugar con el paquete de chicles de nicotina encima del escritorio.
—No estoy insinuando nada. Le estoy preguntando si está segura de que su ayudante no puede estar detrás de esto. Solo le pido que contemple la posibilidad.
No creía que Max hubiera estado trabajando para ella casi un mes, más horas al día de las que le correspondían, solo para llevarse un ordenador, una impresora, una cafetera y un hervidor.
Se frotó la sien. Mal día para tener resaca.
—No creo que Max tenga nada que ver, inspector. Tampoco había mucho que robar. No merece la pena todo ese despliegue para llevarse lo que había dentro de la oficina. Es muchísimo peor la destrucción que lo que nos han robado.
Eso sin contar la desaparición de las cartas amenazantes dirigidas a Georgina Hargrave.
—Además —añadió—, Max estaba aquí, conmigo en la comisaría.
—Podría tener cómplices...
Nina le miró sin decir nada. ¿Estaba hablando en serio?
—Está bien —el tipo levantó las manos, las palmas hacia ella—. Si se fía de él, eso es lo importante.
* * *
Si se fía de él.
Decidió prescindir del ascensor de la comisaría y bajó los tres pisos por las escaleras. Necesitaba tiempo para pensar.
¿De qué tenía que desconfiar? Tenía que reconocer que el inspector le había metido una duda en el cerebro, como una astilla que se le mete a una debajo de una uña o una piedrecilla en el zapato. Pero no por Max. Dudaba mucho que hubiese aceptado aquel trabajo para robarle una grapadora.
¿Era demasiado crédula para ser detective privado? ¿Estaba demasiado relajada? ¿Quizás tenía que ser un poco más como el inspector, sospechar de todo el mundo a su alrededor?
Pero al fin y al cabo no podía culparle, era su trabajo: investigar a todo el mundo, desconfiar de todo el mundo. Estaba segura de que hasta ella misma había sido sospechosa por lo de su oficina en un momento dado, para cobrar el seguro.
Pero no: no creía que todo fuese un plan superelaborado de Max para quedarse con lo poco que pudiera sacar del contenido de su oficina.
Además, había algo más aparte de la furgoneta de mudanzas falsa: había reconocido a otra persona en el vídeo, aunque no se lo había dicho al inspector Chambers.
Una persona que salía del callejón justo cuando la furgoneta giraba para entrar en él.
Llevaba un abrigo negro atado a la cintura y unas gafas de sol que le tapaban media cara, y la imagen no era de la mejor calidad, pero habría reconocido la coleta rubio platino en cualquier parte.