Muerte de una influencer (Baker Street 1) 42 Un apartamento en en Canary Wharf
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42 Un apartamento en en Canary Wharf

Un apartamento en en Canary Wharf

Amediodía estaban llamando a la puerta de Elektra Hargrave.

Después de una ducha, por supuesto, y una parada en un local junto a la estación de tren.

Allí, Max pidió un desayuno inglés completo —bacon, hash browns, alubias con tostadas, huevos fritos y toda la parafernalia.

“Necesito grasa”, había dicho, “para la resaca”, mientras ella lo veía comer con el estómago revuelto, sorbiendo su segundo café del día.

Habían conseguido la dirección de la gemela gracias a Sophie Wilson. Le habían mandado un mensaje y había respondido casi al instante. Tener a Max estaba resultando de lo más conveniente.

Elektra Hargrave vivía de alquiler en Canary Wharf, uno de los distritos financieros de Londres, en una torre de cristal, concretamente en el decimoctavo piso, cerca de otra torre de cristal donde estaba la firma de abogados en la que trabajaba.

La habían encontrado en internet, por fin, gracias a un artículo del Daily Mail que mencionaba su lugar de trabajo.

Elektra era abogada, especializada en tecnología y propiedad intelectual, según la sección “Quiénes somos” de la web del despacho de abogados, donde figuraba bajo el nombre de E. Hargrave.

El apartamento parecía nuevo y no debía ser barato —aunque eso era cierto para casi todo Londres, daba igual la zona—, pero no eran las extravagancias que habían visto en los últimos días.

Era un apartamento sensato de una profesional que no debía cobrar poco, en una buena zona y cerca de su trabajo, pero sin estridencias.

Una habitación, un baño —lo había deducido por el número de puertas— y una cocina americana integrada en el salón, con cristaleras de suelo a techo con vistas al Támesis.

Elektra Hargrave no tenía mucho mejor aspecto que ellos dos. Después de abrirles la puerta, había vuelto a encajarse en el sofá donde era obvio que había estado sentada unos segundos antes, tapada con una manta y rodeada de pañuelos de papel arrugados.

Elektra era la viva imagen de su hermana.

La expresión nunca había sido tan adecuada y precisa como en ese momento, y por eso no la dijo en voz alta.

Por eso, y porque se imaginó que la mujer tenía espejos en casa, se miraba en ellos y tenía que saber que era una copia exacta de Gigi. O viceversa.

La única diferencia era el pelo, que llevaba corto, con el flequillo tapándole la frente, y de un color castaño, más claro que el de su hermana. Aunque el de Gigi era teñido, según Max, que se sabía la vida y milagros de todas aquellas influencers.

Aun así, no dejaba de ser inquietante que la última vez que habían visto esa cara fuera mirándoles desde el suelo, con los ojos abiertos, sin vida.

—Su hermana nos dijo que estaba de vacaciones en el Lago de Como.

En realidad, les había dicho que estaba desestresándose en un spa del Lago de Como.

Elektra señaló su propia cara con la mano en la que tenía el pañuelo arrugado.

—Ese era el plan. Pero cogí un virus y tuve que anularlo todo el día anterior.

He perdido un dineral —dijo, con voz nasal—.

La policía fue al bufete preguntando por mí, y como les dijeron que estaba de vacaciones en Italia, ni se molestaron en venir hasta mi casa.

Me he enterado de lo de Gigi por las noticias.

La voz se le quebró un poco. Tenía los ojos rojos y llorosos, que podía ser por el disgusto de lo de su hermana o por el catarro, o una mezcla de ambas cosas.

—Total, que cuando llamé a la comisaría, la tontaina de su amiga Sophie ya había identificado el cadáver por mí, menuda escena debió montar, hizo como que se desmayaba y todo...

en fin. Esta mañana han venido los inspectores encargados del caso —abrió una botella de bebida isotónica de naranja y se bebió la mitad de golpe—, que, la verdad, no parecen muy competentes.

Por lo que me han contado, Gigi se debió caer por la barandilla de madrugada.

Están esperando los informes definitivos, pero debía tener un nivel a alcohol en sangre absurdo, una barbaridad de alto.

Volvió a cerrar la botella y la dejó encima de la mesa.

Se desplomó sobre el respaldo del sofá y les miró con sus ojos enrojecidos.

—¿Estaba recibiendo amenazas de muerte, decís? ¿Y por eso os contrató?

Se lo habían dicho nada más presentarse, cuando le dieron la tarjeta que ahora descansaba sobre la mesa, enterrada bajo dos pañuelos de papel usados.

—A través de redes sociales. Y también en cartas.

—¿Cartas? —Se reincorporó ligeramente en el sofá—. ¿Puedo verlas?

Max y ella se miraron. Tema espinoso.

—Me temo que no va a ser posible...

Le contó lo del asalto a su oficina.

—Siento no poder darle más información, Miss Hargrave.

Elektra estornudó dos veces seguidas.

—Elizabeth.

Nina volvió a cruzar la mirada con Max, mientras Elektra destruía otro medio paquete de pañuelos.

—¿Perdón?

—Todo el mundo me llama Elizabeth. Al menos en círculos profesionales.

Estoy pensando en cambiarme el nombre oficialmente...

Elektra es ridículo. No sé en qué estaban pensando mis padres para ponernos esos nombres.

Bueno, sí —dijo, con un deje de amargura en la voz—, en que éramos accesorios, como uno de sus coches.

Estoy segura de que todavía no me han hecho socia en el bufete solo por eso.

No suena serio. Y algún día quiero ser jueza... Juez Elektra Hargrave. Horripilante.

Le dio un ataque de tos tan largo que Max preguntó si podía traerle un vaso de agua.

Una vez Elektra —o Elizabeth— hubo bebido un par de sorbos del vaso, siguió hablando.

—Volviendo a las amenazas. No quiero hablar mal de mi hermana, pero siempre le estaba pasando algo.

Cuando no era una cosa, era otra. Todo era un drama y una emergencia para ella.

—Elektra se puso la mano en la frente, luego apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos—.

Una vez me llamó en medio de una reunión para que fuese a buscarla porque se le había roto un tacón en mitad de Oxford Street.

Y cuando no abandoné mi trabajo al instante y sugerí que se cogiese un taxi a casa, estuvo sin hablarme seis meses.

Ojo, que no digo que las amenazas no fuesen serias, yo qué sé.

—Abrió los ojos, cogió un pañuelo nuevo y volvió a sonarse—.

Pero lo más seguro es que fuese una broma o una de sus tonterías, o alguno de sus seguidores colgados, tenía un montón.

Si expones toda tu vida en internet, supongo que es cuestión de tiempo.

—Movió la cabeza a uno y otro lado—. Quizás pensó que contratar un detective privado le daría caché...

estoy segura de que ya estaba negociando la exclusiva con algún medio, o un reality solo para ella. Era su sueño dorado. Un reality propio.

Era curioso, porque era la segunda vez que alguien mencionaba un reality o que Gigi fuese adicta al drama. O igual no era curioso, sino simplemente verdad.

—Su amiga Sophie Wilson nos dijo que estaba en negociaciones para entrar en un reality —dijo Nina.

—¿Sophie os dijo eso? Otra insustancial... Pero seguramente sea verdad.

—Lo que no entiendo es por qué —dijo Nina—. No le hacía falta el dinero.

Elektra (no se acostumbraba a lo de Elizabeth) soltó una carcajada que enseguida se convirtió en una tos seca. Se recostó de nuevo en el sofá y se tapó los ojos con las palmas de las manos.

—Mi hermana lo habría hecho gratis, solo por ser el centro de atención...

lo único que le importaba era su número de seguidores.

De todas formas, tampoco tengo ni idea. No sé por qué Gigi hacía la mitad de las cosas que hacía.

Probablemente no lo supiese ni ella. No era muy de meditar sus decisiones.

Volvió a entrarle la tos y se bebió el resto del agua que Max le había llevado.

—En fin. ¿Os debía dinero? ¿Dejó alguna factura sin pagar? —Elektra alcanzó su bolso, que estaba en el suelo, al lado del sofá—. Puedo pagaros yo lo que os falta, no quiero que empiece a correrse la voz de que mi hermana dejó deudas...

—No, no —dijo Nina rápidamente—. Todo lo contrario. Nos pagó un adelanto. Por eso seguimos investigando, para hacer el trabajo por el que nos pagó. Al menos las horas que corresponden.

Elektra suspiró y volvió a soltar su bolso.

—Si me permitís un consejo —dijo con su voz nasal—, quedaos con el dinero con la conciencia tranquila.

No sé lo que os pagaría, pero el dinero no era nada para mi hermana y, al final, vosotros no tenéis la culpa de que se cayese borracha por la barandilla de la casa de mis padres.

—Se masajeó el puente de la nariz con dos dedos—.

Mi hermana era un desastre, su vida era un desastre y, la verdad, el final que ha tenido no creo que sorprenda a nadie.

* * *

Salieron del edificio de apartamentos sin hablar, ligeramente desasosegados.

—Cada vez que salgo de una de estas conversaciones tengo la sensación de que necesito una ducha —dijo Max.

A ella le pasaba lo mismo. Y eso que Elektra —o Elizabeth— era, hasta el momento, la más normal de todos. Incluso podía simpatizar con ella, hasta cierto punto: intentando labrarse un camino profesional en medio de una fama que no había buscado.

Pero Gigi no parecía importarle a nadie. ¿Tan mala persona era? Quizás le había parecido un poco molesta el día que fue a su oficina, pero nada más.

El día era frío pero despejado, con el cielo azul límpido, sin una nube. Nina sacó del bolso las gafas de sol que había tenido el buen tino de coger antes de salir de casa y se las puso, antes de que el sol le quemara las retinas resacosas.

—Quizás Elektra tenga razón y deberíamos dejar esto. Al fin y al cabo, son dos mil libras. Tampoco es que sea una fortuna —dijo Nina.

Max, que estaba haciendo visera con la mano para protegerse los ojos del sol, se volvió a mirarla.

—¿Es la resaca hablando, o eres tú?

—Ambas.

En realidad, era una forma cobarde de lanzar un globo sonda, de aludir a la decisión que había tomado, o que creía haber tomado: la de cerrar la agencia.

La decisión de la que estaba segura en un setenta por ciento.

Max suspiró y sacó su móvil del bolsillo.

—Pippa todavía no ha respondido al mensaje que le enviamos ayer, y tampoco da señales de vida en Instagram —dijo, mirando la pantalla—. No ha publicado nada desde la noche en el club.

Tampoco era de extrañar, con todo el follón y teniendo en cuenta que Sophie les había dicho que era un poco inconsistente…

En ese momento le sonó el teléfono y el sonido le taladró los tímpanos.

Intentó sacarlo del bolso lo más rápidamente que pudo, mientras Max se sujetaba la cabeza con las manos.

Era un número desconocido.

Descolgó la llamada, y nada más hacerlo el inspector Chambers ladró en su oreja, sin molestarse en saludar:

—Venga a la comisaría en cuanto pueda. Y venga sola, no se traiga a su secretario.

Y colgó. Pensaba que la gente solo colgaba el teléfono sin despedirse en las películas.

Nina se separó el teléfono de la oreja y se quedó mirándolo, pensando si había imaginado las palabras del inspector. Ni siquiera se había presentado, ni había dicho quién era. Menos mal que había reconocido su voz.

—¿Telemarketing? —preguntó Max.

—Peor.