41 La resaca
La resaca
La luz gris de la mañana se filtraba a través de las cortinas de las ventanas de la cocina.
Nina se ajustó el cinturón de su bata gruesa con estampado navideño —no era Navidad pero le daba igual, era la única bata que tenía— y miró la cafetera y el hervidor.
¿Té o café? Se llevó una mano a la sien. Café, y por litros.
Cogió el paquete de café molido de la nevera, un filtro del armario y empezó a verter cucharadas en la cafetera casi sin contarlas. Gatson maulló a sus pies, exigiendo su desayuno.
—Ya va, ya va.
Encendió la cafetera y se apresuró a ponerle el desayuno a Gatson, antes de que sus maullidos agudizasen todavía más —si era posible— la migraña que le atenazaba las sienes.
Le llenó el cuenco a su gato, que empezó a degustar con fruición y dejó de quejarse, por fin.
Mientras el café terminaba de hacerse, abrió un par de cajones de la cocina en busca de ibuprofenos.
No era solo la cabeza: sentía como si tuviese la lengua forrada con papel de lija y el interior de la boca relleno de algodón. Y eso que se había lavado los dientes durante cinco minutos antes de bajar a la cocina.
—¿No tendrás algo para la cabeza, verdad? —preguntó Max, desde el vano de la puerta, con voz de ultratumba. No le había oído levantarse.
Sacó un par de pastillas del blíster para ella y le lanzó la caja a Max.
La caja le golpeó en el pecho —cubierto por una camiseta gris arrugada de manga larga que combinaba con un pantalón de pijama de cuadros rojos— y cayó al suelo de la cocina.
—No es un buen día para lanzarme cosas —dijo, y se agachó a coger la caja de pastillas. Tuvo que sujetarse al quicio de la puerta—. No tengo reflejos. —Se frotó la cara con una mano—. Ni ganas de vivir.
Le observó un instante: el pelo revuelto como si hubiese metido los dedos en un enchufe, los ojos enrojecidos, las gafas torcidas, la cara cenicienta.
Por una vez, Max tenía el mismo aspecto lamentable que ella.
Era reconfortante comprobar que al fin y al cabo era humano y sufría como el común de los mortales.
También era verdad que había bebido por lo menos tres veces más que ella. Si no más.
Nina tuvo que carraspear dos veces para encontrar su voz.
—Enseguida está el café.
Max se puso una mano en el corazón.
—Gracias.
Se acercó como un zombi hasta el grifo de la cocina, cogió un vaso y lo llenó de agua hasta arriba para tragar el par de pastillas que tenía en la mano.
Le vio beberse el vaso entero de agua, volver a llenarlo y beberse un segundo vaso. Luego lo dejó en el fregadero y se derrumbó en una de las sillas de la cocina. Apoyó los brazos cruzados en la mesa y enterró la cabeza en ellos.
—Dios. Dios. Dios.
Le había leído el pensamiento. No necesitaba añadir nada más.
Nina se sentó en la silla frente a él y movió el cuello a uno y otro lado. El olor a café empezó a inundar la cocina. Estuvo a punto de llorar de emoción.
Obviamente, la noche anterior no había convencido a Max para que no la acompañase a casa.
Lo había intentado mientras cenaban, pero Max no había debido tener una conversación agradable con Lisa —creía que habían roto, pero no estaba segura y no quería preguntar— y había empezado a beber durante la cena, un par de pintas de cerveza.
Luego cogieron el tren, y al volver de la estación la convenció para entrar en un pub que había de camino a su casa y tomarse una cerveza más.
Para empezar.
El camino de vuelta a su casa desde el pub —donde les habían echado a las once, que era la hora a la que cerraban los días de diario— no era capaz de recordarlo.
Solo se alegraba de que su casa estuviese casi en medio del campo y de no tener vecinos, porque creía que había habido cánticos.
Lo que sí había habido, seguro, eran conversaciones en voz alta.
No recordaba sobre qué.
No era capaz de recordar mucho después de la tercera pinta.
Se había despertado en su cama, sobre el edredón, semivestida, con un zapato puesto y otro quitado, y Gatson prácticamente sentado en su cara, demandando el desayuno.
Imaginó que Max había dormido en el sofá. O en el suelo, o en uno de los sillones. Donde hubiese caído la noche anterior.
Saltó el interruptor de la cafetera.
—Taza grande, hasta arriba. Sin leche. Azúcar. Mucha. Por favor —le llegó la voz de Max, desde donde tenía la cara enterrada.
Max solía tomar el café con leche, pero imaginó que la resaca demandaba café solo y cargado.
Se levantó a preparar las dos tazas, la hiperazucarada para Max, sin azúcar para ella.
Iba a ser un día duro, para ambos.
Sonó un teléfono en algún sitio. Un pitido corto. Un mensaje.
Max levantó la cabeza de la mesa con dificultad.
—¿Es eso mi teléfono? ¿Dónde está?
—El mío no es—. Vertió las tres cucharadas de azúcar en el tazón hasta arriba de café de Max y se lo puso en la mesa, delante de la cara—. Remuévelo.
Su teléfono no podía ser, porque seguía arriba, imaginó que enterrado en la pila de ropa a los pies de su cama. No tenía ni idea de dónde. Además, el sonido era diferente.
Max removió su café con movimientos lentos y cuidadosos, como si en vez de darle vueltas con la cuchara al líquido estuviese operando a corazón abierto. Cuando el bip-bip de su móvil volvió a sonar, se levantó de la silla con dificultad.
—Por el amor de Dios, quién es a estas horas...
Las 7:24 de la mañana, según el reloj del microondas. No era tarde pero tampoco temprano; normalmente Gatson la despertaba un poco después de las seis de la mañana. A saber el tiempo que se había pasado maullando, desesperado, hasta que por fin había abierto los ojos.
Se sirvió su propio café, un tazón hasta arriba directamente de la jarra de la cafetera, y tomó el primer sorbo de pie, mirando por la ventana el jardín yermo rodeado de árboles a los que empezaban a salirles las primeras hojas del año. La primavera estaba a la vuelta de la esquina.
Evidentemente, la noche anterior no tuvo la oportunidad de hablar con Max sobre el futuro de la agencia.
Tampoco creía que fuese una conversación para esa mañana; quizás ni siquiera para ese día.
Le costaba reunir las neuronas necesarias para los procesos más simples.
No creía que su cabeza —ni la de Max— pudiese soportar una conversación seria y/o profunda.
Además, tampoco quería pensar en eso en ese momento.
Max volvió a entrar en la cocina, con el teléfono en la mano.
—Han localizado a Elektra Hargrave —volvió a sentarse delante de su taza de café—. Y no en Lago de Como, ni en Italia. En su casa de Londres.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Mi contacto en la comisaría.
—¿Tienes un contacto en la comisaría?
Primera noticia.
—La mujer de recepción. Le di mi teléfono y le dije que me avisara si había alguna novedad, o se enteraba de algo útil.
Nina intentó acordarse de ella: una mujer de unos setenta años, con gafas que sujetaba con una cuerdecilla. No se había fijado mucho, la verdad.
Era increíble lo útil que estaba resultando Max. Cuando respondió a su anuncio, le había tocado la lotería.