40 La última cena
La última cena
Nina avanzó a paso ligero, un poco sin resuello. Los del seguro le habían dejado un mensaje en el contestador mientras hablaban con Charlie, y tuvieron que volver a la oficina a toda prisa: el perito estaba al caer. Habían tenido el tiempo justo para coger el metro y llegar hasta allí.
Se había pasado el día en el metro y manteniendo conversaciones incómodas con gente. Se preguntó si esa iba a ser su vida a partir de entonces.
Max caminaba a su lado, sin sofocarse. Su zancada era mil veces más grande que la suya.
Aparte de que estaba más en forma, claro; pero también se pasaba la vida en el gimnasio.
Le había repetido de nuevo —ya no sabía cuántas veces ese día— que se fuera a casa.
Eran más de las cinco y media, estaba anocheciendo y ya no quedaba nada más por hacer, aparte de enseñarle la oficina —lo que quedaba de ella— al tipo que habían enviado del seguro.
Cuando por fin llegaron al callejón el perito aún no había llegado. Quien sí había llegado, sin embargo, era Lisa: estaba en la puerta del edificio, con los brazos cruzados y echando humo por las orejas.
Estaba segura de que los dos millones de llamadas perdidas que había visto en el teléfono de Max tenían algo que ver con su humor.
Lisa les lanzó una mirada asesina. Nina decidió que no tenía paciencia ni ganas de asistir a la pelea que se avecinaba, así que le dijo a Max:
—Voy a subir a esperar al del seguro.
La oficina, con todos sus muebles rajados y volcados, era deprimente, pero seguramente menos que quedarse allí a presenciar la que podía ser la pelea del siglo.
Subió por las escaleras enmoquetadas, abrió la puerta de la oficina con su llave y encendió la luz.
La recepción y su despacho, que podía ver más allá de la puerta abierta, seguían en el mismo estado lamentable del día anterior.
Afortunadamente, el cartón que Max había puesto en la ventana había aguantado los envites de la lluvia y del viento. Menos mal que aquel callejón estaba más o menos resguardado.
Justo acababa de dejar el bolso encima de la única superficie derecha de toda la oficina, su escritorio, cuando llamaron a la puerta.
Abrió al tipo del seguro, un hombre de mediana edad con pinta de... perito del seguro. No podía describirle de otra manera. Funcionario, quizás.
Imaginó que Max le habría abierto la puerta de abajo.
—Siento no poder ofrecerle un té.
Señaló a su alrededor, a la destrucción que era difícil no ver.
—Descuide, no voy a tardar mucho —dijo él, sin apenas mirarla.
Probablemente era su última visita del día. Era evidente que el hombre tenía ganas de irse.
Se notaba en la rapidez con la que tomó las fotografías y anotó lo que fuese —su informe, imaginó— en una tablet que llevaba en la mano.
—Eso es todo —dijo por fin.
Se guardó la cámara y la tablet en la bolsa de mensajero que llevaba cruzada. Le dijo que la llamarían en los siguientes días y salió por la puerta.
Nina miró su reloj. Toda la operación había durado menos de diez minutos.
Recuperó su bolso de encima del escritorio y miró a su alrededor.
Max y ella habían recogido los trozos de loza y la mayoría de los papeles del suelo, pero todavía quedaban algunos restos que no les había dado tiempo a limpiar el día anterior, después de que les tirasen el ladrillo.
Algunos cristales rotos al pie de la ventana.
Era fácil olvidar el estado de la oficina, la destrucción, cuando se habían pasado el día fuera, yendo de un lado a otro y hablando con gente.
Pero allí sola, en medio de los restos del naufragio, se dio cuenta de que lo único que estaba haciendo al empeñarse en seguir con el caso de Gigi Hargrave era retrasar lo inevitable: alargar el momento de enfrentarse a la reconstrucción de la oficina, a la necesidad de buscar —y conseguir— nuevos clientes.
O peor, pensar si una reconstrucción era lo más inteligente. Plantearse si merecía la pena, si todo aquello no había sido un tremendo error.
¿Era eso lo que quería hacer, la profesión a la que se quería dedicar, o lo había hecho para entretenerse y no pensar después de la muerte de su abuela?
Intentó que la apatía no se apoderase de ella. Había llegado a aquella profesión, a aquel negocio, a aquella oficina, siguiendo las señales. Si las seguía ahora, ¿qué le estaban diciendo?
Que se fuese a su casa. Que actualizase su perfil de LinkedIn, y que se olvidase de amenazas, de interrogatorios y de investigaciones que le venían grandes.
Se quedó de pie en medio de la estancia, esperando escuchar la voz de su abuela, alguna de sus frases magistrales que la asaltaban de vez en cuando. Un “no te rindas, blablablá”. Alguna señal.
Pero lo único que se oía era el sonido del viento que se filtraba por el cartón de la ventana.
Quizás esa era la señal que estaba buscando. Eso y el estado de su oficina. Si la destrucción a su alrededor no era una señal, no sabía lo que era.
Apagó las luces y cerró la puerta con llave.
Bajó los dos pisos de escaleras enmoquetadas y empujó la puerta de la calle. El día se había oscurecido del todo en el tiempo que había estado en la oficina.
Aspiró el aire húmedo y fresco del atardecer. Era la hora en que la gente salía del trabajo, de las oficinas, y se apiñaba en los pubs y en los bistros a comer algo, a estirar la hora de llegar a casa, la hora de empaquetarse en el metro o el tren, con doscientos millones de personas más.
El olor a comida se filtraba desde los restaurantes de Paddington Street. Le recordó que hacía un montón de tiempo que había comido, un triste sándwich.
Empezó a andar y se sorprendió al toparse con Max, que estaba de espaldas, mirando la boca del callejón, con las manos en los bolsillos de la gabardina.
Observaba a Lisa alejarse, su melena rubia moviéndose a uno y otro lado, los tacones resonando en el empedrado, de alguna manera por encima del ruido del tráfico de Baker Street y de los restaurantes cercanos.
No esperaba encontrar a Max allí. Se imaginaba que se habría ido con Lisa, después de su pelea, a disfrutar de lo que quedaba de día.
Estaba fuera, muy fuera de su horario de trabajo.
Se preguntó qué haría Max si tiraba la toalla, si cerraba la oficina y daba por concluida su aventura fallida.
Estaba segura de que podría encontrar otro trabajo igual de mal pagado que el suyo.
Seguramente no tan movido. Menos peligroso, y también menos absurdo.
Llegó a su altura.
—Creía que te habías ido a casa con Lisa.
Max no se volvió a mirarla. Siguió observando a su novia (o lo que fuera, no era ella quien iba a poner allí las etiquetas) alejarse, hasta que dobló la esquina hacia Baker Street y la perdieron de vista.
—No creo que vaya con Lisa a ninguna parte en los próximos días.
Max no añadió nada más, y ella tampoco preguntó.
Su recepcionista suspiró y por fin se giró a mirarla.
—Tengo que subir a la oficina, a por mi bolsa.
—¿Bolsa? —preguntó, pero Max ya se había dado la vuelta.
Menos de dos minutos después estaba otra vez a su lado, con una bolsa de deporte color verde lima colgada del hombro.
—¿Tenías la bolsa del gimnasio en la oficina?
Era tal el desorden que ni la había visto.
—Es una bolsa con algo de ropa. La he dejado aquí esta mañana, antes de ir a la cafetería.
Le miró sin entender. Max pareció leer la pregunta en sus ojos.
—Para quedarme en tu casa. No voy a volver a dormir otra vez en vaqueros.
—Max. No hace falta.
Era absurdo que la acompañase de nuevo hasta su casa, otra vez otra hora en tren, para dormir en su sofá. No había ningún peligro.
Abrió la boca, pero antes de que pudiese empezar con su retahíla de razones por las que no hacía falta que volviese a pasar la noche en su casa (la principal, que prefería estar sola), Max la cogió del codo y empezaron a andar.
—Vamos. Te invito a cenar. Tengo ganas de probar el sitio de las burguers.
Había un sitio de hamburguesas de autor justo en la esquina que, como todo en Londres, no era precisamente barato.
Nina cerró la boca y se dejó llevar. Tiempo tenía de decirle a Max que, al final, la agencia de detectives no había sido tan buena idea como ella pensaba.
De momento podían cenar.
—Vale. Pero invito yo.
Si aquella iba a ser su última cena juntos, era lo mínimo que podía hacer.