39 El club Thackeray
El club Thackeray
El club Thackeray se ubicaba en Mayfair, la zona de Londres con la mayor concentración de clubs privados por metro cuadrado. De hecho, no estaba muy lejos de donde había acudido a la reunión con Frederick Pearson el pasado noviembre.
Aunque, a diferencia del club Heracles, este sí parecía haber sido reformado en el último medio siglo: columnas blancas, paredes de colores claros, multitud de ventanas y luminosidad.
Detrás del mostrador de recepción, un hombre joven con traje oscuro y corbata fina los atendió.
Le entregaron una tarjeta y preguntaron por Mr. Fitzberger. “Charles Fitzberger”, concretó Max. “Tercero”, añadió después. No sabían cuántas generaciones frecuentaban el mismo club. No estaba de más precisar, por si acaso.
El recepcionista levantó el auricular del teléfono sobre el mostrador y pulsó un solo botón. Esperó unos segundos y luego colgó, sin pronunciar palabra.
—Esperen un momento, por favor.
Apenas un minuto después, una mujer apareció por el pasillo junto al mostrador. Delgada y muy alta, con un traje de falda y chaqueta negro y una blusa fucsia sin una sola arruga. Llevaba el pelo rubio platino recogido en una coleta tirante y larga.
Cogió la tarjeta que el recepcionista le tendía, sin mirarle.
—¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó, con un acento helado. Les miró de arriba a abajo, con cierto desdén.
Nina decidió dejar hablar a Max. Él era mucho más sociable que ella, especialmente con rubias altas con piernas hasta las orejas.
—Nos gustaría hablar con Charles Fitzberger —dijo Max, con su voz profunda y una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera.
La mujer se limitó a levantar una ceja perfectamente dibujada, sin cambiar la expresión de desdén.
La primera persona inmune a Max. Tendría que apuntar ese día en el calendario.
Volvió a mirar la tarjeta y se dirigió directamente a Nina.
—¿Con qué objeto?
Teniendo en cuenta que todavía tenía su tarjeta en la mano —la sujetaba por los bordes, como si tuviera miedo de contaminarse al tocarla—, Nina no vio necesidad de presentarse.
—Trabajamos... —carraspeó, y corrigió el tiempo verbal—. Trabajábamos para Georgina Hargrave y nos gustaría poder hablar un momento con Mr. Fitzberger, si es posible.
Nina sonrió y se encogió ligeramente de hombros. Era su expresión de “soy inofensiva”, pero era inútil; aquella mujer era un bloque de hielo con tacones. La miró fijamente durante un momento y, cuando ya estaba segura de que les iba a despachar con viento fresco, dijo:
—Síganme.
Eso hicieron, por el mismo pasillo enmoquetado por donde ella había aparecido. Nina estaba casi hipnotizada, observando la coleta platino oscilando y los tacones de la mujer hundiéndose en la mullida alfombra.
Cruzaron un bar-restaurante no muy concurrido, con solo un par de mesas ocupadas.
A diferencia de lugares similares, la media de edad de los clientes estaba más cerca de los cincuenta o sesenta años que de los ochenta.
Imaginó que eso hacía de aquel club un sitio casi juvenil, adaptado a los tiempos.
O eso era lo que querían vender. A pesar de que era un club mixto —había hecho una búsqueda rápida durante el viaje en metro—, no había ninguna mujer a la vista, exceptuando a coleta platino y una camarera que recogía vasos vacíos con una bandeja.
—Esperen aquí.
La mujer los dejó en el umbral de la puerta que conectaba el bar con una zona ajardinada. Allí, varias mesas clavadas en el césped albergaban a media docena de miembros que tomaban el té y leían el periódico, aprovechando los débiles rayos de sol invernales.
El famoso Charlie estaba solo, sentado en una de las mesas más alejadas, rodeado de tres sillas vacías.
Lo reconocieron enseguida por las fotos que habían visto en internet, ilustrando los artículos sobre Gigi, antes de que coleta platino se acercase hasta su mesa.
La mujer se inclinó para decirle algo al oído y, al hacerlo, puso una mano en su espalda.
Max y Nina se miraron. ¿Demasiada familiaridad, quizás?
La mujer era una empleada del club —relaciones públicas, gerente o un cargo similar— y tampoco parecía la persona más cálida del mundo.
El hombre los miró desde la distancia, solo un instante, menos de un segundo, sin prestarles demasiada atención, y después levantó ligeramente un hombro.
Coleta platino deshizo el camino hacia ellos mientras el exnovio de Gigi miraba sin disimulo su falda negra de tubo o, más concretamente, su contenido.
—Mr. Fitzberger les recibirá ahora.
* * *
Charles Fitzberger III no tenía muy buen aspecto, fue lo primero que pensó Nina cuando se sentaron frente a él.
Quizás no estaba teniendo un buen día —y con su novia o exnovia muerta, imaginaba que no—, o quizás tenía que ver con estar tomándose un whisky sin hielo (doble o triple, dependiendo del tiempo que llevase el vaso sobre la mesa) a las cuatro de la tarde.
Tenía bolsas bajo los ojos, y la nariz y los ojos ligeramente enrojecidos.
También era cierto que rozaba los cuarenta, una edad en la que las resacas empiezan a pasar factura.
Quitando la cara, el resto de su aspecto era impecable: traje azul marino con camisa blanca desabrochada en el cuello, sin corbata. Imaginó que la llevaba en el bolsillo; se la habría quitado al salir de la oficina, si es que la había pisado ese día, o al empezar a beber.
A pesar de eso, era atractivo, supuso, en el sentido convencional del término: si a una le atraían los tipos con pelo rubio casi blanco, despeinado, y ojos azules extremadamente claros con párpados ligeramente caídos.
No estaba segura de si esa era su forma natural o si los entrecerraba a propósito para parecer más indolente de lo que ya era.
El tipo cogió la tarjeta de visita de encima de la mesa, donde coleta platino la había dejado, y levantó las cejas.
—¿Detectives privados? ¿Gigi me estaba investigando?
Charlie III tenía pinta de ser el tipo de persona que creía que el mundo giraba a su alrededor. No sabía si era el dinero, o quizás era algo típico de la gente que, además de dinero, tenía números romanos detrás del nombre. Qué sabía ella.
La gente rica le daba dolor de cabeza. O por lo menos la que se habían conocido los últimos días.
—No —respondió Nina. No tenían ningún motivo para ocultarle la verdad, y además su clienta estaba muerta, así que la confidencialidad ya no importaba tanto—. Miss Hargrave nos contrató para investigar ciertas amenazas que estaba recibiendo.
—¿Amenazas? —Ahora el tipo parecía ligeramente interesado—. No soy una persona que suela ir por ahí amenazando a sus exnovias. Una vez que lo nuestro terminó, ya no tenía ningún interés en Gigi —se encogió de hombros—. Es una pena que haya muerto, pero hasta ahí llega mi empatía.
Empatía. Estaba segura de que no sabía ni lo que era.
Nina levantó una mano con la palma hacia él, no tanto para cortarle, sino para que la dejase terminar de hablar. El tipo miró la mano como si fuera una ofensa personal imperdonable.
Nina bajó la mano y suavizó el tono, para compensar.
—Simplemente estamos hablando con los amigos y conocidos de Miss Hargrave para intentar entender de dónde podrían venir las amenazas. —Decidió hacerle un poco la rosca—. Es obvio que no es nadie de su círculo.
Max tosió a su lado. Le dio un ligero pisotón debajo de la mesa.
Charlie pareció aplacarse. O al menos bajó la ceja que había subido antes.
—Seguramente será alguno de sus patéticos seguidores... se pasaba el día pegada al teléfono, haciendo fotos y grabando vídeos de tonterías.
Lo dijo con desprecio. Sinceramente, no sabía qué esperaba: al fin y al cabo, él era quien había empezado una relación con una influencer a la que llevaba diez años.
—¿Cuánto duró su relación con Georgina Hargrave? —preguntó Nina, todo dulzura.
—Seis meses —respondió el tipo, y luego frunció el ceño—. Creo. Más o menos. Desde finales del verano pasado.
Sabía que tenía que hacer la próxima pregunta, que era su trabajo, pero se sentía fatal, aunque el tipo no le cayese bien. Hurgando en intimidades ajenas, como una reportera de cualquier programa de cotilleos.
Aunque con la profesión que había elegido, más le valía acostumbrarse.
—¿Puedo preguntarle por el motivo de su ruptura?
El tipo levantó su vaso y bebió un sorbo de whisky, sin dejar de mirarla fijamente con los ojos azules, inquietantemente claros.
—Por un lado, aburrimiento. Mutuo. Perdimos el interés, ella siguió su camino, yo el mío. Por otro lado, y normalmente no diría esto, pero supongo que a estas alturas ya da igual: me estaba vaciando la cuenta del banco.
Nina no supo cómo interpretar su último comentario. Al fin y al cabo, Gigi no necesitaba vaciarle la cuenta del banco a nadie; no con su herencia. A saber a qué se refería el tipo. A lo mejor tuvo que pagarle un par de cenas y todavía le escocía.
—El incidente con la bebida de la otra noche, en el club Loop... ¿por qué estaban discutiendo?
Charlie suspiró y se pasó la mano por el pelo rubio claro, casi blanco.
—Le dije que ya había bebido suficiente por esa noche. Gigi no lleva muy bien la bebida. Llevaba —se corrigió.
Se terminó el whisky de un trago. Quizás Gigi no era la única con problemas con la bebida, pero por primera vez veía una grieta —minúscula, quizás, pero ahí estaba— en la fachada de indolencia y despreocupación de Charles Fitzberger.
El hombre miró el reloj que llevaba en la muñeca —un Rolex, faltaría más— y preguntó con impaciencia:
—¿Eso es todo?
Se levantaron y se despidieron, después de darle las gracias por su ayuda. Una cosa tenía que reconocer, y era que no tenía ninguna obligación de hablar con ellos. No sabía por qué lo había hecho, la verdad.
Volvieron a cruzar el bar-restaurante para salir de allí.
—¿“Estamos seguros de que no es nadie de su círculo”? —repitió Max con retintín.
—El tipo estaba a la defensiva. Algo tenía que decir.
Se tropezaron con la camarera jovencita justo antes de salir al pasillo por el que habían entrado.
—Disculpa —dijo Max, y la chica enrojeció hasta las orejas.
—¿Sí?
Max bajó la voz.
—¿Sabes cuántos whiskies lleva Mr. Fitzberger?
La camarera miró a uno y otro lado, imaginó que para asegurarse de que coleta platino no la veía hablando con ellos.
—No estoy segura... mi turno ha empezado hace media hora y yo solo le he servido uno, pero tenía un vaso vacío antes.
—Muchas gracias.
La camarera asintió y desapareció casi corriendo con su bandeja.
Nina miró a Max, interrogante. Él se encogió de hombros.
—La información es información. Nunca se sabe cuándo nos va a hacer falta.
Salieron del club sin volver a encontrarse con coleta platino. Una vez fuera de allí, pudieron hablar con más libertad.
—Parece muy afectado —dijo Max.
—Inconsolable. —Nina volvió a ponerse la bufanda—. ¿Crees que es el responsable de las amenazas?
No le imaginaba recortando letras de revistas, confeccionando las cartas y metiéndolas en el buzón de su exnovia, la verdad... simplemente, porque no le importaba lo suficiente.
Max negó con la cabeza.
—No creo... no veo ninguna razón. Aunque no me guste el tipo.
A ella tampoco, la verdad, pero no sabía decir exactamente por qué.