Muerte de una influencer (Baker Street 1) 38 Un apartamento en Holland Park
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38 Un apartamento en Holland Park

Un apartamento en Holland Park

No tuvieron que esperar mucho. Sabía que mensajear a las amigas de Gigi desde la cuenta de Max era un plan infalible. ¿Quién podría resistirse?

Por lo visto, Sophie Wilson, la amiga morena, no. Había respondido casi al instante: “Ahora mismo estoy en casa, puedes pasarte cuando quieras”, seguido de un pin con su dirección y un emoticono sonrojándose.

Max tuvo el buen tino de hablar en plural cuando respondió para concertar una entrevista con ella.

Poco más de una hora después llamaban a la puerta de Sophie Wilson, en Holland Park, al lado de Notting Hill.

La casa era del mismo estilo victoriano que la de Georgina Hargrave, pero estaba dividida en tres pisos independientes. Sophie Wilson ocupaba la planta baja.

—Holland Park —Max silbó y miró a su alrededor—. Aquí vive un montón de gente famosa. Actores y actrices. Políticos. Es un sitio chulo, si eres millonario.

Él vivía en el sur de Londres, cerca de Brixton.

Lo había mencionado un día casi de pasada, pero no había concretado más, y ella tampoco había querido indagar.

No parecía querer hablar de ello, lo cual podía ser porque o bien compartía piso con una docena de personas para poder permitírselo, o se lo estaban pagando sus padres —para lo cual no hacía falta ser millonario, pero casi— o, peor aún, todavía vivía con sus padres, como un montón de gente, para poder sobrevivir en Londres.

Nina no había querido insistir. Así no tenía que abrir el melón de la miseria de sueldo que le pagaba.

Sophie abrió la puerta. Primero la miró a ella de refilón, pero enseguida Max captó toda su atención. Como siempre, en cualquier situación, con cualquier persona.

La mujer tenía exactamente el mismo aspecto que en las fotos de Instagram, como si tuviera también un filtro en la vida real: el pelo castaño cayéndole en bucles por debajo de los hombros, las pestañas larguísimas, probablemente falsas; los labios gruesos, probablemente con relleno; maquillaje impecable a pesar de estar en casa; cejas negras dibujadas, gruesas, como dos orugas gigantes.

Llevaba una sudadera corta que le dejaba el estómago —tonificado, bronceado y perfecto— al aire, y unos leggings de los que costaban doscientas libras. Estaba extremadamente delgada y era alta, casi tanto como Max, y Max debía medir algo más de metro ochenta.

Les señaló con el dedo índice —con una uña larga acabada en punta y con brillantitos pegados—, moviéndolo entre Max y ella.

—Estabais la otra noche en el Loop, ¿verdad? —Se lo habían dicho en el mensaje de Instagram, pero aun así asintieron con la cabeza. Su dedo índice se detuvo por fin en Max—. ¿Eres el detective? —preguntó, mirándole con adoración.

—De hecho —dijo Nina—, yo soy la detective.

Aunque, la verdad, a esas alturas ya no sabía cuál era la diferencia. Teniendo en cuenta que no hacía falta licencia, todo el mundo podía llamarse a sí mismo detective privado.

La falta de legislación empezaba a molestarla incluso a ella, y eso que, en su caso, le venía de perlas.

La mujer se volvió hacia Nina y la miró de arriba a abajo, como si acabase de recordar que había otro ser humano en su puerta.

—Valeeeeee... sí, ahora que lo mencionas, Gigi dijo que la detective que había contratado era una mujer. Pero también mencionó a su ayudante—. Y con eso volvió la vista hacia Max, sonriendo con adoración.

Recepcionista, pensó Nina. Aunque en los últimos días los límites del trabajo de Max se habían difuminado más que nunca.

Sophie abrió la puerta del todo y les indicó que pasaran. Max le cedió el paso graciosamente, y menos mal, porque de lo contrario Sophie Wilson era capaz de olvidarse de ella y cerrarle la puerta en las narices.

* * *

—Dejamos a Gigi en su dormitorio, metida en la cama. Nos costó un montón subirla por las escaleras, no creas, entre Pippa y yo... Le dejamos un vaso de agua en la mesita y un par de aspirinas, para cuando se despertara.

Sophie Wilson sacó un pañuelo de papel de una caja que tenía en el regazo y se sonó la nariz ruidosamente. Las lágrimas rodaban libremente por sus mejillas. O la máscara de pestañas era la mejor que había visto nunca o eran pestañas postizas, porque no había ni rastro de rímel en sus mejillas.

Estaban sentadas en el enorme salón comedor del apartamento, Sophie en una butaca de diseño en forma de huevo, Nina frente a ella en un sofá Chester de piel color burdeos que hacía un ruido horrible cada vez que se movía lo más mínimo.

El apartamento parecía menos una casa, un hogar, que una pieza de exposición: paredes verde oscuro y crema, suelo de madera de aspecto antiguo con alfombras orientales por todas partes, plantas, muchas plantas, muebles de ratán, madera y piel.

Decorado por un profesional, saltaba a la vista que el apartamento servía de fondo para la vida de Sophie Wilson en Instagram.

Todo estaba impecable, ni una cosa fuera de su sitio.

Era obvio que no era ella quien lo mantenía así de impoluto; tenía que tener a alguien que pasase el polvo, como mínimo.

Max reapareció con una bandeja en las manos.

Se había ofrecido a prepararles un té cuando Sophie empezó a lagrimear, pero la mujer le había tomado por un camarero y le pidió “un cappuccino pequeño”.

“Tengo una cafetera en la cocina, es muy fácil de usar”, había aclarado Sophie. “Hay leche de soja en el frigorífico”.

Max depositó la bandeja en la mesa baja de ratán frente a ellas y se sentó en el incómodo sofá, a su lado. Además del cappuccino para Sophie, había dos tazas de té para ellos.

Sophie miró su taza de cappuccino con el ceño fruncido, abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla. Probablemente se dio cuenta a tiempo de que Max no era un camarero al que pudiera quejarse.

Terminó de secarse las lágrimas y dejó el pañuelo de papel hecho una bola al lado de la bandeja del té.

—Es lo mismo que le he contado a la policía esta mañana.

—¿Ha hablado con la policía? —preguntó Nina. Fue a echar leche en su té, pero recordó que era de soja y se lo pensó mejor.

Sophie asintió con la cabeza y cogió otro pañuelo.

—He tenido que ir a identificar el cuerpo. No han sido capaces de dar con Elektra, y necesitaban una identificación formal. Era a través de un monitor, pero ha sido traumático. Ver así a Gigi, tapada con una sábana... Tenía un aspecto horrible.

Es lo que tiene estar muerta, pensó Nina. Que una no está en su mejor momento.

Se mordió la lengua. La mujer parecía realmente afectada, a su manera.

Todavía tenía que preguntarle por las amenazas. Al fin y al cabo, era para lo que Gigi les había contratado (y pagado). Pero Sophie se había puesto a contarle lo que había pasado la noche del club, y no había querido cortarla.

Aprovechó la pausa en su relato para reconducir la conversación:

—¿Sabía que estaban amenazando a Gigi?

—¿Lo de las cartas? —Sophie le dio un sorbo a su cappuccino, hizo una mueca y volvió a dejarlo en la bandeja.

—¿Le enseñó las cartas?

—A mí y a todo el mundo. Gigi era amiga mía, pero era un poco drama queen.

—¿No les dio importancia, entonces?

La mujer encogió un hombro.

—Todas recibimos amenazas, y no vamos por ahí contratando detectives... ¿Qué la hace tan especial, que fueran por carta? Además, las cartas eran súper cutres, tenían toda la pinta de ser una broma.

—No tenían matasellos —dijo Nina.

—¿Y eso qué significa?

—Que las echaron directamente en el buzón de su casa.

Sophie resopló, visiblemente aburrida por la conversación.

—Yo qué sé... Ya te he dicho que Gigi era la reina del drama. No me extrañaría nada que se hubiera enviado ella misma las cartas para darse publicidad. Además, ¿qué más da? Está muerta, ¿no?

Por lo visto, Sophie había superado su cupo de empatía del día. Pareció darse cuenta de que aquello no había sonado del todo bien. Volvió a coger su pañuelo de papel, aunque las lágrimas se le habían secado hacía rato.

—Es todo culpa de Charlie. Si no hubiera estado en el club, Gigi no habría bebido tanto, no se habría caído por la barandilla y ahora estaría viva.

—Charlie... ¿Es Charles Fitzberger, el novio de Gigi, verdad? ¿A quien le tiró la copa en el club? ¿Cree que las amenazas podrían venir de él?

—Exnovio —respondió rápidamente Sophie, con cierta dureza, como si fuese necesario dejarlo claro. Pero enseguida recuperó el tono lastimero—. No lo sé. No creo, la verdad. No le veo pegando letras en una carta... es más impulsivo. Pero ya no sé qué pensar de nada...

—¿Ex? —preguntó Max—. Según internet, estaban juntos.

Sophie terminó de sonarse la nariz.

—Lo dejaron hace una semana o así. No me preguntéis por qué, porque no lo sé. Gigi... era mi amiga, que conste —les miró, seria— pero tenía sus cosas. No se conformaba con nada ni con nadie. Además, estaba esperando a que la llamaran para salir en un reality, y necesitaba estar soltera.

—¿Y qué hacía entonces con él en el club, si habían roto? —preguntó Nina.

Al fin y al cabo, estaban sentados en la misma mesa.

—A ver, no estaba con él con él —respondió Sophie, enfatizando el segundo “con él”—.

Pero forma parte del grupo de amigos, y al final acabamos yendo siempre juntos a todas partes...

Charlie es un poco más mayor, pero nadie quiere echarle del grupo, porque en verano suele invitarnos a Ibiza en el yate de su padre y nadie se lo quiere perder.

Una gente maravillosa, todos y cada uno de ellos.

—¿Sabe dónde podríamos encontrar a Charles Fitzberger?

Sophie miró su móvil.

—A esta hora estará en su club, el Thackeray. Es socio de toda la vida. Es donde pasa casi todas las tardes, y a veces se queda allí a cenar también. Yo os paso el pin con la dirección, pero no sé si os van a dejar entrar...

La miró a ella directamente. Se sintió mal vestida, de repente, y eso que Sophie Wilson estaba básicamente en chándal.

—¿Y Pippa Kensington?

Sophie levantó una ceja.

—¿Qué pasa con Pippa? —preguntó, irritada de repente.

—¿Podría darnos su teléfono o alguna otra forma de contacto?

No les había respondido al mensaje que le enviaron por Instagram. Era verdad que lo habían enviado apenas una hora antes, pero no les vendría mal tener su teléfono.

—Os doy su número, pero no os sorprendáis si tarda tres días en contestar. Pippa está en su mundo —dijo Sophie con un suspiro, exasperada—. La mayor parte del tiempo no sabe ni en qué día vive.

* * *

Salieron de casa de Sophie Wilson después de que les enviara la dirección del club donde Charles Fitzberger pasaba las tardes y el número de teléfono de Pippa Kensington.

El sol se había asomado momentáneamente entre las nubes y el invierno parecía de repente menos gris.

Nina respiró hondo. Había un parque pequeño y muy bonito justo frente a la casa de Sophie Wilson, el típico parque cuidado con esmero de los barrios ricos.

La gente paseaba indolente entre los árboles y disfrutaba del sol sentada en los bancos con un libro o el periódico, como si fuese verano en vez de finales de febrero.

Nina sacó la bufanda del bolso y se la enrolló alrededor del cuello. Sol o no sol, se estaba congelando.

—Esta gente me agota —dijo.

Apartamentos en Holland Park, casas en Belgravia, clubs privados y vacaciones en yates. Y la sensación de que todo era falso: las lágrimas, las amistades, las caras. Le había empezado a latir el párpado derecho a mitad de conversación con Sophie Wilson y todavía no había parado.

—Dímelo a mí. Un cappuccino —dijo Max, abrochándose el abrigo—. He tenido que buscar en el móvil el modelo de cafetera para leer las instrucciones.