Muerte de una influencer (Baker Street 1) 37 Sophie Wilson y Pippa Kensington
58%

37 Sophie Wilson y Pippa Kensington

Sophie Wilson y Pippa Kensington

Max apartó una silla de la cafetería y se sentó frente a Nina, con el pelo aún húmedo de la ducha y recién afeitado. Se había cambiado el jersey de cuello de pico verde botella con el que había dormido en su casa por uno azul marino.

Parecía tener un suministro infinito de jerséis finos de cuello de pico de todos los colores sosos del mundo.

Colgó el bolso de mensajero que llevaba cruzado en el respaldo de la silla y dejó encima la gabardina negra corta, moteada con gotas de lluvia.

—No hacía falta que vinieses —dijo Nina.

Ya se lo había dicho esa mañana, cuando salieron de Holmes House y Max le preguntó por los planes del día.

El único “plan” que tenía ella era llegar a Londres, acampar en una cafetería y hacer todo lo que tenía que hacer desde allí.

No podía quedarse en la oficina destruida, con los muebles por el suelo y la ventana tapada con un cartón.

Se había pasado casi toda la mañana al teléfono: con el seguro, con la empresa de muebles de alquiler, con el inspector Chambers para contarle el incidente del ladrillo...

Estaba esperando una llamada del perito del seguro para concretar una hora en la que pudiese acercarse a la oficina y evaluar el desastre.

Le habían prometido que sería ese mismo día, sin falta, porque no podían estar mucho tiempo sin ventana, pero tenían que avisarla de la hora exacta.

Así que se había quedado allí esperando, plantada en una cafetería cerca de la oficina, con el plato vacío del sándwich que había pedido para comer y el portátil abierto sobre la mesa.

—Estoy muerto de hambre —dijo Max, cuando terminó de soltar todas sus cosas—. ¿Quieres algo?

—Un té. —Abrió el bolso y sacó su cartera. Le tendió a Max la tarjeta del negocio—. Toma, paga con esto.

Había decidido que ya era hora de cambiar a té, porque no era ni la una de la tarde y su cuerpo era un noventa por ciento café.

Max sujetó la tarjeta entre dos dedos.

—¿Estás segura?

Nina asintió. Su situación económica era incierta, pero, de los dos, estaba segura de que era la menos arruinada.

Y con todas las horas extras que estaba haciendo, lo mínimo que podía hacer por su recepcionista era invitarle a comer.

Max se llevó su taza y su plato vacío para hacer sitio en la mesa. Nina le observó mientras se acercaba al mostrador.

Al otro lado, una mujer de unos cincuenta años sonreía de oreja a oreja mientras Max charlaba con ella. Seguramente le estaría preguntando por “su especialidad” y “qué le recomendaba ella para almorzar”.

Le había dicho esa misma mañana que, al no tener oficina, podía tomarse aquellos días libres. Sin oficina y sin clientes, de momento no tenían nada que hacer.

“No pretenderás —había dicho Max, fingiendo indignación— que me quede en casa trabajando en mi tesis, ¿verdad?”

Eso era lo que hacía Max todas aquellas horas que se pasaba de más en la oficina: evitar tocar sus estudios de posgrado. Procrastinar.

Ella, por su parte, tampoco es que tuviera mucho que hacer, aparte de esperar la llamada del seguro. Había hecho una lista de las cosas que hacía falta reponer en la oficina (todas), y luego las había ordenado de mayor a menor urgencia.

Ahora estaba echándole un vistazo a la página de Instagram de Gigi, escrutando las fotos de la noche del club.

El teléfono de Max se iluminó sobre la mesa. Empezó a vibrar y a deslizarse poco a poco hacia el borde. Nina lo miró fijamente, fascinada. Pensaba pararlo antes de que se cayera al suelo, pero quería ver hasta dónde llegaba.

Por una vez, Max había dejado el móvil con la pantalla al descubierto, y Nina pudo ver a Lisa, su nombre y su foto sonriente en la pantalla, mientras el móvil se desplazaba por la superficie de la mesa.

Se preguntó si era ella quien le había llamado constantemente la noche anterior.

Cuando la llamada se cortó, vio que tenía veintitrés llamadas perdidas suyas y un montón de mensajes sin abrir.

Max volvió justo en ese momento. Puso su plato con el almuerzo sobre la mesa y el vaso de té para ella al lado de su ordenador. Antes de sentarse, se asomó a la pantalla de su portátil.

Tenía abierto el Instagram de Gigi, con una foto —un selfi— junto a dos de sus amigas, las mismas que se la habían llevado la noche del club. Se imaginó que serían dos de sus mejores amigas, porque el grupo de aquella noche era numeroso y nadie más la había seguido cuando salió corriendo.

Max se sentó frente a ella y empezó a dar cuenta de su almuerzo: un sándwich el triple de grande que el suyo, acompañado de medio kilo de patatas fritas.

—¿Has decidido ya qué vas a hacer con el caso? —preguntó.

“El caso” era una forma bastante pomposa de referirse a algo que, en realidad, no era nada. Nunca habían tenido “caso”. Había pasado menos de un día entre que Georgina Hargrave se había convertido en su clienta y su muerte.

Solo habían llegado a rellenar una ficha de cliente (que ahora estaba desaparecida) y a cobrar un adelanto. Esa era toda la extensión de su caso.

Pero aun así...

—Es el dinero lo que me molesta: las dos mil libras que Gigi nos pagó. No puedo quedármelas. No he hecho el trabajo para el que me contrató. De hecho, aparte de pasarnos por el club hace un par de noches, no hemos hecho nada. Le debo a la difunta al menos veinte horas de trabajo.

Max dejó de comer un momento para mirarla.

—Úsalas para arreglar la ventana. O para reponer todo lo que se cargaron en la oficina.

—Espero que no me haga falta; debería ocuparse el seguro. Además —añadió Nina—, seguimos sin saber de dónde venían las amenazas. Y Gigi me contrató para eso.

Max le dio un mordisco a su sándwich y masticó durante unos segundos, pensativo.

—Sophie Wilson y Pippa Kensington —dijo por fin.

—¿Perdón?

—Las mujeres de la foto, las del selfi, y las que se llevaron a Gigi la noche del club. Son las que más se repiten en sus fotos, sus mejores amigas. Pippa es la rubia, Sophie la del pelo castaño. Amigas de Gigi desde hace años. Fueron al mismo internado.

—¿Cómo sabes eso?

Le tendió una patata frita, y Nina la cogió y se la comió sin pensar.

—Internet es una fuente de información inagotable.

—¿Hay alguna forma de contactar con ellas? ¿Conseguir sus teléfonos?

Le gustaría hablar con ellas, saber qué pasó la noche del club, en qué estado dejaron a Gigi. Qué opinaban de las amenazas, o si tenían alguna idea de dónde podían venir.

—Podemos mandarles un mensaje privado por Instagram desde la cuenta de la agencia. Seguramente se pasen todo el día conectadas.

Max se refería a la cuenta de la agencia de detectives, que también llevaba él, junto con la página de Facebook y la publicidad.

Nina lo pensó un momento. Sí, podían contactar con ellas desde la página de Addington Investigaciones, pero seguramente tendrían más posibilidades de que les contestasen si lo hacía Max directamente. Tenía su cuenta llena de selfis en el gimnasio, y ninguna foto de Lisa.

—Escríbeles desde tu cuenta, mejor —dijo, sin dar explicaciones. Algo le decía que no necesitaba que le inflaran el ego todavía más.

Max cogió su teléfono de encima de la mesa y pareció ignorar las llamadas perdidas y los mensajes acumulados de Lisa. Empezó a teclear rápidamente en la pantalla.

—Ya está.

—¿Qué les has dicho?

—Que Gigi nos contactó porque estaba teniendo problemas. Que la otra noche estábamos en el club Loop y nos gustaría hablar con ellas. He enviado el mismo mensaje a Pippa y Sophie.

Nina robó otra patata frita del plato de Max y se recostó en su silla. Ahora solo les quedaba esperar.